jueves, 8 de marzo de 2012

El día de la mujer ponedora

No todos los años se tiene el privilegio y la fortuna histórica de asistir a una Contrarreforma en directo, con su famoso Concilio de la Moncloa exhibiendo sus púrpuras, mitras y escarpines en felliniana coreografía en el Supremo, en las Cortes, en el Senado, en la CEOE, en Hacienda y en ese foro cívico de todos que es la Santa Basílica-Catedral de la Almudena..., por lo cual hoy vengo no solo a dar públicamente las gracias a Monseñor Bronco Varela, inspirador de las iluminadoras páginas de tan incomparable libreto, sino al recién advenido, y no sé si además, expuesto en custodia, señor Don Alberto Ruíz-Gallardón, Ministro de Justicia de este nuestro Reino afortunado.

Y a dar las gracias digo, porque en este momento cenital de una marea tridentina, o tsunami de la sinrazón, con la capital y la Feliz Gobernación toda humeando de las altísimas hogueras de los Autos de Fe en los que arden a diario, por su pravedad intrínseca y horridísimos postulados, desde las encíclicas reformistas de Su Santidad León XIII, pasando por los Códigos isabelinos, las leyes de la dictadura de Don Miguel Primo de Rivera, no digamos ya las de la Segunda República, fusiladas ya en su momento, aspadas en cruz y además bien socarradas en devota parrilla, y ahora puestas de nuevo a hervir en autoclave, por si aún resistieran algunos de sus bacilos y codicilos, y el Fuero mismo de los Españoles del General Franco, la Constitución de la democracia, y hasta la Ley misma de la Gravedad, si a Doña María Dolores de Cospedal o a Doña Soraya Sáenz de Santamaría así les viniera en gana mañana de amanecida; porque esa felicísima ocurrencia del Señor Ministro de venir a anunciar, y a falta, a Dios gracias, de otros problemas, la reforma de la Ley del aborto, según postulados que ni el mismísimo Monseñor arriba citado se habría atrevido a pensar que pudiera tener a derecho a solicitar, han logrado en venticuatro horas unir prácticamente a toda la izquierda del país, cosa que casi no habia logrado ni la mismísima madre de todos los enterradores, aquel general Gran Cisco Franco, arriba citado.

Y es para mí una fiesta de los sentidos el oír a estas alturas que el aborto No es un derecho de las mujeres, por boca de Doña María Dolores de Cospedal, y a modo de autorizado escolio o esclarecedora exégesis sobre el anuncio, porque pienso de inmediato en ese nuevo 15-M que en pocos días volverá a recorrer las plazas, encabezado seguramente por esas cabezahuecas necesitadas de protección, discapacitadas en esencia y por ley y, menores de edad que, al parecer, van a volver a ser las mujeres, que –lógicamente–, bien es posible aventurar que sufran alguna irritación por esta causa, y que salgan educadamente a las calles a decir que jolines, caramba y que qué contrariedad, y a darle con el bolso, con el paraguas y con las agujas del punto –y a las que, desgraciadamente, pronto volveran a tener que destinar a otros usos– por culpa de este mismo tío Malange.

Y cuando finalmente logren sus excelencias y sus eminencias reverendísimas que el enemigo sean no solo los depravados estudiantes, sino también los empleados, los funcionarios, los parados, los jubilados y pensionistas, los enfermos, los opositores políticos y además, todas las mujeres y, cuando, final y felizmente, ya lo seamos prácticamente todos, cabría hasta poder suponer que les costara perder el poder en mucho menos tiempo del que nadie hubiéramos imaginado.

Y al igual que aquella extraordinaria figura que dirigía el Gobierno de España en los tiempos de la segunda Guerra del golfo de Bush, que dilapidó en pocas semanas una holgada mayoría absoluta logrando poner de acuerdo al ¡noventa y dos! por ciento de los españoles en rechazar la intervención en la guerra, porcentaje de acuerdo o de desacuerdo del todo inimaginable con respecto a cualquier asunto que nadie haya alcanzado jamás, y ni lejanamente, en democracia, ¡y en este país!, y consiguiendo finalmente perder las elecciones gracias a otro inefable ejercicio de finezzapolítica, a raíz de los atentados del 11-M, tratando de atribuirlos, contra la evidencia meridiana que le entregaba su propia policía, a quienes no fueron sus autores; esta sacada casi milagrosa de pies del tiesto por parte de nuestro buen feligrés y ministro –en ese orden–, tiene todo el aspecto de poder resultar en otra gaffe parecidamente portentosa y con resultados que tal vez no sea fácil evaluar ahora mismo, pero con un potencial de destrucción de sus propias fuerzas que nadie podía haber soñado hace unas semanas. Porque aún admitiendo el previsible logro de desviar la atención de otros problemas, abrir esta caja de los truenos tampoco parece un ejercicio político inocuo, oportuno y necesario y sí más bien una inopinada granizada de fuego amigo, por causa de que un aprendiz ansioso de hacer méritos se haya puesto a juguetear con la ametralladora del cuartel.

Porque el aborto no es una cuestión de cartera o de bolsillo, de sobrevivir o no a la crisis haciendo lo que unos u otros piensen que es necesario, y en cuya virtud hasta cabe que algunos de los perjudicados por leyes draconianas, como las postuladas reformas sobre el derecho laboral, pueden mostrar alguna comprensión, sino que atañe a la misma línea de flotación de los derechos de las personas y de su propia mismidad.

Decirle a una mujer, hoy en día, que no tiene derecho a abortar a su criterio, es como decirle que no tiene derecho a casarse, a procrear, a divorciarse, a negarse al sexo o a practicarlo si así lo prefiere, a recibir cuidados médicos, a salir o a entrar, a contratar, a viajar, a practicar su religión o a proclamar públicamente lo que crea o piense.

Y es una monstruosidad adicional, porque abortar no es obligatorio, ni lo ha sido nunca, como no lo es tener un hijo, emparejarse por lo civil, por lo religioso o por lo incivil. A nadie ni nada atañe más que a la esfera privada de cada mujer. No solo, sino que la mujer tiene derecho a alumbrar un hijo monstruoso o inviable, a sabiendas y si así lo desea, y a ser ayudada para ello, y nadie ha planteado nunca recortar ese derecho, ni siquiera aduciendo los males objetivos que causa a la sociedad y por el sufrimiento absolutamente innecesario –y para muchos imperdonable, al que se condena a las desdichadas criaturas afectadas.

Y aducir, además, ese argumento inverosímil de ‘violencia estructural’ como elemento favorecedor del aborto, no solo despide el más refinado tufo a alcantarilla vaticana, sino que es sencillamente un infundio, pues la ley protege de manera efectiva a cualquier mujer que denuncie a quien sea que la obligue a abortar, siendo tal cosa un delito penal y además una agravante que cualquiera hemos escuchado muchas veces mencionar en los casos de proxenetas detenidos a los que sus víctimas acusen, entre otros delitos, precisamente de este, y la fiscalía los incrimina adicionalmente por esta causa y las penas son bien elevadas.

Y si esta ‘violencia’ se refiere a las circunstancias sociales actuales que llevan a las mujeres a abortar para poder mantener un puesto de trabajo, un estatus, su independencia, una igualdad de oportunidades en su carrera profesional o un vientre más terso (lo que también sería legítimo), mande el señor ministro meter en la cárcel a los responsables y solicite a su colega de Interior y, a partir de ahora, tutor de los endometrios y aparatos reproductores de todas ellas, que mande sus corchetes a prender a todos estos genocidas in pectore.A la cúpula de la CEOE, para empezar, a la sociedad postindustrial entera, identificando, por favor, con nombre, apellidos, dirección e ímeil a sus responsables inmediatos, detenga e incapacite al capitalismo, al mercado, y a los legisladores que consienten el despido barato de nuestras gallinas ponedoras, pero portadoras en su seno, les guste o no, de la semilla intocable de una nueva alma destinada a cantar las alabanzas del Señor.

Pero si fuera que con la nueva ley del aborto lo que se viene a decir es que se pretende defender la maternidad consentida y penar más duramente a quienes obligan a una mujer a abortar contrasu voluntad, dudo mucho que haya la más mínima dificultad para sacar adelante el proyecto con un consenso más que amplio. Pero limitar los supuestos actuales no viene a indicar otra cosa más que el deseo de recuperar la tutela del estado (y la de una u otras latrías) sobre el derecho de las mujeres a disponer libremente de su cuerpo, situando al uno y a las otras por encima de ellas. Y este parecía un punto que estaba ya más que resuelto y consensuado, y angustia y horror dan más que de sobra ante la idea de tener que volver a conseguir luchando en la calle lo que ya estaba en las leyes, sancionado por mayorías suficientes y por el propio sentido común.
Desde aquí, por lo tanto, y mientras los pancarteros pintan las pancartas, afilan las agresivas y peligrosas bicis, crean los eslóganes gravemente insultantes, se preparan las manifestaciones y se procede a escenificar un cuadro de unidad de los desheredados y maltratados por ley que crece a pasos gigantescos, no queda otra que darle las más sentidas gracias a este caballero tan conciliador, humanista y fino entendedor de los tiempos, por la venturosa recuperación de la acción y la voluntad ciudadana que sin duda habrá que anotar en su brillante ejecutoria. Veinte años suspirando para llegar a ministro han acabado dando en esto. Y para este viaje sí que ha dejado bien claro el prócer que necesitaba esas alforjas. Y las anteojeras, las riendas, el bocado, las herraduras, los caireles y el clavel. –Pues ya iremos detrás todos con el escobón, Excelencia–

Y falta solo ya que su gran amiga, Doña Esperanza Aguirre, famosa por la dulzura y ponderación de su decir, y por el cariño que le profesa, pero aun callada por el momento, salga una mañana con los brazos en jarras, mirando desafiante, con la mantilla y los tacones y le suelte por esa boca: –Pero Alberto, majo, ¿cómo que el aborto no es un derecho de las mujeres?, yo siempre he hecho lo que me ha dado la realísima gana, me vas a decir tú a mí, chaval...– o, –¿y tú por qué no te callas?– Y velahí que sí que me ingresan entonces, por insuficiencia respiratoria, después del atrangatamiento por ingesta abusiva de ruedas de molino, y por la risa convulsa asociada a todo ello, si a Alá le plegue.

