martes, 14 de julio de 2015

Javier Krahe. Que ruede la rueda y gire la noria… amigo.

Vendría hoy obligado el decir: se nos fue Javier soplando el kazoo y desapareciendo con expresión burlona e inteligente telón arriba o, mejor, bar adentro, según el afortunado título de un poemario de Fernando Beltrán.

Pero no quiero, y ya que casi todo lo que se quiere, no se puede, bien porque se nos van tan igualmente callando los muertos como se nos marchan tantos vivos, y no alcanzando nunca a conocer cuál partida es peor, hoy personalizaré mi querer y mi sentir en mí mismo.

Por eso, lo que quiero verdaderamente decir es que se me fue Javier, por lo que a mí respecta. Como un factor personal, y un furor, como una ausencia por completo ajena al coro del dolor público. Es la ausencia, mi ausencia privada y dolorosa de alguien a quien estimaba y admiraba desde hace decenios. Y esto sólo puedo decirlo de contadísimas personas.

Lo conocí o, mejor dicho, lo vi por primera vez en La Mándragora, el legendario local de la Cava Baja de Madrid, hará ya casi treinta y cinco años. Y no me encontraba allí por casualidad ni por placer, ni tampoco pelando la pava, sino por trabajo.

Pero el día que lo conocí fue en realidad un mes después y como los conocí —a él, a Joaquin Sabina y a Alberto Pérez— fue sobornándome, nada menos. Desde luego no es algo que podrán decir demasiados de nadie, salvo políticos en activo u otros amigos de lo ajeno.

Fue el asunto que yo escribía entonces en La Guía del Ocio de Madrid y tenía a mi cargo las críticas de los locales de hostelería de la ciudad, no restaurantes, solamente bares, discotecas y salas de fiesta. Naturalmente, muchos conocidos me envidiaban la hereditaria bicoca.

Hereditaria digo, porque, por razones que sería prolijo explicar, un grupo de amigos fuimos haciéndonos con los mandos de aquella cofradía. Empezó Fernando Trueba desempeñando las funciones que heredó después Óscar Ladoire y de él los trastos pasaron a mi persona. Los compañeros de labor, cada cual en sus secciones eran Carlos Boyero, el inolvidable y ya fallecido 'Jomeini', Luis Mateo Díez, Gloria Collado y tantos más. En fin, copas y cine y teatro y música y espectáculos mayormente gratis, noches inacabables para luego —yo— acabar contando alguna sandez, alguna simpleza, alguna gracia o algo interesante —de darse el caso— y venturosamente pagado todo ello con pólvora o, más bien, alcohol, del Rey Nuestro Señor, o como si, más un sueldecillo.

La materialización del Paraíso, para muchos, y no digamos ya en aquellos años de la movida y en plena, feliz, fructífera y desparramada juventud.

Y en La Mandrágora oficiaban su misa pagana Maese Krahe, Sabina y Pérez, a los que no conocía prácticamente nadie. Y yo, que arribé al lugar por el soplo de una buena amiga, Elvira Sorolla, actriz y después largos años curtida en las labores de producción en la sala La Cuarta Pared, vi, escuché, me embelesé y levanté acta, totalmente encantado por la frescura y novedad del grupo y escribí entonces el que tal vez fuera el artículo más vergonzosamente encomiástico, pero por completo sincero, que había pergeñado hasta entonces y en los años venideros, cuatro o cinco más, en que seguí en aquel negocio.

En resumen, firmé, entregué el suelto, se publicó el correspondiente viernes y me olvidé del asunto.

Al poco, Elvira emprendió una insistente tabarra. –Oye, que estaría muy bien que nos fuéramos una noche a La Mandrágora a ver a estos–. Y a la semana siguiente, lo mismo, y a la otra, lo mismo de nuevo. –Pero oye, Elvira... si ya he ido porque tú me lo has pedido, si ya he escrito un panégirico, si ya te he dicho que me han gustado muchísimo, pero yo lo que necesito son sitios nuevos de los que poder contar, no puedo repetir lugares, que estoy de bares hasta donde te diga, compréndelo…– Pero tanto insistió —para mi incomprensiblemente— que finalmente allí acabamos de nuevo el día que me señaló.

Así que empezó la Santa Misa y, tras el intermedio, asomaron los oficiantes de nuevo y, ya no recuerdo si Javier o Joaquín, aunque seguramente medio al alimón, espetaron: –Por favor, rogamos que suba Fulano de Tal al escenario. Y Fulano de Tal resultó que era yo mismo.

