Lo primero que se cambia después de una invasión son las banderas. Se cambian espontáneamente, incluso. Las multitudes acuden a recibir al ejército invasor en compungido silencio primero, seguidamente con disimulado alivio (después de todo es imprescindible creer que el pavoroso paso por el machadero, acabadas las acciones militares, se ralentice o desaparezca y cada cual, que ya ha sobrevivido a ello, espere aún sobrevivir a lo que aún falte), y al cabo, con timidez primero y finalmente ondeando esperanzadas, acaban siempre despuntando entre la multitud una bandera, tres, doscientas, que simbolizan no el júbilo del sometido, sino el conjuro, o mejor, el deseo de muchos de que lo peor haya pasado. Y así no son, las tales banderas, sino la cumplida expresión del deseo que tan bien expresa el manido ‘Virgencita que me quede como estoy’, que nos enseña el cuento. No se saluda lo bueno, todavía más que por ver, se saluda la esperanza del final de un horror. Y toda guerra lo es en su expresión máxima.
Y, sin duda, y por suerte, en estos últimos decenios el mundo occidental, si exceptuamos a su patrón, los Estados Unidos de América, bajo cuyo manto de seguridad, volenti o nolenti, los demás miembros del club nos acogemos, la guerra periódica, masiva, aniquiladora, ya no es el estado habitual de las cosas, como lo había venido siendo casi de siempre y una constante principal de la historia universal. Y desde luego, esto no es poco y constituye la mejor llamada posible al optimismo, y aún a pesar de cuantas matizaciones puedan querer aportarse.
Recorrió el mundo, después de la segunda guerra mundial, un viento de cambios que se manifestó de muy diferentes maneras acá y acullá, pero que dio, en lo básico, en la fundación de la ONU, en sustitución de la por completo inoperante y caída en el mayor desprestigio posible, Sociedad de las naciones y, en Europa, en el surgimiento de una idea, o mejor de un sueño, la Europa unida, entonces por arbitrar y modelar por completo, pero que resultó fecundo, y al que se acogieron, poco a poco, muchos territorios y, por decirlo de algún modo, incluso los espacios mentales más reacios a ello en un primer momento.
Sin embargo, dio la ONU en nada o casi, al igual que su antecesora, y ese sea tal vez uno de los principales problema que tenemos todavía por resolver como ciudadanos del mundo, pero en cambio la otra modesta proposición hizo camino, y largo, y aunque lo fuera mucho más en un sentido, el monetario, el comercial o el empresarial, con sus renuncias de soberanía y las desregulaciones nacionales asociadas, que en el propiamente político, y de ahí es donde viene la asimetría que está produciendo la cojera atroz que padece el modelo y que se acentúa con su edad, al punto casi de impedirle el movimiento.
Recuerdo muy bien, como lección bien dada y aprendida, que uno de mis tíos maternos pregonaba cada vez que tenía ocasión el adagio –no suyo–, de que cuando dos países comercian, y se benefician mutuamente de ello, no sienten la necesidad de hacerse la guerra y dejan entonces de ser enemigos. La idea, tal vez, aunque no me acude ahora exactamente a las mientes, se acuñara ya en los tiempos de Bismarck, si no era del propio Canciller, hombre no sólo poderoso, sino agudo en extremo, y dotado además de otras virtudes y armas intelectuales que aquellas, básicamente de corte militar y ultranacionalista o pangermanista, por las que pasó a la historia, hoy en día tenidas más bien como universalmente negativas, y olvidando, sin ir más lejos, que puso en marcha el primer sistema de seguridad social conocido, a la escala, bien se entiende, de aquel tiempo. Así que ya quisiéramos hoy, incluso con la décima parte de su poder real de entonces, con la adecuación habida de cada sesera al mando a los usos, un punto menos bárbaros, de los tiempos, y con los medios actuales, disponer en Europa, o en el mundo, de media docena de cabezas como aquella, o siquiera de una sola.
Y esta idea fructífera y punto más moderna, resumible, más o menos, en ‘por el capital o el comercio hacia Dios’, –en sustitución de aquella otra de ‘por el Imperio hacia Dios’, subyacente a todos los fascismos de la primera mitad del siglo XX, más los absolutismos anteriores, y habiéndose de entender ‘Dios’ más como aspiración al ‘bien’ o ‘al bien social’, sean estos lo que crea cada cual o cada época, que a otra cosa, y en el entendimiento finalmente habido, con mayores o menores resistencias, de que, imperio frente a imperio, nación frente a nación, las disputas acabarían siempre derivando hacia lo militar, como efectivamente lo hicieron una vez y otra, en inacabable sangría desde los tiempos de Hammurabi– y esta idea, decía, se acabó finalmente imponiendo despacio y, por cierto, casi huera de otro contenido ideológico que el de pregonar su beneficio, laxamente postulado como mutuo, frente al beneficio producido por el anterior concepto imperial o estatal, en lo básico de cuño Napoleónico, de modernidad, legislación, proteccionismo, comercio a la fuerza y progreso técnico a imponer por la fuerza de las armas.
Y tan es así, pienso, que la historiografía del futuro, tendrá seguramente que marcar un cambio de época, o de edad, a caballo de los tres últimos decenios y de los tres próximos, para asimilar y explicar el cambio de paradigma y del estatus del poder, que está pasando –y pasará más aún– desde las manos del ‘estado nacional’, ya moribundo, como moribundo agonizó largo tiempo el Ancien régime, a las de su más que previsible sustituto (y dé esto en lo que dé), a una edad del comercio, de la globalización, del capitalismo, de la mundialización o del imperio de la economía, o como finalmente se acabe por llamar al periodo, y con permiso todo ello, o en necesaria compañía, de la simultánea aparición y explosión de la informática y de la genética, artes o ciencias líquidas, por aplicarles un calificativo de moda, pero bien expresivo si puestas en comparación con la mecánica o la caballería motorizada, tan pesadas y poco maleables como esculturas pétreas y que fueron las que preponderaron hasta hace bien poco en lo que aún llamamos Edad contemporánea.
Pero si el viejo poder estatal tenía a su cabeza un rey, o figura presidencial representativa equivalente, física y tangible, guardián y promotor de la ley, seguro empuñador de la estaca, dueño y señor de la llave del arca y fuente, aunque remisa, de bienes y servicios, figuras retóricas todas ellas, pero protagonizadas por seres reales en lo físico y por instituciones funcionantes en lo práctico, a los cuales era debido obedecer, consentir, acatar y someterse, pero frente a los que también era posible reclamar, negociar, execrar, insubordinarse y rebelarse, la figura, en cambio, que personaliza el actual poder de la economía, del comercio, del capital, de la globalización... ya no tiene como referente a nadie investido de humanas especies, ni a nada sometido a regla orientada a beneficio del común, a constitución de derecho, a deberes, a limitación alguna, ni a otro contrato que el que exclusivamente ataña al ir y al venir del dinero, que es precisamente la libérrima cabeza pensante hoy puesta al mando, cabeza sin cabeza, o hidra sin forma, pero hidra, escamoteada a toda visibilidad, personalización física o jurídica y a toda posibilidad de reclamación. De absolutamente nada sirve la libertad de manifestación y protesta, hoy sancionada por la mayoría de las constituciones, si dicha protesta acaba en sí misma y no logran elevarse a ley ninguna de las demandas que las poblaciones plantean.
