martes, 28 de octubre de 2014

El hundimiento. Mariano Rajoy, interpretado por Bruno Ganz.

Atónitos, incrédulos, estupefactos sobrevivimos la población, los súbditos que, digan lo que digan, es lo que seguimos siendo, ante las imágenes de las nuevas estrellas televisivas que cada día nos manda ver el Señor Juez, puestas en la picota, con ritmo trepidante y digno de una buena obra de ficción, y vergonzantes, vergonzosos y sólo productores de vergüenza ajena todos esos inacabables mequetrefes, pero señores ex vicepresidentes del gobierno, ministros, senadores del reino, diputados de altas cámaras o de cámaras de gama baja, alcaldes, presidentes de diputación, sindicalistas, concejales, presidentes de comunidades autónomas, consejeros de toda laya, familiares del Rey Nuestro Señor, banqueros, empresarios, artistas, conseguidores, pillos de corte, lamemanteles... Y ya nadie nos vemos capaces de encontrar términos de comparación con nada que nos resulte congruente, humano, familiar, comprensible, digerible, soportable.
Es una inundación que no concluye, un bochorno que no afloja, un viento que no amaina. Todas las lluvias y las sequías pertinaces acaban y también las heladas, los calores, los huracanes, las erupciones volcánicas y los  maremotos, los terremotos, los incendios... todos acontecen alguna vez y devastan, pero concluyen. Esto no, esto acontece y devasta, acontece y devasta, en interminable secuencia jamás seguida de una bonanza.
Sigue y sigue como una contemplación verdadera del infierno, con su disfrute ad aeternum de los más refinados tormentos de la imaginería medieval, pero nunca padecidos por los culpables, sino por los justos, en este advenido y sorprendente infierno del revés, en el que nadan en calderos hirvientes y penan asaetados los inocentes, verdadero birlibirloque que nos han traído estos tiempos penosos de apocalipsis de la decencia.
Y el cine, siempre fuente de todos los prodigios, de lo insensato, de lo inimaginable, de lo estupefaciente, tampoco da razón verdadera y cabal de este suplicio de la gota malaya, el de los mil cortes, pues el cine lo puede mostrar una hora y treinta minutos y eso ya puede hacerlos insoportables, pero este tormento dura años y años, con la diferencia de que jamás pierden o mueren los malos, nunca triunfan los buenos –será que no debe de haberlos– o será que estamos asistiendo a la aparición impensable, pero imparable, triunfal y poderosa de un nuevo género, de un nuevo arte, de una mejorada comedia humana: holográfica y 3.0, invasiva, televisada no stop, y en los medios, en las redes, total, interminable, completa, pánica, ocupante de toda la realidad y capaz de generar espectáculos de una completitud y complejidad jamás antes imaginada.
Así, esas obras maestras cinematográficas, que una a una nos recuerdan los usos de este machadero que habitamos, Bienvenido Mister Chance, El Hundimiento, Todos a la Cárcel... apenas logran cada una dar más que una pincelada apenas aproximada y pintoresca si comparadas con este desmantelamiento absoluto, metódico e inexorable, pero siempre negado con palabras enforradas, que se decía de antiguo, de todos aquellos principios que se suponían subyacentes a la aclamada palabra democracia y de la convivencia civilizada que esta prometía y proclamaba sostener.
Porque el drama coral, esta obra grandiosa e inquietante a lo Carl Orff, lo es precisamente porque no es solo un rey su protagonista, ni lo es un policía que mate por placer, ni lo es un ministro enajenado por exceso de sacristía, ni lo es un ladrón que roba por su instinto y condición moral, ni lo son un Bárcenas, ni un Rato, ni las sagas de Pujoles o de Ruíz Mateos multiplicados, ni un Blesa, ni un Villar, ni un Fabra... ni tampoco lo son los idiotas por formación y vocación, ni los gánsteres porqué papá y mamá les negaron un caramelo de niños, ni lo son los estafadores por causa de sus aviesos estudios de Ciencias de la Apropiación y por los pésimos consejos para emprender sólo con esas artes, es que lo son todos y cada uno en una coralidad o totalidad romana, de corte bizantina o de solemnidad oriental, mostrando una barbarie intelectual y moral heredada de la antigüedad clásica, salvaje y perversa, mendaz en cada palabra que profiere, insufrible, repugnante de índole y portadora de mal.
Y cada uno de todos los repulsivos protagonistas de la obra son sólo una gota de agua, ya infecta, desde luego, pero es que el todo que aúnan, el tutti, es esta brutal inundación inacabable de excrementos, este rayo que no cesa, el rayo continuado de un Zeus no justiciero, sino, sin más, caprichoso, pobre hombre, veleidoso, ignorante, gilipollas, dañino y rapaz.
Es un espectáculo como de la Primera Guerra Mundial, de las trincheras que se toman una a una, frente a resistencias desesperadas y dementes, infinitamente costosas y, al cabo, inútiles, y es también como ese cerco al búnker de Hitler en el cual el enloquecido defensor lo sacrifica todo, niños, mujeres, jóvenes, viejos, perros, gatos... antes que rendirse a la obviedad de la existencia del mal que encarna y produce continuo y a la de su próximo e inevitable castigo y desaparición. Pero, ciertamente, no, los modos no son los mismos, pero sí lo es la esencia del asunto, la negación a reconocer la propia incapacidad de obrar rectamente y la decisión, a pezuña y coz, de llenar de cadáveres propios y ajenos todas las trincheras y la totalidad del paisaje.
Y no es igual, por supuesto, el número de cadáveres físicos, la indignación no me ha hecho perder tanto el juicio como para sostenerlo, pero sí lo es el número de cadáveres jurídicos, el exterminio del espíritu de las leyes o la adopción inmoral de las que ya nacieron enfermas de espíritu, la matanza de las artes de la convivencia, el asesinato del entendimiento y del compromiso entre seres dotados de razón, el entierro de las ideas de justicia social, de equidad, de trato igual para todos, de repartos coherentes del esfuerzo y de las recompensas y la voluntad de desaparición definitiva por tiro en la nuca de la idea de la intangibilidad de los bienes públicos, quedando obligados a ello especial y muy específicamente sus administradores... ¡Qué antigualla estas y como se ríen, las hienas, de quienes creemos en ellas!
Todo esto es a lo que estas actitudes nos han llevado y esto lo que equivale, no lo duden, a muchos miles de cadáveres, por más que las leyes, las hechas por ellos y por los semejantes a ellos, se entiende, no lo contemplen ni vayan a contemplarlo de esta misma manera jamás.