Así que me dirigí al escenario con curiosidad y cierta perplejidad. Entonces, con oficiosa pompa, los tres judas, aquellos tres fariseos y comediantes, le cuentan al respetable que han sobornado a un crítico y que, en cumplimiento de las leyes del oficio, le van a otorgar el pago por sus servicios, pasando a continuación a efectuarme pomposa entrega de… ¡un jamón!

No recuerdo si me puse verde, amarillo o colorado, pero la sala se venía abajo de la coña y de allí hube de bajarme con el jamón, camino de mi asiento, decidido a asesinar a Elvira con el mismo, e incluso antes de dejarlo en el hueso.

Resultó ser que, como consecuencia de aquel artículo escrito un mes antes, se les había llenado el aforo, hasta entonces mediano, mucho más allá de los límites del local, con colas que daban la vuelta a la calle —pero todo ello en mi absoluta ignorancia—, con lo cual a Javier y Joaquín, que no me conocían, pero que hicieron sus averiguaciones, se les ocurrió, como agradecimiento, montar aquel número bufo con la necesaria complicidad de Elvira como gancho o cabestro para dejarme debidamente colocado en su terreno.

Así los conocí, pues, en acto de público soborno que no era un soborno, solo un soborno a modo de simulación, bueno, no exactamente, un soborno a posteriori disfrazado de finiquito, vamos… pero sin ser exactamente un soborno, ya saben… y a algo les sonará, tal vez.

Y después, para hacerlo breve, la red, las circunstancias y el 'ecosistema' de aquel entonces, donde ciertamente no muchos, pero tampoco demasiado pocos artistas, músicos, escritores, gente de cine, políticos, periodistas y la infantería de la Transición trashumábamos en compacto rebaño, juntado por afinidades electivas, de lunes a domingo y de un local a otro, entretejiendo el entramado de conocimientos y de amistades, fueron lo que nos llevó a coincidir a unos y a otros en toda suerte de lugares y acontecimientos, innumerables veces, y a hacernos amigos.

Y Javier, para mí, desde entonces, es imagen y recuerdo de tantas noches de mi juventud, de mi media edad, de mi madurez. Lo habré visto actuar incontables veces, pero no sólo es ese impagable placer y alegría lo que le debo. Eran las copas, las conversaciones, las disquisiciones, su mirada siempre original sobre cualquier asunto. Y el ajedrez, claro…

Recuerdo bien nuestra primera partida, poco después del… soborno. Habíamos, en efecto, trashumado de bar en bar, después de una actuación del trío. Varios amigos comunes, Elvira, Chana Larregui, la que fuera la musa del primer Joaquín Sabina en esa obra maestra, Con la frente marchita, el mimo Jimmy Ríos, después largos años percusionista de Javier, Fernando Anguita, su contrabajista, mi amigo, el anticuario Alberto Doria y varios más recalamos finalmente en un chalé de las afueras donde, creo recordar, vivían Chana y Jimmy y algunas otras personas.

—¿Sabes jugar al ajedrez?—, me preguntó Javier. —Sí, excelente idea—. Serían las seis de la mañana y decir que habíamos bebido mucho, todos, sería apenas una pálida aproximación a la realidad. Lo justo sería decir que no nos teníamos de pie. En resumen, que íbamos borrachos como piojos, para expresarlo con adecuada finura. Nos sentamos al tablero, seguimos con las copas y nos abstrajimos por completo del entorno.

Pasadas las ocho de la mañana, mi amigo Alberto, dotado de una legendaria capacidad de resistencia al alcohol, se levantó de un butacón y dijo: —Me marcho, no sé cómo podéis aguantar todavía y menos jugando al ajedrez. Finalmente Javier me ganó, después de tensísima lucha y largó el elogio. —Si, joder, sí que sabes jugar al ajedrez—. Pero a saber, en realidad, qué clase de partida jugaríamos en el estado en que nos encontrábamos, pero fue la primera, y a cara de perro, de más de treinta años de partidas. A veces, muchas seguidas, en otras ocasiones, tras largo tiempo sin vernos.