Y esta sea tal vez la primera vez en la historia que la asamblea general de cada grupo de monos –fuera de catástrofes naturales, y desde que bajáramos de los árboles–, no dispone de uno o varios monos físicos a mano a los que poder echarles el guante, responsabilizarlos de lo que vaya mal y despedazarlos, con razón o sin ella, de común acuerdo, y entonando himnos y reconvenciones en procura del necesario ejemplo y remedio, pues de sobra se está viendo que los causantes de cada mal están siempre y oportunamente en otra parte o, más sencillamente, no existen, al parecer, truco de magia que gustoso hubiera firmado Houdini.
Así, esas dos ideas bienintencionadas, germinadas en el XIX y convertidas en adultas en la segunda mitad del XX, han resultado, la de la gobernanza global en un niño debil y tísico, y en un macho alfa triunfador y agresivo su hermano, el de la economía global. Sin embargo, ya bien se ve que hubiera resultado del todo necesario que la pareja creciera igualmente robusta y con los mismos derechos heredados, amén de mancomunados, sobre las llaves del arca. Gobierna ahora solo el hermano pequeño, con su arma de destrucción masiva en la mano, la libertad de movimiento de capital y de comercio, y está resultando en una dictadura terrible, con daños dignos del arma atómica, y no ha traído bajo el brazo, sin embargo, esa tutela paternal y beneficiosa que se esperaba, ni abundante cornucopia de bienes para todos, con la salvedad de los muchos que, en su inabarcable avidez, se reserva para sí mismo, como cualquier otro sátrapa.
El hecho mismo de ver a monsieur Sarkozy, en plena batalla electoral, tronando sobre cerrar las fronteras francesas, salir del Tratado de Schengen y demás diatribas de campaña, refleja muy bien el hecho de que los principales responsables de la confusa situación política, social y económica actual, los líderes de los estados occidentales más poderosos, y a su vez, los valedores de las ideas que han llevado a este estado de cosas, no saben en este momento literalmente a cuál santo votarse para que les voten, huérfanos de toda ideología, y hablando de una idea de bien común, en la que el bien común es precisamente el principal desaparecido, y así proclaman una cosa cualquiera y su contraria de seguido, sin tiempo casi a que se seque la tinta en los papeles que las reportan contradictorias a diario, y dando un espectáculo de incapacidad e impotencia que ríanse ustedes de los notables de aquella ampulosa y moribunda Serenissima Repubblica veneziana, encerrados ochenta años en sus palacios a gastarse en una orgia infinita sus inacabables caudales en timbas, carnavales y lujos sin sentido y sin cuento, mientras se disolvía su república, esperando borrachos a un Godot, que finalmente se llamó Bonaparte y barrió con ellos, que gustosos se le rindieron sin disparar un solo tiro, y para al final, inri último, verse de inmediato entregados como súbditos a los buenos cuidados y oficios de su peor enemigo, el Kaiser austrohúngaro, que los puso de inmediato al trabajo.
Así, de igual forma, los estados del mundo actual, sus dirigentes, los orgullosos descendientes de Maquiavelo y los Reyes católicos, de Galileo, de Lutero, de Erasmo, de Tomás Moro, de Descartes y Newton, los nietos del siglo de las luces y de la razón, los hijos del mundo contemporáneo, de Bolívar, de Humboldt, de Malthus, de Bonaparte, de Marx y de Darwin, de Franklin, de Bismarck, de Einstein, de Roosevelt, de Mao, de Schumann y Kennedy, de Gandhi y Mandela, los que Fermi y Oppenheimer llevaron a la frontera del átomo, Von Braun a la Luna y Monod a las puertas de la casi omnisciencia sobre sí mismos, parecieran haber entrado en ese mismo estado de estupor, de indefensión, de inacción, de desvalimiento, sin construcción teórica que seguir, en coma de ideas, sin modelos que soñar ni intentar aplicar, sin ideología o norte social, sin qué hacer, reducidos a la impotencia, a la ceguera, a la desbandada, apelando al pasado, a regresar, a escapar o a meter la cabeza en el suelo.
Todo ya, cualquier cosa parece aceptable hoy para un estado, la disolución, la entrega de las llaves del tesoro, de la catedral y de la santabárbara, la jibarización, el enjaularse en sus propias fronteras, la aniquilación, el malestar y el empobrecimiento de sus poblaciones, antes que intentar recuperar el control de la situación, junto a sus evaporados dineros, y en compañía de los demás estados afectados, y antes que emprender la tarea necesaria de organizar una gobernanza unitaria y mutuamente beneficiosa, una legislación global, un nuevo sometimiento a regla, acorde con los tiempos, de las cosas de todos y por todos, de intentar y de buscar como quehacer primordial un acuerdo general para resolver problemas acuciantes que la humanidad entera padece.
Y al igual que ese espectáculo ominoso e indigno, de tantos niños de diez años imponiendo la ley en sus casas y en la escuela, retadores, matones, chulescos, decidores y seguidores de toda imbecilidad, relevados de obediencia a regla alguna, exentos de deberes de cualquier clase, de obligación de aprendizaje y saber, de actividad y de estudios, dejados a su albedrío de juegos de crías de mono en nombre de una estúpida y culpable tolerancia (tolerancia, piel de elefante, dejó clavado Sánchez Ferlosio); también los altos responsables de organizar convenientemente las cosas de los hombres, parecen hoy esos mismos y culpables padres resignados, indolentes y estúpidos, ahítos de conocimientos que no sirven para nada y desconocedores en cambio de sus obligaciones más básicas, de sus deberes y, lo que es más incomprensible, de su poder, ese que han declinado ejercer. Y tal transmiten a su progenie los unos, y los otros a sus desdichados conciudadanos, educados en lo mismo, hasta acabar dando todo en estos pantanosos lodos que amenazan tragarnos, hijos finalmente de los mismos polvos.
Vámonos pues de Schengen, señor Sarkozy, vámonos del Euro, vámonos de la ONU, vámonos de las alianzas, de la planificación, de la estructuración de las cosas según la razón y la lógica, vámonos de la ordenación de las categorias, vámonos de intentar saber qué es bueno y qué es malo, vámonos de la clasificación de las necesidades para intentar satisfacerlas en orden, vámonos de gastar y de invertir para el futuro de todos, no el de algunos, vámonos corriendo frontera adentro, vámonos al pueblo, a envolvernos en el pendón de cada autonomía y a escondernos en el campanario medieval de cada barrio, de cada feudo y, finalmente... allí tomaréis sopa, hermanos míos, como escribiera Neruda.
Váyase el dinero si quiere y a donde quiera, conceden un punto contrariados tal vez, y entrémonos nosotros a nuestros adentros, al ensimismamiento, a nuestro cabildo de manos forzadamente muertas, parecieran decirse todos, como si no resultara evidente o desconocieran que no puede existir por razones ontológicas gobernación, mayor o menor que sea, sin sus poderes, sus medios y su capacidad para procurárselos, y así sea esta gobernación la de una aldea o la del globo todo. Antes que someter a la economía en rebeldía al imperio de la ley y a los impuestos que rigen para el resto de la totalidad de las cosas, los dirigentes escapan amedrentados, llevando a sus pueblos como crías empujadas por el pescuezo, como animales asustados camino de vuelta a sus madrigueras, pero que ya no son más que refugios que ellos mismos se han ocupado de dejar inservibles.
Vámonos de donde sea, entonces, pero para irnos... ¿a dónde?
Y, al fin, invadidos hoy por un enemigo más, capilar, invisible e inasible por el cogote, vemos ondear esperanzados esas banderas, símbolos finales de las infinitas invasiones habidas de invasores de invasores que fueron invadidos, esas que figuran en tan ordenancista y pacífica cadencia en todos los ayuntamientos: la circundada de estrellas –como en las Inmaculadas de Murillo–, que es ese maquillaje europeo que nos pintamos esperanzados sobre el pellejo por ver si nos sacan al baile, la enseña nacional, símbolo cierto de la pitanza verdadera y real que, mal que bien, todavía alcanzamos a comernos, la de cada autonomía, o patriúncula en nuestro doblemente desdichado caso, y donde al parecer se mueve en la realidad el esqueleto del día a día, y finalmente esa tela de colores felices, la peculiar de cada pueblo, sede teórica del corazón, residencia de la madre de cada cual y solar de la infancia, o la patria, de cada sujeto impositivo, que es el hombre.
