jueves, 2 de junio de 2011

Entre el cuasi exhorto puesto en términos a medio camino entre la pura y simple desesperación y lo que yo me atrevería a llamar una expresión en modo ojalativo: El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones (Rafael Sánchez Ferlosio, en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Ed. Destino, Barcelona, 1993) y el mecanismo de explicación, por el contrario, por el que finalmente opta u optan los mismos, existe en la realidad toda una reflexión sobre el ejercicio del poder que realizaba de forma magistral Enrique Lynch en las muy agudas observaciones vertidas en su artículo Tierra de nadie, publicado en el diario El País del día 30 de mayo de 2011, en la sección de Opinión, página 29.

Esa espléndida imagen por él comentada y en la cual todos pudimos ver a la plana mayor del poder político de los Estados Unidos de América dejando ver que están viendo pero sin permitir ver el qué (o el cómo), referente al momento, se deja suponer,  de la captura y ejecución de Osama Ben Laden, vendría a equivaler a esas imágenes cinematográficas de mejor o peor factura pero mil veces vistas por todos nosotros de cualquier corte medieval o más generalmente, de lo que hoy llamaríamos una sociedad bárbara, en las cuales los reyes, nobles, guerreros, hechiceros y eclesiásticos, notables y potentados fueran arrojando a los criados los huesos con algo de carne aún para poder roer, o cantidades de calderilla de cobre al populacho reunido bajo el balcón correspondiente, o a la plebe agavillada al paso de la autoridad, benévola esta  siempre en las ocasiones de mayores albricias, como el advenimiento de un heredero, los esponsales pro-aglutinación de territorios, la llegada de las carretas o de las flotas con el contenido de la rapiña o la venturosa decapitación, degollación o quema del villano o traidor de turno y enemigo sempiterno del pueblo.

Se difuminan en esta pavorosa imagen de los potentados escondiendo a la plebe las pantallas de sus portátiles las diferencias entre ancien regime, tiranía sin más o democracia sin otros adjetivos, y un manto de horror y de igualdad las cubre y nivela a todas. La Historia humana, personificable en el Saturno o en Coloso de Goya, es quien parece mirar esas pantallas que nosotros nunca tendremos derecho a ver. Siempre estaremos en el interior de ellas, bajo las especies del degollado, sólo podremos ver el cuchillo que manejan asépticamente con el ratón.

El poder se sigue arrogando las mismas prerrogativas de siempre, sin mayor cambio que una generalidad de formas en apariencia más civilizadas –y signifique civilización lo que signifique–, pues esas mujeres egipcias sometidas en comisaría a examen de virginidad, (como igualmente nos informaba hoy la prensa) con médicos y policías tomando fotos, si bien salvaron aparentemente la piel, han sido torturadas como cualquiera pudiera haberlo sido en Guantánamo, en Guatemala y, porqué no, en Dinamarca, o como cualquier borracho desdichado tomado al lazo por la Guardia urbana de no importa dónde en nuestra buena España, según vídeos de la más carpetovetónica localidad y cotidianeidad, sometido a canónicas patadas y bofetadas y, cómo no, esposado previamente, no fuera que las devolviera, el drogadicto.

Los malos tratos, o mejor, la tortura, siguen igual de globalizados que siempre, y los uniformes siguen sirviendo para esconder toda clase de asuntos inconfesables y no sólo para la proclamada tranquilidad de la ciudadanía a la que dicen proteger –como hoy mismo también nos contaban los papeles–, reproduciendo la frase de ese agente policial que se quejaba amargamente de no haberle podido dar tan siquiera una ‘colleja’ a ningún terrible asesino de esos que acampan este mes por nuestras plazas mayores –donde antaño se rostizaba a los herejes –¡esos fueron tiempos!–, como se lamentaría seguro el andoba–, reclamando democracia a base de esa intolerable exhibición de fuerza bruta y de insoportable violencia verbal  consistente en escribir frases en  pancartas y de solicitarle firmas a las amas de casa que por ellas se acercan.

Porque la democracia, conviene no olvidarlo, no es sin embargo resultado exclusivo, directo e inevitable del hecho de votar, así como la salud no es consecuencia directa de la toma de medicinas, y por mucho que nos vendan lo contrario. Y si un millón de esperanzados en que les dejen robar también su pequeña parte optar por votar a un ladrón, democrático será tal vez, si así les parece, pero ladrones lo serán todos ellos y legítimo debería de ser también el poder proclamarlo, así les duela.

La democracia verdadera, aquella en la que cada cual creemos instintivamente, no consiste más que en el buen funcionamiento de toda una suma de mecanismos reguladores (nunca desreguladores) y bien engrasados aunque interminablemente cambiantes y siempre perfectibles, pero sometidos en principio al ideal de un igualitario servicio para todos. Solamente votar no es democracia como bien saben en tantos países cuya única apariencia democrática es precisamente ese dejar un papel en la urna y acabarse allí el asunto. Lo saben bien en las nueve décimas partes del mundo y lo sabemos igualmente bien aquí.

No hay democracia donde sea posible votar a un ladrón una vez que sea públicamente sospechoso de serlo, no puede haberla donde un imputado judicialmente, pero perteneciente a una mayoría, se vea amparado por esta para retrasar sine die su cita con la justicia, no puede haberla donde el robo, la extorsión y el expolio se toleren, o incluso fomenten desde la vía parlamentaria, no puede haberla donde el control de lo público se relaje en manos privadas cuyo principal interés es, como es lógico, su privado lucro y no el del común, no puede haberla donde se sustraiga a muchos para darle mucho a pocos, no puede haberla donde los hermosos principios de lo que todos entendemos por Constitución resulten siempre en letra mojada o en piadosos cuentos para niños, no puede haberla si los estados, desentendiéndose del contrato social que los legitima y justifica, desatienden las principales obligaciones para las que se supone que existen y por cuya causa, con mayor o menor gusto, los sufragamos y padecemos.

Incluso desde la óptica más neoliberal imaginable carece de todo sentido pagar y pagar y pagar a cambio de servicios que no se prestan. Tal cosa es un robo y no hay más, y parece del todo legítimo reclamar con aspereza a quienes lo permitan y a sus beneficiarios.

Los señores feudales, cuyos castillos los levantaban a fuerza de penalidades sus esclavos y siervos de la gleba, adquirían el deber casi sagrado de acoger a los mismos en tiempos de guerras y de calamidades y así efectivamente lo hacían. Al tiempo que los amparaban dentro del recinto sobrevenía la necesidad de alimentarlos y para estos súbditos la de defender los muros, a sus señores y por supuesto a sí mismos. Perecían o triunfaban juntos, pero atendían conjunta y solidariamente al contrato social vigente en su época, por asimétrico que este fuera y por ajenos a sus términos y entendimiento que hoy podamos hallarnos.

Nuestras democracias actuales, secuestradas o progresivamente caídas en manos de señores aún más rapaces, viciosos, inútiles y dañinos que sátrapas y caciques y visires y demás figuras de poder de una antigüedad cada día más pavorosamente cercana, se están deslizando en cambio hacia el filo mismo del incumplimiento del contrato social vigente en nuestros tiempos, lo que generará en consecuencia movimientos sociales para revertirlas a usos más civilizados ya habidos y disfrutados, pues ni siquiera se trata de hablar de utopías, o las consecuencias serán terribles para todos, y ya no únicamente para los sometidos.

El poder, los poderes, están jugando con fuego y si yo fuera un monje, igualmente cinematográfico o de novela de Umberto Eco, de enorme capucha, crucifijo de sarmientos y hábito amplio y raído iría musitando en procesión, y seguramente ya junto a otros muchos: –Señor, dispárales porque no saben lo que hacen– Y nos pasarían a cuchillo, qué duda cabe. Pero Girolamo Savonarola, o Giordano Bruno o Miguel Servet fueron finalmente vindicados a no pasar siquiera trescientos años.
Sin embargo ahora los acontecimientos se suceden más rápido, tal vez diez veces más rápido. Serán treinta años, serán cincuenta años. Tomen nota pues sus Rapacidades Eminentísimas de que algunos de los que lean hoy estas líneas tiempo tendrán de ver algunas de sus respetables cabezas clavadas en una pica, siquiera figuradamente. Si a Alá le plegue.

jueves, 19 de mayo de 2011

La libertad, concepto abstracto donde los haya, se considera sin embargo un bien objetivo. Todo el pensamiento universal afirma que es algo preferible a la vida misma. Es decir, su valor de marca es altísimo, invaluable más bien, supera incluso al de la mismísima Apple Computer, Inc.

Comparte este podio olímpico con las ideas de Justicia, o de Amor, cada una con su mayúscula, y no habrá escritor o pensador que se atreva a poner seriamente y por escrito que cualquiera de ellas deba ser idealmente preterida por otros bienes de segundo orden, como por ejemplo, la riqueza.

Sin embargo hay un desajuste evidente entre lo que se dice y el cómo van efectivamente las cosas. Everybody knows..., como dejó escrito y cantado Leonardo Cohen en soberbia e iluminada canción, y hombre que acabó arruinado por amor, por cierto, arruinado de bolsillo quiero decir, lo que a cualquiera debiera honrar.

Existe otro bien, o incluso supuesto derecho, que desde luego no alcanza el idílico estatus moral de la tríada arriba mencionada, y más aún, cabría discutir si fuera un bien o menos, que es el trabajo, así en abstracto también, pero que es en definitiva padre y madre a la vez de todo cuanto poseemos (y valoramos) los seres humanos, tanto de lo tangible como de lo intangible, pues trabajo es moldear las cosas para usar y disfrutar de la existencia, pero trabajo es también pensar, conocer, procurarse alimento, cobijo, curarse, darse al arte mismo o aprender a escapar en lo posible a los estragos ciegos de la naturaleza.

Así que este bien indiscutible, mozo seguramente mas feo que las otras tres galanas, pero motor imprescindible para mantenerse en vida y, a su vez, para entrar en posesión de ellas, se convierte en el verdadero árbitro de la cuestión.

Sin el derecho al trabajo, no, sin el deber de llenar de contenido fáctico y real a este derecho, todo lo que se haya escrito sucesivamente en una constitución, en un ordenamiento jurídico, todo lo que digan unas parcialidades u otras de no importa dónde no será más que papel mojado y palabras al viento. Sin arbitrar todos los medios y recursos para convertirlo en tangible lo demás huelga, y con sangre lo estamos aprendiendo.

Y si por causa de esa belleza sin par que es la libertad, y para mejorarle todavía más el cutis, por ejemplo, se vacía de contenido a esa especie de opuesto/complementario suyo —una especie de ying y yang, para entendernos— que es el trabajo, los demás derechos tan primorosamente redactados con pluma de oca, buena caligrafía y con la punta de la lengua asomando acuciosa por la comisura de los labios, los demás, decía, empezando por el de obtener justicia, siguiendo por el de disfrutar de un hogar digno, continuando por el de la sanidad o el de cobrar pensiones, ayudas y así sucesivamente, quedarán en cascarones vacíos y se convertirán en una cruel irrisión, inútil siquiera ya para templar gaitas, y que no servirán finalmente más que para generar irritación, desafección y al cabo odio.

Así pues acaba resultando que ninguno de estos bienes resulta ser el absoluto, y lo mismo que para componer la materia real hace falta que la naturaleza eche unos cuantos quarks de cada tipo al perolo de lo posible, igual ocurre con las construcciones jurídicas y con los ingredientes necesarios para  conseguir el funcionamiento adecuado de las sociedades de los hombres. Porque parece finalmente que los componentes deben de ir juntos y en cantidades determinadas, como en receta, y no en otras cualquiera, mucho de libertad y poco de trabajo, mucho de trabajo y nada de justicia, todo de justicia pero sin libertad..., resultará en un guiso incomestible, en brebaje que envenena o en una especie de versión cruel del juego de piedra, papel y tijera, un juego sin ganadores posibles, o peor todavía, un juego en el que siempre ganen los mismos, es decir, en el tipo de solución infalible para que el personal acabe arrojando el tablero y los trebejos al aire y se dé la vuelta indignado.