Dedico finalmente estas líneas a dos grandes amigas que han abortado voluntariamente y que no han podido –y ya no podrán– tener un hijo por estas razones socioeconómicas, y a las que he visto llorar por ello. Quiero suponer que el anuncio del inminente arresto de los responsables, y de ellas mismas, en algo paliará su desconsuelo, así como el saber que otras muchas, en lo sucesivo, ya no podrán vivir esta desazón y podrán criar felizmente a sus hijos, aunque, eso sí, en cristiana, honesta, aseada y dignísima pobreza, como está mandado. Va por ellas y por todas vosotras, personas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

No dilapidarás los bienes ajenos


La propiedad privada es locución que en realidad, –¡qué significativo!–, resulta casi una redundancia, pues propio es lo que efectivamente pertenece a cada cual y por lo tanto ‘privado’ sólo lo califica adicionalmente como excluido de su uso o beneficio por parte de terceros, sin el permiso necesario del titular del derecho o del sujeto que posee la cualidad, lo que ya venía implícito en el primer sustantivo.

Pero al referirise a bienes de caracter común, no parecería ‘propiedad’ el término que rinde mejor su sentido, pues a nadie se refiere en concreto que los posea, y sería preferible disponer de otro, tal vez inexistente como substantivo (lo que también dice y pregona no poco de la capacidad de marcación del lenguaje, y de ciertas obligaciones o inercias que se le imponen consuetudinariamente –o de facto–para que no diga lo que debiera decir), y lo que llevaría a tener que andar a rebuscar entre otros términos, y curiosamente, bastante más medievales que modernos: el común, la generalidad (ese italiano Comune,por ayuntamiento, o ese más moderno, pero significativo, creative commons,que ha popularizado la red) y otros similares para amarrar mejor el concepto, no acudiéndome a los oídos construcciones para expresar la idea de ‘propiedad pública’ o ‘propiedad común’, de los que se pueda excluir precisamente el término de marras, ese ‘propiedad’, que sin embargo, lleva clavada dentro, como un ave rapaz, como un comisionista insaciable, dicha idea de posesión.

Y es esta la diferencia precisamente, el que con o sin la adjetivación de privada, el término propiedad incluye ya el concepto de posesión, con sus derechos anejos. Sin embargo, tal idea de ‘posesión’ en el sentido de pública, con ese marcado que se nos cuela de contrabando con el término, mal señala el concepto, y más parece un sinsentido o un vigilante de lo privado que venga de polizón en la panza de la oración, vigilando sus intereses espurios. Pues la idea de posesión mal se compadece con el concepto de público. Lo público, o el bien, o el beneficio público, no lo debiera de poseer nadie, solo disfrutarlo, ni siquiera el estado que, aún siendo por lo general su creador, ni siquiera debería de poseerlo en el sentido de ser suyo, sino en el de ser su administrador, o tal debiera.

No se trata pues de ‘propiedad’ pública, pues nada en ello propio es, en el sentido de subjetivo, pero sí lo es, dijéramos, la idea de disfrute público, mucho mejor contraponible en términos a la de disfrute privado, o la que expresa el también medieval ‘beneficio’, entendido como fuente de ingresos e industria.

Y no es ociosa toda esta pejiguera, porque muy bien podría ser este ‘marcado’ que nos entrega el lenguaje junto al sentido de propiedad, la razón psicológica (y razón calzada tal cual, además, de hoz y de coz, en la razón jurídica) lo que les permite a estos estados o entidades de administración de las cosas de todos, y en cuanto que integrados y personificados por los seres humanos que desempeñan temporalmente su labor en ellos, el arrogarse constantemente –y con no poca ligereza– el derecho a vender, y muy frecuentemente a malvender, eso que dicho estado llama sus propiedades, y a las que, definitivamente, sería muchísimo mejor que llamara él y llamáramos nosotros, insistentemente, sus bienes, disfrutes o beneficios, como se hacía antes, y precisamente para instar al entendimiento, tan olvidado, de que al contrario de una propiedad personal que se puede enajenar libremente, no debería de ser tan fácil poderlo hacer con estos bienes públicos, ni con tan escaso control y facilidad de acuerdo, pues resulta que la dicha ‘propiedad’ es del común y por lo tanto, mucho más que de todos, es muy exactamente de nadie, lo que incluye, por supuesto, a sus administradores, que para nada la poseen en absoluto.

Porque su único deber tendría que ser el transmitirla y a ser posible acrecentarla, no el enajenarla. Y porque ser del común significa, además, que fue pagada y puesta en funcionamiento, o comprada a terceros, gracias a los dineros de ese mismo común, y con no poco sacrificio. Y si es tan meridianamente público ese origen, mal se puede entender esa carrera de ventas de bienes de todos, y la renuncia a generar otros nuevos, también para todos, porque igual se debería o podría reprochar a los estados, como a cualquier mal administrador privado, o apoderado rapaz, torticero, trapacero y aprovechado, la preferencia por vender los bienes del administrado en lugar de ponerlos a producir beneficio y a dar su fruto, que es para lo que se supone que se les contrata. Y que tales bienes dan todavía su fruto constante y generoso, y que no son ruinas caducas, como contaban, se puede probar de inmediato nada más que escuchando hasta donde llegarían los gritos, el ruido y el rechinar de doblones si el estado decidiera retomarlos para su beneficio, e incluso pagándolos a su precio actual, y no incautándolos.

Vender no debería de ser más que una ultima ratio, pero vender por método o sistema, como cualquier niñato heredero de una fortuna y que alcanza finalmente la ruina, después de treinta años de malvender sus bienes y malversar sus caudales, cualquier rico de toda la vida, de los entregados a ahuchar, especular y rapiñar con apasionada dedicación, método, probada competencia y éxito durante toda su existencia, no podría calificarlo más que de locura simple, de las de inhabilitar. Y, créanme, en asuntos de enriquecer, los ricos saben mejor que nadie lo que se hacen. Y si los estados verdaderamente desean ser ricos, algo tendrían que hacer en cierta medida y a inteligente imitación de lo que los particulares adinerados llevan haciendo desde el tiempo de los faraones, si no antes, y esto no es más que no dilapidar, como primerísimo mandamiento.

No dilapidarás los bienes ajenos, lo que dependiendo de en cuáles y cuántos sagrados frontales se grabara en granito de El Escorial, podría desempeñar a bajísimo coste la casi totalidad de las funciones de un Ministerio de Educación pública, del de Hacienda pública, del de Fomento y así hasta las de uno de Investigación, incluso, o de otras entidades igualmente fantasiosas.

Y esa facilidad pasmosa con la que se borra un parque de la faz de la tierra, tranquilamente poblado y disfrutado por sus canónicos viejos, y sus niños en bicicleta, y madres con su bolsa, y mendigos con su carrito, y parados con sus horas sin sentido, y los pocos trabajadores que van quedando tomándose un bocadillo, para hacerlo desaparecer y construir en su lugar cualquier otra cosa de discutible utilidad, por ejemplo, un campo de golf de pago, o, no pocas veces, ¡otro nuevo parque!, pagando dos veces para tener lo mismo, o esas obras faraónicas, y pienso ahora en ese circuito de Fórmula 1 de Valencia, trazado a golpe de paletadas millones, y en el que el ‘1’ creo que significa llanamente que se usa una vez al año, o en esa terminal T4 del Aeropuerto de Madrid, tan bella o no como desee calificarla cada cual, pero que cada vez que miro a su cubierta se me llevan todos los demonios, pensando en su coste, comparado con el que hubieran supuesto las normalizadas vigas de cualquier hangar, incluso fino, aseado de líneas, bien aislado y bien rematado, y recubierto primorosamente de simple tejas de las de toda la vida, me llevan a preguntarme una vez y otra sobre qué clase de entender psicológico, en el sentido expresado arriba, se tiene verdaderamente sobre la esencia y significado de la ‘propiedad’ pública de todos estos espacios y bienes necesarios e imprescindibles, tan paseada y paladeada por tantos, y sin embargo permanentemente sometida a cualquier capricho, usucapio o ucase de cualquier Zar, desde el yerno del Zar mismo, hasta el cuñado del último edil de servicios, que la entiende como propia y la somete al arbitrio constante de su despilfarro, de la inutilidad, de los dobles costes, del expolio y –póstumo escarnio–, de la enajenación.

¿Queremos pagar pensiones, pretendemos reducir el paro?, pues traigan para acá de vuelta lo enajenado por unos y otros administradores, y pagando incluso por ello: Argentaria, Telefónica, Iberia, Renfe, los astilleros, las acerías, las aspirinas aquéllas para caballos que dispensaba el Ejército, Campsa, el Instituto Nacional de industria... y corramos además a todo correr a levantar la Real Fábrica de software, La Empresa Estatal de I+D+I, la Compañía Nacional de Genética médica, el Laboratorio Nacional de Genéricos Imprescindibles y, cómo no, y también, la Fábrica Nacional de Alpargatas, by the Royal Appointment, con su corona dorada en la puntera y su toro de Osborne en el talón, donde enganchan las cintas, por la cosa del diseño, y a clavar algún palitroque más de lo que debiera de ser el tenderete de un estado siquiera en formación, para ayudar así a este pobre, viejo y desahuciado país y que sin embargo fue uno de los decanos de la idea de nación. Y que sean feas y baratas las obras, y que si se hacen relojes, o tanques, sean como los relojes o los tanques rusos de los tiempos soviéticos, feos, baratos y, conceptualmente y en cuanto a su funcionamiento, extremadamente duraderos, y aunque sólo fuera esto último nada más que por necesidades ecológicas. Y páguese el rico su Guggenheim y el común ninguna otra cosa que caserones sólidos y bien cimentados, de despachos apretados y oliendo a trabajo, y trenes que no sólo sean de carreras, sino que lleguen capilarmente a donde debieran.

