jueves, 23 de mayo de 2013

Yo-yo Aznar


Y postulo que el ex presidente Aznar es un yo-yo porque va y vuelve, porque nunca acaba de irse, porque nunca jamás pierde la oportunidad de decir lo que menos conviene, lo que más molesta a la razón, porque amenaza con volver, y porque es un yo y yo y yo y yo más y yo mejor y yo siempre, por causa de estar habitado, seguramente por nascencia, por suerte para él y por desgracia para su prójimo, de uno de esos egos a prueba de todo que en anteriores momentos históricos alumbraban uno tras otro a jítleres y genjiscanes, alejandromagnos y felipesegundos a nadie y cruzaban Rubicones de un empujón y un espadazo, y emanaban esencias de hoz y de coz y eran proferidores continuos de inapelables diosloquiere, con su posterior corolario de desaparecidos, sacrificados y elevados a los altares.

Porque le mira uno a la cara, a su gestualidad carente de toda empatía, y se hace consciente de inmediato de dos cosas que asustan. De su inconsciencia, en primer lugar, y de la seguridad de que cien, doscientos, mil años antes y de no mediar estos tiempos, afortunadamente para todos algo más blandos, hubiera sido el gustoso propietario de la piedra y el cuchillo de degollar por los cuales desfilarían todos los que hiciera falta. A su esclarecido e infalible criterio, bien se entiende.

Y eso ego es por completo refractario a las consecuencias de su propio pasado, de sus errores, de sus corruptelas y de sus deslealtades. Porque es inasequible al desaliento, como Onésimo Redondo, y no sé si sea por lo de Quintanilla de Onésimo, que tanto frecuenta o frecuentaba, o porque verdaderamente nació así, incombustible, inquebrantable, imperturbable en el error y hacedor firme de guardias frente a los luceros, mejor que cualquier hierático guardia real de esos que decoran, para la confortación moral de turistas, las puertas de los palacios reales de media Europa.

Le debemos las patochadas internacionales más sublimes –entendiendo sublime en la acepción grouchomarxista del término– que ningún presidente español se haya nunca permitido (con excepción, eso sí, de su sucesor, con su inefable sentada ante la bandera del amo USA, que ya hacía falta también estar fuera del mundo, desde luego), pero haciéndolo igual de inefablemente sentado, bien despernancado sobre la mesa, como cualquier cuatrero o buscavidas, y en la compañía más estólida pero peligrosa del mundo, la del más que presunto genocida señor Bush, allá en las Azores. Y se permitió ir a una guerra y hacer cómplice al pueblo español de sus atrocidades inherentes y contra la voluntad del 92% de los consultados, sin que mediara peligro grave, ni mediano ni ínfimo al que apelar como banderín de enganche para semejante capricho.

Y el único beneficio conocido para este país a cambio de semejantes actos de vesania política resultó ser una medalla USA del Congreso expendida y prendida en su persona. Medalla para uso exclusivo de sí mismo y a colgar solamente de sus presidenciales escápulas. Y me supone una verdadera delicia intelectual imaginarlo, vestido solo con su ex bigote y mirándose al espejo que ampara asimismo la intimidad de su catalán, con el patacón al cuello y suspirando avinagrado por tiempos mejores, pues ni él seguramente ignorará que más le valdrá no hacer demasiada ostentación del mismo en ninguna parte, más que si marcha de conferencias y de ronda de consejas no solicitadas por Pennsylvania, o Wyoming o donde le dejen esos indios de los que tanto gusta.


Y la boda de la niña no desmereció tampoco en lo buñuelesco, berlanguesco o albertosordiano, juntando los invitados más pavorosos y hoy seguros candidatos a sacamantecas, aunque buenos ya solamente para amedrentar criaturas de épocas pre informáticas. Porque allí estaban todos, desde el padre y padrone y la madre de todos los chorizos y estuprador de menores, por añadidura, el Cavaliere –por lo que cabalga de pago, el título honorífico, supongo– Berlusconi, al montañero Bárcenas, el señor de las helvéticas cumbres y de las cajas bien resguardadas, mago de confianza para finanzas y afananzas, o los colegas de la banda del ¡me lo llevo!, manso manso y atado cuidadosamente con la Gürtel de cuero fino, aunque en este caso, un respeto y ¡oiga! que era una celebración solo privada, así que trayéndole, por ser vos quien soy, un buen regalo para la nena del himeneo, pero sin llevarse a cambio esta vez ni una cucharilla de alpaca, que en casa del jefe a nadie le conviene andarse con rapacidades creativas. Las manos quietas, por una vez. Hasta parecían todos gente de bien, de los que jamás se llevarían una comisión ilegal o no ayudaran a cruzar a una anciana ciega la calle absteniéndose de hurgarle en el bolso.