Con lo cual, si toda esta libertad económica sin límites y advenida ya a piedra clave del ordenamiento jurídico, lo que viene a traer, como parece, es el corolario indeseable de ausencia de justicia y de trabajo (con su cascada de daños irreparables –una generación perdida, por ejemplo– y disminuciones sucesivas de toda clase de otros derechos), no parece cosa del todo estúpida que la tribu se reúna en asamblea y se siente seriamente a pensar sobre cómo arreglar el asunto, que no podrá ser de otra manera que redistribuyendo los ingredientes en dosis diferentes, y que lo haga en el suelo de la Puerta del Sol de Madrid, por ejemplo, ya que ha quedado más que comprobado que los hechiceros y los notables a los que se paga generosamente para hacerlo por ellos han pasado por completo de su trabajo.

Y si los favorecidos por la actual distribución de ingredientes, cada vez menos en número, pero cada vez obteniendo mayor acopio de bienes en su beneficio exclusivo, y escamoteados por lo tanto al disfrute común, se enrocan cada vez más en sus privilegios llegando incluso al extremo de llamar a la rapacidad, a la codicia y al delito nada menos que libertad, no será ocioso suponer que más  deprisa o más despacio haya que ir planteándose recorrer otra vez el camino en un orden más adecuado y siguiendo sus imperativos mojones: desesperación, indignación, insumisión, boicot, sublevación y, finalmente, revolución.
¡Salud, Puerta del Sol!

Y concluyo con una perla extraída de un tuiteo de una amiga, no sé si pescada por ella misma o que por ahí circula, pero firmada sin duda posible por Bertoldo Brecht, por más que atribuída a quien se le atribuye.

Junta Electoral de Madrid: la petición del voto responsable puede afectar al derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto.

No ocurrirá lo mismo con la petición de voto irresponsable, imagino.

El señor Domingo.

Según la RAE, psicopatía (copio textualmente) es una anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece.

Me vine a buscar la definición porque conversando hará un par de semanas con un amigo de toda la vida, calificó a un lejano conocido común de psicópata, y de seguido, y en uno de esos crescendos de mutuo acuerdo que se dan a veces entre las personas, fuimos añadiendo consideraciones sobre este tipo de comportamientos realimentándonos el uno al otro, en un raro y mutuo darnos la razón, y cuya sustancia vendría a ser la siguiente: un determinado porcentaje de la población padece de algún tipo de psicopatía que le nubla el juicio en sus interacciones con los demás y/o en la propia visión de lo que se es o respecto de la importancia que se otorga a sí mismo.

No siendo científicos, ni tan siquiera psicólogos, no sabíamos bien de que número estaríamos hablando, pero estimamos la idea de estar postulando algo así como un 3-5% de la población, debiendo tomarse pues el guarismo como una aproximación casi seguramente sin ningún valor de certeza, pero si útil para construir el cuadro expositivo.

De este porcentaje, otro porcentaje aún menor al anterior, el de individuos menos dotados para modificar el entorno a su favor, pero suficientemente volitivos, pasaría a alimentar una parte no despreciable del número de personas calificables como delincuentes mayores, individuos que en última instancia llegarían al delito grave o al de sangre en virtud del pleno desajuste de su conducta social.

Se explica mejor así: el psicópata desea el bien X, sea persona, circunstancia o cosa, y como no puedo obtenerlo por los cauces normales y carece además, en virtud de la dicha psicopatía, de los frenos sociales y morales estándar que sí retienen al común de la gente, y con el añadido de que la empatía hacia el prójimo es menor en ellos, toma la satisfacción por la vía rápida. Es decir, delinque, roba, actúa o mata en procura exclusiva del cumplimiento de la pulsión X que fuera.

Más sutiles y complicados son los casos en que estos psicópatas son personas de buena inteligencia y preparación, pues entonces su ámbito de actuación se amplía y su necesidad de “tomar” a su antojo el mundo y sus pompas la llevan a cabo con mucha mayor eficacia y éxito, llegando a o bordeando con frecuencia el campo de lo penal, sin casi nunca entrar en él, o incluso entrando de lleno, pero ya protegidos entonces por su acumulación de poder, de dinero, de influencias y, en resumen de intocabilidad, verdadera o figurada que sea.

Y se expresaría siempre esta psicopatía en relación con la obtención de poder, desde el mínimo que se puede alcanzar maltratando a un niño, al que se consigue haciendo lo mismo en el entorno privado de cada cual, sometiendo al cónyuge, a la familia o a los colegas y subordinados en el ámbito laboral y en de las relaciones sociales. Poderes en sí, emanados unos del primario y más elemental de la fuerza física y otros de la posición social, económica o laboral, ¡ah!, y no infrecuentemente con la aquiescencia de los usos de cada lugar o incluso de las leyes.

¿Quién no conoce a personas que constantemente ladran, chillan y amedrentan a todos aquellos sobre los que intuyen que tienen la más mínima posibilidad de obtener ventajas y sin que casi nadie se lo reproche, en virtud precisamente de esa fuerza y de ese poder ya alcanzados?

Y a mayor volición y carencia de frenos, mayor éxito alcanzan en su tarea. Así, el pequeño hombre que le ladra a su hijo o golpea a su esposa o a su madre, a la mínima oportunidad lo hará también con quien crea que pueda hacerlo y resulte que este le deje, y de sonreírle el éxito y de llegar finalmente al suspirado estatus de gran hombre, y de lograr no extralimitarse pasando al otro lado de lo que en cada estado de la sucesiva escala de poderes se considere como tolerable, gozará de una legión de subordinados a los que podrá aplicar (y mandar aplicar mediante psicópatas delegados y vicarios, que bien se aplicará en encontrar) el mismo método. Exigirá a sus subordinados sus mismos comportamientos, éstos a su vez a quienes tengan a su cargo y así sucesivamente. Y todos conocemos empresas, estamentos y toda suerte de entidades y figuras, e incluso de familias, que funcionan así. No son todas, no son la mayoría pero tampoco exactamente unas pocas. Y para dejarlo más claro aún, no se suicidarían los empleados de France Télécom si yo anduviera aquí exponiendo fantasías. Es totalmente correcto hablar de psicópatas y de las consecuencias terribles de sus acciones.

Con todo, los casos de personas de más éxito son los verdaderamente interesantes. Gentes que, amparadas en la para ellas bien afortunada carencia de escrúpulos y en su mínima o muy escasa empatía hacia los afectados por sus acciones, se yerguen, y sin duda que también a base de codos, de esfuerzo y de competencia personal, pero casi siempre por fuera de lo que el común entenderíamos por moralidad, hasta lograr escalar las partes más altas de las respectivas pirámides sociales en las que se desempeñen.

Así vistos los términos, la conclusión casi obligada de nuestra conversación fue alcanzar un acuerdo aproximado sobre la idea de que el porcentaje de psicópatas exitosos, en función de su mera personalidad, tendría necesariamente que ir aumentando gradualmente cuanto más alta fuera la posición social en la que se encontraran. Si la capacidad para pisar cuellos aunque moralmente mal vista por la mayoría del común, siquiera de boquilla, resulta que es efectivamente muy útil para auparse en la escala social –lo que difícilmente puede discutirse–, los psicópatas, es decir, los mejor dotados para esta tarea, como otros lo están para la natación, se encuentran gracias a su posesión en propiedad y disfrute de todo un verdadero nicho ecológico dejado en exclusividad para ellos.

Se puede concluir que si existe un 2% de psicópatas entre los carpinteros (por poner un ejemplo) todo lleva a pensar que debiera de haber porcentajes progresivamente mayores (de una u otra gravedad) entre los empresarios o profesionales de éxito, entre los grandes capitanes de industria, y más y más y sucesivamente entre altos militares, grandes políticos o grandes financieros y aún mucho más entre los dictadores, donde prácticamente ya se podría difuminar del todo la diferencia entre los dos términos y hablar de práctica homonimia, ¿dictador o psícopata?, es decir, discapacitados morales en definitiva... porque, ¿quién y cómo los distingue?, o por sus obras los asimilaremos, que no por capricho.

Y añado ahora una segunda consideración emparentada, pero de otra índole, surgida más tarde al hilo de otra conversación con una buena amiga. Me informaba de que X, un conocido común, y al que hacía años que ella no veía, y con ocasión de una reunión Y consistente en un festejo social menor al que X estaba atenido a acudir sin posibilidad de excusa, se comportó con una distancia, desapego, altanería y desprecio –en resumen–, hacia ella y otros asistentes, que le resultó muy chocante, por ser él (o haber sido siempre) persona de buenas maneras y con quien nunca había mediado roce alguno, y precisamente por ello me lo contaba, pues la raíz de lo que veníamos hablando también ella y yo era precisamente de la mera conversación anterior, psicopatías y poder.

Y vine a comentarle, bueno..., X, en resumen, que es juez de lo penal, camino de su cincuentena, ya en un buen lugar de su carrera profesional, individuo de gran voluntad, tesón y capacidad que ya dejó bien demostrados en su día estudiando y opositando con éxito como un verdadero galeote y que por posteriores detalles de su vida, que ella y yo conocíamos, dejó entrever que no era hombre de los de pararse en sentimentalismos, por decirlo suave, es, a efectos de lo que hablábamos, un perfecto ejemplo de aquellas personas que orbitan sólo alrededor de sí mismas, quitándole toda consideración a las de su alrededor, excepto a las que tengan por sus pares o como superiores obligados y solamente y a efectos de la prosperidad de su propia carrera, intereses, objetivos, etc. Es decir, ejemplo de aquellos siempre dispuestos a besarle la mano a la señora marquesa —a sus pies, excelencia— o a besarle el anillo al señor arzobispo, —reciba el testimonio de mi más rendida gratitud, eminencia—, y a darle una patada en el culo al compungido ujier de la primera y al sorprendido monago del segundo, es decir, reabundando y una vez más, discapacitados morales.

Y el último considerando antes de ir a desembocar a donde quiero llegar es que además los usos sociales, las prácticas empresariales y las profesionales marcan, y mucho, en lo psicológico, a quienes las practican. La profesión se profesa, pues, y profesar, RAE dixit y vuelvo a copiar textualmente, es sentir algún afecto, inclinación o interés, y perseverar voluntariamente en ellos.

La legendaria insensibilidad de parte de la clase médica por los padecimientos de los enfermos, la conocida altanería y toma de distancia de tantos jueces con respecto a su prójimo, la rapacidad de tantos comerciantes, lo expeditivo de ciertos usos policiales, siempre proscritos pero siempre inextirpables, y una larguísima lista que quiero concluir con las categorias últimas de los verdugos y de los grandes financieros (en este orden) atestiguan indudablemente los desarreglos psicológicos que acechan a las personas en el desempeño de  profesiones de riesgo como las mencionadas (y muchas otras). Si un cierto porcentaje de quienes las practican padece además de ciertos grados de psicopatía añadiéndose a ello la circunstancia de tratarse de personas inteligentes y bien preparadas, la lista de daños a esperar de ellas nunca podrá ser pequeña.

Y desemboco finalmente en el caso del señor Domingo Strauss-Kahn, que es a donde quería llegar. Ayer la ministra Elena Salgado lo calificaba como hombre de caracter fuerte, lo que dentro de los usos diplomáticos es casi bordear la calificación, menos técnica, de mala bestia. Es de imaginarse que, avezada en esas lides y metida en esas harinas, no se trataría solamente de un desliz, y algo sabría de lo que hablaba.

Y ya venido aquí, el discurso final será sobre la intocabilidad, que ya mencioné más arriba. El cóctel de desprecio al prójimo, de obrar en exclusivo interés propio, de poder esgrimido, de carencia de empatía, de altanería, de pujanza económica y de exceso de volición lo bebe con frecuencia el encumbrado y no es infrecuente que se le convierta en tóxico o explosivo si la dosis se le escapa de las manos.