Y falta una bandera en todos esos caserones, lo sé, la de la ONU, la que debiera de ser la primera quizás, pero que no figura, ni está ni se la espera, porque, ¿me podrán decir ustedes de que puede servir un símbolo de bandería que no sea otro que el mismo para cualquier bandería?
Y sin embargo, sin embargo... muy bien le cuadraría colocarla a toda asta, en la puerta y en el acristalado frontal de cada institución financiera y bancaria, a modo de emblema y logotipo y como recordatorio a los súbditos de que estas sí que son las instituciones supremas, globales y finales, y de que todos estamos sujetos exclusivamente a su imperio, recibido por generosa dación de manos del resto de poderes del mundo, y que es, a día de hoy, lo único verdadero que simboliza esa enseña, el poder de la ausencia de ley, el poder que no obliga a nada, el poder que han tomado las casas del dinero de quienes han renunciado a ejercerlo según expresamente les imponían sus Constituciones, y que no son otros que los parlamentos, los senados y las casas del pueblo, o los nombres que tomen mientras escurren el bulto.
lunes, 19 de marzo de 2012
domingo, 18 de marzo de 2012
A fallar, que son dos días.
(Recitativo-emplasto-cataplasma, para las graves quemaduras de una amiga valenciana).
Hoy, aprovechando que estamos en fallas, con lo que nos follan a base de fallos, que dejan callados, sin muelle y sin fuelle, –que no quedan ganas ni para paella–, tal vez se podría arrojar a las fallas, los fallos, los jueces y a sus secretarios, al jurado entero, a cuento gallofo le echen mano al cuello, a los callacuece y a los gran fulleros que tan llanamente salieron absueltos.
¡Y a darle a los fuelles, y a los lanzallamas, sin desfallecer!
.
sábado, 17 de marzo de 2012
Bienvenido al servicio público de papeleta telefónica electoral única.
Ha establecido usted contacto con el número 666 666 666, del servicio público de papeleta telefónica electoral única, tarifa ajustada interoperadores, adherida al código de transparencia y excelencia, según BOE, norma 1, del uno de enero del año mil. Solamente se emitirá un único cargo por llamada equivalente a su sueldo anual.
Teclee en su terminal telefónico la opción de su preferencia.
Si desea perder el empleo, pulse 0.
Si desea reducir su jubilación, pulse 1.
Si desea dejar de percibir su subsidio de desempleo, pulse 2.
Si desea no disfrutar de asistencia sanitaria pública, pulse 3.
Si desea pagar dos o más veces de su bolsillo por cada medicamento, pulse 4.
Si desea no abortar libremente y mantenerse en el marco jurídico de un estado teocrático y confesional, pulse 5.
Si desea eliminar la enseñanza gratuita, pulse 6.
Si desea suprimir la gratuidad de la justicia, pulse 7.
Si desea apoyar la enajenación de los bienes públicos, pulse 8.
Si desea que se le expropie su casa, pulse 9.
Si desea sufragar las necesidades de la banca privada, pulse asterisco.
Si desea seguir residiendo en la Feliz Gobernación (el conjunto de las anteriores opciones), pulse almohadilla.
Si no figurara su opción, por favor, manténgase a la espera, le atenderá en breve uno de nuestros operadores.
Todos nuestros políticos están ocupados en este momento, tiempo estimado de espera, un millón de años. Por favor, manténgase a la espera.
Manténgase a la espera.
...
Todos nuestros políticos están ocupados en este momento, tiempo estimado de espera, un millón de años. Por favor, manténgase a la espera.
Manténgase a la espera.
...
Manténgase a la espera...
Si desea perder el empleo, pulse 0.
Si desea reducir su jubilación, pulse 1.
Si desea dejar de percibir su subsidio de desempleo, pulse 2...
Para gustos se diluyen colores
No es tanto la pérdida de valor en el exquisito y selectivo mercado de valores morales que experimenta la verdad, sino que lo chocante es que su tradicional contrafigura, la mentira, haya sufrido una mengua equivalente en su tasación como contravalor moral, alcanzando ambas finalmente precios equivalentes, algo, como si dijéramos, el efecto de echar a un bote un chorro de pintura blanca y otro de negra y más de la una, chof, y de la otra, chof, chof, y de la otra otro poco, prrrtttt... no obteniéndose más que una inacabable gama de grises, perfectamente cuantificable con un simple colorímetro, pero con la peculiaridad de que cada cliente quedara indiferente a todos esos matices y, puesto ante el bote transparente, después de ver caer cada nuevo chorro, declarara una vez y otra: este bote es de pintura blanca, este bote es de pintura negra, este bote es de pintura blanca…. Y viniera, además, a costar la milagrosa mixtura, a la hora de adquirirla para pintarse el entender con ella, y sin importar en cuál cantidad o volumen, cero monedas, cero céntimos, invariablemente. ¡Ah, por Dios, lo olvidaba casi! Por el recipiente sí que cobran la más variopinta diversidad de justiprecios.
En fin, la definitiva expresión de la irrelevancia y del no valor, de la verdad, de la mentira y de su mezcla. Aunque pediré cuarto y mitad de pintura blanca… –del bote aquel que está a la izquierda, ese de tapa azul cielo, si no le importa, sí, ese, muchísimas gracias, es usted muy amable, señorita–, que me tengo que arreglar algunos desconchones que le voy haciendo, sin querer, con las uñas y por la desesperación, a la pared junto al asiento de mi scriptorium. –Gracias mil, de nuevo, joven–.
Lenguaje de género (por no hablar de sexo).
Estoy por completo de acuerdo en marcar y diferenciar. Porque quién puede no desear separar la idea de una cesta de mandarinas, turgentes y perfumadas, de este infinito agravio de mandarines que padecemos, lacerándonos con sus afiladas, o afiliadas garras.
¡Venga Dios y lo vea!, o mejor todavía, venga una diosa y me vea.
¡Venga Dios y lo vea!, o mejor todavía, venga una diosa y me vea.
viernes, 16 de marzo de 2012
¡La economía lo quiere!
Hacia donde se quiera mirar y considerar, todo nos informa de una constante que se cumple a rajatabla. Todo crecimiento se detiene, la mayoría de ellos, además, menguan y desaparecen. A escala de microorganismo, a escala de organismo, a la de superestructura, de proceso, de lo que se desee considerar, las cosas, las entidades físicas, desde las moléculas hasta los sistemas estelares y planetarios, toman su tamaño, se estabilizan aproximadamente en él y después desaparecen o son absorbidas por otras.
No hay animales por encima de un determinado tamaño, no hay montes por encima de otro, no hay caudales de agua más allá de otra cifra, no hay sistemas planetarios, ni galaxias estables por encima de determinada extensión. Las cosas existentes están ancladas a unos márgenes de tolerancias físicas que no es posible sobrepasar. Las leyes de la física y de la química se imponen inflexibles cuando se pretenden cruzar estos límites. Un monte colapsará en varios menores, un caudal se dividirá, un animal caerá aplastado por su propio volumen. El máximo mar o el máximo desierto que en la tierra puedan darse serán los que ocupen toda su superficie. Llegados a ese punto a uno u otro no les quedará otra que estabilizarse en ello o menguar. Y el hombre y sus sociedades son, antes que ninguna otra cosa, una simple suma de entidades físicas con sus características: pesan, miden, consumen energía, emiten gases, radian calor, y así cada hombre, cada animal, cada microorganismo, cada entidad biológica. Todo esto no son más que simples conocimientos preuniversitarios, más un poco de sentido común. Y sin embargo, como conjunto de la especie, nos permitimos tranquilamente el desdeñarlos y obrar como si no se conocieran.