Y que no se puedan regalar nunca más las instalaciones y los beneficios de todos, nunca, no y por draconiana ley, a ningún compañero de los bancos de escuela de ningún Señor Presidente del Gobierno, de los habidos y de los por haber, o a cualquier pintoresco mercachifle, o a sus coimas, de esos que exigen modificar la Constitución, para apropincuar, generosos, la bolsa de los ducados, mientras les hacemos la ola, y esto solo por no querer expresar la idea de felación necesaria y obligada nada más que mediante educada metáfora.

viernes, 2 de marzo de 2012

El cadáver del Estado (II. El vicio oculto)



Lo que hace poco más de treinta años la generalidad del mundo occidental (excluido el gran hermano de América del Norte) entendía como los deberes y los servicios básicos que el estado debía proporcionar a sus ciudadanos, eran la sanidad, las pensiones de los trabajadores, la enseñanza y la seguridad, desglosada en seguridad exterior, garantizada por los ejércitos nacionales, y la interior proporcionada por las diferentes policías. Todos ellos eran servicios públicos en su mayor porcentaje, lo que no impedía que coexistieran otras iniciativas privadas adicionales de toda índole, de las que sus propietarios extraían sin duda beneficios adecuados y constantes.

Existía además, no solo en España, un amplio entramado industrial y financiero que garantizaba la satisfacción de determinadas necesidades básicas prestados igualmente de manera pública o a lo sumo mixta. Productos alimentarios y sanitarios con precios regulados, energías, carburantes, comunicaciones, ferrocarriles, puertos y aeropuertos, telefonía, radio y televisión y, por supuesto –el capítulo fundamental–, una banca estatal y pública. Muchos de estos procesos productivos se arrendaban en parte a privados en concepto de monopolio, pero manteniendo siempre su juridicidad de concesión, es decir, preservando la titularidad de todos, por más que se beneficiaran de ello mucho más unos todos que otros todos. Además, sectores estratégicos eran operados en parte directamente por el estado, armamentos, astilleros, explosivos, determinadas minerías, siderúrgias, automoción, químicas, cementeras, papeleras...

El peso de todo ello no era aplastante, pero sí resultaba regulador y el estado era el principal empresario industrial de cada país. Producían lo básico para sí mismos –para entenderse, una especie de hacerse el pan en casa–, las regulaciones y el proteccionismo comercial y agrario eran muy superiores a los actuales y se garantizaba de esa manera que la producción de determinados bienes, de mejor o peor calidad que fueran, sería consumida en el mercado interior. De paso, esto estabilizaba los precios y generaba impuestos, es decir, una cierta riqueza adicional para todos. Si el estado producía un producto básico a determinado precio, o si obligaba por ley a los privados a proporcionar una parte de determinados bienes a un precio fijo, esto no impedía que determinadas cantidades y calidades de tipo superior se facturaran a mayores precios, pero sin duda hacía que las diferencias se mantuvieran dentro de un margen, lo que eliminaba posibilidades de especulación y avatares tan desaforados como el vivido en muchos países en los mercados inmobiliarios, por ejemplo, durante las últimas dos décadas.

Resulta ejemplar en este sentido, y aún lo sigue siendo, el manejo del estado Alemán con los alquileres de su enorme stock de viviendas de titularidad propia, de las que no sólo extrae un beneficio público continuado, y desde hace ya más de un siglo, sino el segundo y no menor beneficio de haber conseguido un mercado estable, regulado, constante y donde las oscilaciones, comparadas, por ejemplo, con las habidas en España, o Estados Unidos, son bien pequeñas. Es un campo de actividad donde la especulación queda mejor controlada, reduciendo las oportunidades de enriquecimiento de unos, pero proporcionando a cambio lo que muy bien podría llamarse ‘seguridad’ en la población, lo que no es sin duda pequeño logro y además un gran beneficio social, perfectamente cuantificable en dinero contante y sonante.

Y todo este entramado generaba un cobro de impuestos y unos ingresos regulares por parte de cada país que en una u otra forma revertían en la población, aunque admitiendo desde luego todos las matizaciones que quieran hacerse sobre mala, peor o pésima regulación, despilfarro, desvío injustificado y cuantas salvedades se puedan hacer con mucha razón sobre el modelo, pero no admitiendo en cambio que este no funcionara adecuadamente en lo básico, ni la validez del principio general que lo sustentaba.

Era un mundo de salarios relativamente moderados, de pensiones bajas, de elevada estabilidad en el empleo, de paro escaso y no digamos ya, si comparado con cualquier cifra actual, de servicios sociales adicionales de pequeña entidad y de no muy alta calidad, pero asegurados en lo fundamental. La competitividad también era baja y la productividad escasa, sin embargo el tejido social prosperaba y las cifras de crecimiento económico no eran desdeñables, y el crecimiento, ese santo al que tanto se inciensa hoy en día, mayor o menor que fuera, era bastante continuado.

En su conjunto la sociedad era estable. El mundo parecía una gran columna de infantería que anduviera muy despacio pero que no paraba nunca. Esos estados, empresarios mixtos, no generaban entusiasmos ni apadrinaban grandes experimentos ni novedades, sin embargo eran sólidos y no cargaban con la rémora terrible de tener que pagar a uno de cada cuatro o cinco trabajadores asegurándoles un subsidio temporal a cambio de no hacer nada. Los seguros de paro eran muy inferiores o casi inexistentes, sin embargo su necesidad era relativa con tasas de desempleo del 5, 6, del 7%. La cualificación y la preparación de los trabajadores eran seguramente más bajas que en la actualidad, pero resultaban suficientes para que el sistema se sostuviera. La enseñanza básica estaba menos extendida, pero era indudablemente más sólida y exigente y ajustada a las necesidades del funcionamiento de las economías. Se nivelaba hacia arriba, excluyendo a los peores. Se nivela hoy hacia abajo, desdeñando a los mejores, y muy dudoso resulta que haya resultado esto un mejor acuerdo.

El mundo occidental nunca vivió mejor, ni habían existido anteriormente situaciones comparables de bienestar. Las regulaciones funcionaban, los ricos sin duda eran ricos, inmensamente incluso, pero la redistribución de la riqueza alcanzó porcentajes de nivelación de ingresos que, aún admitiendo todas las injusticias que sin duda se seguían produciendo, fueron los mejores cuantificados jamás y estaban en el camino de lograr sociedades prósperas y equilibradas.

¿Que quebró todo este modelo? Pues lo quebró el súbito ascenso y la inmediata asunción de un principio en apariencia impecable. El de la libertad económica absoluta, entendida en dos vertientes, libertad de comercio con la progresiva desaparición de las tasas aduaneras y la libertad de radicación en lo tocante a los lugares de producción de los bienes industriales y de consumo, con su emparejada y necesaria libertad casi absoluta de movimiento de capitales para poder sufragar dicha radicación. Pero la aparente justicia o lógica del principio de ‘produciré donde mejor me convenga y me resulte más barato hacerlo’, que a priori parece bastante razonable, unida a su necesario corolario de: ‘y además lo venderé sin trabas en todas partes’ han resultado a pesar de su apariencia impecable y de su supuesta inocencia o ‘blancura’ ideólogicas, y ya una vez convertidas en ley, en una verdadera bomba de tiempo explotando incontrolada a lo largo y ancho de la tierra y a punto de echar abajo hasta las estructuras sociales que se tenían por más sólidas y mejor asentadas.

Porque el triunfo de este sencillo planteamiento se está llevando por delante nada menos y nada más que las soberanías nacionales, los estados del bienestar, el necesario contrapoder sindical y popular, la capacidad de actuación de los estados en los ámbitos más específicos de sus competencias, cualquier concepto genérico de solidaridad y redistribución de la riqueza entendido como deber y prestado como necesario servicio a las poblaciones, ha desmantelado legislaciones exitosas y merecidamente justificadas por lo único que realmente las justifica, los buenos resultados derivados de su uso, lo que a su vez hace buenos los principios que las informaron, ha desfigurado el tejido social y moral que se dibujó después de la Revolución francesa y que, en conjunto, llevó al mundo al estado de prosperidad mayor que nunca había disfrutado, ha dejado de frenar las diferencias entre ricos y pobres para llevarlos a números hoy de décadas atrás, y más adelante quién se atreve a aventurar (y no se habla aquí solamente de España, de Grecia, o de Portugal, porque se debe incluir sin duda en el grupo a Estados Unidos, Rusia y Japón que, se mire con las gafas ideológicas que se quiera mirar, han sido las principales potencias mundiales hasta como quien dice la semana pasada) y, en lo legal, está generando a gran velocidad figuras legislativas y jurisprudencias regresivas que contradicen toda la evolución del derecho habida no ya en decenios, sino tal vez en siglos.

Es una verdadera Contrarreforma, con sus correspondientes muertos y desastres, no sólo morales. Y revertir la acción del derecho no es quisicosa, es negar la evolución y mejoras habidas en ese tiempo para remodelarla exclusivamente según los intereses de una ideología económica cuya única finalidad es el lucro, pero sin tener ya asociados los mecanismos adecuados y necesarios para que tal lucro se redistribuya en parte y hacia abajo por toda la pirámide social y hacerlo así verdaderamente beneficioso, y esto es negar de raíz una parte entera de la cultura, la civilización y la jurisprudencia generada por la especie en el largo tiempo pasado desde que la economía empezó a existir bajo la figura única de la predación por parte del más fuerte.