Paradigma de todo ello sería Silvio Berlusconi, cuyo poder le alcanza no sólo para quedar por encima de la ley sino incluso para mandar cambiarla. Le diferencia con el que hubiera podido ser su futuro colega estriba en que su dinero y poder son mucho mayores, tanto como para encubrir una existencia entera de rapacidad, una ejecutoria de estuprador, una vida entre prostitutas, como para hacer pasar por tontería menor ponerle los cuernos con los dedos a un mandatario extranjero o como para ¡literalmente! tocarle el culo en público a una mujer que pronunciaba a su lado un discurso, y todo ello sin que le ocurran absolutamente nada más que molestias y pleitos por cuyo buen fin paga.

Imagino que ilustrado por tan documentado manual de buenas costumbres y cumplidísimo Galateo de su vecino, el bueno del señor Domingo, vístose ya surto a la categoría de semidiós con su promisoria grandeur asociada, no fue capaz de medir oportunidad, lugar, legislación, capacidad de maniobra y vías de escape, la entidad verdadera de su poder (en definitiva vicario y no propio), el monto real de su dinero —sin comparación con el que posee Il Cavaliere— y, volitivo y caprino como carnero de Gredos, se lanzó derecho al despeñadero llevado en priápicas volandas por los imperiosos designios de su miembro viril, último y verdadero Thule este, a lo que se ve, y presuntamente, se comprende, de Monsieur le prochain Président, y al que muy bien podría reprocharle el Berlusca, —¿pero bueno, es que no podías habértela pagado, so memo?—.

¿Y por qué tienen siempre más suerte los franceses que los italianos para quitarse a sus monstruos de en medio?, ¿y cómo diablo es que casi siempre se libran al final de ellos, ¿y por qué no ardió París? Pues porque antes o después siempre les acaban ayudando los yanquis, miren ustedes qué leche.

viernes, 13 de mayo de 2011

Vale, hijo, vale...

Esta pobre Europa nuestra... vaya piltrafa o asociación moralmente desestructurada, como si fuera de comerciantes, o plantadores.

Remeda un poco a una familia de esas ya estandarizadas en las que que se les pregunta continuo y democráticamente a los niños si mañana prefieren para comer un rico bollo con Nocilla, nata y sirope o si berenjena y filete, si les compramos las zapatillas de marca o unas alpargatas de la cordelería (si es que cordelerías quedaran), si los llevamos al Museo Lázaro Galdiano o a conocer a Goofy y al Pato Donald a Disneylandia, si les regalamos un aifoún cuatrogé para ir al cole o si se apañan con el Nokia de hace tres años que cambió su hermano, y que si vienes a ver a la abuela o no, anda, hijo, dime qué prefieres... –Es que cuando da besos, pincha, jo, papi... y cuenta siempre los mismos cuentos... prefiero quedarme jugando con la consola, ¿vale papi?–, –Vale, hijo, vale–.

Y así otros mil dilemas a resolver, con su mejor criterio, angelitos.

Y a base de gustos y gastos las cosas acaban más o menos así: –Oye María, que no llegamos a fin de mes... ¿le pedimos un crédito al FMI?–, –Pfff, tú verás, te dirán que cambies el BMW por un Ibiza... ¡No jodas!... ¡qué espanto!, ¡peor que a subsaharianos, peor que a extracomunitarios nos tratan!, ¡y toda la culpa de Zapatero, que mira cómo lleva a esas hijas, el cerdo!

Y siguiendo con el símil, le preguntaría hoy Micer Polo al chaval, –¿Marco, hijo, te apetece venirte conmigo para Tierra Santa y el Catayo, o te quedas con tu madre guardando el almacén y probándote las telas?–, –Jooo, papi, que estoy cansado, mejor en casa que en el almacén, ¿vale?–, –Vale, hijo, vale–.

–¿Te importa si me salgo de Schengen, papi, que tengo dos partidos xenófobos a los que invitar esta tarde para formar mayoría?, ¿eh, puedo?, sólo será unos meses, sólo cincuenta o sesenta millones de euros, si no es nada... andaaa, porfaaa, papi–, –Vale, hijo, vale–.

–Oye, tío, que si me desapunto unos años del Euro ¿tú crees que le importará mucho a la abuela Ánguela, tu crees que sí puedo?–, –Vale, hijo, vale–.

–Oye, de tú a tú, que ya soy mayor de edad, ¿si no recojo unos náufragos y me hago el sueco, tú crees que le va a importar a alguien, tú crees que puedo, eh, puedo, que me hace ilu?–, –Vale, hijo, vale–.

–Oye, papi, y si nos vamos a bombardear Libia con los aviones nuevos que tenemos, ¿tú crees que se enfadarán los rusos y los chinos?, ¿podríamos mirar a ver?..., sería guay darle en la cresta al beduino.–, –Vale, hijo, vale–.

–Oye y si cuando se echen los moritos al agua, que no aguantan nada, no les dejamos que lleguen a tierra, ¿tú crees que se enfadaría alguien?–, –Sí, hijo, sí, los daneses, en cuanto se les pase, que total, ahí nunca llegan las pateras, pero si te apetece, pues vale, hijo, vale–.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Bildu, o els setze jutges

La ley poco tiene que ver con la justicia. La justicia no es más que un concepto abstracto que habita en la cabeza de cada cual y cuyos códigos, no escritos, sólo intuidos, interpretamos al gusto. Para unos se resumiría en la ley del talión, para otros en un confuso pietismo, para otros en un simple mecanismo de higiénica autoprotección, y así...

Las leyes, en cambio, son el resultado de una serie de transacciones y acuerdos ideados y consensuados para resolver situaciones y que establecen los habilitados para ello en cada sociedad humana durando las mismas el tiempo justo que se necesita para alcanzar otros nuevos consensos. Cambian las leyes como las normas de ingeniería, cualquier ojeada hacia una, dos, tres generaciones atrás dejará ver que un cuerpo de leyes tiene la misma vigencia o esperanza de vida que los materiales que se fueron usando sucesivamente para fabricar cables, armarios o cañerías.

El aborto, el divorcio, el adulterio, la blasfemia, el estupro, el robo, el hurto han pasado en el corto tiempo de mi existencia por muy diferentes estatus jurídicos, unos, delitos que dejaron de serlo, otros, muchos más severamente penados, otros ya, sin calificación legal, conductas habituales convertidas en delito, como darle un cachete a un niño o figuras nuevas, como el acoso laboral, y cuantos demás ejemplos desee añadir el lector, que todos los conocemos.

Dentro de esta zarabanda necesaria el sistema legal no tiene otra que buscar una cierta completitud y no contradicción entre sus normas, organizadas a su vez jerárquicamente. Si una norma de categoría superior dice una cosa, otra de categoría inferior no puede enmendarla, para poderlo hacer ha de cambiarse esa norma superior, y a continuación las inferiores afectadas por el cambio. Los tribunales constitucionales de cada lugar, o sus equivalentes, hacen este trabajo de interpretación de la normativa para evitar los choques entre unas y otras según se van produciendo los casos de colisión y los resultados que alcanzan son de obligado cumplimiento, sin duda, pero su sometimiento a razón y no digamos a justicia, todas ellas abstracciones y tantas como puntos de vista, es evidentemente imposible.

Puede una persona tener ochenta años, y muchas otras, dada dicha edad, estarían tentadas a decir que su irreductible oposición al aborto se debe a que nació en otro tiempo. Pero con igual legitimidad puede una quienceañera sustentar la misma opinión. Igual vale al revés, se puede ser pro abortista, o pro eutanasia, teniendo lo mismo noventa años que venticinco. Convivimos todos con infinitas visiones del mundo. Pero una buena mayoría opinaría sin duda que cualquiera de las personas mencionadas arriba si matara a otra que expresa la idea contraria debería de ser penada. Ya... ¿y por cuántos años? ¿doce, dieciocho, veinticinco, cuarenta, cadena perpetua..., que indemnice, que se redima trabajando, que la pena la imponga el hijo del muerto, pena de garrote, ejecución pública, horca...? Pues bien, todas ellas las hemos visto en el corto desfilar de 100 años.

En los casos más sencillos las resoluciones son fáciles. Sean cuales sean las ideas de cada lector o las mías sobre lo que sea estar borracho, la ley establece a unos efectos y otros diferentes cantidades de alcohol mensurables mediante el uso de aparatos estandarizados cuyo juicio, no, cuyo guarismo, salvo defecto del aparato medidor, se considera inapelable. Que unas personas aguantan el cuádruple de alcohol que otras sin sufrir efectos visibles en su comportamiento, no dejando de ser verdad, no se considera a efectos legales por causa de la imposibilidad de su medición, y ya está.

Para otras cuestiones, hoy el asunto Bildu, en unas semanas cualquier otro, y no existiendo tampoco método de medida razonable para concluir a partir de intenciones manifiestas, y no digamos ya si no manifiestas, o en ausencia de hechos, y como los ordenadores no tienen discernimiento y no es posible alcanzar un resultado aplicando una fórmula conocida, lo que sería con mucho lo más fácil, esta labor la realizan los intérpretes habilitados para ello, personas a las que se les supone el criterio profesional, la trayectoria y la sabiduría suficientes para desempeñar tan compleja labor.

Ocurre que el criterio y la sabiduría son una vez más conceptos abstractos, no medibles más que por el libre gusto de cada cual, al contrario que la trayectoria, que sí es mensurable mediante los estudios certificados, oposiciones ganadas, cargos desempeñados, publicaciones, currículo, escalafón, distinciones recibidas, etc., pero que sólo asegura el control de las variables de una parte del proceso de generar jurisprudencia.

A su vez, los seres humanos, sin exclusión de sus intervenciones profesionales, no se rigen solamente por normas escritas y, por claras que estas sean, actúan siempre y además en función de sus experiencias, pulsiones, ideologías, libre albedrío y quedando sometidos además a azares como la enfermedad, la pérdida de un ser querido, la debilidad por causa de estado amoroso o por lo que vieran en el Telediario la noche anterior.

Se sacude todo ello en la coctelera y nos encontramos entonces con que Don Salomón Cadenas Fuertes, presidente del tribunal, con merecida fama de varón de horca y cuchillo, y puesto en el cargo por quienes pudieron hacerlo en función precisamente de esa su supuesta idiosincrasia, tuvo la noche anterior uno de esos largos sueños dulces que a veces nos habitan y pasó el resto del día siguiente ¿a quién no le ha ocurrido alguna vez? en una nube de dulzura y de serena disposición hacia el prójimo. Su cantado voto a favor del degüello se convirtió en una abstención, para su propio pasmo y posterior flor de literatura jurídica, objeto de toda clase de corolarios, escolios y alabanzas de unos juristas y furibundas diatribas de otros a lo largo de los años sucesivos.

Don Justo Cívico y Dulce, surto al cargo por el cupo de la parcialidad contraria y varón de legendaria trayectoria de sensibilidad social, humanitarismo no de este mundo y de tolerancia más que cristiana, metáfisica, mil veces razonada en ponencias glosadas incluso en ámbitos internacionales, se encontró esa mañana con que su su hijo primogénito, perfecta carne de horca, le había sustraido las llaves del Audi la noche anterior, estampándolo contra una farola, había dado positivo en todas las hierbas que puedan crecer en una pradera y sin siquiera el consuelo que podría haberle proporcionado el darle cuatro gritos, hubo de hacerlo sacar de comisaría por la puerta de atrás apelando a los buenos oficios de un colega que le debía una. A la hora de votar, don Justo Cívico enmendó al alza al mismísimo Hammurabi y su pronunciamiento circuló esa noche por los cenáculos políticos y jurídicos como lo hubiera hecho la noticia de que la Madre Teresa regentaba un prostíbulo en sus ratos libres.

El resto de jurisconsultos, con su día mejor alineado con el contenido normal de sus conciencias, votaron lo que se les suponía y otro más, en procura siempre de su mayor serenidad curricular, y conocido por lo tanto por su legendaria tendencia a no irritar jamás a nadie, les irritó a todos engarbullando sus considerandos hasta tal punto que no le quedó otra que abstenerse, más que nada porque ya no podía salir por la puerta sin más, y no siendo este el voto que tenía contratado, lo que ya en sí mismo nunca deja de ser un escándalo, sin necesidad de más considerandos y otrosíes.