Javier era un jugador muy sólido, muy templado, pero también muy imaginativo, creativo y combinatorio. Era un placer jugar con él. Pero también un ejercicio muy duro, y no digamos ya ganarle, lo que sólo ocurría en contadas ocasiones. Y no sólo conmigo. Porque no importaba demasiado el estado en que Javier estuviera. Si era bueno, es decir, iba ligero de aditivos, resultaba rocoso y temible, a veces fulminante, pero si iba subido de ayudas botánicas y de destilados de alto octanaje, casi que peor, pues aunque bien podía cometer antes un error, lo cierto es que carburaba más imaginativamente, y no se sabía muy bien en cuál de esos dos estados resultaba más venenoso.

Y nos unía, además, el amor a la palabra, el gusto común por el barroco, el juego verbal, el uso de la palabra afilada, intencionada, la doble, la luminosa, la agresiva, la culterana. Javier era sin duda —desaparecido el Francisco Umbral de Mortal y rosa— el último barroco, con un infinito gusto por el adorno exacto y medido, pero hondamente conceptista a la vez, algo hoy ya inusitado e inexistente. Literalmente un clásico en vida, un lujo intelectual y moral que una gran mayoría ha ignorado e ignora, en los dos sentidos de la palabra, el inadvertido y el voluntario.

Y estaban, además, las partidas del juego del diccionario. Un inocente pasatiempo familiar y doméstico que en poco tiempo evolucionó hacia una verdadera práctica social, un pretexto para verse y comer cosas ricas y para los más, que no para las menos, una actividad que nos enganchó tanto a tantos que duró más de veinte años. Empezó el asunto ya no recuerdo cuando, hará tres décadas, y el pasatiempo se estabilizó en la que entonces era la nueva casa de Óscar Ladoire, un piso del centro que había sido anteriormente un taller de pañería o algo similar y en el centro de cuyo salón se enseñoreaba un gigantesco tablero de patronaje.

Y se formó un grupo de fijos y otro, digamos, de más esporádicos. Javier Krahe entre ellos. Millán Salcedo de los fijos, como el fallecido periodista Javier Órtiz y su mujer, Charo, verdaderos fanáticos del pasatiempo. Y la escritora Lourdes Ortiz y su hermano, Félix, físico de profesión. Y, naturalmente, el dueño de la casa, Óscar, mi primo, con sus sucesivas parejas y las amistades que unos y otros íbamos incorporando unas u otras veces. Y Rafa Sánchez, físico teórico, Gaby, guionista y un verdadero talento para ese juego, y mis sucesivas parejas igualmente, tres escritoras, Almudena Grandes, Lola Beccaría, Margarita Borrero… Y tanta gente más que desfiló a lo largo de aquel tablero durante tantos y tantos años.

Tan bien y de tal manera nos lo pasábamos, que empezábamos al anochecer y veces hubo en que se acababa a las cinco, a las seis de la mañana, que hasta se barajó reiteradamente la idea de hacer un programa televisivo del juego, pero el formato, por la duración, era del todo intransferible a la pantalla, además de imposible de resumir. Pero las juergas y la creatividad que se desbordaba en aquel desafío de definir falsedades sobre una palabra y de tratar de engañar al prójimo con lo que cada cual se inventaba eran un estímulo que enganchaba y generaba auténticas cataratas de risas, de agudezas, de sal gorda y sal fina, de hallazgos increíbles, de disparates y vuelos de la imaginación lo suficientemente controlados como para hacerlos pasar por verdaderos. Un goce, en fin, para personas que de una u otra manera escribían todas o, como mínimo, mantenían extenso y cordial trato con el alfabeto.

Y fue en una de aquellas noches cuando Javier cogió una guitarra que había en la casa y nos cantó, en primicia, recién salida del cuaderno, aquella canción que más tarde, en el María Guerrero, en el Elígeme, se convirtió en una especie de himno al absurdo que nos habita y cuyo estribillo coreaba, coreábamos el público en sus actuaciones, la surreal y preciosísima La Yeti. Solito por esas nieves con un sandwich y un quinqué, con un ¿con qué? ...Cuando todo da lo mismo ¿por qué no hacer alpinismo?...