Y este principio, casi ecuménico, de libertad económica para todos, y para todos la misma, ese ‘a mí nadie puede decirme qué tengo y qué no tengo que hacer con mi dinero’, tan fácil de enunciar, y semánticamente tan comprensible que cualquiera, e incluso bien intencionado, con un mínimo esfuerzo intelectual puede adherirse a él a pies juntillas, puede sin embargo resultar letal, como cualquier otro maximalismo. De últimas tan huero puede manifestarse como el ‘Todo por la Patria’, pues ¿qué vaguedad es esa de ‘todo’ y qué figura es esa de ‘patria’?, tan inútil como el ‘amarás a Dios por encima de todas las cosas’, cuyo totalitarismo y falta de referente real no se pueden negar, o como ese estremecedor ‘Deutschland über alles’, cuya semilla intrínseca amamanta el mecanismo para la fabricación ordenada y masiva de botas para pisar cuellos, y que resultó tan eficaz y premonitorio como lo fuera la actividad catequizadora de Don Santiago Matamoros, realizando ese mismo trabajo con los cascos de su caballo.

Y esta libertad total de comercio podría tal vez resultar bien funcionante en un mundo que fuera todo él idéntico, encuadrado, monolítico, el mismo, pero resulta que el mundo no es ni ha sido nunca así, es una maravilla de diversidad y de creación de paisajes mentales diferentes, de soluciones sorpresa, de equilibrios sutilísmos. Y por suerte para muchos, bien podría añadirse. Pero también es un espanto de desigualdades, de pobreza, de injusticia, de explotación, de incultura y de sometimiento, para infinita desdicha de otros tantísimos. Se refiere pues el mantra a un mundo irreal, inexistente, un mundo de ideas rasadas, de lugares iguales que no existen, tan poco validable como las ideas mentales de amor, de justicia, de Olimpo de las deidades, de jardín de Mahoma o de ese Paraíso, con todos sus infiernos, de la Capilla Sixtina. Es mucho más religión o poesía que ciencia, canción de los deseos, buena para cantarla a corro en las escuelas de párvulos, pero no una herramienta real capaz de fabricar pan, de mimar el agua, el maíz y el arroz nuestros de cada día, de proporcionarle lo verdaderamente necesario a los hombres, y que no son solamente mercancías, imprescindibles unas sí, pero otras poco, nada o en absoluto.

Y así, averiguado, a mi entender, qué quebró el modelo, la siguiente pregunta es: ¿y cómo lo hizo? Y la respuesta es sencilla. Esos libérrimos actores económicos, que en nombre de esa libertad que exigieron, o más bien compraron, y que se les ha otorgado ahora por ley, que cogen su petate productivo, deslocalizan sus industrias y se las llevan a otros lugares donde los costes del trabajo son una fracción, los del terreno y puesta en marcha de las instalaciones igualmente, y los añadidos de los costes sociales exigidos en su nueva radicación para permitirle la actividad, otro tanto de lo mismo, empiezan a fabricar masivamente, a vender a menor precio, a lucrarse en mayor cuantía por la mucha mayor venta de sus productos y a proclamar –con razón–, que tal cosa es un bien para los consumidores que obtienen más y mejores productos a menor precio, además de resultarlo, por supuesto, para sí mismos. Y hasta aquí, nada que discutir. Es cierto, hay más productos, son mejores y cuestan menos. No se puede negar. Adicionalmente los fabricantes se hacen más ricos. Bien parecería tal cosa el paraíso y la feliz substanciación bajo felicísimas especies reales y de vellón de la fábula de la gallina de los huevos de oro. Pero no. Lo que es en realidad es el cuento de la lechera y además una vieja estafa piramidal.

Y pronto lo averiguarán los chinos cuando en cincuenta, ochenta, cien años les ocurra con África lo mismo que ahora nos acontece con lo que entendemos hoy como occidente. Y será un círculo que seguirá alimentándose de lo mismo, si nadie revisa el modelo, porque el modelo lo que hace en realidad es alimentarse de la pobreza existente en grandes espacios de la tierra, perpetuando el mecanismo y beneficiándose de aquellos lugares que en peores condiciones económicas y sociales se encuentran en cada momento. Se localiza el lugar, se compra al tirano local y se traslada el petate para producir a ínfimo precio con los esclavos que este proporciona a un precio simbólico.

Y ya en el siglo I todo esto no resultaba una novedad en absoluto, pues ya gozaba de dos mil años de jurisprudencia, pero que ahora lo vendan como ¡Eureka! y modelo ético y productivo a seguir, ya cuesta más digerirlo. Y no es en absoluto descartable que, pasado un número adecuado de ciclos, en un momento determinado se produzca el movimiento a la inversa, viniendo a producir a costes y con métodos prácticamente feudales, en lo que hoy es Europa o América del Norte, reducidas para entonces a un estado, con las adecuadas salvedades, comparable a lo que podía ser la Europa carolingia, o la del año 1.000, frente a las invasiones tártaras o musulmanas. Tierra de explotación y de conquista. Y no es un lamento sobre la vieja Europa, es un lamento sobre la explotación y la conquista, sin importar el lugar donde se den o vayan a darse.

Y resulta chusco ver como en esa sociedad, bárbara desde nuestro punto de vista, la del tiempo de nuestros antepasados Doña Isabel y Don Fernando, y sus sucesores, estos permitían hacer exactamente lo mismo a sus súbditos en lo tocante a salir fuera a explotar y a marchar en busca de aventura, a quienes se lo permitían hacer, bien se entiende, que eran pocos, pero con una salvedad fundamental a tener muy en cuenta. El particular que se dirigía a Indias con el norte exclusivo de rapiñar, que eran todos de esos pocos, podía y además debía hacerlo, pero tenía que salir obligatoriamente en camisa. Incluso los grandes del reino partían de estos pagos con el ajuar contado, servidumbre reducida al mínimo imprescindible –para los usos de ese tiempo– y permiso real para llevarse exclusivamente argent de poche,contabilizado y tasado, pero jamás su capital. A efectos de salir con él por la puerta, su capital ya no lo era en absoluto. Y naturalmente hacían lo posible por llevarse todo lo que podían, pero estaba prohibido, que no es pequeño matiz. Porque el estado y la corona, la corona y el estado, entonces uno y trino –y entendieran entonces como entendieran lo que era de su bolsillo y lo que no– no se andaban con miramientos en lo tocante a la salida de divisas de particulares. No había ningún inconveniente con la idea de que algunos súbditos se hicieran ricos fuera, es más, era imprescindible para la Corona, que bien se beneficiaba de ello, pero tenían que hacerse ricos in situ,a machete y arcabuz y a su riesgo, pero no por lo que se llevaran para poder lograrlo. Tenían permiso y encomienda de rapiña allá, no acá, lo ya rapiñado aquí, aquí se quedaba, y, socialmente hablando, trabajo cuesta decir que, salvando las distancias, aquello fuera peor éticamente y contemplado desde la óptica de un estado cualquiera. Y todos los estados entonces obraban así, por cierto, y lo siguieron haciendo muchísimo tiempo, y con no poco éxito.

Porque el cómo se ha llegado a esto, concluyendo la digresión, se fundamenta en la licencia absoluta otorgada por parte aquellos gobiernos que son precisamente los que cuentan con las legislaciones sociales más avanzadas del mundo, para explotar el trabajo esclavo o semi esclavo, allí donde otros estados lo permitan sobre las espaldas de sus, evidentemente, súbditos. Y el matiz es precisamente el término licencia absoluta. Y esto es una contradicción verdaderamente monstruosa. Es, de hecho, el equivalente a una patente de corso. Cada empresario o conglomerado industrial o financiero que sale de occidente con la música a otra parte, o, mejor dicho, de cualquier país mejor situado a otro mucho peor situado en lo económico, ejerce su hoy bien legitimado, y además tratado de sacrosanto, derecho a hacerlo, sometiéndose nada más que a las leyes de la competencia, y obrando aparentemente para su bien y aduciendo además el ya explicado arriba para todos, derivado de la reducción de precios que sin duda se obtiene. Pero ahora cada estado permite, al tiempo que finge ignorarlo, que cada uno se lleve en este viaje un vicio oculto en el maletín de las divisas, la semilla de la destrucción del lugar que abandonan.

Cada nueva central de atención al cliente que, por poner un mínimo ejemplo, nuestra antigua Compañía Telefónica de todos, hoy llamada estrella del movimiento en ese patois universal que tanto gusta a tantos, establece –por imaginar un sitio– en el subcontinente indio, hace y logra exactamente lo descrito, un mayor beneficio para la dicha Compañía, que ingresa en mayor cuantía en los bolsillos de sus accionistas, un aumento de la actividad económica en el lugar de radicación, el pago de impuestos, los que sean, en la misma sede y el beneficio para nosotros de que un vecino de Madrid le tenga que preguntar a uno de Islamabad un dato sobre la calle Usera que, evidentemente no conocerá, o que otro de Bogotá le pregunte lo mismo sobre una pedanía local a una señorita de Valparaíso, Chile. Olvidaba el beneficio adicional para todos, y lo que es el quid de todo ello. Y es que, al parecer, disfrutamos así de tarifas más ajustadas, según nos cuentan.

Millones de parados en Estados Unidos y Europa son el resultado, absolutamente lógico, por otra parte, de haber deslocalizado la producción de bienes y la prestación de servicios, es decir, de habérselas llevado lisa y llanamente a otra parte. La cuantía de la merma de ingresos y el aumento de gastos por parte de los estados por reducción de la actividad económica que esto conlleva no hace falta explicarla, la citan a diario en todos los telediarios de Tokio a Los Angeles y de Atenas a Madrid, pasando por La Haya. Más parados reducen aún más los ingresos por impuestos y actividad económica de sus estados, y a su vez, requieren más gastos para poder subsidiarlos en lo más elemental. Y por supuesto ni compran, ni gastan más allá del nivel de supervivencia, porque no pueden. El resultado es un empobrecimiento general, estado a estado, lugar a lugar. La receta obvia para cualquier gobierno concernido por el bienestar general, y no sólo por el de algunos pocos de sus ciudadanos, antes que reducir los gastos sociales, sería evidentemente retomar la producción de lo imprescindible y de buena parte de lo muy necesario, en lugar de importarlo de fuera, es decir, un regreso a un cierto proteccionismo y a los monopolios, lo que pocos economistas, aunque algunos ya empiezan a hacerlo, se atreven hoy a postular.