De resultas de todo el mejunje salió un pronunciamiento inesperado, objeto de declaraciones por parte de unos ya próximas a la barbarie y de otros acogido con estupefacto silencio y preceptivas declaraciones de exquisito respeto a la ley, mientas bailaban claqué en la intimidad.

Y daría la sensación de que cuantas veces volviera a repetirse el procedimiento de dictar jurisprudencia, una mala digestión, una intervención médica de urgencia, una lectura reveladora de última hora, un súbito desajuste de conciencia, una llamada a tiempo para cobrarse un favor, un inopinado ataque de independencia de cualquiera de los componentes, llevaría sucesivamente y como aquel que lanzara dados al aire a enunciar sucesivas decisiones opuestas, parigualmente mesuradas, justificadas, razonadas y encima, y esto sí que ya es lo último, igual de comprensibles para la mayoría y vendidas con el mismo desparpajo en el Telediario.

La antiabortista que le sufraga el aborto a la niña, el clérigo que le acaricia el escroto al monaguillo, el diputado de izquierdas que no le paga el sueldo a la filipina, el docente de ética que le explica a pie de bidé los flecos del temario a las alumnas merecedoras de ello, el virrey que viceroba, el entrenador que desentrena, el republicano reponedor de coronas, la zorra que vigila gallinas, el policía malo, el buen ladrón, el cristo con dos pistolas, el informador que desinforma, el sabedor que desconoce, el inspector de Hacienda sin IVA, el fabricante de los agujeros de los preservativos, el pirómano de la cuadrilla forestal, el ideólogo sin ideología, la vendedora de niños de misa diaria, el socialista que privatizó la fuente de su pueblo, el financiero privado que ramonea sustento público, el empresario con beneficios que despide a quienes se los producen, todos ellos, todo ello y todo este saco de comportamientos humanos contradictorios parecería que vinieran siempre a aportar su parte a la pesada cada vez que se toca a rebato para efectuarla, sublimándose el batiburrillo en hiperconcentrado caldo en cubitos que diera sus frutos de jugosos potajes en cada uno de los sucesivos estamentos llamados a pronunciarse sobre esto y sobre lo otro, estamentos que no están compuestos en definitiva más que a base de un porcentaje de gente común y otro nunca desdeñable de cada uno de los tipos descritos, igualmente común, pareciendo así que cada decisión, cada conclusión, cada dictamen, cada ucase y ¡hágase! estarían entretejidos y mediatizados por todo este barro de clientelaje debido, de contradicciones en términos, de componenda, de inconfesable servidumbre humana, de contesto porque no sé, de sé pero no contesto, de hago según y como, de hago porquemesaledeloscojones, de hago lo que me digan, de no pienso hacer, de deshago porque puedo y puedo y además porque no sabe usted bien quién soy yo, ciudadano Sancho. –Y devuelvan ahora mismo a este desharrapado a su celda, agentes–.

martes, 10 de mayo de 2011

Haré un posteo hoy (¿Señor, no podrías inspirar me, inspirar nobis, con otro palabro?, tuyo rendido de rodillas, A) estilo Jano bifronte, es decir explicaré opuestos de esos que concurren concomitantes y por lo tanto molestan siempre.

Para empezar contestaré, más o menos, a un comentario a la nota sobre el asesinato de Ben Laden y que por merecerlo lo único que hará es darme trabajo, ¡porca miseria! Y contesto contraviniendo las propias costumbres que me impuse (normas estas que no tengo, es claro, y ya empezamos por los Janos) porque ya lo he hecho otras veces, pero mucho más en corto y a la ligera, porque si hay una cosa que me molesta particularmente son los agradecimientos.

Me resultan desgradables y difíciles de encajar precisamente en virtud de lo que siempre gusta de ellos, el halago público. Es decir (y seguimos con los Janos), que aún diciéndose uno para su coleto –¡Coño!, pero si es que me lo merezco, sabré yo–, porque es humano quererse, se ve uno despertado simultáneamente por un tronar y trinar de tambores y campanas y timbres que se ponen a lanzar avisos y gritan –¡tente, hombre, no prorrumpas en albricias, avergüénzate, escribidor!, pues de sobra sabe uno que el halago, el bienintencionado incluso, sin otro fin en sí mismo, y no digamos ya el artero, o adulación, aunque no sea el caso este, no llevan a otro lugar que al ablandadero de meninges y a habitar la autocomplacencia, ese desierto, con sus correspondientes costes. Y me permito reservarme nombres, pero conozco una suficiencia de casos como para saber muy bien de lo que hablo.

El halago, que después de la codicia se podría calificar como el segundo motor del mundo, es con ella padre y madre de todas las clientelas, de la de aquella parte de la tribu que se queda en corrillo de sus parciales con exclusión de los externos a él y por lo tanto se hace generadora del conchabamiento, asociación que por identidad de intereses acaba tomando cosas y bienes para sí excluyendo del pastel a otros. De ahí a la corrupción, al robo y a la toma del poder sólo falta un paso, que no me lo negará usted, Mister de Quincey.

Hacerse sensible al halago pues, ¡y claro que el halago gusta!, no sería definitivamente malo en sí, como no es malo comerse un pastel, lo peligroso es la adicción, el paquete de pasteles que no es nada difícil que te traigan a continuación, porque has dejado claro que te ha gustado, el que tú mismo corres a procurarte más tarde, y cuando vuelves a abrir los ojos eres otro, tal vez ya un imbécil, tal vez ya un adicto al azúcar. Y hará falta la fuerza de un Titán para desandar ese despeñadero.

Exagerado como soy, quiero disculparme ante el lector (persona de exquisito manejo con el lenguaje, por cierto) de las posibles majaderías que pueda yo haber expresado arriba y dejar claro que no es la cuestión el que sea un desagradecido. La cosa es de otra índole, de exclusiva responsabilidad mía y solamente es un echar las manos por delante. Gracias pues.

Y vayamos con la prensa.

Al ya casi legendario adagio de Don Rafael Sánchez Ferlosio sobre lo sospechoso que resulta que el periódico traiga a diario 32 páginas de noticias, ni una más ni una menos, se le podría añadir el corolario de la exactitud añadida en su exquisita compartimentación. La columna de Fulano, un sabio verdadero, constará de 1400 caracteres, +/- 4%, que viene a ser la cantidad de interletraje que puede aplicar el maquetista para ajustar. En casos excepcionales, y cuando el sabio sea un vago, al límite mismo de no merecer cobrar, mandará un 8% menos y tocará entonces hacer maravillas con el ensanchado de letra a un límite del 5%, nunca más, pues ópticamente no es tolerable. Cuestiones de corsé, y parafraseando a Mister Marshall, Mc Luhan, digo, el masaje es el corsé.

Si el sabedor, por contra, se levantara esa mañana rumboso mandaría un 15% más de texto, se aplicarían los remedios del caso anterior a la inversa, el diagramador, con cuatro minutos para acabar la faena, se cagaría con toda seguridad en la puta madre del prócer y llamaría a un tipo con un lápiz rojo que le indicaría lo que haya de mandarse preceptivamente al guano, o papelera de reciclaje. Si hay suerte y el del lápiz anduviera inspirado no se cargará el nucleo expositivo de lo que fuera que postulara el conocedor, si no la hay se seguiría un non sense, o memez, y las reclamaciones al maestro armero.

Partiendo pues de constricción semejante, todo lo que se siga de ella será pensamiento compartimentado, cuadriculado, medido, numerado, recortado, amputado, mal matizado y, en definitiva, ocioso. Y lo es por construcción, porque una idea, una exposición razonada, no pueden reducirse por decreto a tres líneas, treinta, trescientas o treinta mil. Es la primera de las esclavitudes de la prensa y la segunda lo es su nómina. ¿Por qué los sabedores fijos son siete, o catorce, y los mismos siempre y no otros? Los martes, Zutano, como los jueves la paella del menú. La prensa no es más que un trabajo, lector, y los libros de creación, libertad, salvo que te contraten para escribir siete libros en siete años, en cuyo caso, allá cada cual...

Volviendo arriba, el caso que expuse era el del sabedor, no digamos ya si fuera el del menos documentado, que los ejemplos sobran, o del directamente sufragado, paniaguado y expresamente colocado para mentir, cuyo trabajo entonces, haga más o haga menos, que se explaye o que no sepa más que añadir, a quién podrá importarnos, porque cuál otra función cumple el fementido que la de capataz de los intereses de su amo. A la que se le ve el plumero ¿querrá ningún lector documentado seguir leyéndole? Yo no desde luego. Y ya son más, muchos más, aquellos por los que paso por encima que en los que me detengo.

Y todo ello sin haber entrado ni de lejos en consideraciones sobre línea editorial, necesario respeto al dinero de los anunciantes –verdero motor moral de toda la industria–, libro de estilo y demás materia de pamplina, pues el que sabe escribir sabe y el que no, no aprende nunca, e idiosincrasias peculiares de la pirámide de cada empresa, cuya cadena jerárquica siempre deja bien claro de qué sí y de qué no se puede escribir, y en cuáles términos. Y el porqué de todo ello ya te lo pintas tú, tribulete, y si es que eres lo suficientemente conflictivo como para siquiera planteártelo... y mal te veo ya, chaval.

Y por cierto, trabajé en prensa, cinco años, de mis venticuatro a mis ventinueve, así que ya llovió, eso sí, pero con el hecho a favor de que no poco ha empeorado la cosa, lo cual sigo sabiendo bien como desdichado lector.

Empecé en una pequeña sección semi marginal que acabó siendo la segunda mejor valorada del lugar, según encuesta ad hoc entre los lectores, y por la sencilla razón, ahora sí me autocomplazco, de que quien escribe en la sección de mortadelas, y por milagros que haga, nunca podrá a aspirar a tener los lectores que habitan la sección de jabugos, es claro. Me dieron otra más, en este caso la de salchichones, ¡grande mejora!, hacía también una tira gráfica, terminé además diagramando la revista y finalmente busqué y obtuve una columna de opinión, ¡al fin el lomo embuchado!, en lo que cualquiera calificaría éxito y buen ejemplo de escalada profesional, qué duda cabe. Aunque estajanovista ya lo era entonces, también es verdad, que algo ayuda.

No recuerdo bien si acabé con tres o cuatro seudónimos, no podía salir el mismo nombre por tantos sitios. Me despedí motu propio al mes de entrar un nuevo director que literalmente me alteraba el metabolismo hepático, lo cual, por cierto, era mutuo, y cambié de oficio. No fue ninguna heroicidad, lo hubiera hecho él dos semanas después sin ninguna duda. Y el papel entintado en cuestión nunca fue de los malos, que los había y los hay bastante peores...

Aún sigue hoy en día el chorbo por esos medios..., ya momificado y glorificado en su afamada trayectoria, cubriendo de falsos ex abruptos y opinando sobre el interior de la ropa interior del famoseo desde esas cátedras informativas de la telerrealidad y otras trincheras informativas asimiladas. A ciascuno il suo (a cada cual lo suyo), amigo, y en conclusión, y por seguir de la mano siempre firme de Don Leonardo.

Yo poco perdí, lo confieso, una tribuna de segunda desde la cual sólo podía aspirar, mediante la necesaria efusión de codazos, dentelladas y pisado de cuellos, a llegar algún día a una tribuna de primera, cuya obtención y posterior conservación requerían y requieren, como mínimo, lo mismo, y todo ello vita natural durante, como se dice en italiano. Meneé la cabeza y abandoné el oficio. De las muchas decisiones que se toman y de las que la vida te otorga tiempo más que sobrado para arrepentirte una y mil veces, esta fue de las pocas por las que no he sentido aún la necesidad de hacerlo.