De igual manera, el gasto energético posible de una sociedad que habita un planeta, este, por el momento nada más que uno y aparentemente no crecedero tampoco (y más valdrá que no lo haga), es una cantidad fija cuya máximo teórico es función de la radiación solar y de la energía atrapada y extraíble de los materiales que componen el esferoide que nos acoge. El número es fijo, pero la capacidad de extracción es modificable tecnológicamente, y no es lo mismo hacer una hoguera que fusionar átomos, pero es que existe además otro condicionante todavía más estricto, el de la cantidad de calor que se libera. De poco sirve extraer energía sin límite si el calor emitido y asociado al proceso resulta biológicamente letal. Y no hay más, que se sepa, a día de hoy, salvo los sueños. Y no es poca esta energía, no hay verdaderamente de que quejarse, bastaría con adaptarse a ella y usarla racionalmente. Es el salario máximo para toda la especie, y para todo el conjunto de la biomasa, y no hay mago ni especulador que puedan incrementarlo.
Así que esta lucha disparatada entre la economía, con su pretensión de ser ciencia, con su optimismo infantil, pero con una pujanza de medios para propagandar sus puntos de vista, absolutamente desproporcionada con su modesta entidad gnoseológica, y lo que la ciencia positiva –y el sentido común– conocen como verdadero, y le contraponen, aunque con la modestia de fuerzas de un lactante, no puede llevarnos más que al despeñadero igual que se dirigieron a él los cuadriculados e inadvertidos bisontes.
Decir ¡La economía lo quiere! es prácticamente lo mismo que proclamar ¡Dios lo quiere!, desenfundando de seguido la espada, que no es más que la suspensión del juicio de la razón y el entregar la voluntad como rehén de lo que buenamente haya de ser o salga. Es impotencia, resignación y creer en la magia, un dejar correr el río sin encauzarlo o permitir que la lluvia nos resbale sobre los hombros, sin interponer techado.
Que el crecimiento ha de controlarse, finalmente pararse e incluso revertirse para obtener sociedades estables y posibles, es propiamente la tarea del futuro, y el futuro la hará irremediablemente. Por las buenas o por las malas, y las malas no es una manera cualquiera de hablar, ni la expresión de un deseo o mala fe, es una constatación dolorosa y contiene una advertencia terminante, final. Se hará igualmente.
Se puede hacer por el camino de optimizar, controlar, regular, no despilfarrar y reciclar obsesivamente, palabra muy de moda, pero que no contiene ni más ni menos que la totalidad del sentido del antiquísimo reaprovechar, más la vieja conseja de que hay comerse a la hora de la cena las patatas que sobraron de la comida, por ejemplo. Cada vez que abrimos un grifo sin necesidad empeoramos verdaderamente el mundo, y cada vez que dejamos una luz encendida de más, hacemos lo mismo, y además entregamos una parcela de nuestro poder ciudadano, vía beneficios redundantes e innecesarios, a quien los usará en nuestra contra.
Desgraciadamente el modo de enfrentar esto por las buenas –y por las sabias–, con la organización y el paradigma actual de lo que entendemos por sociedad capitalista, y pronto, la única sociedad, está dejado exclusivamente en manos de nadie, o lo que es lo mismo, en la de los políticos, para los cuales este problema no parece constituir en ningún lugar de la tierra el norte principal de su actividad. Los políticos no son más que las cigarras del apólogo, y los usos del modelo de democracia electoral imperante les llevan casi sin alternativa a pensar y actuar en términos de tiempo que se podrían calificar de microbianos.
No son ya solo los estandarizados cuatro o seis años de vigencia en el poder, pues de estos apenas se usan la mitad para decretar y modificar, y el resto para buscar el modo de obtener otros cuatro de acomodo, y se acabó, sino que este plazo tan limitado, y vuelta a cambiar de idea o de mecanismo de intervención, caso de llegar a plantearlo, es algo simplemente risible en relación a la magnitud y al término temporal necesarios para aplicar las medidas que habría que adoptar de forma sostenida y, forzosamente, todos a una, para alejarse de ese límite ya cercano en el que las cosas del crecer llevarán a la disolución de los componentes, porque cuando finalmente quienes tomen el mando –y el mundo– sean la física y la química, junto a sus preciosas niñas, la biología y la ecología, pero con las cuales muy malamente se negocia, nada se podrá hablar, impetrar ni aducir, pues son inflexibles, y por muy premio Nobel de economía del que pueda estar investido el hechicero que se quiera enfrentar a ellas a golpe de hisopo y sacralizada autoridad. Y ya verán entonces a quienes toque lidiar con ello lo que será entonces hablar de dictadura y de genocidio. De rechinar de dientes y de apocalipsis.
Nuestra escala tiene una dimensión, por debajo está acotada por la barbarie, que vive en las regiones termodinámicamente más frías y que es de donde venimos, de la más descarnada y violenta lucha por la vida. Por arriba, limita con el calor, con otra barbarie diferente, y tal vez todavía peor, de hervor y de disolución. El terreno de maniobra posible es el intermedio y, deseablemente en su parte media superior. Mantenerse allí y lograr no subir hacia la disolución, ni bajar nuevamente a las sutilezas del uso de la clava, es la tarea que tiene por delante la especie. Ni más ni menos.
Pero este insoslayable quehacer se lo tenemos encomendado a cigarras, por ley autoemanada de ellas mismas y debidamente sancionada por todos, es decir, nada menos que al ignorante, al codicioso, al bárbaro, al incompetente, al desorganizado, al genocida, al ladrón, al psicópata, al rapaz, al tarotista, al indiferente y al loco, sin olvidar a algún despavorido conocedor y bienintencionado, siempre triturado en medio de esta manada pero, eso sí, adecuadamente dotados todos ellos de un mal desbastado garrote para efectuar una operación de microcirugía, y de un cortauñas desafilado para construir transatlánticos.
Sólo quedaría salir corriendo, pero... ¿a dónde?
Miserere nobis.
No hay animales por encima de un determinado tamaño, no hay montes por encima de otro, no hay caudales de agua más allá de otra cifra, no hay sistemas planetarios, ni galaxias estables por encima de determinada extensión. Las cosas existentes están ancladas a unos márgenes de tolerancias físicas que no es posible sobrepasar. Las leyes de la física y de la química se imponen inflexibles cuando se pretenden cruzar estos límites. Un monte colapsará en varios menores, un caudal se dividirá, un animal caerá aplastado por su propio volumen. El máximo mar o el máximo desierto que en la tierra puedan darse serán los que ocupen toda su superficie. Llegados a ese punto a uno u otro no les quedará otra que estabilizarse en ello o menguar. Y el hombre y sus sociedades son, antes que ninguna otra cosa, una simple suma de entidades físicas con sus características: pesan, miden, consumen energía, emiten gases, radian calor, y así cada hombre, cada animal, cada microorganismo, cada entidad biológica. Todo esto no son más que simples conocimientos preuniversitarios, más un poco de sentido común. Y sin embargo, como conjunto de la especie, nos permitimos tranquilamente el desdeñarlos y obrar como si no se conocieran.