Y ha excavado todo ello un agujero social muy profundo del que habrá que salir a fuerza de uñas, pero robados, despojados, estafados, sin medios y malheridos, con las estructuras de convivencia deshechas, con la economía  llevada a décadas atrás, y todo ello sin haber pegado nadie un tiro, sin una matanza, sin delitos execrables de genocidio o de lesa humanidad, pero gracias a un conjunto de actitudes, debidamente mantenidas bien tiesas por una legislación de rapiña militante, que, con estas inverosímiles, sostenidas, acrecentadas y en nada enmendadas prácticas de mal gobierno, ha terminado por llevarnos a un estado, social y humano, en poco diferente al que que se tendría después de una guerra de exterminio. ¿Porque, no son acaso dos millones de pisos vacíos que en diez años serán polvo y esqueletos insanos, casi lo mismo que dos millones de pisos reducidos a escombros? ¿Y no son acaso cinco millones de parados casi lo mismo que cinco millones de desplazados, de malheridos, de inútiles a la fuerza, de sobras humanas?
Y porque ya hay que lamentar, pues, una generación perdida, mutilada y lisiada en lo social y en lo ciudadano como las de posguerra en lo físico, y porque se sufre un incremento generalizado de la ignorancia, se padece una pérdida de prestaciones y derechos que hace buenos a los que, esmirriados y con insoportable parsimonia, fue alumbrando el franquismo. Este el resultado, en fin, de esta guerra sin muertos, pero con millones de seres humanos convertidos en deshechos sociales y demográficos, en parias civiles y económicos: los parados, los desahuciados, los desatendidos, los niños sin comida suficiente, los que viven una miseria de otras épocas...
Recuerdo, y no hará tal vez un año, el escándalo levantado entre los defensores de la fortaleza medieval de su poder, cuando se hablaba, aunque en realidad, sólo a nivel de periodismo y sólo de opinión pública, de una causa general, judicial, bien se entiende, y cómo su reacción era de indignación infinita y de estupefacción, citando la posibilidad de que tal planteamiento no fuera, además, otra cosa que una barbarie jurídica.
Y lo sería, seguramente, pero lo que vemos hoy, apenas poco tiempo después, y acontecidos y averiguados más y más hechos indescriptibles y en número extraordinario, y sin el más mínimo aspecto de que se haya llegado, ni de lejos, al conocimiento de lo que sigue escondido debajo de las alfombras y corroyendo y pudriendo las cañerías y las vigas del edificio, es que en realidad, en efecto, no existe causa general, ni posibilidad jurídica de que la haya. Sin embargo, esta sí ha sido puesta en marcha, a la postre, por la simple fuerza del empuje de los fangos y los purines, que ya son todo el paisaje, y, en consecuencia por la apertura de un tal número de causas, una tras otra, que ahora, esa imposibilidad de la causa general se está transmutando, de facto, en la certeza de haberse obtenido su equivalente, que bien convendría llamar la generalidad de las causas.
Así, el número abracadabrante de estas causas judiciales y la entidad de las personas sospechosas, encausadas, imputadas, citadas, averiguadas y, más raramente, condenadas, traerá el resultado de que, para pasmo de todos, el de los responsables que se creían investidos de inmunidad casi divina por la cual jamás sería posible llegar a su desenmascaramiento y el de los perjudicados, que jamás llegaron a pensar que la realidad de lo por todos intuido y, en el fondo, más que sabido, se pudiera llegar a sustanciar en lo que podría llamarse un conocimiento oficial, mucho más sólido que el “se dice”, en un verdadero conocimiento jurídico y público, no adquirido por habladurías, sino por autos, actuaciones e investigaciones judiciales y policiales, con su consiguiente averiguación de daños, perjuicios, responsables, cuantías y de los necesarios cohechos imprescindibles para todo ello.
Es una verdadera marea social de descontento y desespero lo que viene engrosándose con cada caso de corrupción desenmascarado e investigado. Y no es ajena a ella la postura de la Justicia. Ciertamente el político, como toda la clase empresarial, tiene infinita más facilidad para prevaricar y jugar a su beneficio que el juez, y esto, que es una maldición en su primer término, es, en cambio, una bendición en el segundo. De todos los pilares clásicos del ordenamiento de un estado, en los tiempos actuales, en las democracias modernas, y asumiendo, eso sí, que la nuestra lo fuera en parte, la judicatura, como tal órgano, es la que menos acceso tiene a tales prebendas incontroladas.
Y forzoso es pensar que no será sólo por puro buenismo de ellos mismos o del sistema, sino por el hecho incontestable que la Judicatura, o las fuerzas policiales igualmente, son quienes van siempre a la cola de los acontecimientos. Cuando quiere la Justicia llega a investigar algo es porque las bodas del cohecho entre político y empresarios ya estaban celebradas, los papeles necesarios y debidamente oscurecedores de cada asunto ya estaban firmados por las asesorías jurídicas oportunas, los frutos del matrimonio, la obra o el servicio (en gran parte innecesarios para el bien público, pero imprescindibles para poder percibir la comisión generadora de todo el mecanismo), ya han sido levantados o proporcionados y la recompensa, en primoroso negro, ya se fugó en acolchados maletines a plácidos y retorcidos escondites guardados por los más serios cancerberos, a la espera de su conversión en irreprochables billetes de curso legal.
Por tanto, cuando llegan los asuntos al juez, las recompensas extra que algunos de ellos pudieran esperar, al margen de su sueldo, prestigio y ascensos –en todos estos casos en los que los gastos y los beneficios ya están repartidos entre los monipodios– dependerán ya tan sólo y exclusivamente de su disposición a hacer la vista gorda, a obrar con añadida lentitud o a prevaricar, cobrando por ello, pero siendo esta, de todas las acciones que pueda acometer un juez, con mucho la más peligrosa y arriesgada. En consecuencia, la prevaricación judicial es un fenómeno raro en España y, esto se convierte en la garantía que hace que la justicia, a pesar de la lacra de su coste y lentitud, acabe llevando a puerto investigaciones que no son del interés del mundo de la política ni del poder con mayúsculas.
Se les ponen a los jueces, desde el poder político y económico, todos los bastones legales entre las ruedas posibles, es indudable, pero esto conlleva la contrapartida, sin duda, de una cierta animadversión de la judicatura misma ante esos poderes, inevitable desde la consideración de que, en definitiva, y a pesar de todo el mimo institucional recibido, y de las santas declaraciones de respeto, acatamiento y demás paripés mediáticos emitidos con mendaz y vomitiva redundancia desde los poderes políticos y económicos, los jueces constituyen el único verdadero contrapoder capacitado para, antes o después, y ante el mínimo error de a quien tengan ya bajo su lupa, poder proceder en su contra.