Porque esto, hoy ya es casi un tabú religioso, y choca frontalmente con el paradigma jurídico recién constituido y con los derechos otorgados al libre comercio y a la libre radicación, que tampoco quiere admitir, bajo ese nombre que se le otorga, tan aséptico, de mercado, que se plantee además la segunda solución obvia. Que no es otra que la regulación supranacional de las actividades económicas, ya del todo supranacionales, y por lo tanto, aforadas a los efectos, y sustraídas al necesario alcance legislativo de cada gobierno, para que parte de aquello que se substrae a la necesaria redistribución de riqueza, en virtud de esta legislación liberalizadora, se pueda devolver en alguna medida y por otra vía. Resulta un círculo vicioso aparentemente indestructible, y lo es, además, a escala planetaria.

Pero da auténtica angustia y horror ver a los responsables políticos y económicos de unos y otros lugares, al frente de sus barcos que se sumerjen, proclamando que la creación de empresas, la formación y la competitividad son herramientas imprescindibles para salir de la situación y responsabilizando a sus poblaciones por el uso de servicios antes sacrosantos, reduciéndoselos y culpabilizando además a las legiones de parados por su incapacidad para encontrar trabajo. Pero las empresas a crear, ni las crean los estados, pues legislativamente ya no tienen derecho, ni pueden empujar a crearlas a sus particulares por la vía de impedir que salga y se evapore el capital local necesario para hacerlo. Y en lo tocante a captarlo de fuera, risa da, naturalmente, la idea de pretender conseguirlo de cualquier ente foráneo que pueda alternativamente decidir hacerlo en Singapur, por la tercera parte. Y así, como ejemplo de solución, de buena herramienta de trabajo, de desiderata, se declaran dispuestos a considerar, por ejemplo, esa oferta abracadabrante de un magnate de Estados Unidos, para convertir algún pedazo de nuestro país en central de una mafia del juego y de la prostitución, cambiando a su favor la legislación laboral, la autonómica, la nacional, la Constitución y hasta los husos horarios, si fuere menester. Thank you very much, Mister Samuel, take your slavery, if you agree. We are so, so pleased to meet you. Need you more non-constitutional arranges?, please feel free to suggest. Have a nice time with us.

Porque la herramienta imprescindible que debieran de utilizar, y que está ya más que inventada y probada, y que no es un venirse ahora a descubrir Mediterráneos, no es otra que una nueva juridicidad sobre la producción y sobre las finanzas necesarias para sustentarla, juridicidad amparada en la razón misma de ser de esta producción, que tiene en su raíz una índole pública y no solamente privada, dirigida al cuidado y a satisfacer las necesidades de las poblaciones con sus objetivos sociales prioritarios, y entendiendo esta producción no solamente como libre actividad de particulares, sin otro objetivo que el lucro, sino también y fundamentalmente en su calidad de bien social a proteger, tan imprescindible y tan igual de bien como la sanidad o las pensiones.

¿Y qué pensiones podrán garantizar los estados si no se garantizan paralelamente los instrumentos para ingresar los fondos necesarios, y qué fondos se podrán obtener de un solar social y económico deshabitado de producción? Y está deshabitado de producción por la sencilla razón de que el estado se ha ¡auto prohibido! proporcionarla y porque a los privados quienes también la realizaban se les ha estimulado a irse con los capitales, la tecnología, el know how (como se gusta de decir ahora) y la experiencia a otra parte. A irse para hacerse ricos, desde luego, pero ricos ¿a cambio de qué para los demás? Según las poblaciones se sigan empobreciendo y el crecimiento no se mantenga, los productos no podrán venderse en el lugar de origen, no ya entonces por falta de permisos para ello, sino por la simple imposibilidad de su compra. Y esas afortunadas empresas emigrantes venderán sus bienes a los terceros que lentamente se vayan enriqueciendo por su presencia y producción en otros lugares. Pero el punto de origen de las fortunas ya no disfrutará de la actividad económica que se genere a su alrededor porque la reinversión, los impuestos –los que sean, y de ellos los que logren efectivamente cobrarse–, los puestos de trabajo y la modificación a mejor de las infraestructuras que se hubieran podido producir en su territorio, se habrán ido igualmente a otro lugar.

No es solo –y este es el punto clave– el libre capital lo que emigra con todas las bendiciones, porque lo que se marcha también, y parece que –increíblemente– que con las mismas bendiciones, es todo lo que conlleva y genera y produce de riqueza a su alrededor, y este capital se marcha para no volver, por elemental lógica del beneficio. Y ese es el vicio oculto, que en nada preocupa evidentemente a quien emigra con sus capitales a tierras de esclavitud o de juridicidad blanda, por decirlo fino, con la única intención de incrementarlo, pero que de alguna manera sí que debiera de concernir a los políticos que se lo permiten. Pero no nos engañemos, no es que se lo permitan por creerlo honradamente buena ciencia, o que lo hagan porque sean estúpidos. Lo permiten porque se benefician de ello, o se beneficiaban, porque habrá que ver también lo que pueda traernos y traerles el futuro a este paso. Y empecinarse en pensar que ya no son tiempos estos de fusilar zares o de decapitar monarcas, puede resultar igual de erróneo. Porque el hambre, no mata solamente al hambriento. No pocas veces acaba matando también al hambreador. O que le pregunten si no al bueno de don Muammar, con toda su inmensa fortuna.

Pero lo inteligente entonces no es pretender ahora regresos de capital, hoy ya imposibles, sino impedir en lo sucesivo su salida más allá de un cierto monto, de un cierto porcentaje, en fin, sometiéndolos de nuevo, por unas u otras vías, a necesarias regulaciones, hoy ya inexistentes, y de no ser esto tampoco posible, siquiera tasarlo universalmente en salida de manera en parte disuasoria, y en parte para utilizar esa tasación para generar nueva industria. Es decir, y para entenderse, obligar a plantar árboles donde se arrancaron. Lo que tampoco es pregonar decapitaciones, por cierto.

Porque quemar o dejar quemar a sabiendas el territorio propio no puede ser otra cosa que delito, y delito grave, no pequeño desliz. No haber previsto las consecuencias de este comportamiento y los resultados de esta legislación, no dice gran cosa de la altura moral y política de los responsables de permitirla y desarrollarla, sí bastante más sobre su tendencia a la rapacidad vicaria, pero cabría aplicarles la atenuante de que era la primera vez que se intentaba un experimento de este tipo a semejante escala, pero lo que ya es verdaderamente incomprensible es que hoy, no en la situación de hace cuarenta, treinta, veinte años, cuando se empezó a aceptar e implementar este modelo teórico, y cuando ya se conocen perfectamente los resultados de estas políticas, que en algunos lugares de la tierra ya empiezan a parecerse a los de una guerra, y no a los de la normal y asumida explotación estructural o de base con la que se convive casi en cualquier parte, no se escuche por parte de los responsables políticos actuales que tienen que lidiar ahora con esta catástrofe, ninguna clase de planteamiento ideológico que de una manera u otra revise y proponga correcciones legislativas, desde locales a universales, para intentar paliar la situación.

Y, hablando ya localmente, esas jaculatorias inacabables, como de novena o bisbiseo de beaterío, sobre desafíos y emprendedores y más emprendedores y más desafíos a satisfacer a escala individual y que nos enchufan cada semana en los dominicales de toda clase nuestros buenos padres doctrinos, y esta furibunda pulsión por tener a la juventud estudiando hasta los cuarenta, es decir, su casi edad madura, y a la casi senectud vegetando en el paro o en el subsidio –pero cargada de toda una vida de experiencia y sabiduría laboral– y obligada igualmente a estudiar en los pupitres de sus nietos materias que desconocen, y desconocerán, so pena de no poder seguir cobrando paros y subsidios, con el adicional despilfarro de los escasos fondos de todos que esto conlleva, y proclamando a toda hora que sólo así se encontrará trabajo, ese que no existe de ninguna manera, ni para unos ni para otros; no sólo ofende a la razón en abstracto, sino que es una muestra definitiva de bisoñez, de inoperancia y de la incapacidad de pechar con las responsabilidades que los dirigentes asumen con el cargo, y el sueldo, que sí cobran, para articular soluciones, se supone.

Cuando hay que poner un país en marcha, y ejemplos históricos sobran, lo primero que se necesita es locomotora, y esta, necesariamente, por fuerza, por potencia, por riqueza, por poder, por prestigio y porque se le mantiene y sustenta para ello, es necesariamente el estado constituido como gobierno, con su poder legislativo y coactivo, como ente regulador y como generador y encauzador necesario de la energía social. ¿Que además se desea favorecer el privado emprender, el aventurar responsable y la mejora en los estudios y el incremento de conocimientos?, pues miel sobre hojuelas, pero sólo sobre esos pilares pilares el edificio no se podrá sostener. Si el estado no se pone de nuevo a hacer su parte de barcos, su parte de aviones, de trenes, de infraestructuras, de software, si no se se dota de los medios necesarios para proporcionar sus servicios y sobre todo, no regula, regula y regula, si no mantiene el mismo poder de coacción que se arroga frente a la población de a pie también frente al poder financiero y al industrial, cuyo capital y beneficios salen, nunca debe olvidarse, de donde se les permite y concede que salgan, es decir del territorio de cada estado, y de los bolsillos de todos sus ciudadanos, es todo el país y todo su estado legalmente constituido quienes pierden muchísimo a beneficio de casi nadie. Y de paso se fomenta la esclavitud ajena, y de seguido la propia, para mayor temblor de cartas magnas, y estremecimiento de la justicia, esa ciega, y por si a alguien le preocupara el asunto.