Recuerdo otra noche, solos en la barra de la sala Galileo, igualmente después de un concierto, ya largo tiempo más tarde de haberlo acabado. Hablábamos de cantautores, de filiaciones musicales, de filias y de fobias. Entonces, no sé por qué, le pregunté por Fabrizio de Andrè, el cantautor italiano. Acabáramos, no sólo lo sabía casi todo todo de él, sino que me contó que le gustaba muchísimo. —Pero nunca has versionado nada suyo, le dije. —Ya, me contestó, es por el idioma, en el francés puedo sumergirme y captar todo matiz, en el italiano, no tanto. —Lo entiendo, me pasa al revés, yo también amo a Brassens, a Brel o a Ferré, pero me muevo más a gusto en De Andrè y por la misma y complementaria razón, mi francés no es mi italiano. Y entonces le pregunté por algunos temas. Los conocía. Y allí que nos pusimos a cantar a cappella, dándonos pie mutuamente, S'io fossi foco, una tremenda diatriba de un poeta medieval italiano, Cecco Angiolieri, y Via del Campo y La Guerra di Piero, dos himnos de Fabrizio en la Italia de los setenta, y así un rato largo y delicioso… Un cuarentón de largo y un cincuentón más que sobrepasado cantando como niños en la barra de un bar. Y hasta nos aplaudió lo que quedaba de parroquia.

Su conocimiento musical era vasto, pero no alardeaba de ello. Ciertamente y para ser justo, no era un gran músico, pero si un excepcional letrista y un personalísimo showman, aunque supo tomar a tiempo la decisión de aparcar la guitarra para dejarse arropar por profesionales que le supieron vestir los temas, y así, dedicarse él a cantar y a desarrollar su estilo, por lo demás, inimitable. Algunas pocas canciones de Krahe fueron versionadas por otros con excelente éxito, pero de las más creo sinceramente que le iban tan cosidas al personaje, que no eran imaginables en otra garganta, pues les faltaría todo el resto, es decir, lo inefable, que era en lo que consistía su verdadero valor añadido y su talento.

Por aquellos tiempos, alrededor del 2000, me hizo una propuesta, dejada caer así como al desgaire. —¿Por qué no te lanzas a leer, o a recitar, o como lo prefieras, algunos escritos tuyos, aforismos, palabrismos, en fin, tus cosas, humor entre ácido y benevolente, en los intermedios de mis conciertos? Noto muchas veces que se me escapa el público, que a la vuelta del entreacto tardo en recuperar la atención de la audiencia. Creo que si la fijáramos en otra cosa durante esos quince, veinte minutos, estaría más receptiva y por añadidura le daríamos algo más que a ti también podría venirte bien. Y no le faltaba razón porque, a fin de cuentas, lo que yo pudiera añadirle, bien sabía él que iba en su misma onda. Pero me lo pensé largo, principalmente por razones laborales, incompatibilidad de horarios y viajes y, finalmente, decliné amablemente. Hice mal, no me cabe duda, y me dolió decirle que no porque el ofrecimiento en sí era una delicia, así como su siempre elegantísima manera de enfrentar y de proponer las cosas.

En otra ocasión, año 1998, le robé, ex profeso para un poema, un neologismo, tomado de su homenaje a Buñuel, Once años antes, el verbo archibaldar. Me gustó el término, me gustó el juego que hacía con él en la canción y lo usé para darle todo otro giro. Le regalé el poemario y en la siguiente ocasión en que nos vimos se vino a mí derecho como una daga. Me comentó el poemario de arriba abajo con observaciones extraordinariamente agudas, de lector sabido, cuidadoso y concienzudo y me resumió el todo: —Tú también eres un barroco. Pero no dijo más o no quiso reparar en mi 'robo'.

Pero hará hoy cuatro años, en el café Estar de su amigo Pedro Sauquillo, donde durante casi dos decenios jugábamos todos los lunes al ajedrez un largo grupo de amigos, se me vino otro noche, igualmente directo y retomando la conversación dejada trece años atrás como si cualquier cosa, y me dice: —Oye, por cierto, que el juego que tú has querido hacer con archibaldar no era para nada el mío. —Pues claro que no lo era, además de que tal palabra no existe, pero las palabras no sólo se inventan y cambian de forma, cambian de sentido si así se quiere. Y, además, son de todos. Pueden ser incluso oscuras, como incógnitas de una ecuación, donde el que puede y sabe les asigna valores arbitrarios. Ambos somos poetas y sabemos qué juego es ese. El quid es que un tercero sepa captarlo también y asignar un valor válido o plausible. —Pues tienes razón, y eso, también es barroco, además de un juego estándar de la lengua. Pero lo que te pasa a ti es que, además, eres un palabrista, maricón. —Y tú, un polemista sin causa, ¡no te jode!

Y ahí nos enzarzamos, largo rato, a debatir sobre un término inexistente, usado solo por dos personas, hasta donde se se me alcanza, él y yo. Crónicas del surrealismo, pues. O amor al lenguaje, que pueden ser lo mismo.