Y debe de suponerles, incluso, un placer a los jueces el obrar justamente, pues sus problemas, en realidad, les vienen casi siempre de los “de arriba” que no de los “de abajo”, y porque, ya puestos a ser figura incontestable del sagrado santoral democrático del Estado, y a pesar de la parafernalia, lo cierto es que las expectativas de “buena vida”, o no digamos ya de “vidorra” de un juez en ejercicio, comparadas con las de cualquier abogado, notario o inspector de hacienda que hagan carrera y, no digamos ya, si saltándose la ley, en un partido o una empresa, son del todo diferentes.
En este sentido, y ya lo dije hace más de dos años, lo cierto es que se recaba la sensación de que a este estado del malestar, a este este califato de Alí Babá que nos ha tocado de unas décadas a esta parte en suerte, el único estamento que parece estar en condiciones de ponerle coto es el judicial. Y, de hecho, eso es lo que vemos que está ocurriendo. Cuando los jueces toman cartas, bien de oficio, en los asuntos que la calle lleva ya reclamando años, o bien cuando las denuncias acaban llegando a sus manos y empezando a investigarse y resolverse, a su ritmo de caracol, es cierto, el mecanismo ya muy difícilmente para hasta llegar a puerto. O casi.
Porque el descontrol ha sido de enorme magnitud. Evidentemente por el lado político, y empujado siempre por esa clase empresarial nuestra, africana, si esto no fuera insultar a los africanos, imposible de alinear con la casta empresarial promedio en Europa, y en tanta parte ignorante, esclavista, explotadora y refugio de listos y avispados como en pocos otros lugares, entre otras cosas, por causa de la propia legislación que nunca parece haber hecho otra cosa que estimularla y consentirla, y de la que sólo puede decirse que han salido de ella bribones que convierten en digno y respetable a Luis Candelas y en comprensible a Monipodio, que a fin de cuentas, sólo era un “matao”.
Así hoy, ahora, las únicas “alegrías”, a la gente común, a la ciudadanía de a pie, sólo se las está proporcionando una judicatura que, aún a la velocidad del caracol, la mayoría de las presas que coge, no las suelta. Y, una tras otra, presa a presa, caso a caso, va señalando el que casi parece el único camino para lograr acotar y revertir esta ceremonia del espanto en la que actuamos la inmensa mayoría de comparsas, pero pagándole las entradas y debiéndole el decorado y los sueldos de los actores al conocido empresario, señor Mercado, que no vive en España y, al parecer, en ninguna parte, que no atiende al teléfono y que nadie sabe dónde se encuentra, salvo para cobrar.
Escuchaba esta noche, al respecto, a don José María Brunet, en 24 horas de TVE, periodista catalán y en cual todavía habita algo de seny, expresar cómo la consternación se apodera de cualquiera ante la escucha de cada nueva noticia sobre cada recua de estafadores y ladrones (pero estos sustantivos son míos) identificados cada nueva mañana de Dios.
Pero al escucharle, de pronto, y en el sentido de lo anterior, me he sentido en total desacuerdo. No, no es la consternación el primer sentimiento que acude a las mientes de un ser civilizado, pero ya castigado como un toro inocente al que se le llevan puestos cien pares de banderillas, el primer sentimiento es de júbilo, de una alegría disparada, el alivio por la constatación, ya casi inusitada, de disfrutar de una tregua, de que la justicia cabe que exista.
Después, sí, después viene la consternación por la nunca acabada existencia de ese estado-fiesta nacional que paga al poderoso para maltratar al toro, por el dolor y la cochambre sanguinolienta de la propia espalda agujereada y torturada sólo para que uno más vivo que otro se meta aún más dinero en la bolsa, y la consternación, porque, y aquí vuelvo casi al principio, sólo se trata de una tregua, porque la fiesta, nuestra bárbara fiesta sigue y sigue siempre, porque luego llegarán, puntuales como en toda tragedia griega, el picador y después la engañosa muleta y, finalmente, el estoque y esa puntilla o descabello, que al toro de esta corrida, el común de la ciudadanía, siempre le espera, bajo las vernáculas especies de la pérdida de sus ahorros porque se los roba, así, sin más, un banco, porque se le rebaja la pensión y aún se le dice que se le sube, para mayor escarnio, porque no se atiende a su enfermedad como se podría y debiera, porque se le abandona en la indigencia y aún se hace rechifla de ello.
Y causa verdaderas bascas ver a los responsables y superiores de cada ladrón sorprendido jugueteando con la llave maestra de la caja de la familia, de la de los hambrientos, la de los enfermos, la de los necesitados, o con la bolita de trilero del emprendimiento, pidiendo perdón y jurando, por éstas, que son cruces, que ellos nunca hubieran podido imaginar que Fulano, al que eligieron, auparon, sostuvieron y jamás enmendaron, fuera a resultar un individuo de tan baja catadura moral. Y esto una vez y otra y, Primera Guerra Mundial de nuevo, negándose hasta el final de los tiempos, como manda el guión, a salir de la trinchera, sin apartar ni un saco terrero de la fila, con el casco y la bayoneta calada, enrocados de manera vitalicia cada cual en su agujero y descargando sus sucias responsabilidades sobre los fiambres de sus correligionarios y los prisioneros de su misma parcialidad que, antes o después le cantarán todo al enemigo, al señor juez, una vez desalojados, a fortiori, de las trincheras que tenían delante.
Hoy, Esperanza Aguirre, y todas las mañanas, puntual como nadie a su desayuno de sapos y quebrantos, a su oficio de maitines por las almas de los muertos de la Congregación, Dolores de Cospedal, y cada dos días, tres... Floriano, Pons, Hernando, Soraya, armados de sus caras de cemento y de sus gladios desenvainados y en rigurosos turnos de guardia para no desangrarse aún más en la defensa demente de la Ciudad Prohibida, los últimos y más selectos oficiales de la guardia pretoriana, los que todavía no cuelgan de un gancho de sangrar en el matadero judicial, inocentes de toda inocencia, depositarios de toda la sacra romanidad de esta Roma Imperial corrupta y decadente, limpios como dioses y valiosos y valerosos como arcángeles –mientras no se presente el vehículo de atestados de la Guardia Civil, la carreta de su San Martín, a indicarles lo contrario–, comparecen dando, una por una, inverosímiles explicaciones, excusas de orates, pregonando propósitos de enmienda que le causarían rubor y vergüenza ajena a un pederasta, y estrechados, estrechados y apiñados todos en fiera cohorte ante el Tancredus Maximus, que, encerrado en el círculo de mármol repulido y deslizante de su miedo y de su menos valer, ya no es capaz ni de balbucir los nombres de sus más fieles caídos, e... e... ese, e... e...seee... otro, ese señor, ese diputado, e... e... e...seee..., e... e... e...seee...