Algo definitivamente anda terriblemente torcido cuando en esta tierra de garbanzos –y el ejemplo valdría casi para cualquier lugar–, los garbanzos hay que traerlos de Francia, o de Chile, las alpargatas –en esta tierra de cañamos–, de China, y las naranjas, valencianas, por supuesto, de Marruecos. Se puede entender que muchos fabricados sofisticados y necesarios y procedentes de allá o de acullá hayan de importarse, ¿pero las uvas? ¿en la Mancha? Que venga dios y lo vea.

Y sí, todos sabemos muy bien que no hay vuelta atrás, ni al euro, ni a la Cee, ni a que todo se fabrique en China. Por lo demás nadie propone otra cosa, aunque el coche va desbocado y sin nadie tirando del freno. ¿Solución local propuesta?, pues sueldos chinos, naturalmente, y mandarines, cada vez más chinos, cuanto más chinos los sueldos, más trabajo de chinos, y más mandarines. Tal proponen sin el más mínimo sonrojo en la CEOE, transliterando adecuadamente sus primorosas tablas de Excel, y tal parece, matiz arriba o abajo, que los gobiernos sucesivos se vayan viendo tentados a conceder. Cuanto más bajos los sueldos y más feudales las leyes, transliterando de nuevo, antes produciremos más, proclaman. Y hasta diríase que se lo creen. Y en esas andamos y seguiremos.

Antes esclavos, entonces, antes esclavos que exigir impuestos sobre el capital, antes esclavos que tasar los movimientos especulativos del mismo, antes esclavos que decir que no a algo, alguna vez, antes esclavos que prohibirle nada a nadie en nombre de la libertad económica.

Libertad, libertad, sin ira libertad, como tan bien proclamaba aquella bienintencionada cancioncilla del sometido. No sabíamos entonces, cuando muchos, y yo también, como tantos, algo entre dientes quizás, pero alguna vez, la cantábamos, lo que con el estribillo le estábamos regalando de nuevo a los de siempre, nada menos que el perdón a cambio de nada, más la entrega no sólo de nuestros bolsillos, sino de nuestras almas también, junto a la renuncia definitiva al uso de la razón. Y al ejercicio del trabajo, por añadidura.

Más el renovado permiso para esto que ahora disfrutamos, el entierro del cadáver del estado, no, sino ademas su haberle arrojado yerto y empelotado al camino, con un tiro en la nuca y una cuchillada en la barriga, a mayor gloria y beneficio de buitres, de chacales y de gusanos.

Chin chin, mercado.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Las hogueras de Caín gustan de sus formalidades


Contra la inverosímil actuación judicial de la que ha sido víctima el juez Garzón, no quedan ya vías de apelación en España. Quedan las instancias supranacionales que él tan bien conoce y a las que no es descartable que acuda el degradado. Legítimo será sin duda que lo haga, pero los resultados, de llegar, lo harán a esa velocidad tan característica de la ley que todo logra convertirlo en arena, hollín, olvido y lamentaciones hueras sobre la huesa del maltratado. Como tampoco será descartable que así que pasen cien años, un solemne juez de jueces del lugar, revestido de parecidas puñetas, entone el preceptivo y dolorido canto con lágrimas de cocodrilo, ofreciendo sentidísimas excusas y perdones a sus tataranietos, allí presentes y llorosos, a buen seguro, al tiempo que se rasgue las vestiduras por la insufrible barbarie de tiempos pretéritos, en nombre del estado –tal vez bárbaro igualmente– al que sirva en ese tiempo venidero. Y saldrá en los telediarios o en lo que equivalga a ellos entonces, para consuelo de todos y a mayor ilustración del común. Y prenderá grande consolación y lucirán festejos sin cuento por tal causa.

Pero esto de nada nos sirve a nadie en este malvivir sin justicia ni ley del presente, como de aldea de cuatreros y guarida de sacamantecas por la gracia de dios, ni tampoco recompensará al agraviado, desde luego, y es por eso precisamente por lo que siempre se hace y se seguirá haciendo de esta manera. Tarde y mal, según praxis canónica de las cosas del juzgar, más torvas aún que las del querer, si tal cabe.

Sin embargo, contra todo ese pasteleo tan bien retratado en el artículo “Un arúspice en palacio”, de José Yoldi, hoy en El País, 28 de febrero de 2012, explicando cómo se ha logrado expulsar al juez de la carrera judicial por un asunto local, el caso Gürtel, para poder absolverle, en cambio, aunque afeándole la conducta, en lo referente a sus investigaciones sobre los desaparecidos de la Guerra Civil y del franquismo, salvando así al sistema jurídico español de la execración internacional que podría sobrevenirle por condenarle por tal causa, pero dejando, de facto,las manos atadas y aún mejor atadas a quien quisiera seguirle en el intento de esclarecer el asunto, sí podría, sin embargo, existir una posibilidad de reparación sutil y efectiva para el hoy mismo, o casi. Tal vez no sea otra cosa que una lotería, pero bien merecería jugarla.

Así que quienes puedan hacerlo –y no deben de ser pocos los pocos beneficiados por las acciones del juez, en España y fuera de ella–, bien podrían emprender una gigantesca campaña internacional, a todo estruendo mediático, y con su necesario aditamento de tuiter y feisbuc, de no haber otro remedio, postulando al juez para el premio Nobel de la Paz. Porque no todas las décadas se encuentran los valedores de justos de uno y otro lugar de la tierra, que los hay –aunque salvando naturalmente las diferencias–, con un caso Dreyfuss que echarse a la cara, el cadáver fresquísimo y aún chorreando después de la mazzolata,servido de mano con todos sus cuatro ases y un comodín, listo ya para el descendimiento y a la espera de resurrección. No sabría concebir Pietàmarmórea mejor cincelada para un responsable activista sueco, o guatemalteco, de derechos humanos. Así se las ponían a Fernando VII, niéguemelo quien me lo niegue, o su porquero.

Por lo demás, que el justiciado merezca el galardón en todo, mucho, en parte, muy poco o nada, al gusto de cada cual, no es asunto que tenga la más mínima relevancia, pues de sobra se conoce que dicho reconocimiento se entrega por razones políticas de toda índole –y, si es necesario, del todo ajenas a la paz o a la guerra– y que en su nómina figuran desde los santos más inequívocamente nimbados de nuestros tiempos, hasta los casos más evidentes de muñidores de bandas de asesinos y de genocidas, por lo cual jurisprudencia hay más que suficiente para permitirle entrar en esa respetada nómina casi a cualquiera y, no digamos ya, si existe alguna razón de peso a aducir para solicitarlo, como bien pudiera ser el caso.

Pero solo imaginar el grado de acidez que dicho galardón vendría a producir sin duda en los jurídicos estómagos de don Carlos Dívar, de doña Gabriela Bravo, en el del honorable juez don Luciano Varela y demás guardianes –presuntos, bien se entiende– de la Constitución y de la Ley, y escrita esta para siempre con su preceptiva ele capitular y versal, ¡Eeeleeee!, sin olvidar las bascas en la Casa de Borbón, –¡pero Carlos Gustavo, ¿por qué no te callas?!–, los eczemas y sarpullidos en todo el organigrama del Ministerio de asuntos exteriores, los cólicos biliares en ministros y ministresas del Gobierno del Reino, el estupor inenarrable en el ejemplar Virreynato valenciano, los ladridos lastimeros en la FAES, los ahogos por atragantamiento en la Fundación Francisco Franco y los desmayos a tratar con sales en el sindicato manos limpias, o aguamanil de Pilatos, si se prefiere, resultaría un placer comparable sólo al de la lectura o escucha recreativa de la farfolla indignada de los correspondientes comunicados a emitir de seguido por los dichos estamentos, rechazando la injerencia insoportable, el desprecio a la soberanía nacional (como si algo quedara todavía en la manoseada benditera de tan ajado producto), tronando contra el incivil desacato, la insumisión, la provocación intolerable, el contubernio judeo-masónico, rechinando los dientes por el odio que nos tienen y siempre nos han tenido, protestando de la odiosa leyenda negra, de la pérfida Albión, por la taimada pérdida de Cuba y aduciendo la envidia manifiesta por este sol incomparable que tenemos, que eso es lo que les pasa, y que se jodan que ellos no lo disfrutan. Ni los toros tampoco.

No sonará la flauta, pero sería una manera esta bien poética de poner, no ya una rosa en la punta de los fusiles, sino una sencilla flor de campo, como muestra de antiquísima y homérica piedad, en cada una de las calaveras que siguen enterradas, para gusto de algunos y per saecula saeculorum, en las cunetas de todos.

Apiádense pues los suecos de nosotros, y de nuestros abuelos y bisabuelos, ya que nosotros mismos nunca encontramos razones suficientes para hacerlo, y si alguien se atreve a intentarlo alguna vez se le conduce invariablemente con infinita oficialidad, desdén y la pompa adecuada hacia el patíbulo. Porque las hogueras de Caín gustan siempre de las más exquisitas formalidades, excelencias.

Hágase pues circular la petición, en Madrid, a 20 de febrero, de este año del Señor de 2012, glorioso Año Primero de la reinstauración de la esclavitud.

domingo, 19 de febrero de 2012

El cadáver del estado (I)

Ya cabalgan triunfantes Fernando VII y Napoleón III de vuelta, una vez más, a sus reinos, seguidos, o tal vez precedidos y anunciados, por sus obispos y papas y demás cuidadores de sus almas, y acompañados, no, sino traídos por la Gracia de Dios –y a la carrera– por su corte de ladrones, prestamistas, usureros, hambreadores y jurisconsultos de nocturnidad y alevosía que les llevan en volandas sobre la tierra quemada –como en goyesca estampa– y les señalan firmes la senda a recorrer por las mulas con sus tesoros –los que fueron los nuestros– y a la caballería que inevitablemente les escolta a todos.