De una manera o de otra seguí escribiendo y si algo tengo hoy claro es que un blogue, si no lo toma uno como una obligación, sino como plataforma de una afición, como otros se hacen con una huerta soleada y otros más se van al karaoke, y si no se profesionaliza, eso sí, es un espacio de libertad único donde se es verdaderamente el dios del lugar. Aquí puedo escribir lo que quiera, cuelgo lo que me apetece, soy responsable único de lo que haga y no haga y si algo únicamente me retiene a veces la mano es la necesidad de dejar quieto algún material inédito para una publicación digamos estándar, es decir, libros.

La profesionalización del periodismo, a parte emolumentos, no trae otra cosa que compromisos, obligaciones, componendas, roce permanente con quien no se desea o, directamente, se odia, sometimiento a toda clase de normas y tiranías y exigencias de carrera y currículo en una espiral que no acaba más que en el paro o la jubilación, con el plus del Trolex en la muñeca grabado por la redacción, –con la admiración de tus colegas, a Eugenio D’Ors–.

Para el que tenga algo que decir, a estas alturas, mejor comer de otra cosa. Y si antes no era posible, por falta de plataformas, hoy día en Internet si lo es y, a la larga, el que quiera buscarte, te encuentra, dicho sea en el buen sentido.

Desde luego hoy perdí el hilo, no suelo hacerlo, y me disculpo, casi acabé escribiendo un engendro camino de la carta privada, pero sea esto bueno o malo, merecedor o no del interés ajeno ¿dónde diablo puede uno hoy irse a leer cosas libremente escritas más que por esos blogues de dios? Y la prensa no para de bajar y bajar y las redes sociales de subir. La adaptación de los tradicionales medios escritos a Internet a la larga les resultará imposible, no sólo por razones económicas, que las hay sobradas, sino porque por donde la libertad asoma, gratuita además, crea adictos. Será este el último de los conceptos que admitirían como causa para su caída, pues atañe directamente a la gestión que realizan de la verdad y la mentira, es decir, a la base final de su negocio, pero no será a la larga la menor de ellas.

Pero incluso este desacople de la escritura del bloguero de la constricción publicitaria –quien paga manda– se convierte en un poder muy real, cuando se hace verdad lo contrario, si no me pagan, a ver qué otra manera encuentran de mandarme. Costará mucho más hacerse con los lectores, sin duda, pero con cada uno que me vaya haciendo ¿quién me lo quita?

Los ratones, una vez y otra, nos comimos a los dinosaurios, y no será que a estos últimos les faltaran medios. ¿Medios dije?

domingo, 8 de mayo de 2011

Eso es todo

En casa de un buen amigo y habiéndome quedado mirando una lámina colocada delante de unos libros en una esquina de su biblioteca, me preguntó con toda su peor intención: —¿A que no sabes de quién es el cuadro?, —pues de Benito Moreno, hombre, de quién va a a ser...—. —¿Y tú cómo sabes eso?—, repreguntó, no sé qué más, si sorprendido, curioso o chulesco sin causa, —¿Y porqué no debería de saberlo, serás tú el guardián de mi memoria..., será que alguna vez la tuve mala?, pues no te jode...—, y así seguimos refunfuñando, a picotazos, como buenos compañones, y desde la lactancia, más o menos.

Ya en mi casa y a cuenta del tecleado subsiguiente en internet, aggiornamento, en fin, y metido en averiguación sobre qué había sido del autor (antes se salía de paseo o se cogía el teléfono y se preguntaba a quien se creía podría saberlo –¿Oye, te acuerdas de, o sabes qué fue de...?– y se lograba o no una contestación, verdadera o falsa que fuera, pero por lo menos se hablaba con un ser humano) vine a caer en una página que glosaba a Benito Moreno, cantautor personalísimo y después excelente pintor, y de allí, siguiendo el hilo, di sin haberlo esperado en esa casi sublime canción de amor suya, Eso es todo, arrinconada por este desuso de las cosas que es el vivir, pero inmediatamente vuelta a traer a la memoria en su completa totalidad, —¡jódete, que me sigo acordando!—, y que fue compañía de tres terribles meses de mi juventud, de amargas horas e insoportable desespero de amor rechazado, con sus lágrimas y su cocear y su no saber cómo ni dónde irse a morir, como es canónico, pero sin reírme para nada de ello todavía hoy, pues todo viene y va y vuelve y parte y llega, y el sí y el no son almas pálidas y débiles tantas veces, porque se sigue bebiendo en toda clase de aguas y en ocasiones sin haberse querido ni dar cuenta, y por las sensibilidades al acecho, de esas que luego y siempre recriminan y te califican de varón, como si de una discapacidad emocional se tratara, o de una consecuencia ya tardía de la sífilis, con su demencia asociada.

Transcribo la canción pues:

decir te quiero es todo lo que pude aprender
es todo lo que llego lentamente a escribir
y todo lo que debo y quiero comprender
te quiero y eso es todo lo que querría decir

lo demás es el tango, el tongo y la vecina
y los cuentos corrientes del banco y del t.b.o.,
lo demás es consumo, con humo y gasolina
es jugar a ser juez y verdugo y no el reo

decir te quiero así, toma ya, pum, en seco
te quiero comprar, no, ni quiero que me traigas
sólo el te quiero antiguo, de diluvio y de eco
que hasta tiene compás y que incluso se baila

después de tantos años sólo sé decir eso
sin cupido ni flechas ni espada ni sombrero
mi gran revolución también es dar un beso
y alzar sólo la voz para decir te quiero

La perfecta declaración de una oveja, los primeros cuatro versos, desde luego, y como podríamos jugar a decir yo mismo y algunos que yo me sé, incluyendo al amigo de arriba en cuestión, pero también y además cuatro sabios, acerados, halagadores y maravillosos versos de amor, como tampoco voy a privarme de decir, y como es y como debe de tratarse con la realidad de los sentimientos, siempre con más caras que agonías o alegrías traigan, con más ductilidad que todo lo que pueda decirse de ellos por escrito, y porque a fin de cuentas, no pocas noches, aún habito en la poesía, parrilla al fuego blanco, pero también mármol, agua y jardín de Taj Mahal propio y gratuito y del que ningún casero, nacido o por nacer, me podrá desahuciar nunca.

Ese te quiero, pues, en castellano, con exclamaciones o sin ellas, pero ¡con cuál caudal de manejo del idioma en la canción, con qué sabiduría en la presión del lápiz!, desde el explosivo decir te quiero así, toma ya, pum, en seco, al lento y suave y dulcísimo sólo el te quiero antiguo, de diluvio y de eco... hasta el definitivo y alzar sólo la voz para decir te quiero.

Y qué barbaridad, el te quiero mismo y en sí, una de esas perfectas expresiones polisémicas del castellano –me disculpo por el pavoroso término– mucho más rica en matices de los que cabría suponerle atendiendo a las dos simples palabras que la constituyen y a poco que nos paremos el escribidor y el lector a tomar aliento y a pensarlo.

Contiene amalgamados en su sencilla llaneza de frase corta y sin pretensiones los significados de varios verbos: amar, poseer, desear, pretender, gustar...; el querer pues, el motor del mundo, entendible por un extremo en un sentido fuerte, imperativo casi, el que ponemos al decir ‘yo quiero esto’, cuando se expresan la voluntad y exigencia de entrar en posesión de un objeto o un bien, y en otro, en cambio, como casi un sinónimo del te estimo (a la catalana) o de un te amo, donde el matiz de posesión, de urgencia, aparecen más debilitados frente al de simple constatación de un estado del sentir.

Así se puede decir te quiero entendiéndolo como un ‘te quiero a tí, te exijo a tí, quiero entrar en tu posesión’, imperativamente. El otro te quiero, llano, suave, casi meditativo, de confesionario más que de pretendido titular de un derecho a ejercer, es expresión de dulzura, no de combate sin duda y de pretendida o alcanzada suave intimidad.

El italiano, riquísimo en matices, comparte con el castellano el ti amo, expresión idéntica en todo al te amo. Sin embargo ese ¡te quiero! fuerte, traducido literalmente ti voglio, es allí expresión mucho más fuerte aún, al borde mismo de lo malsonante o socialmente poco recomendable y su significado primero es el de reclamo sexual (quiero cópula, quiero joder, te tengo que poseer y te voy a echar atada encima de la mula y te voy a encerrar sine die en la alcoba, para entendernos).

Llevados a estas lides tremendas –hoy ya inconstitucionales, mal que bien y en todas partes, creo– por causa de tan directo y posesivo significado, los transalpinos usan principalmente otra expresión emparentada, el ti voglio bene (o tanto bene) por el te quiero, o el te quiero tanto, en nuestro segundo sentido suave ya indicado. Disfrutan así de tres expresiones finamente gradadas donde nosotros jugamos con dos, de más suave a más fuerte: ti voglio bene, ti amo, ti voglio, donde la primera expresión al igual que el te quiero castellano, puede incluir también (o no) un matiz sexual, pues se le puede decir a un hijo, a un familiar, a una persona a la que se estima mucho o al amor platónico, pero también a la pareja (o parejas) de edredón y pajar y de urgencia insoslayable de portal y descampado. Así con tres expresiones despachan en la práctica cinco situaciones donde el castellano lo hace con dos, y una de ellas, nuestro te quiero de marras, habitado por cuatro matices básicos, desde el te rapto al me gustas, ¡ahí es nada!, y esto por no hablar de sus derivadas.

En resumen, amadas (y amados) que lo mejor y lo más sensato y a la que le digan a uno te quiero, y antes de contestar: –yo también–, o –yo más–, o de irse desabrochando, o de dar una bofetada fulminante o de usar el más suave y acreditado –¿pero bueno, tú qué te has creído?–, será informarse antes: –¿Ya, pero me quieres en cuál sentido exactamente, Ovidio, rey moro: el fuerte, el lato, el llano o el débil?–, y a continuación, atenerse a lo que pueda ocurrir, celebrarlo, o paciencia y barajar.

Concluir por mi parte que este juego tan japonés de entonaciones diferentes: de proclama, de casi susurro, de dulce exigencia apenas musitada, de grito alto, de asustada guturalidad en ocasiones, de casi apenas un rogar o un tratar de obtener, de conceder quizás, de un todo por dar y un todo por pedir del te quiero castellano me fascinan y me parecen un tesoro incomparable. Permiten, mediante el tono de la voz y el matiz adecuado en la dicción, desde la perfecta suavidad a la perentoria declaración, ir un punto más allá, quedarse un dedo más acá, decir suavemente que quizás, proponer dulcemente que sí, rozarse o recular, posponer o avanzar. Abrazarse al amor con fuerza, finalmente. Pedir o dar el sí que glorifica, el sí del poeta.

Eso es. Eso es todo.

sábado, 7 de mayo de 2011

Eskupeando

Se empieza por igualar miembras a miembros, se sigue confundiendo matrimonio con patrimonio, se prefiere monomarental* a monoparental —si fuera que de mamás (con perdón) y no de papás se tratara— y se acaba concluyendo que la concordancia de número no es otra que una antigualla sin más. Eso sí, el error de número seguramente siga siendo todavía independiente del error de género, es decir, no se considera obligatorio que hayan de ir ligados y por lo tanto aún pueden volar libres, cada cual a su gusto y al mejor estilo ‘tú mimmo con tu mecanimmo’, razón por la cual no hay forma por el momento de saber si la cita que sigue la redactarían en su origen hembra, varón o cualesquiera otro estado humano de su preferencia. Vean si no:

El presidente afgano ha declarado que los atentados contra edificios oficiales en Kandahar es una venganza por la muerte de Bin Laden. En la imagen, una de las protestas...

Eskup, diario El País.com, una noticia del sábado 7 de Mayo de 2011.

Claro, que si creen que exagero también pueden ver el siguiente eskup (y tajo) exactamente en la anterior noticia del mismo día y casi hora del mismo diario, aunque en este caso se trate más seguramente de una simple errata que no de una disfunción cerebral o cognitiva, como el anterior, aunque abundando, por desgracia, en la misma dirección.

Las autoridades afganas obligan a cuatro menores a contar en televisión que iba a actuar como terroristas suicidas. Fuentes de Inteligencia han explicado que los niños son...