De igual manera, el gasto energético posible de una sociedad que habita un planeta, este, por el momento nada más que uno y aparentemente no crecedero tampoco (y más valdrá que no lo haga), es una cantidad fija cuya máximo teórico es función de la radiación solar y de la energía atrapada y extraíble de los materiales que componen el esferoide que nos acoge. El número es fijo, pero la capacidad de extracción es modificable tecnológicamente, y no es lo mismo hacer una hoguera que fusionar átomos, pero es que existe además otro condicionante todavía más estricto, el de la cantidad de calor que se libera. De poco sirve extraer energía sin límite si el calor emitido y asociado al proceso resulta biológicamente letal. Y no hay más, que se sepa, a día de hoy, salvo los sueños. Y no es poca esta energía, no hay verdaderamente de que quejarse, bastaría con adaptarse a ella y usarla racionalmente. Es el salario máximo para toda la especie, y para todo el conjunto de la biomasa, y no hay mago ni especulador que puedan incrementarlo.
Así que esta lucha disparatada entre la economía, con su pretensión de ser ciencia, con su optimismo infantil, pero con una pujanza de medios para propagandar sus puntos de vista, absolutamente desproporcionada con su modesta entidad gnoseológica, y lo que la ciencia positiva –y el sentido común– conocen como verdadero, y le contraponen, aunque con la modestia de fuerzas de un lactante, no puede llevarnos más que al despeñadero igual que se dirigieron a él los cuadriculados e inadvertidos bisontes.
Decir ¡La economía lo quiere! es prácticamente lo mismo que proclamar ¡Dios lo quiere!, desenfundando de seguido la espada, que no es más que la suspensión del juicio de la razón y el entregar la voluntad como rehén de lo que buenamente haya de ser o salga. Es impotencia, resignación y creer en la magia, un dejar correr el río sin encauzarlo o permitir que la lluvia nos resbale sobre los hombros, sin interponer techado.
Que el crecimiento ha de controlarse, finalmente pararse e incluso revertirse para obtener sociedades estables y posibles, es propiamente la tarea del futuro, y el futuro la hará irremediablemente. Por las buenas o por las malas, y las malas no es una manera cualquiera de hablar, ni la expresión de un deseo o mala fe, es una constatación dolorosa y contiene una advertencia terminante, final. Se hará igualmente.
Se puede hacer por el camino de optimizar, controlar, regular, no despilfarrar y reciclar obsesivamente, palabra muy de moda, pero que no contiene ni más ni menos que la totalidad del sentido del antiquísimo reaprovechar, más la vieja conseja de que hay comerse a la hora de la cena las patatas que sobraron de la comida, por ejemplo. Cada vez que abrimos un grifo sin necesidad empeoramos verdaderamente el mundo, y cada vez que dejamos una luz encendida de más, hacemos lo mismo, y además entregamos una parcela de nuestro poder ciudadano, vía beneficios redundantes e innecesarios, a quien los usará en nuestra contra.
Desgraciadamente el modo de enfrentar esto por las buenas –y por las sabias–, con la organización y el paradigma actual de lo que entendemos por sociedad capitalista, y pronto, la única sociedad, está dejado exclusivamente en manos de nadie, o lo que es lo mismo, en la de los políticos, para los cuales este problema no parece constituir en ningún lugar de la tierra el norte principal de su actividad. Los políticos no son más que las cigarras del apólogo, y los usos del modelo de democracia electoral imperante les llevan casi sin alternativa a pensar y actuar en términos de tiempo que se podrían calificar de microbianos.
No son ya solo los estandarizados cuatro o seis años de vigencia en el poder, pues de estos apenas se usan la mitad para decretar y modificar, y el resto para buscar el modo de obtener otros cuatro de acomodo, y se acabó, sino que este plazo tan limitado, y vuelta a cambiar de idea o de mecanismo de intervención, caso de llegar a plantearlo, es algo simplemente risible en relación a la magnitud y al término temporal necesarios para aplicar las medidas que habría que adoptar de forma sostenida y, forzosamente, todos a una, para alejarse de ese límite ya cercano en el que las cosas del crecer llevarán a la disolución de los componentes, porque cuando finalmente quienes tomen el mando –y el mundo– sean la física y la química, junto a sus preciosas niñas, la biología y la ecología, pero con las cuales muy malamente se negocia, nada se podrá hablar, impetrar ni aducir, pues son inflexibles, y por muy premio Nobel de economía del que pueda estar investido el hechicero que se quiera enfrentar a ellas a golpe de hisopo y sacralizada autoridad. Y ya verán entonces a quienes toque lidiar con ello lo que será entonces hablar de dictadura y de genocidio. De rechinar de dientes y de apocalipsis.
Nuestra escala tiene una dimensión, por debajo está acotada por la barbarie, que vive en las regiones termodinámicamente más frías y que es de donde venimos, de la más descarnada y violenta lucha por la vida. Por arriba, limita con el calor, con otra barbarie diferente, y tal vez todavía peor, de hervor y de disolución. El terreno de maniobra posible es el intermedio y, deseablemente en su parte media superior. Mantenerse allí y lograr no subir hacia la disolución, ni bajar nuevamente a las sutilezas del uso de la clava, es la tarea que tiene por delante la especie. Ni más ni menos.
Pero este insoslayable quehacer se lo tenemos encomendado a cigarras, por ley autoemanada de ellas mismas y debidamente sancionada por todos, es decir, nada menos que al ignorante, al codicioso, al bárbaro, al incompetente, al desorganizado, al genocida, al ladrón, al psicópata, al rapaz, al tarotista, al indiferente y al loco, sin olvidar a algún despavorido conocedor y bienintencionado, siempre triturado en medio de esta manada pero, eso sí, adecuadamente dotados todos ellos de un mal desbastado garrote para efectuar una operación de microcirugía, y de un cortauñas desafilado para construir transatlánticos.
Sólo quedaría salir corriendo, pero... ¿a dónde?
Miserere nobis.
jueves, 15 de marzo de 2012
Cuarto y mitad de opinión
Acabo de leer una recopilación de artículos periodísticos de un autor, que no mencionaré, publicada en una editorial andaluza. Pero no vengo a contar de sus textos, unos mejores, otros peores, repetitivos no pocos, pero otros logrados y felices, sin duda. Voy al tamaño de los cajones de la prensa. Es evidentemente insoslayable la constricción del formato del pensar escrito, sometido a una dosis exacta de tantas líneas por tantos caracteres, y así para siempre jamás en cada medio, no sólo en prensa, sino en el mundo audiovisual en general. La tiranía del minutaje y del número de palabras nada tiene que envidiarle al exigido monto de ladrillos y sacos de cemento que hay que subir por la escalera en las ocho horas de obligado, o al total de racimos de uva a recolectar por jornada de vendimia.
Esto es irremediable y se puede comprender, pero lo que quiero hablar es de la desazón personal que sentí al leer el libro. Leídos ocho, doce artículos, dejó de importarme el interés de lo glosado en cada caso, su riqueza conceptual, su fundamentación, la hilazón del argumentario, la destreza formal, la calidad de las conclusiones, su originalidad, su ligereza, su banalidad incluso, su acierto, su chispa cuando la hubiera... Era la sensación de agobio de estar visitando una prisión lo que poco a poco me fue embargando y lo que me llevó finalmente a dejar el libro de poco superada su mitad.
Saber que pasaba una página, dos, media más... y se acabó. Otra página, dos, media más... y se acabó. Y así hasta doscientas. Llegué a un momento en que en lugar del interés por lo contado lo que de verdad me preocupaba era, mediado cada texto, como lograría desempeñarse el autor y acabar en la que le quedaba, logrando obtener una conclusión o un final razonable. Y a veces lo conseguía, pero en ocasiones aquello terminaba como una llamada telefónica cortada de repente y en otras más, la llamada, cuyo contenido podría resumirse sin más en ‘buenas tardes, aquí sigo’, seguía repitiendo el mismo mensaje más o menos a lo largo de su estricta y pactada duración, como si de un robot telefónico se tratara, solo que con algún punto mayor de desparpajo.