Qué vergüenza y qué horror. Y qué furor. Y qué pocos ganchos para la carnicería modelo que se podría levantar.

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martes, 14 de octubre de 2014

El pasado futuro

Llegarán tiempos de cambio, de grandes cambios permanentemente pospuestos ex profeso, pero que las circunstancias tal vez ya no permitirán dejar para un futuro más lejano.

La España de los movimientos abruptos y de los golpes de péndulo prepara otro más, quién sabe si de gran magnitud. Esta sociedad mal amalgamada e insatisfecha, articulada con imperdibles, desestructurada, rapaz e ignorante camina, no conscientemente, a buen seguro, pero sí a buen paso, al encuentro de una manera nueva de buscarse –o de negarse– a sí misma, de una forma más de iniciar otro recorrido al que inevitablemente se le asignará la cualidad de esperanzador.


Rapaz porque eso es lo que, en substancia, se le ha enseñado a ser, en parte por el sistema educativo, y además, en casa, en la calle, en los medios, en todo lugar. Haz tu bien y no mires a costa de quién. Aviva, emprende, toma lo que puedas y no des más que lo imprescindible. Rapiña o te rapiñarán.


Monipodio, el Buscón... Siempre el siglo XVI, el XVII. ¿Invento mío, pesimismo? ¡Qué va! Díaz Ferrán, Blesa, Ruiz Mateos, Fabra, Roca, Urdangarín... y miles más de su género y calaña son el paisaje empresarial, intelectual e institucional que nos enmarca. Latrocinio de guante blanco con sus cacerías, ostentación, poder para despilfarrar en lugar de administrar, exhibiciones de vergonzosa ignorancia, acumulación de lujos en un paisaje de penurias, desigualdad, soberbia, desconsideración, zafiedad y simpatía festivas, pero encubridoras de delitos. Estos han sido los modelos sociales y éticos hasta antes de ayer por la tarde. Y no tendría yo claro que no lo siguieran siendo. Y esos los espejos para el educador y el educando.


E ignorante porque, de esta matriz de enseñanza, de este paisaje social, deriva gran parte de todo lo demás. Se dejó de lado o, mejor dicho, jamás se consintió el enseñar lo que permite distinguir a la humanidad de la simple barbarie, renunciando a formar ciudadanos cabales y bien informados. Se renunció a la ciencia razonada, a la gaya ciencia, a la recompensada curiosidad por la curiosidad, al saber por el placer de saber, de donde arrancan las verdaderas utilidades y sabidurías que después se derraman sobre el cuerpo social que pone los medios para alentarlas. Y se obligó al mal enseñar unas humanidades nunca entendidas como instrumento para formar personas desde afuera y desde dentro, sino impartidas sólo como adoctrinamiento a base de listas, nombres, hazañas y fechas, como un sudado temario de oposición.


Humanidades ajenas a su nombre, impartidas en la completa ausencia de todo lo estimable y lo exigible para la construcción de un ser humano, sólo entendido ya como sujeto agente y paciente de acción económica y mero actor, primario o secundario, dedicado a funciones productivas. Pollos en la granja.


Y esas oposiciones... hijas de una enseñanza sin alma ni reflexión y con sólo codicilos por corazón, con el resultado de la inexistencia de estadistas, de pensadores, de sabios instalados en la administración, donde sólo campan notarios, abogados del estado, jueces, fiscales, inspectores de hacienda, de antiguo pomposamente llamados humanistas, y hoy, ni eso en su menor expresión, salidos de estas granjas para fabricar directivos y propietarios del estado entendidos como clases dirigentes, sólo ejecutivos y ejecutores feroces, casta hoy, según la feliz expresión de Beppe Grillo, en resumen.


Y parte de los cuales nutren ese ejército de leguleyos y asimilados de los que salen los mayores discapacitados morales que ingresan en las filas de la prevaricación activa para posibilitar el acomodo de la legislación a las necesidades de otros congéneres de parecida preparación, los cuales, desde el lado contrario, les reclaman y obtienen beneficios, leyes a su medida, libertad de movimientos para los tiburones económicos, contención de toda reivindicación social, imposibilidad de atender y dirigir todo reparto de cargas y distribución de beneficios. 


Y todos ellos, ajenos por completo unos y otros a la realidad de la vida y de las gentes, a los dictados de un futuro menguante y amenazador, pero que ya llega, que ya está aquí exigiendo soluciones originales que ellos jamás podrán proporcionar, demuestran ser personas incapaces de gestionar los imprescindibles acuerdos entre partes que son lo que de verdad constituye ese imperio de la justicia y de la razón que pretende llamarse a sí mismo democracia, revelándose sólo como agentes necesarios de la voluntad y el dictado del poderoso, convertidos en razón única para la configuración del estado. Como en cualquier tiempo anterior que se creyera olvidado.


Así, toda una abominable carga histórica gravita sobre la vieja esperanza de poder revertir la misma alguna vez, algún siglo. Apenas han pasado cuarenta años de democracia, o del mejor remedo de ella que ha sido posible pergeñar, y ello aun a pesar del enorme caudal de ilusión, esfuerzo y buena fe que trajo la muerte del dictador, el enésimo. Pero ya se deja bien ver que esta democracia camina a su fin, y que lo alcanzado, lo único real que se tiene verdaderamente entre las manos una vez más, no es, por desgracia, tener un país realmente en buen estado de funcionamiento, deseable y capaz de dar satisfacciones y ejemplos, sino uno en el que sólo existe el viejo y generalizado deseo de volver a empezar a intentar serlo, entero o siquiera por partes, por cierto, pero que ha de acontentarse, como siempre, con emitir patrióticos y patéticos ojalás, fundamentados en nada real. Porque ojalá, en substancia, sólo significa ¡quiéralo Dios! Pero los países modernos se levantan desde otros supuestos y Dios nada tiene que ver con todo ello, incluso para los creyentes.