Eskup, diario El País.com, una noticia del sábado 7 de Mayo de 2011.

Y esto a diario, nunca mejor dicho, y muchas, inacabables veces. Y en todos los medios, como se dice ahora, y con tanto, tanto, tanto ruido, como ladraba de pena y horror Joaquín Sabina, que a veces se viera uno tentado a pensar que los inverosímiles subtítulos con sus portentosas erratas del Telediario de la Uno, y los titulares del diario gratuito Qué, y los de El País, y los de El Mundo Today, incluso, fueran todos obra del único periodista aún no acogido al paro, de una sola mano pluriempleada e incesante, pero incesable, que corriera desesperada de acá a acullá, con su manojillo de tildes y jotas y ges y bes y uves y haches siempre mal repartidas, apretadas y estrujadas en su puño cerrado como mejor y buenamente pudiera y el cual abriera de vez en cuando, extendiera su palma y las fuera soplando a su mejor albedrío sobre el teclado de cada uno de los mil medios en los que trabaja, saltando enloquecido con ellas escurriéndoseles por todas partes, de taxi a moto, de bici a bus, de cursillo de perfeccionamiento a máster de comunicación, de conferencia de prensa sin preguntas a puerta de juzgado sin juicio, de atrio de hotel de lujo a portón trasero de morgue, de vestuario de acaudalados mocetones musculados a camerino de folclórica amargá, colocando el micro y la grabadora igual ante los más aterradores hocicos que frente a las más glamurientas boquitas pintadas, encuadrando en cámara lo mismo a santateresas que a benládenes, a Jorgeguashintones pretendidos que a ladrones negados, a aspirantes al estrellato que a estrellados, y atendiendo al móvil, pellizcando el áipad, de la Real Academia a la Complutense, de Valladolid al Toboso, y pasando todas sus letras y escribimientos con mimo infinito por el Photoshop, por mor de su necesario aseo, por razón de buen diseño tipográfico, ese dios, y en procura de su mejor aspecto y para alegría y beneficio sin fin de sus empleadores, en lugar de por el corrector ortográfico, o siquiera por el del cernido, y resoplando agotado, derrotado y acabado sí, pero triunfante y logrando reunir finalmente sus sudados 934 euros mensuales, gajes, pluses y extras incluidos, para depositarlos en el banco y para no volver a verlos jamás, como sin duda bien conocerá, el desdichado.

Y ya al margen de erratas o no y de libérrimas y sacras creencias ortográficas de cada redactor, lo cierto es que sí queda una evidencia meridiana. No ha habido corrección, ni sombra de correctores detrás, ni siquiera ojeada desganada y con bostezo. Porque de haberlos... ¡ay madre mía!, de haberlos... ¿se los imagina el lector trabajando con parecido celo y competencia profesional cortando uñas de ancianos impedidos, en salas de seguridad nuclear, en depuración de software, en el taller de frenos de su coche de usted, cosiendo vasos sanguíneos en quirófano o como controladores aéreos?

¡Ampárame Señor! o, mejor aún, tómeme de su mano huesuda y sabia, tóqueme con su pluma y lléveme ya y de una vez por todas con Usted, Don Elio Antonio.

Bueno, o tómame ya, colegui, si t peta, Eli, tío, que x fabó t lo pío.


*http://www.diariovasco.com/agencias/20110503/mas-actualidad/politica/valenciano-defiende-monomarental-describir-mejor_201105031945.html

martes, 3 de mayo de 2011

Confieso que esa espontánea manifestación y expresión de júbilo de la población estadounidense al anuncio de la asesinato o, más suavemente dicho, eliminación extrajudicial de Osama Ben Laden, si bien perfectamente comprensible, no deja de causarme un punto de desasosiego y de perturbación. Aún no siendo evidentemente capaz de ponerme en el sentir de un hijo promedio de esa justiciera sociedad, justiciera de horca y cuchillo, como ella misma, sus leyes, usos, idiosincrasia e industria cultural nunca han dejado de poner de manifiesto, si me cabe la consideración y la comparativa con lo que previsiblemente podría ocurrir en Europa, o en Rusia (si es que acaso esta no fuera Europa), de darse un caso semejante en cualquiera de estos pagos nuestros de aquende la mar océana.

De terroristas, asesinos y de los más generalmente llamados por cualquier organización constituida a sí misma como estado, enemigos del pueblo, surgidos al amparo de una creencia religiosa o de idea política o social no andamos desde luego faltos en la vieja Europa, si no es que los inventamos aquí, y bregando llevamos con ellos toda una historia universal. Y se les dan a tales enemigos dos tratamientos a su captura: aniquilación inmediata in situ o bien aniquilación posterior, una vez extraída la información necesaria, en las catacumbas ad hoc de cada uno de estos estados nuestros de hecho, o de derecho o de deshecho que sean, al mejor estilo Baader-Meinhof, Lasa-Zabala o de la escuela de Beslán o, más generalmente, captura y posterior juicio, con condenas bien pregonadas y ejemplarizantes, ajustadas a cada ordenamiento jurídico, y con exhibición de todo el necesario aparato de la justicia entronizada en su pompa más magna, sin faltarle nunca su correspondiente delirio de puñetas, bonetes, balanzas, mucetas y decimonónicas damas vendadas.

Sin embargo, lo que no me consta, es la espontánea celebración, y este sí que es el quid del hecho del que hablo, de un acontecimiento no bélico, pues no había dos ejércitos enfrentados, sino de un acto meramente policial como es el de entrar con los medios suficientes en una casa y llevarse detenidos, de grado o por fuerza, vivos o muertos por causa de su resistencia a los moradores, aunque llevado a cabo con métodos, procedimientos y material militar. Celebraciones con actitudes y vivas que más parecían propios de una victoria deportiva, de haberse ganado una millonaria lotería navideña o del día del Orgullo de la preferencia de cada cual.

Chocan aquí con pavoroso crujir de huesos el derecho constituido, el humanitarismo laico, la caridad religiosa y la simple piedad, tan vieja como Homero, patrimonio este verdaderamente diferenciador entre unos y otros seres humanos, con estos comportamientos de los llamados élites y pueblo, justificados siempre por las primeras en supuestos estados de necesidad y por el segundo y para celebrarlo estruendosamente con el también, y humanísimo dicen, sentimiento de alegría por la venganza al fin alcanzada y habida.

Pero estado de necesidad no lo había, digan lo que digan, el mal ya estaba hecho y, si me perdonan la consideración, casi amortizado, y la satisfacción de una simple venganza se podría perfectamente haber llevado a cabo por otros medios igual de modernos que los visores nocturnos, los jurídicos.

Pero proclamar, de antemano, que el objetivo era matar, hacerlo así con un hombre desarmado y después sustraer el cuerpo pone a esos dirigentes y militares casi a la altura de aquel generalillo y dirigente local este nuestro, que sembró el país de venganzas tan atadas y bien apisonadas que ni siquiera conociendo la localización de las fosas ha habido fuerza humana ni espiritual capaz de acudir a abrirlas, enterrar a los muertos como disponen los dioses de cualquier lugar y a darles las exequias o el culto que sea que merecieran, y así fueran las huesas de asesinos o no.

Porque la venganza y el asesinato extrajudicial ningún bien añaden a nadie ni a nada, sólo incrementan el horror y la deshumanización y generan espirales sucesivas de lo mismo, o como mínimo, de aterradora insensibilidad social hacia las muertes y los escarmientos, precisamente, y a nosotros van a venir a contárnoslo.

Y todo ello y ni que decir tiene, sin entrar siquiera de refilón en el debate sobre la pena de muerte, que lugar habría para ello.

Pero los jerarcas alemanes en Nüremberg, el panameño general Noriega, el mismo Saddam Hussein, el dirigente serbio Karadzjic o el general croata Mladic, entre otros, sentados sucesivamente en el banquillo por la justicia de sus vencedores, y asunto por lo tanto este sin duda matizable en lo tocante a hablar de justicia, pero responsables todos ellos de lo que prácticamente nadie se podría rehusar a calificar como de grandes crímenes y genocidios, y aún admitiendo las infinitas justificaciones de ideología y de parte que sus partidarios pudieran aducir, disfrutaron, si es que se puede de usar tal término, de unas garantías jurídicas estándar o incluso avanzadas y de los derechos que la ley bajo la que se les juzgaba a su vez también les garantizaba a ellos.

Un juicio justo, en la medida en que cualquiera pueda serlo, y una condena en los términos que el ordenamiento jurídico del estado ofendido o que la parte juzgadora contemple hubieran llevado en este caso a la misma situación, la ejecución del capturado, para satisfacción igualmente de quienes se vieran satisfechos por ello, y para la misma consternación de quienes han quedado consternados por la desaparición de su líder, pero manteniendo unas formas que para nada son ociosas en derecho, ni siquiera en la patria del juez Lynch y aún aplicando incluso la pena capital. Y no son ociosas porque aunque sólo sirvieran para la contención de los siempre inacabables aspirantes a juez Lynch y a los jaleadores de sus métodos ya estarían más que justificadas.

Sin embargo ya no se dan en Europa desde hace varios decenios estas manifestaciones de júbilo por hechos semejantes, por extralimitaciones de ley, incluso amparadas en modificaciones especiales que la exceptúan y desvirtúan. A la captura de los asesinos del concejal Miguel Ángel Blanco, a la captura de los asesinos de los trenes de Madrid o a la toma por el ejército ruso del teatro tomado a su vez por los terroristas chechenos no se produjeron manifestaciones de este tipo. No recuerdo que la detención del terrorista Carlos produjera nada similar ni tampoco la muerte extrajudicial en la cárcel de los integrantes de la llamada banda Baader/Meinhoff. Hubo manifestaciones de repulsa y de de dolor por los hechos que perpetraron. Exigencias de justicia, pero no más.

Que todas estas comunidades sacudidas por estos crímenes suspiraran aliviadas es asunto de humanidad y de lógica, pero celebrar la muerte en público, incluso la de los seres odiados y de los más merecedores de la execración mayoritaria, debería de ser asunto justificado sólo para el interior del caletre de cada cual, sólo entre amigos en una taberna, en la intimidad de la comida familiar y en los comentarios entre compañeros de oficina. Llevarla a la categoría de fiesta popular en la calle poco dice de bueno de aquellas sociedades en las que se produce o incluso tolera y estimula. O así debiera de ser al menos desde Jovellanos y Beccaría. Y algo ya ha llovido.

El primer indicador del estado de la lucha contra la barbarie (contra la cual, por cierto, cualquiera ve razonable protegerse) no es otro que el trato que se le depara al bárbaro una vez vencido. Pero además bárbaro, o su traducción equivalente, conviene no olvidarlo nunca, es como tantas culturas califican simplemente al otro, al ajeno, al meteco, al distinto. Y un cazabombardero moderno, con bombas de 1.000 kilogramos puede ser perfectamente entendido como bárbaro por cualquier campesino asiático o ser humano de cualquier otra parte y también, cómo no, por cualquier estandarizado ciudadano medio de nuestro opulento primer mundo al que le caigan encima, o incluso sin que le lluevan sobre la cabeza. Bastaría con sentarse a pensarlo. Igual de bárbaro es el bombardero que una maleta explosiva en un tren o en un balón lleno de dinamita dejado a la salida de un colegio. Matan igualmente a culpables e inocentes, y más generalizadamente, matan. Cuestión de lecturas, nada más.

Esto al margen, el viejo ¡Vae victis! y la ejecución de un ser humano maniatado, sin juicio y perpetrada por un estado autodenominado de derecho, y no por una asociación mafiosa, no debería de ninguna manera ser todavía un principio jurídico aceptable casi por la misma razón por la cual los candiles han sido postergados en su uso por las bombillas eléctricas. Lo que ya tiene más miga es tenérselo que explicar a esos mismos que inventaron las bombillas eléctricas. Y a tantísimos otros.