Y Javier y la cultura. ¿De qué no sabría Javier? Al igual que el fallecido Chicho Sánchez Ferlosio, Javier era un compendio de sabidurías y agudezas, de vistazos enriquecedores. Tenía sobre muchísimos asuntos una visión original, una opinión formada, un conocimiento filosófico, estoico, antiguo y hondo y un ánimo de jugar más propio de un niño listo y un provocador que de un erudito plúmbeo y de carril único.

Recuerdo los mediados ochenta, los primeros noventa. Llegado San Isidro, mi mujer entonces, Almudena Grandes, se iba con Joaquín Sabina y otros muchos amigos 'taurinos' a las corridas de la Feria. A mí nunca me atrajo lo que tengo por un espectáculo de barbarie, como a Javier tampoco. Llegada la hora de cenar, los grupos separados por la fiesta nacional nos volvíamos a reunir de nuevo para picotear y luego, muchas veces, marchábamos a ver a Javier, en su trayectoria ya en solitario en el María Guerrero. Todo el auditorio embelesado con la exhibición de inteligencia, de finura, de agilidad intelectual, de dulzura, de belleza, de humor, de amor a la vida y al amor mismo.

Javier manejaba a las mujeres como nadie de su generación. Pero quedaba bien claro que no sólo era un seductor, sino que su estima por ellas era algo hondo, arraigado, sentido y respetuoso, pero en un momento histórico en que ciertamente las cosas no funcionaban así para el común. Y ellas lo sentían de esa manera y lo agradecían, y lo sé porque fue una observación que me hicieron muchas, casi sin excepción. Fue el momento en el que de verdad creció como autor con obras en las que quedaba patente la ausencia de relleno, el recurso de todo oficio a rellenar los vacíos con paja. Porque hasta a una vulgar paja Javier fue capaz de hacerle una canción que no sonaba a grosería, sino a gloria bendita. Todo lo que salía de su laboratorio tenía cuerpo entero, armazón, solidez, estructura y completitud. No, no era el tonto con la guitarrita diciendo te quiero mucho, me muero por ti y no me dejes nunca mi amor, por Dios, ahormado todo ello a base de ripios y con un chunda-chunda de acompañamiento.

Y los años de su persecución política. ¡Dios santo, qué inconmensurable sandez! Primero expulsado de la televisión pública por el 'escándalo' generado por su canción Marieta, de Brassens, cantada en directo por el trío en el programa de García Tola. Todo por repetir 'gilipollas', hoy de lo más suave que se puede rastrear en los programas infantiles, por no hablar de los de adultos o de los eruditos. La Santa Inquisición o la Ecclessia triumphans lo mandó al exilio de las tinieblas exteriores de la televisión, cuando no había más que esa TV pública. Es decir, la pena para el repugnante reo de libertad de expresión es que se le pretendía quitar la comida, además del oficio, ya que no había manera de encarcelarlo.

Después, el cabreo monstruoso que se cogió Felipe González cuando se vio desnudado sin misericordia alguna en la canción Cuervo ingenuo. El siempre incensado, de pronto, convertido en el rey desnudo y retratado más o menos en el bidé, y no por uno de los de ellos, sino por uno de los nuestros, para entendernos. No pudo soportarlo y se comportó como un pequeño hombre. Y esta vez, sin piedad, para Javier, un nuevo y más duro exilio, convertido en apestado social, en persona non grata, casi un terrorista en una sociedad de la que se proclamaba la ausencia de censura, sin delito de opinión, decían. Espantosas y absurdas contradicciones de un régimen nuevo que no sabía quitarse los condicionantes del antiguo ni manejarse con la modernidad que proclamaba.

Y persecución que llegó igualmente al local siguiente donde se refugió, el Elígeme de Sauquillo, Claudín, Sabina, etc... convertido en centro de las iras del fúnebre e infame concejal Matanzo, de funesta y vergonzosa memoria, que no cejó hasta lograr cerrarlo.

Y finalmente, ya en años recientes, el procesamiento por un vídeo 'irreverente' de veinte años atrás y por el que se le pedía una pena pecuniaria absurda. Vivirlo para creerlo.