Magrísima cosecha, pues. El vuelva usted mañana del día a día decimonónico trasladado al vuelva usted mañana para más generaciones perdidas, robadas, condenadas a la ignorancia y al malvivir por debajo de lo que sería razonable, por debajo de lo que se ve en cualquier país de alrededor que tiene las mismas posibilidades y que vive considerablemente mejor aplicando el mismo esfuerzo, por debajo de lo que se podría y se debiera alcanzar apenas con un ejercicio de organización y de estructuración social y de buen gobierno, ese que nunca nos llega y jamás nos dura.


Porque seguimos, ¡oh, de palabra no, desde luego!, pero sí de hecho, en un mundo de chambelanes y de virreyes, pero cuando incluso ya han desaparecido la mayoría de los reyes de la faz de la tierra, en un mundo de súbditos, cuando nos rodea uno exterior de ciudadanos, en un mundo de despilfarradores de lo propio y de lo ajeno, cuando las costuras de la tierra revientan y esta ya no es capaz de acoger a más depredadores.


Un país que erige obras dignas de zares o de faraones, con su correspondiente costo, para algo tan sencillo y funcional como un aeropuerto, una casa de jueces, un pabellón para músicos o deportistas, una línea de tren de acá a acullá, pero que se pretenden contemplar todas ellas, una y otra vez, como Escoriales a erigir en honor y loor de la inmarcesible españolidad o localidad de cada predio para epatar al burgués y al paleto, para engatusar al turista.


Como si una estación de tren o una carretera, por más que extraordinarias, fueran acaso los espejos donde tuviera siempre que mirarse la excelencia nacional y constituyeran la verdadera satisfacción de las necesidades de la ciudadanía, ignorando que la excelencia de la gobernación y la consiguiente satisfacción de los gobernados derivan bastante más del saber redistribuir y, aun más, de aquilatar todo gasto, huyendo de los innecesarios y de los despilfarros de relumbrón, y destinando lo no gastado de esta manera a todo aquello que, precisamente, el despilfarro y la ampulosidad impiden atender. Eso que falta y que hoy va siendo casi todo.


Sobra dar ejemplos, los tenemos a miles. Puentes que cuestan lo que diez puentes, trenes que cuestan lo que diez trenes, edificios que cuestan lo que diez edificios. Y sólo por la necesidad intrínseca de erigirlos así, ampulosos, para que, precisamente, cuesten más y para que las comisiones ilegales derivadas, para todos los implicados, sean mucho mayores, cometiendo lo que para mí es el delito insoportable, pero siempre impune, de detraer todo ello del caudal necesario para el verdadero bien social, y con la agravante, encima, de ser obras ajenas al sentido común y a las verdaderas necesidades a satisfacer. Y realizadas, además, para poder propalar un juicio de excelencia que, incluso resultando verdadero en ciertos casos por la incontestable calidad de parte de lo erigido, sin embargo, resultará ser falso a la larga.


Y será y es falso por los costes ocultos, pues cada exceso detrae de lo de verdad necesario y porque de poco sirve una obra faraónica, incluso si bien concebida y realizada, cuando, por los gastos habidos y los futuros a afrontar para su uso y conservación, resultará ser siempre una losa sobre los caudales públicos. Caudales que, por cierto, no se obtienen de la nada, sino de los impuestos de todos, que vemos así cómo se despilfarran, a beneficio de muy pocos, una buena parte de la contribución y del esfuerzo común y cómo, además, se deriva a las generaciones futuras el pago de los intereses. Una política que vende los activos, se los come, gasta de más y deja las deudas. La locura insufrible de un padre de familia vesánico, pero al que todos estamos sometidos.


Lo cual lleva al juicio negativo de la población, hoy ya coral, y a la consiguiente desafección, con justa causa, siendo esto, por cierto, otro de los principales costos ocultos y por lo que ahora tantos de los responsables, que no entienden nada de su propia manera de obrar, a excepción de la satisfacción por lo allegado a sus bolsillos merced a las mismas, se preguntan estupefactos.


–¿Cómo, construimos un AVE que ni en Alemania y aun protestan?– Pero se protesta, en efecto, porque si ni los alemanes, con sus legendarios medios, hijos sin duda de una gestión eficaz, afrontan tales lujos, una explicación tendrá el asunto. Y esta es bien sencilla. Las escuelas alemanas o parte del sistema social alemán salen de eso mismo, de gestionar acuciosos y de no acometer obras disparatadas, o al menos de no hacerlas en nuestra faraónica y mentecata desproporción y desmesura, entre otras cosas. Y de que en Alemania –o en USA–, no es que no haya Bigotes ni Blesas, los hay, como en cualquier parte y, es más, dejados a su albedrío obscurecerían el sol. Pero aparecen en relación de 1 a 10 con los nuestros, o menos, porque, precisamente, no se les deja a su albedrío, por más que lo pretendan. Y son despedidos de su cargos y van la mayoría a la cárcel en derechura en cuanto se les sorprende con la mano en la palanqueta. Y los juicios y las sentencias no tardan doce años en producirse. Y tampoco pasan los reos en la cárcel veinte horas y un día. Por añadidura.


Habría que haber visto a doña Esperanza Aguirre, a su equivalente de allá, se entiende, de haber dado, en sus exhibiciones de exquisito comportamiento ciudadano, con una patrulla de la policía local de cualquier urbe de los Estados Unidos de América. Todos sabemos cómo habría acabado el asunto, y todos sabemos como debería solucionarse aquí también, pero ni aun así escapamos a nuestro destino de ser gobernados, adoctrinados y administrados por demasiados mequetrefes que no sólo hacen el mal, sino que infectan con su comportamiento la ejecutoria de aquellos otros, la mayoría, que atienden a su deber en las administraciones y que se comportan de manera competente y eficaz. Pero cuando las cúpulas desbarran, el resto de los mecanismos chirrían, y no hay más vueltas que darle.