Nota, y para concluir, no deja de ser chusco que ayer mismo por la tarde-noche, día 1 de mayo, mientras estos hechos más o menos ocurrían estuviera yo terminando de leer un libro más de Leonardo Sciascia, Porte aperte (puertas abiertas) en alusión a aquel adagio del fascismo italiano que afirmaba que bajo el régimen de Mussolini la gente podía dormir tranquilamente con las puertas abiertas; latiguillo este repetido aquí mil veces y escuchado otras tantas en mi infancia, en la España del general del que hablaba arriba. Y trataba el libro de un caso de ficción, allá sobre el año 38-39, en el cual un juez, no necesariamente antifascista, pero tampoco fascista, simplemente un hombre de conciencia y de estudios, arruina su carrera y su futuro por negarse a condenar a muerte y por dirigir las deliberaciones del jurado en ese sentido, a un acusado juzgado por tres asesinatos atroces y confesos y que sí había cometido, y por los que no mostraba arrepentimiento alguno.

La altura moral, ejemplificadora y apologética de su relato me acostaron anoche presa casi de dulzura. Esta mañana, ante las imágenes con que me desayunó la realidad, en absoluto desasosiego, me senté a escribir. Pero sé bien que la mano que mecía la cuna donde crecieron estas líneas era la de Leonardo Sciascia. Grazie sempre, maestro.

martes, 25 de mayo de 2010

Cartel para optimistas. Disfruten las molestias. Gracias.

Cartel para optimistas. Disfruten las molestias. Gracias.

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Arribo de nuevo a mi blogue, tiempo a través, trepando por la maroma para subir a bordo y resoplando, que será cosa ésta de la edad. Y no me ha recibido tan maltrecho el esquife a pesar del abandono, la verdad. Será que tuviera sus buenas cuadernas y aún buena copia de cuadernos estibados en la panza este velero, a pesar de ser obra de artesanía sencilla y aficionada que me obligará de continuo a seguir achicando como siempre la mar a mano, sorda tarea.
Decíamos ayer... de eso nada, porque pocas cosas más feroces que cualquier hoy de estos de andar por casa, con sus mandamientos y su timing, ¡ay Santa María de los anglicismos!, que hasta incluso un hoy modesto y de los de baja intensidad se las pinta mejor que bien para inquietarme y darme castigo sus muchas horas, porque además el ayer, ¡Ay el ayer!, se me fue en un punto, según dejara ya bien proclamado en su día la autoridad máxima a este respecto. Así que héme aquí otra vez culebreando, como me ven, ya remangado, con el balde, el cepillo, el escobón y la caja de los parches, examinando perplejo la cubierta, pero aún voluntarioso, y de eficaz... quién sabe. Este cascajo echará de nuevo a andar, tal vez, pero cuánto miedo dan ustedes y los días por recontar, y qué trabajo. Y me perdonarán la sensiblería, gracias, que haré que sea la última, si puedo.

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Escuela secundaria. A todo lo demás.
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Para hacer las cosas cumplidamente mal se precisan ignorancia, incompetencia, codicia, el concurso necesario de una urgencia desmedida y –cómo no– la propensión a obrar con mala fe; sin olvidar por supuesto la imprescindible titulación; y sólo merced a la feliz conjunción de estas seis virtudes cardinales podrá uno ser considerado un verdadero profesional, de los calificados “como la copa de un pino”, grado éste superlativo de toda profesionalidad, según me parece haber inferido, y patente necesaria junto a la habilitación legal correspondiente para disfrutar del derecho no sólo a no sufrir consecuencias sino a recibir parabienes por cada obra mal hecha, más los emolumentos baremados por cada Colegio profesional, como mínimo.
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Un aforismo perfecto es un inesperado tramo liso en ese cordel enredado y lleno de nudos al que llamamos pensamiento.
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Tiempos éstos, de inteligencia a la violeta.
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Leí, ya no recuerdo, si en Stendhal, o tal vez en las cartas inglesas de Voltaire (lo que pudiera ser también), de un embajador de la corte de Luis XV (aunque tal vez lo fuera de su sucesor, aquél del decimosexto ordinal y generoso decolleté) que originó un escándalo mayúsculo al presentarse en palacio, en público y ante su señor sin las pertinentes, oficiales, estatuidas e imprescindibles hebillas en el calzado. Me llevó este hilo hasta un ministro del gobierno, el señor Miguel Sebastián, que en algún momento canicular del verano pasado, en plenaria sesión de Cortes, y originando el pertinente asimismo e igualmente mayúsculo escándalo, dio en comparecer ante tan solemne asamblea ¡sin corbata!, o prácticamente y como como quien dice y a efectos oficiales, casi tal y como dios le echó al mundo, a la mala bestia, es decir, en simple cuello de camisa y éste además sin abotonar; originando tan inconcebible excentricidad o mejor dicho provocación, pues lo hizo ex profeso, dolorida y quejumbrosa reprimenda de su colega y compañero de partido, José Bono, a la sazón –y aún todavía– prepósito para las Formas de dicha cámara. Piensa uno entonces que en la Edad de la Piedra también hubiera o hubo de llevarse el pertinente y oficializado hueso de ave (o de oso, o pellejo de caimán, o manojo de plumas de zopilote o teste o colmillo de tigre que fueran) correctamente anudados, o colgando o asomando allá dónde y cómo fuera menester y viniera preceptuado de antiguo y no de otra manera. Resumiendo y para acabar pronto: que los estatuidores de idiocias, sus legistas y los preceptuadores compulsivos cambian, se reproducen y se suceden, pero las idiocias mismas, no que no.
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Existen cierto tipo de soluciones que parecen resultarle las más particularmente odiosas tanto a un buen porcentaje del común como a muchos de los propios jueces, sorprendentemente y aunque sólo fuera por una vez juntos todos ellos y puestos de buen acuerdo. Las justas.
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Hace unos meses en Italia, en un acto público, un perturbado mental armado con una catedral en miniatura atacó ferozmente a otro perturbado, en este caso, moral. Lo sorprendente del asunto –aún sin desdeñar la extraordinaria novedad del arma utilizada para la agresión– fue el crujir de papel de prensa sobrevenido, como si no fuera acaso habitual que los perturbados se ataquen entre sí, en Milán, en Astorga o en Tumbuctú. Es como cuando aquí se nos pelean y se nos rajan mutuo y con saña, y como aquel que dice “culturalmente”, los integrantes de “esa otra etnia”, que ya me dirán ustedes qué clase de novedad podría venirse a encontrar o a querer buscar en ello, ni qué razón habría para rasgarse farisáicamente las vestiduras. En resumen, pazienza, encogiéndose uno de hombros, en cheli, en caló y en italiano dantesco, idiomas todos ellos parigualmente desesperados y hechos desde antiguo a éstos y a otros bastante peores espantos, pero mucho menos hechos –por cierto– a esa otra justicia inesperada y poética en virtud de la cual alguien finalmente ¡Laus Deo!, públicamente y porque sí, va y le parte la cara a un chorizo. Y entiéndase lo de chorizo también como poética miniatura, vistos los antecedentes del caso.
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Sólo una solución perfecta, al gusto de todos y de las calificadas unánimemente “como Dios manda”, sabrá acarrear constantemente nuevas y cada vez más creativas complicaciones.
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Idealmente un gobierno perfecto dotaría a su población de manera gratuita –a cambio de su trabajo– de alimentos, techo, vestido, enseres, cuidados sanitarios, enseñanza pública, pensiones, obras y servicios públicos, atenciones sociales y toda la retahíla, añadiendo además una imprescindible partida para los ocios. Otra cosa sería el qué hacer con los vagos, malhechores y ladrones, y de venirse cualquiera a mencionar –aunque solamente fuera por recreativa hipótesis– no digo ya el paredón, sino una reclusión moderada, un exilio temporal o una reconvención severa, seguro que tropezaría de inmediato con la voz tonante de don Rafael Sánchez Ferlosio amonestando implacable: ¡Ojo, a los vagos ni me los toquen, Sápristi! seguido de una certera, hilada, irreprochable, implacable e irrefutable concatenación de onfaloscopías, veterotestamentarios, trofalácticos, usucapios, bulas inter caetera e ius loci de estos y cualesquiera otros pagos y demás tonante artillería verbal, como de capitán Haddock, el de los Tintines, dejando sepultada en argumentos de duro mármol y solidísima clavazón intelectiva cualquier posible veleidad y protesta al respecto de no importaría quiénes e incluyendo asimismo las de este miserable arbitrista. Y no sería ello lo más irritante, sino que acabaría uno teniéndole que dar la razón al gachó –como siempre–, ¡asco de tío!
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En lo tocante a explicaciones y a su claridad, la mayoría son como esas flechas con dos puntas que tanto ayudan a dirigirse a ninguna parte, adecuadamente asesorados por la oficina de atención al ciudadano, eso sí.
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La preparación razonada y metódica de la siguiente matanza gusta de fraguarse a la paz de una estufa, sorbiendo un caldito caliente y sentado el humanista ante un buen escritorio, con la bandera correspondiente presidiendo. Dadas estas condiciones necesarias ya puede el sabio entregarse a articular holocaustos, que algunos hartos exitosos han resultado –los holocaustos y los aficionados–, créanme.
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Las entendederas poca silicona admiten y a lo sumo algo se barnizan pero sólo y únicamente a base de libros, porque no, no se sale del paso de robustecerlas con dos horas de quirófano y cuatro tardes de convalecencia, sino con varias decenas de miles de horas de lecturas, y, forzoso es reconocerlo, es éste un precio de los que espantan, desde luego.
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Relaciones institucionales. Nadie como un ostrogodo para saber odiar adecuadamente a un visigodo, y viceversa.

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Se oye decir que la inteligencia acaba por salir a flote. Pero nunca se ha oído sin embargo predicar de la estulticia el que acabe hundiéndose. Sabiduría popular sin duda, fe de Tomás de la buena, porque bien cierto es que de siempre se ha visto a la segunda, volando libre, pujante y galana enseñoreada del mundo, planeando con sus garras sobre esa otra incapaz, que pasa más tiempo ahogándose, dando manoteos y tratando de no tragar más agua que el que logra pasar agarrada a una boya, y presa siempre del más completo espanto, la pobre, y así hasta la ola siguiente, y la otra, y la otra...

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Alí Babá y los cuarenta ladrones. De siempre me ha sorprendido en personaje de fama tan acrisolada y universal este número reconocido de bandidos a su cargo, absolutamente exiguo. Bien se deja ver que al fin y al cabo no venga a tratarse el pobre nada más que de un ente de ficción, casi seguramente.

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Gobiernos éstos, de hermanitas de la paridad, y ello sin contar con que, naturalmente, antes o después accederá a la cortaduría de bacalao la leal oposición, y vuelta entonces a lo contrario, y que si un nuevo ministerio o siquiera Secretaría de Estado para la Iniquidad, y que si una Alianza para las Cerrilizaciones, y que si una Ley del Olvido Histórico, y que si un Ministerio para la Desvivienda, y que si una Dirección General de Bolsos de Cocodrilo y otra de Ternos de Alpaca de los Andes valencianos, y otra más de Cinturones de Moschino, de Gucci, de Loewe, o de Desigual, incluso.

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Vistas las soluciones más valdría seguir disfrutando tranquilamente de los problemas.

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Tiempos duros aquellos de mi bachillerato, bien lo recuerdo, cuando los hexágonos aún tenían seis lados, y aquellos docentes fascistas y despiadados de la época nos obligaban a calcular su perímetro o, imaginaos, a veces incluso su área, ¡su área!, chavales, y nuestros padres, lo creáis o no, que no podían ni tan siquiera plantearse el ir a darle una bofetada al profesor por tanta salvajada, pues de seguro les hubieran mandado a los grises. –¿Que qué son los grises?–, –ah, pues una parte del espectro visual, claro, qué otra cosa iban a ser...–.