Absuelto finalmente, Javier llevó todas estas cruces como un perfecto Cristo, desde un estoicismo y una sabiduría ejemplares. Ya quisieran otros semejante capacidad de 'gestión de crisis'. Y, tal vez, también gracias a ello, aparte de su evidente valía, se convirtió en un autor de culto, él, el más irreverente de nuestros 'actores culturales', pero no con esa mísera y habitual transgresión infantiloide del caca, pis, pedo, culo que a tantos condujo a la fama y la riqueza y al mejor predicamento entre infelices, para verse finalmente como objeto de reverencia, reverencia que, por lo demás, Javier llevaba con el mismo desapego y resignación, por no llamarlo burla. —Eh... eh.. eh… (balbuciendo, su peculiar manera de expresarse mientras le llegaba la agudeza), mire usted, es que me la suda.

Y era igualmente un espectáculo digno de considerarse el ver en sus conciertos a personas de tres generaciones, que podrían ser padres, hijos y nietos. Un hombre de setenta años con audiencias de fans veinteañeros, algo inusitado se mire por donde se mire. Y sin banda de rock, sin apenas amplificación, sin aparataje escénico, sin botes de humo de colores, sin plasmas, ni vídeos, ni horteradas de mercachifle, sin bacantes meneando el culo, sin la más mínima concesión a la inexcusable 'modernidad'. En los últimos tiempos, ya casi sin voz, pero sin jamás otros experimentos o concesiones que los de su portentoso talento verbal. Y llenando el aforo una vez y otra en todos los pueblos y capitales donde, como Bob Dylan, llevaba años y años en su particular y carpetovetónico Never ending tour. Y con la misma banda, casi durante treinta años, señal obvia del apego y el respeto a sus músicos y del recibido por ellos.

Porque, para autodenominarse un vago, un perezoso y un hedonista, hay que ver el estajanovismo del que nunca dejó de hacer gala. Pero la explicación la dejó él mismo. Para él, la música no era un trabajo. Era una reunión con amigos para, después del concierto, seguir con otros amigos o incluso hacerlos. Y si no era así, y fuera sólo una boutade más, puedo atestiguar que no lo parecía. Javier se quedaba después de los conciertos a platicar con los amigos, horas. Daba la sensación, en efecto, de que esa era la mayor parte de su pago y casi la principal razón por la que se encontraba allí.

Y la prueba de su grandeza y excepcionalidad, para un músico mucho más de catacumbas o de misas que de masas, era el reconocimiento continuo e indesmayable de sus pares. La crítica ahondó durante años en el desencuentro entre Krahe y Sabina, una vez separados. Lo cierto es que no fue así, y reconociendo cada cual, más a regañadientes que con gusto, algunos defectos del otro, no han dejado de atestiguar su mutua admiración durante casi tres décadas. Otra cosa, tal vez, sea que, en la mayor parte, sus estilos fueran incompatibles, pero eso no es un desencuentro, sino la constatación de que se entiende la realidad y se obra en consecuencia. Javier ha dejado dicho en entrevistas que hay un período de Sabina, el decenio posterior a su separación, en el cual lisa y llanamente era el mejor, así, en superlativo simple. Y a ver quién pudiera negárserlo.

Y de lo que opina Sabina sobre Krahe está la red llena. Y lo menos encomiástico que de siempre ha dicho de él, además de llamarlo su maestro, son casi ditirambos.

Con su gracejo habitual, en una comida, hará siete, ocho años, me decía Sabina que tuviera bien en cuenta que, cuando me regalaron el jamón, ellos no tenían casi para comprarlo, como a mí no me llegaba ni para el cuchillo. Y tan cierto era que, en efecto, pedí uno prestado a mi padre. Esa era precisamente la gracia de aquel tiempo, la camaradería y la solidaridad entre bien nacidos. Lo mismo, vamos, que esa joyas de la moderna telerrealidad o de los concursos cuyo único objeto es la excitación de los instintos más bajos y más degradados y degradantes de la audiencia.

Hemos tenido en España, con Javier, un lujo artístico, cultural e intelectual del cual me temo que bien pocos hayan sido conscientes. Un trovador, un juglar medieval y, también, un escritor, un poeta del Siglo de Oro, capaz de los mismos claroscuros y destellos cegadores de aquella época. De haber sido francés, Javier Krahe hubiera sido otro Brassens para el mundo. De haber nacido en USA y de no haberse podrido en galeras por desacato, sería un Lou Reed, música aparte, y seria encomiado como el más alto experimentador de la palabra. Pero no ha sido un mito inaccesible como tantos de este tiempo malhadado en el que cualquier chiquilicuatre besado por la fama se excluye del padrón, se tapa los ojos con las gafas más negras del mercado, deja de frecuentar la vida normal y desaparece del mapa, relacionándose nada más que con millonarios, todos ellos debidamente escoltados por milicianos mal encarados.