Porque el mecanismo triturador funciona en los dos sentidos, hay ideas o consideraciones que realmente podrían expresarse en un párrafo de pocas líneas, por no decir una sola, y constituir el artículo entonces casi un aforismo, y que sin embargo hay que arrastrar y trillar por la era otras dos largas páginas más hasta dejarlo irreconocible y desfigurado a base de arrastres y más arrastres o, por el contrario, estar el escrito habitado de ideas y consideraciones fructíferas que bien darían para un ensayo, pero que han de dejarse literalmente en la huesa, desnudas, mal cubiertas y tiritando, por no caber sus necesarios trajes, afeites, complementos y adecuaciones en tan escuálida gaveta.
En este sentido Internet, con sus páginas web o sus blogs, elásticos casi como el pensamiento, adaptables al tamaño y cantidad de lo pensado como trajes hechos a medida, viene a ser una bendición para quienes deseen beneficiarse de ello. Dejando aparte la cuestión económica, el que tantas líneas valgan tantos euros en la escritura pagada, lo cierto es que incluso cobrando el autor, queda mucha veces desazonado por haber tenido que amputar el cincuenta por ciento de su pensamiento y en otras por verse sometido al esfuerzo de tener que decir tres veces y de distinta manera lo que le acudió a las mientes como una idea feliz que de sobra hubiera despachado en un párrafo corto. Así que, en definitiva, lo bueno, si muy breve, impublicable, pues se consideraría estafa, y lo largo, sencillamente no cabe.
El anunciado entierro de la prensa en soporte papel traerá seguramente una mayor flexibilidad en el tamaño de los contenidos digitales que la sustituirán. Este estrangulador corsé de ballenas se verá entonces sustituido hasta cierto punto por un simpático tanga, por unos confortables calzones de invierno o por un cómodo sujetador algo más adaptable a las tallas y turgencias de cada pensar y de cada decidor. Esta vez, la tecnología sí parece venir a acudir en nuestra ayuda y será cosa de agradecérselo, y no diré que ¡bendita sea! y sólo por una vez, como si la despreciara, sino como en tantas y tantas otras ocasiones, bendita sea, pues no es mala ella en sí, sino algunos de los pésimos usos que rápidamente corremos a encontrarle.
Esto es irremediable y se puede comprender, pero lo que quiero hablar es de la desazón personal que sentí al leer el libro. Leídos ocho, doce artículos, dejó de importarme el interés de lo glosado en cada caso, su riqueza conceptual, su fundamentación, la hilazón del argumentario, la destreza formal, la calidad de las conclusiones, su originalidad, su ligereza, su banalidad incluso, su acierto, su chispa cuando la hubiera... Era la sensación de agobio de estar visitando una prisión lo que poco a poco me fue embargando y lo que me llevó finalmente a dejar el libro de poco superada su mitad.
Saber que pasaba una página, dos, media más... y se acabó. Otra página, dos, media más... y se acabó. Y así hasta doscientas. Llegué a un momento en que en lugar del interés por lo contado lo que de verdad me preocupaba era, mediado cada texto, como lograría desempeñarse el autor y acabar en la que le quedaba, logrando obtener una conclusión o un final razonable. Y a veces lo conseguía, pero en ocasiones aquello terminaba como una llamada telefónica cortada de repente y en otras más, la llamada, cuyo contenido podría resumirse sin más en ‘buenas tardes, aquí sigo’, seguía repitiendo el mismo mensaje más o menos a lo largo de su estricta y pactada duración, como si de un robot telefónico se tratara, solo que con algún punto mayor de desparpajo.
Porque el mecanismo triturador funciona en los dos sentidos, hay ideas o consideraciones que realmente podrían expresarse en un párrafo de pocas líneas, por no decir una sola, y constituir el artículo entonces casi un aforismo, y que sin embargo hay que arrastrar y trillar por la era otras dos largas páginas más hasta dejarlo irreconocible y desfigurado a base de arrastres y más arrastres o, por el contrario, estar el escrito habitado de ideas y consideraciones fructíferas que bien darían para un ensayo, pero que han de dejarse literalmente en la huesa, desnudas, mal cubiertas y tiritando, por no caber sus necesarios trajes, afeites, complementos y adecuaciones en tan escuálida gaveta.
En este sentido Internet, con sus páginas web o sus blogs, elásticos casi como el pensamiento, adaptables al tamaño y cantidad de lo pensado como trajes hechos a medida, viene a ser una bendición para quienes deseen beneficiarse de ello. Dejando aparte la cuestión económica, el que tantas líneas valgan tantos euros en la escritura pagada, lo cierto es que incluso cobrando el autor, queda mucha veces desazonado por haber tenido que amputar el cincuenta por ciento de su pensamiento y en otras por verse sometido al esfuerzo de tener que decir tres veces y de distinta manera lo que le acudió a las mientes como una idea feliz que de sobra hubiera despachado en un párrafo corto. Así que, en definitiva, lo bueno, si muy breve, impublicable, pues se consideraría estafa, y lo largo, sencillamente no cabe.
El anunciado entierro de la prensa en soporte papel traerá seguramente una mayor flexibilidad en el tamaño de los contenidos digitales que la sustituirán. Este estrangulador corsé de ballenas se verá entonces sustituido hasta cierto punto por un simpático tanga, por unos confortables calzones de invierno o por un cómodo sujetador algo más adaptable a las tallas y turgencias de cada pensar y de cada decidor. Esta vez, la tecnología sí parece venir a acudir en nuestra ayuda y será cosa de agradecérselo, y no diré que ¡bendita sea! y sólo por una vez, como si la despreciara, sino como en tantas y tantas otras ocasiones, bendita sea, pues no es mala ella en sí, sino algunos de los pésimos usos que rápidamente corremos a encontrarle.
Ética para cuatreros
Cada vez que da comienzo una cruzada contra la especulación lo único seguro es que aumentarán diez veces los precios de las cruces a coser sobre las albas pecheras de las túnicas de los infinitos cruzados, configurados en multitud y piadosamente constituidos en justiciera mesnada, para mejor fortuna de todos.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Miguel Espinosa: la piedad, la admonición y la burla (I).
Voy a entregar unas líneas sobre este escritor excepcional. Para algunos, entre quienes me incluyo, el mayor novelista español del siglo XX. El único en España quizás, cuya obra pueda resultar comparable con la novedad, la radicalidad y la originalidad de las de Jaroslav Hasek, más, y de Bogumil Hrabal, menos, o de Herman Hesse, incluso. Más y menos en las similitudes, que no en la majestad, si se me permite la palabra. Pero también están en su obra Rabelais, Góngora, Cervantes, Descartes, los presocráticos... en fin, el mundo.
Obra tan excepcional que, según cuenta la leyenda, Rafael Conte, que fuera el máximo exponente de la crítica literaria española, empeñó su voluntad y todo su prestigio, ya en el cénit de su carrera, para obtener algo imposible. Que el Ministerio de Cultura le otorgara de manera póstuma el Premio Nacional de las letras, cosa taxativamente prohibida por los estatutos del mismo. No lo logró, aunque al parecer faltara poco para ello, pero la anécdota y la intención ya expresan lo suficiente.