Y, con todo ello, nos incumbe ahora una tarea histórica descomunal que bien podría resumirse en el neologismo desespañolizar. Somos incluso en el ejercicio de la rapiña y en el del negar el pan y la sal a la inmensa mayoría de los propios compatriotas el único de los grandes imperios que no aprovechó la prosperidad, hija de la rapacidad y característica fundacional de todos ellos, para transmutar a mejor las condiciones sociales y económicas de los pobladores de sus metrópolis.


Podrá decirse cuanto se quiera de malo de los imperios antiguos y modernos, y se hará con razón actual e incluso histórica, si cupiera, pero no se puede negar que frente a la prosperidad advenida de aquellos que extraían sin piedad recursos ajenos de las poblaciones que sometieron, el caso español fue paradigmático, junto al ruso. Frente al desarrollo social e industrial de Francia, Gran Bretaña, el más tardío de Estados Unidos, el de los Países Bajos, el del mismo Portugal, y ello por no hablar de los imperios de la antigüedad, las riquezas y bienes pasaban por España de largo y las que aquí quedaban desaparecían en las exclusivas manos de cuatro beneficiarios. Casi, con apenas matices, como hoy mismo ocurre con tantas bicocas de las que se peroran siempre dulces maravillas, pero cuyos beneficios jamás acaban repartidos con algún sentido distributivo y social.


De ese modelo de estado imperial derivamos y de la gestión de garra y espada, por llamarla de algún modo, de los sucesivos espadones decimonónicos, aun prolongados en el siglo XX hasta el punto de que todavía queda una buena parte de población viva para poder recordar el último. Y no son imaginaciones mías. El derecho hipotecario, ese generador de escenas de Dickens, tiene, en efecto, más de un siglo, y estas escenas, por lo tanto, no son una casualidad, sino consustanciales con el mismo e hijas de su época y modelo. Y el Concordato con la Ecclessia triunfante es otra pieza digna de los tiempos del Renacimiento, así como los modos de gobierno que padecemos aún parecen a veces dignos de ese colonialismo económico y moral, pero dirigidos hacia el interior, ya decaído en Europa, en parte, desde el final de la Primera Guerra Mundial y, definitivamente desde la Segunda Guerra, pero que aquí se postergaron hasta los tres cuartos del siglo XX, y aun después, pues en la Transición, a pesar de las grandes e incesantes palabras hueras, tampoco se acabó de barrerlos.


Todo, pues, como la reforma agraria, aquel viejo mantra local, de la que ya se hablaba en el XVIII, y que aún se arrastró cansina e inacabada, para quien tenga memoria, hasta los hechos de Marinaleda, ya en las últimas décadas del siglo XX.


Así, cada extracción de un gránulo de razón, cada derribo de un derecho o de una costumbre medieval, de un fuero anacrónico, cada logro de una mejora cívica, social, económica, cada acción de pretender establecer un mínimo derecho protector y de tratar de mantenerlo, cuestan inacabables desgarros sociales, diatribas de teatro cómico, luchas de decenios, cuando no de siglos, debates a goyescos garrotazos, inquinas de generaciones.Y no pasa año, contradiciendo toda palabrería que afirma lo contrario, sin que cualquier policía de una u otra categoría no acabe con la vida de algún ciudadano, pero sin mediar conflicto a fuego o accidente en una acción en caliente. Aún hace nada tuvimos el enésimo caso. Seis agentes que pasearon a un ciudadano hasta la playa, para tranquilamente asesinarlo allí. Ni ajuste de cuentas, ni cuestiones personales, ni tráfico de drogas. Matar por matar. Porque se puede y soy la autoridad. Cosas de locos, cosas que se siguen queriendo creer que debieran ser hoy inimaginables, pero que ahí siguen configurando nuestra realidad. Como siempre.


Y hoy, ni una hora menos ni un año atrás, no en pleno franquismo, no en una asonada decimonónica entre Narváez, Serrano, Prim y compañía, a catorce ciudadanos se les hace conocer la petición fiscal de un total, entre todos ellos, de setenta y cuatro años de cárcel por haber arrojado una botella y roto unos cristales en unos hechos del 15-M de... ¡hace tres años y medio! Seis y siete años para algunos. Son aberraciones que dejan temblando la imaginación y la conciencia, el tejido del ser y la esencia del entendimiento de lo que es la justicia y la administración de un estado. En particular, si se las compara con la realidad social que nos rodea. Todos sabemos de asesinos que pasaron dos años, y menos, en la cárcel y de que no hay manera de que ingresen en ella los poderosos ya condenados con sentencias firmes. La comparación y el sentido de la medida son esenciales para ejercer la justicia y reclamar el respeto por aquello obrado con la ley en la mano. Hechos como este disparan directamente a la línea de flotación del estado y producen, ellos solos, infinitos más males que los bienes que se pretenden alcanzar con estas políticas de mano dura propias de siglos anteriores.


Da la sensación, por no describirlo aun con mayor vistosidad, de que las leyes albergan una discrecionalidad y elasticidad tan absolutas, que igual sirven cada una de ellas para exculpar a uno y condenar a otro en absoluta igualdad de condiciones en cuanto a la comisión del delito, y de que, por lo tanto, tales leyes no poseen la verdadera condición de leyes sino que más bien parecen códigos de libre uso y arbitrio para que unas u otras facciones de quienes las administran o, mejor se diría, empuñan, puedan obrar a su albedrío y al dictado de un poder que las utiliza de una forma en verdad medieval. –¡Llévense a ese hombre a la mazmorra y olvídenlo allí!– Esa es la imagen que irremediablemente suscitan, pero pasada por el escarnio de un pretendido rebozado al que se llama ley, y con el debido respeto, para más inri.


Así, los repugnantes y sucesivos espectáculos de las fiscalías del estado, empeñadas en criminalizar o en minimizar a priori comportamientos de unos y otros ciudadanos en exclusiva función de los intereses del gobierno de turno, son el perfecto complemento de esta sensación de habitar una sociedad fracturada, malograda, disfuncional y substancialmente arbitraria, injusta y mal distribuidora a sabiendas. Imposible de soportar y de vivir para muchos, una afortunada bicoca para otros. Sociedad de palo y zanahoria, de palo para casi todos, de dulce zanahoria para a quien convenga dársela o no quede otra que ofrecérsela.


Esto y mucho más es el panorama que tiene que enfrentar el futuro, junto a otros muchos condicionantes que ya no dependen exclusivamente de nosotros, pero frente a los cuales, también se tiende a actuar de la misma manera desde las irresponsables alturas que nos hemos dado a nosotros mismos, libremente o menos.