Así, hemos tenido, algunos, la fortuna de tocar y palpar y frecuentar a una persona fuera de lo común, sentados en una silla a escasos metros, sin guardias de seguridad, sin gorilas, sin la distancia y el alejamiento que despersonalizan y todo ello recibiendo un torrente de calidez, de complicidad, de bonhomía y un verdadero plus de agudeza.

A Javier la inteligencia le brillaba en la cara como a otros la imbecilidad. Y como plus para mí, en lo estrictamente personal, ya en su mayor edad, resultó que me recordaba enormemente a mi padre a esa misma edad. Igual de delgado, igual de ascético en el porte, igual el brillo de complicidad, de agudeza en los ojos y la misma sorna, socarronería y capacidad de sarcasmo. A nadie le importará, pero a mí, sí, y ya encabecé el artículo diciendo que deseaba personalizarlo en mi pena de hoy mismo.

Yo he tenido la suerte de conocerlo, no ciertamente a fondo, pero si lo suficiente como para creer que sé de lo que escribo. Y cualquiera que lo haya frecuentado un poco conoce que se trataba de un ser aparte, un caso único, un epifenómeno. No es que Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat no fueran excepcionales en lo suyo, lo son, es que Javier poseía un tipo de humanidad radicalmente diferente a la de cualquiera, si es que con eso soy capaz de trasladar el significado de algo que, en definitiva, no sé expresar, pero que a mí, como a tantos, nos resultaba patente.

Y, en fin, he hecho todo el esfuerzo posible para no ponerme lírico y de luto, que es de lo que estoy hoy, pero tampoco soy capaz de ponerme lúdico, aunque tal vez ese sería el verdadero homenaje que Javier habría merecido.

Descanse en paz, no, que siga jodiendo a quienes se lo merecen y que siga maravillando con su legado a quienes lo merezcan igualmente.

Adiós, amigo y caballero de la triste figura, hasta la próxima partida, donde corresponda y si es que estuviera de Dios la cosa y por más que bien sepamos, ambos, que va a ser que no.















domingo, 29 de marzo de 2015

A vueltas con la corrección política, la ley Mordaza...

A vueltas con la correccion política, Twitter, Facebook, la libertad de expresión, las medidas de seguridad, la ley Mordaza...


Coincidió que este jueves pasado cenaba con mi hijo quien durante todo el día no había andado al corriente de las noticias, y así nos vimos juntos por TV, como delicada sobremesa, el resumen de las conclusiones del día sobre el accidente aéreo en Francia, con la novedad finalmente descubierta de la inimaginable responsabilidad del copiloto. Como yo lo sabía desde la mañana y lo barruntaba desde la filtración de la noche anterior, no me causó ya especial impacto. Pero sí a mi hijo, al que, con el titular y el encabezamiento del monográfico que seguiría, se le pintó en la cara una expresión de estupor inenarrable.

Y, vista su cara, mi pregunta fue obvia, pero retórica: –¿Ah, pero no te habías enterado de lo de este pájaro?

–Pues hombre, no, evidentemente–, sobrando igualmente la contestación a la vista de lo que expresaba su cara mucho más alto y fuerte que cualquier cosa que pudiera decirme.

De inmediato, nos pusimos ambos a opinar al unísono sobre el asunto mientras le ponía al corriente, a mi modo, de los hechos del día y, al comentar, además, los necios chistes aparecidos sobre el asunto entramos muy pronto en una dinámica de ‘sal gorda’, por llamarla de alguna manera, a la cual somos francamente aficionados en la intimidad del mantel familiar.

La misma intimidad y franqueza de opinión en la cual me educó mi padre, la misma en la que yo a mi hijo y seguramente no por una manera voluntaria de ‘educar’, sino derivada simple y sin más de ‘lo que se oye y lo que se dice en casa’, que resulta de lo más formativo, actuando sin contemplaciones con los calificativos de la realidad y de sus protagonistas, sin ahorro de la justa necesidad de hacer sangre y sin dejar prisioneros en las mazmorras. Es decir, ejecuciones todo, pero habladas. Y, a ser posible, las veces que da el cernido para ello, que no es siempre, también al modo del bienaventurado Miguel Gila, con consideraciones brutales, pero cómicas, sólo suavizadas por la evidente carencia de instintos asesinos, pero igualmente sin piedad con el mandocantano, el cretino, el mentiroso, el vanidoso, el ladrón o el asesino a quienes les toque el turno en la mesa de disección y, bien se entiende, con todo el aditamento de mal humor y de humor negro, blanco, verde y amarillo que cada caso requiera. Y del todo incorrecto políticamente.