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Corría el día del libro, las colas de los que aguardaban desde hacía horas ansiando un segundo televisado a su favor por un azar bondadoso mientras leían sus reglamentados treinta segundos del maltrecho hidalgo daban sus consabidas vueltas con unción y esperanza en torno al sacro edificio de la RAE. Todos los estamentos relacionados con páginas y textos y letras y decires, con describires y abeceses festejaban alborozados el gozosísimo aniversario. TVE1 también, cómo no, y mostraron un corto reportaje, de estos que parecieran querer descargar al telediario de su implacable seriedad, atribuído a ese muchacho que tienen allí para las cosas de mayor creatividad y sentimiento, casualmente un tal Carlos del Amor, pues tal es su nombre, o así firma.
Contaba el filmado a base de buenas gimnasias y sonrisas y el buen rollito preceptivo del periodista ese concurso anual que se le propone al público al estilo de un –¿Tú a quién quieres más, a tu mamá o a tú papá, niño?– y en el que se le solicita al común que declare ante la cámara cuál sería a su juicio la más bella palabra del castellano (o español o viceversa). Y unos interpelados declaraban una y otros otra, libres como pájaros, algunos coincidían incluso, y aquellos vocablos más mentados o que mejor apariencia morfo-fono-estético-sintáctica presentaran a juicio de vayan ustedes a saber quién, aparecían escritos detrás de la silueta del presentador, quien siempre ágil y con simpática motilidad, expresándose corporalmente y prodigando inacabables sonrisas y más y más cariño y proximidad, los iba nombrando uno por uno; y en paralelo cada palabra, cada término, los más bellos, los más sonoros, los más eufónicos, los más sugerentes, los más evocadores, los más hermosos del castellano, los más amados tal vez, se descomponían en el vídeo en hermosos juegos de letras obtenidos mediante delicados artificios de software de visualización: minuendos, aumentandos, difuminandos, explotandos e implotandos, cual crucigrama en movimiento y como cosa de grandísima, talentosa y seguramente bien fundamentada didáctica. Y finalmente y a la par que el joven maestro de ceremonias finalmente la nombraba apareció en pantalla pujante y rumbosa, serpenteando y caracoleando con su coqueto y bien pergeñado deletrearse y descomponerse, apareció, decía, la joya anual de la corona, la favorita, la más bella, ella, la palabra “cachibache”, así de esa guisa, con esa inopinada, sorprendente, inesperada, creativa y hermosísima letra “b” haciendo guirigoris, creciendo y contoneándose y agigantándose en la pantalla para mejor acrecentamiento del conocer del público y como sentido homenaje a la sacra efeméride. Y no, créanme, no soy taurino, pero no sabría cómo replicar aquí, ni explicar enteramente la calidad sonora del ¡Oleeeeeeee! bramado que me salió del fondo mismísimo de la barriga del idioma, perdón, no, varriga quise decir, y me disculparán si pueden los lectores estos balbuceos ortográficos, así como el berrido los vecinos. Gracias.

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En el Valle de los Caídos ha dado comienzo el desmontaje de la escultura de la piedad pues amenazaba ruina (!!), según he escuchado en el parte; sin embargo y respecto de la de la impiedad parece ser que se mantiene lozana aún y que todavía no hay pronunciamientos de superioridad alguna, sea civil, religiosa o fáctica; señal, tengo para mí, y aunque lo apunte solamente por el gusto de usar el frasquito del predictor, que no piensan hacerlo ni así se les llenen las bocas de misas, de granito, de losas, de huesas y de certificados de ADN. Y ni que decir tiene, ni con jueces al mando de la palanqueta, ni sin ellos.

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Y respecto de los jueces lo prudente, ortodoxo y democrático es manejarse con ellos otorgándoles preceptiva presunción de humanidad. Pero a veces cuesta, caramba, o mejor dicho, ¡Joder que si cuesta!

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Por sus caireles los conoceréis.

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Circularidad. Se construyen por lo general los cañones a base de privar a la población de imprescindibles mantenimientos y se justifica su construcción con el argumento de que son necesarios para procurarse los dichos mantenimientos. Y vuelta a empezar de nuevo, agradecidos.

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Hoy en día el arcaísmo más incomprensible es simplemente una ortografía aseada, que nada puede repugnar más al buen gusto hodierno.

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Miro mi mesa y observo que tengo más plumas y bolígrafos en mi poder de todos los que pueda gastar escribiendo de aquí hasta el día de mi amortización. Lo que significa que muchos de ellos contendrán ideas y aforismos que escribirán otros con tinta pagada por mí, o por mis amigos, o ni eso siquiera. ¡Jesús qué desperdicio!

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Economía básica, rudimentos. El precio del crudo depende –prima facies– de cuántos se lo llevan crudo.

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A los ladrones de guante blanco habría que condenarles a que se vieran en la obligación perentoria de robar gallinas, por hambre pura y dura, única manera ésta que se me alcanza de que tal vez acabáramos viéndoles correr peligro ciertísimo, entonces sí, de acabar de una vez en la cárcel.

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Al parecer, ese néctar milagroso que fuera la especie de leche densificada o de yogur desleído que responde al nombre comercial de ACTIMEL, ha dejado oficialmente de ser bálsamo de Fierabrás y remedio cierto contra el reumatismo, el dolor menstrual, la dispepsia, el mal aliento, la calvicie, la pilosidad excesiva, el olor de pies, el meteorismo, el exceso de colesterol, la híper y la hipotensión y la blandura de entendederas para quedar degradado a la categoría de alimento a secas, a base de leche sin más y de fermentos, se supone, y sea hoy en día lo que sea por lo que se tenga a tales componentes. ¡Triste de mí! que había soñado una noche y otra con que la mismísima doña Susanna Griso en persona, la de los anuncios, recostado yo con valetudinaria blandura en su regazo, me administraba dulce y liberalmente la pócima, a piquito de cucharilla de café, –ésta por papá, brrrmmmm, ésta por mamá, brrmmm, ésta por la abuelita, brrrmmmm, y ¡Quién se va tragar este avioncito?, brrmmmm–, a la par que me deletreaba con su dicción sin par, pizpireta, amorosa y eficaz al mismo tiempo, la inacabable cartilla de beneficios del salutífero remedio, mientras yo me derretía de agradecimiento viendo acrecentado mi bienestar y atisbando finalmente un camino cierto de sanación y todo ello ya desde el fondo de la primera cucharada. Mas sin embargo, ahí vimos como sin piedad alguna le espetó la Comunidad Europea al fabricante que el brebaje no era medicamento y que proclamaran simplemente que era leche, y se me quedó entonces el ensueño en vanidad de vanidades y en que los sueños ya ni son. –¡Señor, llévame pronto!–, como diría don José Mota.

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Birras, orcos, Susanna, Letizia... Ni que fuera esto su Siglo de Oro, don Francisco, con todos sus italianismos, los suyos y los del siglo, entrambos. Pazienza dunque.

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Sólo existe una forma segura para que un hijo te llame adecuada, formal y respetuosamente padre. Educarlo para que te llame papi o, valdría también seguramente, el incitarle desde infante a que te interpelara amoroso: –oye, tío–...

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Primero de Mayo. Cuatro millones seiscientos mil parados. No digo ya una pedrada, es que ni siquiera un grito. Sí vimos a los muchachotes griegos en sus calles, a los alemanes, en las suyas, en Tailandia a los dulces monjes en sus plazas, enseñando los dientes y a punto ya de masacre. Aquí, aceite balsámico pues se jugaban el Barça la Liga, qué intensidad, y el Real Madrid, cerval incertidumbre. Problemas éstos de verdad, inquietudes ciertas, sólidas, reales. Zozobras bien pegadas al filo del bordillo, y falta cierta de sueño para tantos, al fin con causa.
El Constitucional dormita años, la judicatura pierde el juicio, Díaz Ferrán, hincado de hinojos ante el Apóstol, prodiga en paz sus impagados, Camps campea aún, Bono se bonifica y el otro día vi con estos ojos a doña Dolores de Cospedal, ideóloga, con juvenil muñecaza prendida en la solapa de su chaqueta y horas después a doña Elena Salgado, relajada y con similar aditamento en la suya, parigualmente matronas y eficaces ambas, con tiempo y ganas todavía para el aliño, para remozarse, –porque tampoco será tan grave esto que pasa–, diríase que comunican, –y démosle el tiempo pues a una sonrisa, Don’t worry, be happy, o un poquito de por favor...–. Gracias señoras.
Talante entonces, comprensión, saber vivir con ligereza, no hacerse mala sangre, porque sería lo último pues todo esto a fin de cuentas no es más que hambre solamente, que todavía no es guerra, y cenizos al paredón, por lo tanto. Ya es primavera en el Corte Inglés y Margarita está linda la mar. Vayamos pues con flores a María que madre nuestra es. Ándele pues y ¡Forza España!, que hogaño habrá Mundial en junio, si llegamos.

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Se le da de comer al hambriento y al punto se forma una inacabable cola de despeinados a la puerta de la peluquería, perdón, no, del estilista, exigiendo también sus derechos. Y a grito limpio, se comprende.

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Lo que más irrita de los jueces es el caracoleo. Hablo de la lentitud, se entiende, a ver que se habían pensado...

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Disfrutamos de una avanzada y saludable economía de cercado, o globalización, que a lo que atiende de verdad no es más que al tamaño de la tapia que nos guarda. Y desengáñense que no hay más.

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Rótulo que figura a la puerta del paraíso: Libertad de mercado. Detrás se atisban esbeltos y poderosos arcángeles partícipes de la Gloria, cuadrando caja.

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La historia de las patadas en el culo la escriben los que las dan, de ahí todo ese lujo descriptivo sobre los dolores de empeine, la protección adecuada de las punteras, los cuidados que deben aplicarse a las rodillas, la prevención ante las malformaciones profesionales en espinillas y tobillos y los contratos blindados para el meñique, la pantorrilla, el muslo y la cadera, más las pensiones por rotura del ligamento cruzado, éstas sí, dolorosas de verdad, y que cualquier pateador responsable debiera de prevenir cuidadosamente.

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Los objetivos que se les exige cumplir a los médicos para alcanzar el complemento salarial en los nuevos hospitales privados adscritos a la sanidad pública de mi Comunidad de Madrid se pueden resumir en tres: que el ingreso más largo de los enfermos sea como máximo de una semana, que se les administren los medicamentos con el criterio más cicatero posible y, muy preferentemente, que dichos pacientes no vuelvan a ingresar de nuevo en el centro. Y de hecho, pienso que la pretensión no es para rasgarse las vestiduras tanto y tan alto como lo han hecho algunos, pues son objetivos que pueden cumplirse con cierta facilidad y cuadrando la aparentemente difícil ecuación de un solo y certero plumazo, reduciendo efectivamente la estancia máxima a diez minutos, aportando la seguridad completa de que no volverán y alcanzándose todo ello mediante la administración de una única inyección de pentotal sódico, bromuro de pancuronio y cloruro potásico, en dosis adecuada al peso del paciente, lo que permite de paso no desperdiciar recursos de todos y sin faltarle además ni un punto a la verdad al dejar escrito en el folleto a cuatro colores que publicita el centro ese mantra del que tanto gustan los gerentes y creativos: atención personalizada, y si les place, aún podrán añadirle la adjetivación de “integral”, que algo vestirá al cadáver todo ello.

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Escribí una vez una jocosidad: a los manzanos viejos lo que nos gusta es la manzanilla. Disfrutó la ocurrencia de su éxito pequeño y local y en algunas ocasiones me la glosaron. Hasta que hace unos días una persona me la comentó en el sentido, –textualmente– de que a los ancianos es cierto que les sienta muy bien la manzanilla y que cuánta razón tenía yo. Y hablaba, creo, o tal entendí, sin querer reírse de mí, sin punto de cinismo, completamente en serio y sin duda ninguna lo hacía de la infusión, por cierto, y no del vino oloroso, que todavía. Y se marchó tan contento y yo me quedé tan conforme o mejor dicho, por completo zen, y caminito sin duda de la ataraxia. Y es que el comprender bien se deja ver que es algo más variado que una macedonia y días hay que pinta uno con su mejor esmero una piedra de blanco y siempre se allega otro a comentar –¡Qué bonita idea! y que bien queda esa laca negra sobre esa madera, ¡enhorabuena amigo!, y se marcha.

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