Añadir, como opinión propia, que Espinosa enfrentó además, y pienso que voluntaria y conscientemente, la inabarcable y asombrosa tarea de pretender reescribir El Quijote, desde la misma dimensión intemporal, humana, moral y filosófica, pero ceñido igualmente a la más sangrante realidad de su tiempo –y de todos los tiempos–, armado de un lenguaje originalísimo, centelleante, desafiante, explosivo y difícilmente imitable. Algunas solas páginas de su obra valen toda la obra de muchos escritores estimables. Y lo valen desde su forma y su fondo, por la luminosidad y precisión del cómo se dice y la hondura del qué se dice, siempre imbricados, simultáneos, inseparables y lanzados al mundo en una forma sorprendente de arte mayor.
No logró finalmente reescribir el Ingenioso hidalgo, y tal vez nadie pueda hacerlo ya y por la misma razón por la cual ya no se puede volver a postular el teorema de Pitágoras, pero no le quedó lejos, logró armar un mundo de mundos, una metáfora de los seres y de las cosas y no quedó segundo a nadie, excepto a su modelo. Alcanzó en Escuela de Mandarines y en La Fea burguesía la altura de las hipérboles de Rabelais, la chispa y la capacidad de andar pegado al suelo de la Celestina y de la mejor picaresca, la hondura moral de Leonardo Sciascia, la concisión brutal y la lógica inapelable de Rafael Sánchez Ferlosio y la trascendencia y la pretensión de retratar, y de vengarse del mundo del propio Miguel de Cervantes.
Junto a una arquitectura inusual en sus novelas, la libertad de pensar, la osadía intelectual, la sabiduría, y también la burla y el sarcasmo más escarnecedores junto a la piedad más homérica atraviesan la obra de este moralista implacable, moralista de aquellos que aman la vida, no de los que alumbran inquisiciones y tormentos, y que parecía poseer la capacidad de ver y penetrar acontecimientos, situaciones y seres con la lupa de la omnisciencia, pintando un arcoiris de todas las luces, desde las más abyectas a las más sublimes.
Y al igual que Cervantes, también fue un perdedor en su día a día, duro, injusto y habitado de escaseces, considerada su obra por pocos y despreciado y maltratado por muchos y por la cotidianidad mezquina de las cosas y de los hombres peores, con su pequeñez, su ignorancia y su envidia.
Tal vez le faltó su Argel o le sobró una mano –quién sabe– y hoy, a los treinta años de su fallecimiento, a los veinte de la publicación póstuma de La fea burguesía y a los treinta y ocho de la de Escuela de Mandarines, año 1974, que le llevó veinte años de escritura, a tiempo casi justo para colocarla a modo de losa inamovible y de befa sobre la tumba del dictador, quien transita como sombra y ectoplasma del poder por todo el sótano y los cimientos de la novela; quiero rendirle homenaje por la radical actualidad de sus páginas, y por los siglos que le quedarán de lo mismo, porque los tiempos, mudanza a mudanza (y quiénes hubiéramos ido a imaginarlo hace solo treinta años) ya son casi nuevamente sus mismos tiempos, y esta constatación tan dolorosa, y al margen de muchas otras razones, ya lo justifican y dan cuenta de su actualidad, que no es la del hallazgo del día o la de la vigencia efímera de la crónica periodística, sino de aquella que permea lo clásico para convertirlo en vigente y siempre ejemplificador.
Transcribo a continuación la mayor parte del capítulo 12, Razones matemáticas, de su Escuela de mandarines, como testimonio de su vigencia social y literaria y de la potencia descriptiva de su escritura.
Otro día traeré su venganza, pero también su piedad, que tan necesitado sigue el mundo de ella, transcribiendo fragmentos de La fea burguesía.
Miguel Espinosa. Capítulo 12. Razones matemáticas, en Escuela de Mandarines, páginas 136 a 141, de la edición de Santillana S.A., Editorial Alfaguara, copyright 1992 de Herederos de Miguel Espinosa, y de la editorial citada, la edición.
... –Recorro el Imperio con doble misión –continuó Trenio–: recoger los sinónimos del vocablo becario y calcular los ingresos de las autoridades, lugar por lugar y rincón por rincón. Con parecer arduo el primer empeño, el segundo resulta imposible para un sólo individuo, por lo cual viajo con trece calculistas, capaces de multiplicar mentalmente hasta cuarenta guarismos de cuarenta cifras y hallar su raíz cúbica con veinte decimales.
–Y ¿son adictos estos calculistas, o simples contratados? –inquirió Abellano.
–Son estipendiados y meros técnicos –repuso Trenio–. Operan con números, reciben sus salarios y nada preguntan; comen mucho.
–A esto se llama eficacia –sentenció Contecio–. ¿Qué opinas de la “Regla Para Calcular en Dieciocho Jornadas el Sueldo de una Autoridad”?
–Desde los orígenes de la Feliz Gobernación –contestó Trenio–, legiones de estudiosos quemaron arrobas de aceite por encontrar una fórmula capaz de resumir los beneficios de las autoridades. Hacia el año 872430, un cierto Brisaldo, alguacilillo de Celebraciones, inventó el “algorritmo Imperial o Receta que halla los Totales Ingresos de cualquier Prohombre”. Mucho dio que hablar la novedad; pero, tras cien mil polémicas, probóse su inutilidad. El Procónsul Filadelfo prohibió la investigación de sistemas para averiguar las nóminas de nuestros gobernantes, por lo cual la afición cayo en desuso y regresión, como tantas en tiempos del autócrata. Imperando Fulpino, el Mandarín Matemático creó la Escuela de Calculistas, donde floreció un grupo querenciado por la vieja cuestión. Domarco, persona de la facción, fundó la Polimántica, o “Ciencia que computa las Ganancias de Quienes nos rigen”: De ahí surgió Zopiro, autor de la citada “Regla”, obra mediocre y torpe, repleta de falsedades. Nuestro hombre, escribanillo del Gran Lego de los Emolumentos, poseía mentalidad de recetario, quimerizada por la panacea de la fórmula. Brisaldo, Zopiro, Domarco, incurrieron en la equivocación de concebir los ingresos de las autoridades como forma de lo general, cuando son manifestacines de lo particular. Pensando de aquella manera quisieron abstraer consecuencias de tales sucesos, y elevarlos a teoremas; más de lo particular no cabe decir universal; el problema sólo admite relato y estadística. En cualquier caso, la Polimántica será un arte, pero jamás una ciencia.
– ¿Y en qué consiste ese arte? –preguntó Contecio.
–En hacer sencillamente las cuentas a las dignísimas autoridades –aclaró Trenio–,
cargo por cargo,
función por función,
asimilación por asimilación,
adjuntía por adjuntía,
plus por plus,
emolumento por emolumento,
estipendio por estipendio,
dieta por dieta,
nómina por nómina,
gratificación por gratificación,
gaje por gaje,
remuneración por remuneración,
minuta por minuta,
obvención por obvención
viático por viático,
subvención por subvención y reintegro por reintegro.
–¡Arte de paciencia! –exclamó Pascalio.
–Y de fantasía –añadió Abellano–. Se me fríen los sesos de imaginar la cuenta del famoso Donato, que gozó de tres mil beneficios y llegó a firmar como Tribunal de Instancia.
–Hacer la cuenta a Donato sería hoy ejercicio para parvulitos –puntualizó Trenio–; tanto en las prebendas como en la copia de sus adulaciones, el Panegirista de Filadelfo está superado.
–¡Vaya! Y ¿quién ocupa ahora el primer lugar?