Tal vez perdamos en unas pocas semanas cincuenta años de progresos sociales, y sí, cuesta mucho pensarlo y más todavía escribirlo, incluyendo los algunos que se le debieron a Franco, cuyo estatuto del trabajador, por ejemplo, no incluía el despido libre, pero no expresando tal constatación elogio ninguno a tan fanático arracimador de cadáveres, –pues todo ocupante del poder algo bueno acaba haciendo, aunque sólo sea por la inevitabilidad de las mejoras técnicas y sociales que acaecen en todo tiempo–, sino como testimonio de la todavía más abracadabrante realidad que estamos padeciendo, como de angustiosa pesadilla nocturna de la que nunca se acaba de despertar, o de esas películas de terror de serie B en las que resulta por completo imposible acertar a pronosticar cuáles nuevas sandeces y efusiones sangrientas de imbecilidad se les puedan ocurrir en inacabable sucesión a sus guionistas.

Tal vez en el giro de dos o tres años no sean cincuenta los años andados hacia atrás, sino cien... ciento cincuenta. Quién sabe ya, y quién en sus cabales querrá imaginárselo antes de verlo. ¿Exagero?, pues juzguen. El código Civil promovido por Práxedes Mateo Sagasta y aprobado en ¡1889! rezaba en su artículo 1.256: "La validez y el cumplimiento de los contratos no pueden dejarse al arbitrio de uno de los contratantes” (el subrayado es mío). Han transcurrido pues ciento ventitrés años desde que se sancionara este precepto legal nunca modificado posteriormente, y por razones en apariencia tan evidentes que hasta el más incivil de los tribunos que hayan desfilado por las Cortes desde entonces –y no han sido pocos–, jamás se soñó proponer modificar.

Pues bien (y ahora cito un texto ajeno cuya autoría desconozco): “la reforma laboral que el Gobierno del PP acaba de remitir al Congreso es tan profunda que algunos juristas advierten de que en 2012 peligran derechos tan antiguos como el conquistado con Sagasta: el nuevo contrato llega a dar potestad absoluta al empresario durante todo un año, el del periodo de prueba, para despedir sin explicación ni indemnización. Es decir, subraya José Luis Aramburu, abogado vinculado a UGT, ‘se deja al arbitrio de uno de los contratantes’.”.

Así pues una catarata de medidas regresivas está refundando, o mejor dicho, desmantelando con una furia devastadora, más digna de orates o de bacantes que de guardianes del contrato social como debieran de ser los componentes de un gobierno (pero no lo digo sólo por éste, sino ya por varios), la vida civil, el tejido social, el modo de ser y de vivir, empujándolo todo brutalmente hacia atrás hasta tiempos de los que ya sólo la historia puede tener memoria, pues pronto no habrá vivos de edad tan longeva como para poder confirmar sacudiendo tristemente la cabeza, –esto ya lo ví yo de niño, era esto de lo que se quejaba mi padre, así era lo que padeció mi abuela, esto lo sufrió mi bisabuelo–...

Los fundamentos sagrados de la sociedad como la entendíamos cualquiera por el simple hecho de estar habituados a convivir en su seno, y digo ‘sagrados’ en el sentido teórico y retórico en el que se les llena la boca a sus supuestos protectores al hablar de ellos, al mismo tiempo que sencillamente los aniquilan sin que les mueva una ceja, se los está llevando al mar el simple manguerazo de unos políticos que más parecen cuadrillas de peones municipales empujando hojarasca hacia la boca de la alcantarillas que hacedores necesarios del bien común (y pagados para ello por todos nosotros, por añadidura); y todo ello ante la más inconcebible indiferencia de los robados, de los estafados, de los atracados, de los engañados y, en definitiva, de todos los sin duda súbditos que no conciudadanos, y además aspirantes a esclavos que les votamos continuadamente.

El derecho al divorcio, al aborto, los matrimonios entre personas de igual sexo, las pensiones, la medicina gratuita, la enseñanza igual para todos, los pactos y la legislación laborales, las antigüedades acumuladas, todos los mecanismos sutiles y trabajosamente consensuados a lo largo de muchas décadas para el mejor pasar del común, todos los derechos arrancados con infinito esfuerzo y paciencia, se están desvaneciendo de un día para otro en aras de un pensamiento que ya no puede calificarse de otra forma que inconstitucional, por no decir criminal. Una manada de babuinos cleptómanos van tomando sucesivamente las riendas del reino (como de tantos otros) y pronto lo devolverán a ser de nuevo el país de las manos muertas, de la Inquisición, de la picaresca, de los siervos de la gleba, de los reinos de taifas, de don Rodrigo el vil.

Y al contrario que en cualquier otro momento histórico en el cual el poder haya salido a enseñar su mano más negra, no se observa ni la más mínima contestación, ni siquiera en sus formas más suaves ni civilizadas. Ni de una domesticada e irrisoria huelga general hablan ya los despojados, se ignora por completo la potencial e irreprochable fuerza del boicot, no se escucha siquiera un simple exabrupto, no se oye hablar de resistencia civil, de objeción tributaria, de desacato.

Todo el mundo respeta y acata, respeta y acata decisiones políticas y jurídicas más dignas de una dictadura a secas o de una cleptocracia indisimulada, y la calle no está tomada por manifestaciones multitudinarias y potencialmente agresivas y no hay cuadrillas de bandoleros (o de justicieros, según se prefiera) que –adoptando el nombre que sea–, desvalijen comercios, quemen bancos, o secuestran y pretendan vengarse sobre responsables e irresponsables, y aún equivocándose incluso y tomando la justicia por su mano. No hay una Agustina de Aragón, un Gravina, un Espartero, un general Rojo, un solo maquis, una sola partida de mozos echados al monte ni al asfalto, intentando reconducir con la razón –y si no, con la fuerza– siquiera alguna de las decisiones más incomprensibles que se toman sucesivamente y en zarabanda enloquecida, más digna de comedieta o vodevil que de seria y fundamentada actividad política, esa que debiera desplegarse para dar un mínimo cumplimiento siquiera a los aspectos más básicos de lo articulado en la Constitución, esa legendaria y piadosa pamplina.

Pero los decretos sucesivos no son otra cosa que ucases que legitiman el robo, que hoy desangran y a la larga matarán, no son juegos de salón, experimentos con gaseosa, hacen víctimas conocidas con sus números ¡y en qué número! y todos sus nombres. Y estos decretos los emanan nuestros políticos como asalariados intachables que son del dios mercado, o Mammón, como cirujanos dementes que aplicaran su supuesto saber y su ciencia, no para la necesaria cura de los enfermos, sino como una práctica de amputaciones casi recreativas, por simple desconocimiento de la cirugía reparadora existente o por el simple afán de ver qué pasa, pues si así no funcionan las cosas ya se cortarán otras manos, y otras...

Una calma tersa, una paz de cementerio acompañan al hambre, a la pérdida, a la renuncia, a la derrota. Un país entero de atracados vive sometido legalmente a sus atracadores, se duerme en paz frente a la televisión y tuitea amigablemente en las redes sociales, tan fuertes como cadenas, dicen, tan rápidas como centellas, aseguran, pero tan inútiles como si estuvieran constituidas por la materia del sueño.

Como andamios de bambú, como castillos de naipes, con la ligereza y la rapidez de un bizcocho suflé deshínchandose a la par que se enfría, la sociedad civil cae de rodillas o se tumba voluntariamente en el suelo hasta dejarse morir mientras contempla como el incomprensiblemente desacreditado ordenamiento de las cosas según razón es dinamitado ex profeso por quienes están habilitados en teoría por nosotros mismos para dirigirlas hacia el mejor bien posible, y que sin embargo, como locos furiosos, como niños vesánicos, como aves rapaces, como inútiles investidos con manto de brocados y pasamanerías de hilos de oro y pedrería, pero, en definitiva, como tiranos despreciables y estultos, las convierten en montones de basura y escombro entre los que habrá que sobrevivir como espectros desahuciados y hambrientos.

Hiroshima, Roma ciudad abierta, Berlin, año cero... Una catástrofe de las dimensiones y con los mismos resultados que una guerra, y esto ya no es poesía, sino números cantando, es decir, números de hambre, de falta de trabajo, de sin techo, de pobreza, de abandono y de desatención progresiva a todo lo básico...  transcurre a diario bajos nuestras miradas serenas sin que nadie baje a un refugio, devuelva una bomba de mano, le lance un botella de gasolina a un tanque o, conocedor de que le ha llegado su hora, y como en todas las guerras, le arroje con sus últimas fuerzas y todo su odio un puñal al corazón al subteniente del nido de ametralladoras.

Y para no terminar de esta manera, por un lado, y por otro porque viene hilado como si se hubiera escrito ex-profeso o se hubiera hecho a flor, como tan coloridamente lo expresaba mi tata, voy a tomarme el trabajo gratuito y por mi exclusivo gusto (y no porque me obligue a ello una norma esclavista que haya que acatar, tal y como pronto ocurrirá sin duda con casi todos los trabajos, los que queden) de traducir un corto texto de Leonardo Sciascia, datado al pie por él mismo en el año 1969, y perteneciente a uno de sus libros de ensayos, La corda pazza (la cuerda loca), y con el subtítulo que creo no necesita de traducción de: scrittori e cose della Sicilia, en edición original de Adelphi, Milán, año 1991, pero concluido por él en el año 1970 y del que desconozco si existe edición anterior.

Una rosa para Matteo Lo Vecchio (Leonardo Sciascia)

En la calle Albergheria preguntamos a una mujer dónde está la calle Matteo lo Vecchio. Contesta que debe de estar algo más adelante, a la izquierda. Para darnos una indicación más segura le pregunta gritando a una vecina si la calle di Mattiu ‘u Viecchiu está más adelante, a la izquierda. La vecina repite el nombre, piensa un momento, confirma. Pronunciado en dialecto, con ese ‘di’ posesivo y con una inflexión en la que nos parece se recojan un lejano temor y un desprecio, ese nombre produce un efecto extraño: como si estuviéramos buscando en el barrio a una persona viva, bien conocida, pero indeseable.
Y la calle, después de todo, es un callejón estrecho, hecho de tristísimas casas; y una, más bien antigua, tal vez precisamente la del Lo Vecchio. Menos oscuro, sin embargo, el callejón vecino, dedicado a Cagliostro: ese pasadizo en el cual entró Goethe en una tarde de abril de 1787 para engañar a la vieja madre del gran aventurero.