Así, todo lo que nos queda es, primero, la libertad de decir que no, y expresarlo y, segundo, ver si con estos mimbres medio putrefactos, y aun después de ser capaces de dar un zapatazo en la mesa, lo cual está del todo por verse, sea posible revertir la mayor de la situación y hacer un buen cesto. Con sinceridad, yo no lo creo, lo cual no quita para que sí crea que el intento debe hacerse y ya casi al precio que sea. Pues para lo peor ya sabemos a qué manos debemos entregarnos, y además, el estado natural de las cosas parece que será volver siempre a esas manos que rapiñan, casi como en un proceso termodinámico de inevitable enfriamiento. Pero como ese factor ya es conocido, y lo avalan toda nuestra historia más el presente, todo lo que se perderá intentándolo –y perdiendo una vez más– es regresar a de dónde veníamos. Como toda la vida.


Pero la verdadera gran pregunta es la de si de verdad queremos salir de ello, a la cual, yo no sé contestar por los demás, pero sí, desde luego, por mí mismo.


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martes, 7 de octubre de 2014

Los médicos con que miras, Ana Mato.

Expertos en epidemiología y técnicos del Ministerio de Sanidad, por seguir dándole un nombre al organismo y para entendernos, desaconsejaron la traída a España de los infectados de Ébola, en nuestro caso dos religiosos dedicados a labores médicas y humanitarias, como otros muchos, y cuya tarea es de las que todavía dignifica a lo que tantas veces cuesta no poco llamar humanidad, pero lo cual nada tenía que ver o no con la oportunidad o la conveniencia de traerlos.
Las razones de estos técnicos discrepantes, tan poderosas como sólidas, eran sanitarias y económicas. Obvias las primeras, seguramente más discutibles las segundas, pero razones sin duda. El coste de estos traslados ronda el medio millón de euros por caso, para tener después un largo 50% de posibilidades de proceder a la incineración del socorrido, según severo protocolo, eso sí, para descanso de concernidos. Y de hecho, lo acontecido han sido dos trasladados, dos fallecidos.
Y las razones médicas, de muchísimo más peso, son que la enfermedad, a la presente hora, no tiene un tratamiento seguro, que apenas ciertos métodos experimentales funcionan en unos casos sí y en otros no, que estos tratamientos son a base de fármacos en pruebas que, en la práctica, no están disponibles por la lentitud y coste de su fabricación y por su elevadísima demanda que de ningún modo pueden satisfacer, ni de lejos, los laboratorios que los distribuyen a goteo y porque esas muestras se entregan a unos peticionarios en detrimento de otros y casi más por razones y conveniencias políticas que por la existencia de un verdadero mecanismo productivo, que apenas se limita a la entrega de dichas muestras.
Y además, pero esto es un secreto que me ha contado mi amigo el boticario, y que apenas conocen treinta o cuarenta millones de personas en el mundo, porque hasta hoy mismo, en que al parecer el Ébola puede haberse convertido en un problema global, porque ya no afecta sólo a negros en su negritud, sino incluso a civilizados negreros, no se ha investigado lo suficiente el virus, y no al parecer por su complejidad, que al entender de mi informante, no es tanta, sino porque las expectativas de los retornos económicos para los laboratorios nunca fueron comparables a las de otros muchos medicamentos más generalistas, en los cuales, dar con una nueva fórmula, justifica con creces los gastos habidos para obtenerlos.
Ni que decir tiene que ahora correrán los laboratorios lo que sea menester, y si no, los harán correr, pero en el ínterim, no hay remedio porque no ha dado la gana, para entendernos.
Así, en estas circunstancias, sin terapia conocida y sin medios, más que paliativos, importar o repatriar enfermos podía considerarse una práctica del todo desaconsejable. Como así lo avisaron dichos técnicos. Huelga decir que la virulencia de la enfermedad es de las mayores conocidas y que los sistemas de aislamiento y protección frente a este mal, apenas pueden proporcionarse en contados hospitales en España, que el coste de mantener estos sistemas en funcionamiento continuado es enorme y que las posibilidades de escapes, fugas y contagios aunque, al parecer, sólo por contacto directo con fluidos del enfermo, pero con personal que apenas ha recibido preparación al respecto, como ellos mismos hoy se han  apresurado a comunicar a la opinión pública, no son descartables ni aún siguiendo las prácticas recomendadas y aplicándolas con todo rigor. 
Todo ello y en teoría, que ya era mala, por no decir aterradora, bastaba y más que sobraba para desaconsejar los traslados. No digamos ya sin tener en cuenta las “peculiaridades” locales, donde una cosa son las cuarentenas y el siempre abstruso entendimiento del término “rigor” en una población que, en su mayoría desconoce el significado de la palabra prohibido (más que nada por el secular gusto local de prohibir lo que no se debería y de no prohibir lo que se debería, mezclados al azar y al 50% cada uno, con el consiguiente desconcierto que esto siempre produce en los seres dotados de razón y juicio) y otra los turnos y la descontaminación, pues el personal trabaja las horas que lo haga, pero el virus todas las veinticuatro, la alimaña, convirtiendo así a cada trabajador libre de turno, si estuviera infectado, en una bomba vírica de relojería, como de hecho es lo que exactamente ha ocurrido.  
A esto hay que añadirle los efectos imponderables, también propios de nuestra idiosincrasia. El primero sería lo que podría tipificarse como el efecto “Torrente VI en el Clínico”, por no llamarlo “La guerra de Gila”, que es lo mismo, aunque contemplado desde otros aspectos teóricos y epistemológicos, pero ya tan antiguo que la muchachada con menos de cuarenta tacos no lo entendería, y no estoy yo para perder lectores.
Porque resulta ahora que los trajes y equipos de protección proporcionados al personal debían de ser de los del tipo IV que, siguiendo siempre al maestro Gila en su docto corolario sobre las gafas polarizadoras, “polan más”, pero siendo que los que se les proporcionaron eran del tipo II, que, según entiendo y como explica claramente el personal sanitario usuario de los mismos –y más valdrá no querer averiguar si protegido o disfrazado con ellos–, “polan” bastante menos.