–Se lo disputan Filostro y Odenzo –manifestó Trenio–, personajes odiados por todos los calculistas. Sabed que Filostro disfruta los siguientes cargos:
Filósofo Enmucetado y Contrastado,
Gran Lego de los Enmucetados,
Lego de Antipanfletos,
Boca de la Réplica al Panfleto,
Ditirámbico del Hecho,
Fiscal de Silenciosos,
Amonestador de Ateos,
Remunerador de Servicios,
Lengua de la Palabra Ortodoxa,
Oídor de Purgados,
Pastor de Prosélitos,
Juez de Condescendientes,
Mentor del Jornal de un Bracero,
Lego Anexado de los Relatores del Hecho,
Secretario de una Residencia de Becarios,
Instructor General de Irresolutos,
Padre de la Palabra a Punto,
Oficial de las Rápidas Respuestas,
Encomiasta de lo Estatuido,
Espía del Bien de Todos,
Vademécum Universal de Reflexionados,
Maestro de Aquiescentes,
Nominador de Demiurgos,
Elector del Vocablo Sibilino,
Lego de los Sustos,
Director Espiritual de Afectados,
Acuñador del Fonema Punzante,
Relator de los Preceptivos Cielos,
Inspector de la Mueca tras la Voz,
Procurador de la Hogaza Estatal,
Heredero Universal de la Dialéctica del Bote y del Rebote,
inventada por el Lego de las Posibilidades y otros cien más, que callo para no fatigaros con minucias.
–Por los Dioses, ¿son remunerados todos esos cargos? –preguntó Pascalio.
–Absolutamente todos, –contestó Trenio–, según un sistema tan complejo que el propio Filostro ignora sus ganancias. Por ejemplo, como Fiscal de Silenciosos, función casi honorífica, cobra cuarenta mil monedas básicas, más un acrecimiento del trece por ciento por cada callacuece advertido, cifra que sube al quince cuando el taciturno exhala siquiera un suspiro en alabanza de la Feliz Gobernación; si el silente porfía en el mutismo, aquel trece aumenta inexplicablemente en un tercio de su elevación al cubo. A la suma obtenida debe añadirse el importe de las dietas, computadas por meses de cuarenta días si el Lego de los Sustos recorre las provincias, o de treinta y cinco, si habita la Ciudad; también los imprevistos de representación, la cuota del riesgo y la llamada Sextena, argucia que le permite recibir cuanto cobrarían seis Fiscales de Silenciosos, si los hubiere; se justifica tal por opinar que nuestro hombre sustituye a seis. Luego viene la porción de daño sufrido, invención que embolsa a Filostro el salario de un Historiador Enmucetado; inmediatamente...
–¡Maldito perro! –exclamó Abellano.
–Inmediatamente –prosiguió Trenio–, aparece la institución de reserva,
las acumulaciones,
la porciúncula,
las obvenciones,
el reparto,
las tasas,
las alcábalas,
la prima de dedicación,
el cuscurro,
la provisión,
los lustros,
que son quinientos, y otras enrevesadas apreciaciones, cuyo sentido ignoran el pagador y el beneficiado. ¿Quién podría hacer la cuenta exacta? Indudablemente nadie, ni siquiera con aproximación de millones.
–Si los calculistas y tú, meticulosos expertos, os declaráis impotentes, ¿cómo puede Filostro conocer sus ingresos? Dímelo –manifestó Pascalio–
–Por el expedito procedimiento de arrojar las monedas a una troje y contarlas después –replicó Trenio–. Aún así, nuestro Juez de Condescendientes jamás tendrá saber real de sus beneficios, pues precisa de cincuenta cajeros para hacer el arqueo, y es de suponer sisa, amén de las naturales pérdidas en los dos acarreos preceptivos: de las oficinas públicas a la troje, y de ésta a su casa. Hemos previsto que Filostro pierde en tales operaciones un tres por ciento del total percibido. Empero, ese total sigue siendo una incógnita.
–¡Las ganancias de Filostro! –comentó Pascalio–. He aquí un problema no resuelto por la ciencia. Los adversarios de los mandarines habrán de callar, entregarse y reconocer su fracaso en esto.
–¡No nos entregaremos! –exclamó Abellano–. El Lego gana quinientos millones. ¿No es verdad, Trenio?
–La cifra debe de ser mayor.
–¡Mil millones! –gritó Abellano.
–Como científico y hombre que ama los números, sólo puedo ofrecer esta hipótesis: “En el mundo se da que un cierto Filostro, Lego de la Feliz Gobernación, percibe una cantidad de monedas mayor que ochocientos millones y menor que equis”.
¡Pero ignoramos el valor de equis! –dijo Trenio.
–¡Diez mil millones! –sentencio Abellano. Y todos, como enloquecidos, comenzaron a discutir sobre los ingresos del Oídor de Purgados, haciendo caso omiso del especialista. Y como bebieran, acabaron ebrios.
lunes, 12 de marzo de 2012
Gaudeamus igitur.
Dentro de la lógica del lugar, cuando con ETA no se pudo acabar más que con la ayuda de París, cuando los trabajadores van volviendo a París, a trabajar, y a la France toute entière, pues tal cosa aquí, el trabajar, debe de ser todavía invento del diablo, o cosa de luteranos, y de lo que más valdría cuidarse y mejor que se ejerza fuera del Reino actividad tan perniciosa, cuando los garbanzos se traen de Francia, que ya no de Fuentesaúco, metafóricamente, no solo, sino en paquete de kilo en paquete de kilo hablando, cuando la estructura del sector agroalimentario español se decide en París, y el de la distribución, y el del automóvil, y el de..., y cuando es de todos conocido y notorio que los niños los importa la cigüeña, asimismo desde París, es cuando finalmente el flamante Ministro de los Úteros en flor, ha acabado por concluir lo obvio y lo inevitable. Váyanse las mozas de nuevo a abortar a París, como han hecho de toda la vida las personas decentes, dispongo.
Y no sabe uno bien si la cosa de la proposición ministerial sea por causa de advenida iluminación por la mucha repetición de jaculatorias, Señor ten piedad..., señor ten piedad, o Stella Matutina, ora pro nobis, o más bien se trate del estribillo aquel, con su son, y ya para concluir, que desgraciadamente no recuerdo del todo en su literalidad, pero que nos cantan a diario a todos y que reza algo así: –no sé muy bien qué de la minga, Dominga, que vengo de Francia–, aunque seguro que algún lector se acordará de él. Del estribillo, digo.
O tal vez, sea simplemente una modesta proposición, un globo sonda, que le llaman, especulando con la hipótesis de que sodomizando con esmero a la población es del todo seguro que se evitarán los abortos, y que la Nunciatura, tan concernida en el asunto o, bueno, en fin, la Jerarquía, y a este respecto de la sodomia, tal vez pueda, y bien se entiende que solo en este caso, y exclusivamente a este efecto, cerrar un ojo. Alegrémosnos, pues.
Y no sabe uno bien si la cosa de la proposición ministerial sea por causa de advenida iluminación por la mucha repetición de jaculatorias, Señor ten piedad..., señor ten piedad, o Stella Matutina, ora pro nobis, o más bien se trate del estribillo aquel, con su son, y ya para concluir, que desgraciadamente no recuerdo del todo en su literalidad, pero que nos cantan a diario a todos y que reza algo así: –no sé muy bien qué de la minga, Dominga, que vengo de Francia–, aunque seguro que algún lector se acordará de él. Del estribillo, digo.
O tal vez, sea simplemente una modesta proposición, un globo sonda, que le llaman, especulando con la hipótesis de que sodomizando con esmero a la población es del todo seguro que se evitarán los abortos, y que la Nunciatura, tan concernida en el asunto o, bueno, en fin, la Jerarquía, y a este respecto de la sodomia, tal vez pueda, y bien se entiende que solo en este caso, y exclusivamente a este efecto, cerrar un ojo. Alegrémosnos, pues.
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