Con la bula Quia propter prudentiam tuam, Urbano II le confería en 1097 a Rogelio el Normando y a sus sucesores el poder de Legación Apostólica sobre Sicilia, apenas ‘liberada’ de los árabes. Tal poder consistía en la jurisdicción sobre los asuntos eclesiásticos por parte de los reyes de Sicilia, que se ejercía, supremamente, mediante un Tribunal llamado de la Regia Monarchia (denominación con la que se afirmaba y recalcaba la doble potestad, temporal y espiritual, del rey, tanto en la interpretación de Monarquía como contrapuesta a diarquía, como en el significado medieval de diócesis).
Unido al poder de nombrar obispos, el de la Legación, aún cuando no entrara en cuestiones de fe, hacía de los reyes sicilianos unos casi papas (o casi antipapas), y por esta causa muchas veces, en el trascurso de los siglos, la curia romana había intentado negar la autenticidad de la bula o planteado interpretaciones limitadoras, pero ya en defensa de este privilegio se había formado en Sicilia una escuela jurídica tan aguerrida, intransigente y sutil que la bula “había asumido el aspecto y la sustancia de un auténtico y verdadero contrato no rescindible unilateralmente”. La bula, en resumen, era considerada por los juristas sicilianos como hoy en día, invirtiendo las partes, algunos juristas católicos parece que  quieran considerar el concordato de 1929.

(Nota: habla aquí Sciascia, evidentemente, del Concordato entre el Reino de Italia y la Santa sede de 1929, pero en asuntos de concordatos no es ocioso apuntar que Italia, Sicilia, España y la Santa Sede, forman sin duda lo que bien podría llamarse ‘una unidad de destino en lo universal’, y véase si no el privilegio, de raíz medieval como bien claro deja explicado el texto, por el cual Francisco Franco, –y no en 1097, sino casi 1.000 años después–, obtuvo o arrancó el derecho, en virtud de sus aducidos (y admitidos) méritos como defensor de la Iglesia Católica, a proponer la terna de obispos a nombrar para cada sede episcopal).

En este punto, el conflicto más violento entre Curia romana y Reino de Sicilia explotó el 22 de enero de 1711. Y por un puñado de garbanzos que dos guardias fiscales del ayuntamiento de Lipari (cuyos nombres –Giambattista Tesorero y Giacomo Cristò– han sido transmitidos a la historia por los breves pontificios) le tomaron como impuesto a un tendero que los tenía a la venta por cuenta del obispo. Era obispo de Lipari Monseñor Niccoló Tedeschi, de reciente nombramiento. Y apenas conoció la noticia de la exacción, según él, ilegítima, se encendio “de tan vehemente furor que convirtiéndose en Mongibello de destrucción (Mongibello es un volcán local) eructar parecía llamas de horrendas amenazas”. Para aplacarlo las autoridades municipales de Lipari ordenaron a los dos guardias que restituyeran los ochocientos gramos de garbanzos. Pero Monseñor no tenía suficiente con la restitución, quería que las autoridades declararan la acción de los guardias como ilegítima y le ofrecieran excusas públicas. Ante su negativa fulminó sobre los dos guardias, como violadores de las inmunidades eclesiásticas, la excomunión mayor.

El Tribunal de la Regia Monarquía, al cual recurrieron los guardias, suspendió la providencia de excomunión. El obispo corrió a Roma y obtuvo la plena aprobación sobre su forma de obrar, una carta que declaraba incompetente al Tribunal de la Regía Monarquía y otra, dirigida al episcopado siciliano, junto a la orden de hacerla pública, que se reafirmaba en las mismas tesis. Pero, para poder hacer pública la carta, los obispos precisaban de la aprobación de ese mismo tribunal que la carta atacaba. Algunos obispos la pidieron (y naturalmente no la obtuvieron), otros hicieron presentes ante la Santa Sede las consecuencias que la publicación de la carta podía traer (los más ingenuos, puesto que la Santa Sede muy precisamente las había calculado) y los obispos de Catania, Girgenti y Mazara la publicaron sin más.

Llegados a este punto, el Virrey, Carlos Antonio Spínola solicitó al clero siciliano más calificado doctrinalmente su parecer sobre la controversia. Cincuenta y nueve maestros teólogos declararon legítima la acción del Tribunal e ilegítimas las pretensiones de la Santa Sede. Impreso y difundida la declaración, el Virrey la hizo seguir de un bando en cuya virtud se declaraban nulos todos los actos de procedencia extranjera no aprobados por la Autoridad Real. El obispo de Catania reaccionó de inmediato, declaró nulo el bando del Virrey y la doctrina que contenía como “temeraria, hórrida, escandalosa y perniciosa”. El Virrey ordenó la expulsión de su Reino del obispo de Catania, e inmediatamente a continuación la de los obispos de Girgenti y Mazara. A su partida los tres obispos decretaron la interdicción sobre sus diócesis y lanzaron excomuniones contra jueces y oficiales de policía.

Mientras tanto, por el Tratado de Utrecht, Felipe V de España le cedía a Vittorio Amadeo II de Saboya el Reino de Sicilia. El nuevo rey intentó pactar con la Santa Sede una solución al conflicto que resultara satisfactoria para ambas partes. La Santa Sede fue irremovible, quería la finalización del privilegio. El conflicto se hizo entonces más violento. En la sola diócesis de Girgenti vinieron a faltar (por arresto, expulsión o ausencia en rebeldía) setecientos diecinueve eclesiásticos. El clero quedó irremediablemente dividido en ‘curialistas’ y ‘realistas’, se hablaba ya del ‘cisma siciliano’. En las diócesis interdictas los nacidos, los matrimonios y los muertos ya no tenían sacramentos, y la gente se resignaba.

Tal vez porque fuera más agudo que el Spínola, tal vez por verse favorecido por el removerse de esperanzas y de energías que siempre provoca en Sicilia una mudanza en el vértice, el Virrey, el conde Maffei, llevó la causa de la defensa del privilegio desde el plano puramente jurídico a un plano cultural y revolucionario. Aparecieron ‘hombres nuevos’, una auténtica clase dirigente como nunca la había habido en Sicilia (y como desgraciadamente hasta hoy no ha vuelto a haber). Aparecieron veneros jansenistas, se establecieron relaciones más estrechas con la cultura francesa. Un clero que creía en Dios y propugnaba el derecho del Estado contra la temporalidad de la Iglesia empezó a afirmarse contra el viejo clero insular sustancialmente ateo, ávido de beneficios y dedicado a escrutar y avalar prodigios y supersticiones.

Para ejecutar las órdenes de arresto o de deportación contra el clero más reacio era necesario dar con un oficial de policía particularmente celoso y particularmente refractario, por temperamento o por convicción, a las excomuniones. Y así se dió con Matteo Lo Vecchio, venido a la confianza del juez Antonio Nigrí tal vez desde las filas de la policia ordinaria. Confianza bien acordada porque Matteo Lo Vecchio fue un ejecutor inflexible, enfrentando excomuniones, descalificaciones, execración e impopularidad. El canónigo Mongitore, del partido ‘curialista’, afirma que “muy fácilmente los curas lo corrompían y evitaban el arresto”, pero el número mismo de los sacerdotes arrestados contradice la afirmación y justifica el odio que el Mongitore le guarda y la venganza de la que (Lo Vecchio) acabó siendo víctima.

En junio de 1718, violando el Tratado de Utecht, los españoles volvieron a apoderarse de Sicilia. De regreso a su vieja política, España, que en 1711 no había cedido ante la Santa Sede, en 1719 acepta sus condiciones. Para pacificar los ánimos, y aún más para reparar errores, los interdictos se revocaron gradualmente y se retiraron las excomuniones. Pero muchos hombres de cultura ya habían emigrado a Turín. Los que se quedaron en Sicilia fueron alejados o se alejaron voluntariamente de la vida pública. El último en ser absuelto de su excomunión fue Matteo Lo Vecchio. Pero no de la venganza, y dos disparos de arcabuz pusieron fin a su vida la tarde del 21 de junio, frente a la catedral.

Con fecha 22 de junio de 1719, el canónigo Mongitore anota en su diario que en el funeral, pagado por Don Antonio Nigrí, lugareños y muchachos “se colocaron detrás del cadaver con silbidos y desprecios, graznando y riéndose”, hasta que el cadaver fue dejado abandonado en la calle. Levantado por algunos faquines, fue dejado detrás de la iglesia de San Antonino, pero los frailes del convento contiguo salieron armados de bastones persiguiendo a los faquines y alcanzando a uno sólo de ellos al que obligaron a cargar el cadáver. El mozo de cuerda y los frailes intentaron descargarlo en el cementerio de los pobres, pero el ermitaño que lo custodiaba se negó a acogerlo: “por lo cual los portadores, trepado el muro trasero de la iglesia lo llevaron allí y viendo en tal lugar un pozo seco, allí arrojaron el cadáver desnudo”. Y concluye: “Por todos fue admirada la divina justicia contra un despreciador de la Iglesia y del orden eclesiástico”.

Pero no por nosotros. Y mientras miramos la casa que tal vez fuera suya recordamos el desgarrador cuento de Faulkner que se titula Una rosa para Emily: de Miss Emily que duerme durante años junto al cadáver del hombre que amaba.

Una rosa para Matteo Lo Vecchio, para este cadáver que duerme, desde hace exactamente dos siglos y medio, en el fondo del pozo seco, junto al cadáver del Estado.