Todo lo cual, traducido a términos de seguridad en el trabajo, viene a ser:
–¿Ah, cómo, que no quedan cascos en la obra?, pues qué contrariedad... ¡Pues que se pongan una boina y a currar! Y al que proteste, que el capataz se la encasquete bien encasquetá de un collejón. Y sí, porque lo digo yo, eso es, García. Y si preguntan los de siempre les dice que viene de arriba. ¿Algo más?... Hala, pues hasta mañana, que me voy al pádel y ya estoy tardando–.
Debiendo añadirse, para mejor entender el resto del subyacente protocolo tecno-biológico relativo al Ébola, que cuando el martillo le cae desde cuatro pisos en la boina al operario, tan sólo fallece el operario, lo cual es una molestia menor, aunque molestia, pero que, en cambio, cuando el bichito del Ébola, remedando al inolvidable Ministro Jesús Sancho Rof, a cargo del asunto de la Colza, año 1981, le cae sobre la boina al trabajador sanitario y se agarra a ella como una lapa, en lugar de estrellarse y hacerse añicos contra el casco, como se hubiera deseado y de funcionar el protocolo, el operario sanitario se va con el bichito de su corazón a sus asuntos y luego a la taberna, al híper, a ver a madre y a padre y a su chache, al cine, a la guardería, a unas oposiciones, si se tercia, a intercambiar fluidos con su pareja o compañía de elección, a una fiesta, a un concierto... y va dejando por allí inadvertidas muestras del simpático animalejo en todos aquellos a los que les caiga en desgracia, y esta vez todos ellos sin trajes ni nivel IV, ni III, ni II ni nada. Vamos, que ni un mandil de cocina. En camiseta o en gayumbos, y gracias, o bien con sus trajes obligatoriamente “permeables”, como le escuché ayer a una telemoza de noticiero y de cadena de campanillas, no de Telechichinabo, tratando de explicar las medidas de seguridad que han de dejarnos tranquilos, por no decir sedados.
Pero vamos ahora con las causas. Resulta que el gobierno, hacia las fechas en que había que tomar la decisión de repatriar o no a los religiosos afectados por Ébola, se encontró, por malhadadas razones electorales y al parecer muy contrarias a su sosiego, nada menos que con tener que despachar de preceptiva patada en el cielo del paladar a su Ministro Plenipotenciario para los Úteros y Casquerías Asociadas, el señor Alberto Ruiz Gallardón. Pero, sopesados los pros y contras, se optó finalmente, esta vez por razones, además, de disciplina interna, de adoptar el todavía más coercitivo método de aplicarle dicho impulso proyectivo en el escroto.
De resultas de ello, y a los ayes lastimeros e indisimulados del desventurado, y aún habiendo aplicado con posterioridad sobre la tumefacción un poderoso lenitivo a base Sulfato de Organismo Consultivo de la Comunidad, en sacarinizado excipiente de 8.500 Euros de dosis mensual, lo cierto es que aún quedaban por contentar sus hechuras, parcialidades y seguidores, todos del ala más radical de lo arcangélico, en razón de lo cual y por la vieja sabiduría gallega de con esta mano te lo quito y con esta otra te lo doy, se decidió hacer un gesto hacia los desconsolados sectores religiosos.
¿Y cuál mayor caridad cristiana que traer de vuelta a los afectados por el Ébola, religiosos ellos, aunque, y por cierto, de los de verdad, y publicitar esfuerzos, diligencia, gastos y medidas espectaculares para su verdaderamente merecida salvación? Y de paso, para exhibir a los GEO de la salud, con sus desvelos, su eficacia, su profesionalidad, con sus fósforos luminescentes, y sus vallados y barreras disuasorias de todo virus y mal y sus brazos en jarras asegurando el perímetro con sus ¡Circulen, bichos!, por el superior bien de la Sanidad de todos. 
Pero, ¡ay!, una cosa es ver CSI y las películas USA de desastres, resueltas por el héroe de turno salvador de la humanidad, así como el ver a esos médicos extraterrestres revestidos con trajes dignos de la fantasía de Iaac Asimov o de Blade Runner, en sus tiendas presurizadas y con sus equipos analíticos, capaces de muestrear todo el ADN de un granjero de Texas, y el de su sombrero, y el de su hamburguesa, en menos de medio segundo, y bien otra es entregarle el mando del dispositivo salvífico a Torrente ministro, Torrente responsable de los trajes de aislamiento, Torrente incinerador, Torrente incansable perseguidor de virus, Torrente Coordinador de Emergencias, Torrente redactor de protocolos de seguridad, Torrente Filemón, en sustancia, que es lo que tenemos hoy en estos predios del Marianato, del recorte por chicuelinas envuelto en el salvador capote, del Marca en la limusina como principal aparato de musculación intelectiva y guste o no saberlo, todo ello.  
Y hétenos aquí entonces, que, resuelto a limpio y democrático ucase el dilema, con sus antecedentes y sus consecuentes, y desoídos cumplidamente, por ser lo mejor para el bien de la Patria inmarcesible, los consejos de los técnicos, nos encontramos ahora con que el asunto, quizá la mayor bomba de relojería con la que estos artificieros a la violeta hayan soñado jamás con encontrarse, ya la tenemos activada en el comedor de casa, casi en el de Palacio, vamos. Y, encima, como quien dice en el de la mía, que tengo a los “aislados” a poco más de un kilómetro de mi domicilio. Quién iba a decírmelo a mí. Ancha que es África, Sancho, y yo ya con esta tos Y quien iba a decírtelo a ti, Mariano, racha que llevas, tío.
Pero menos mal que la situación está controlada, como afirma la Ministra Ana Mato. Y menos mal que tenemos la mejor ministra posible al mando del dispositivo. Qué sofoco, si no.
Y menos mal que la ministra no es Torrente subido en un Jaguar al que no se le mirará el diente. Menos mal que no es Torrente recibiendo agasajos de su amigo el Bigotes. Menos mal que se la ve serena, controlada y dueña de la situación, que se expresa mejor que Fernando Fernán-Gómez, que convence más y mejor que Mandela, que transmite amabilidad, eficacia, serenidad, auctoritas de la buena, de la antigua, de la de toda la vida, esa que procede de la sabiduría y el conocimiento, de la entrega a una misión, de la capacidad demostrada, de la indiscutible altura intelectual y moral.
Bendito sea Dios que nos deja, hoy, en sus manos.
Y maldito sea ese cenizo de Quevedo... Los médicos con que miras, Ana Mato.
–¿Ana, qué?–. –Mato–. –Ah Vaya–.