Y hubo el asunto del Perejil, sencillamente porque se le emperejiló a este perejil de todas las salsas, y a nada anduvimos de que nos metiera a todos en un conflicto de verdad, con sus funerales de estado, solo por el exceso de testosterona y de ideología de la de puño, puntera y bastón, sin más matices ni mariconadas, como en los buenos tiempos de Santiago y cierra España, de los tercios de Flandes, de la sarracinas con los Sarracenos y leña al mono, cuando mandó montar una operación militar de calado para desalojar de un peñasco inhabitable a cuatro guardias marroquíes de la porra, y sin querer yo faltarle en nada a las porras, se entiende. Y en fin, todo por montar un Lepanto para alivio de su ego, como aquel que se aliviara de otras urgencias inevitables. E imaginemos solamente a un enfervorizado Ussía enrolado de mercenario en la gesta, pero que hubiera vuelto manco, y para qué querríamos más, escribiendo el desdichado con la otra mano sobre el impar Caballero del Triste mostacho. Sí, lo confieso, Aznar me hace soñar cosas de otros mundos.

Y España va bien, y ¡como iba!, vendiendo las joyas de la corona, las de la abuela y la suegra y vaciando la cartilla de la primera comunión de quienes hubiéramos debido ser sus herederos. Y enterrando todo el dinero en cemento de Ley y afirmando que el cemento en sí era oro y el oro cemento, dos Janos bifrontes, a modo de dos especies idénticas de lo sublime. Y ahí los tenemos ahora, el oro, el cemento y el ahorro hechos gases nobles en la atmósfera y que será, podríamos temernos, a donde propondrá ahora el Querido Líder que vayamos a buscarlos acuciosos si, haciendo él un personal y terrible sacrificio por España, solo por España, todo por España y no sustrayéndose a su deber y si alguien volviera a llamarle para... ¿para qué? Pues para lo mismo que el general Armada suspiraba con que le llamaran, me temo. Para recordarnos como se estiraba el brazo con el ángulo correcto de hombro, ¡Franco, Franco, Franco!, que bien me resuenan aún en los oídos la jaculatoria o los ladridos, según gustos, desde niño.

Y no acabó aquí el espectáculo, porque, en la más fantástica de las actuaciones circenses que un ego político haya protagonizado en el siglo XX, se pegó inmisericordemente con el martillo de herejes en los mismísimos machos por, contra lo que aconsejaban la prudencia, la lógica, la inteligencia y, no último, contra lo que le decía ¡su propia policía! y por no esperar dos días, apostar a todo o nada ¡con dos cojones! a que los autores de los atentados de Atocha eran etarras. Y le salió cruz la mamarrachada y el mostachos le quedó abrasado por la auto explosión. Un Ecce homo, pero de risa, como al que le explotara un petardo en el puro... tiempos aquellos. Se dejó en una semana, primero la mayoría absoluta, después la mayoría simple y, finalmente, el gobierno. Todo un ejercicio de tino y olfato político, de mesura, de savoir fair y de diplomacia. Un estadista. Y solo paga de tanta e inverosímil enajenación la cara que se le quedó. Cuando tengo un mal día, saco del cajón la foto de su día después, la miro y algo se me enderezan la cosa o la jornada, y dicho sea sin segundas, no vaya a creerse el gachó...

Y este es el estadista, pues, el yo-yo, el superyo, el superego que viene hoy a salvarnos, a enmendarle la plana a los suyos, de arriba a abajo, a los que nombró y dejó puestos de su propia voluntad y mano y también con rara y fina agudeza. Ese Rato despedido a diplomáticas patadas del FMI y que hoy anda solicitando árnica por los juzgados, a ese Rajoy que él mismo ensalzó, elevó y propuso, en la esperanza seguramente de que no alcanzara el cargo ni le hiciera sombra a su sol, a ese Camps, el figurín sin sustancia que llevó a la Comunidad Valenciada del estado del bienestar al estado del limosneo, a ese Blesa al que le ha cabido el honor de suceder a Mario Conde en los placeres penitenciarios y de lo criminal, a ese Rodríguez, su antiguo portacoz, detenido borracho por un accidente de automóvil provocado por su causa... Toda una plantilla a contratar para los cursillos de emprendedores y de procura de la excelencia. 

Y hoy, por si le quedara alguna parte de España con la que enemistarse, no ha tenido otra idea que irse a morder y a encizañar a los suyos. Siempre el estadista, siempre con su finezza habitual. Y añadiendo la deslealtad a sus ya muchas otras virtudes y cualidades. Y yo que renegaba de Giulio Andreotti, al que Dios ya ha llamado a su siniestra, mentecato de mí...

Monsieur Chirac, antiguo colega en el cargo, de parecida extracción ideológica, pero, eso sí, de esa derecha educada, francesa, europea, incluso civilizadora si comparada con la nuestra, le llamaba en sus círculos privados, cordialmente,  l’imbécile. Pero como es término francés y las traducciones siempre distorsionan y generan matices indeseables o difíciles de glosar, dejo a mis lectores la labor de buscar su significado en Google.

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