Y, naturalmente, dadas las peculiaridades del caso, rápidamente la charla derivó hacia la seguridad. Y de nuevo expuse uno de mis viejos leit-motiv. Oh, la seguridad, claro... o la venta del alma. Le sacrificamos a ella la razón, las costumbres, las formas de vivir, el sosiego, la paz, la libertad y el confort. Y, ya de últimas, hasta el ordenamiento constitucional, por apenas un euro más.

Se pronuncia la palabra seguridad y de inmediato deja de existir cualquier otra palabra sagrada, empezando por la libertad y acabando por la justicia. Pero en lo que a mí atañe preferiría sin duda que cada año, en lugar de cada década, saltara un avión por los aires, valga la redundancia, o un ministro por los aires, incluido aquel avión en el que yo pudiera ir, se entiende, y a cambio solo de poder viajar y vivir como antaño, como un ser humano, no como un sospechoso, un presidiario o un asesino en potencia, rodeado de ordenanzas absurdas, escaneado, seguido por cámaras, intervenido y gobernado como una res o traído y llevado como un paquete.

Pero es que ya vimos hoy, además, a la Diosa Seguridad, simbolizada en esa puerta inexpugnable, símbolo a su vez del más espantoso ridículo y del exceso de todos y cada uno de los alguaciles, llamémoslos incluso bien intencionados, pero que este lunes han resultado alguacilados por un enfermo sin más, siendo caritativos, o por un cretino superlativo, decidiendo no serlo.

Y miremos a esa libertad que hoy hemos perdido de echar las puertas abajo cuando resulta que a veces es vital e imprescindible el hacerlo, y no sólo con esas puertas de la cabina, sino tantas otras puertas físicas y morales, de insufrible existencia y que son las que de verdad justifican con su vergonzosa y vergonzante defensa de lo indefendible el surgimiento y la existencia de todas esas leyes y seguridades para impedir echar abajo las puertas que es imprescindible echar abajo.

Pero, terminada en corto la mutua exhibición de impiedades, no las de arriba, sino otras ciertamente peores, de pronto le expuse algo que acababa de acudirme a la cabeza: –¿Te das cuenta de que todo lo que acabamos de decir no se podría publicar en Facebook o en Twitter ni en ninguna otra parte salvo, tal vez, en alguna obra literaria o ensayo ‘serio’ y que de hacer pública esta simple conversación nos podría costar la prisión, el trabajo –de haberlo– y acarrearnos la mala fama y la mala opinión, tanta o parecida como si fuéramos el orate o el asesino que ha estrellado el avión? ¿Y te das cuenta de que podríamos contar lo mismo en un bar, en el trabajo o en la cantina de un cuartel o del hospital y de que seguramente solo estaríamos contando más o menos lo mismo que cualquier otro parroquiano y de que no pasaría nada, salvo en el caso de dar con el típico militante y buscador activo de pajas en ojo ajeno?

Porque estaríamos haciendo algo que no mata a nadie, que no implica mala índole necesariamente y que es, con frecuencia, crítica o simple humor sin más, aunque, naturalmente, del todo inoportuno desde el punto de vista de cualquier deudo o afectado, pero que, precisamente por la violencia verbal utilizada a modo de aliviadero de una olla a presión en la que hierven los instintos justicieros de cada cual, sirve para eso precisamente, para aliviar y, en consecuencia, evitar otra clase de estallidos. 

Y así ocurre, en efecto. Aquello que es normal decir en muchos lugares, donde se expresan libremente los calificativos sobre lo que ocurre alrededor y que de siempre se ha comentado libre y groseramente, si hace falta, en el ámbito privado y en pequeños hábitos públicos, un bar, sin ir más lejos, resulta algo que hoy ya no se puede expresar públicamente y de la misma manera en el círculo de los amigos o conocidos virtuales de cada cual, por ejemplo, porque se convertiría en un estigma social y ya prácticamente en delito.

Y aunque coincido en parte con Carlos Herrera, y ya es difícil, por cierto, que me avenga a coincidir con quien raramente coincido, que escribía hoy o más bien pontificaba a su modo en ABC, declarando a Twitter como el ‘Palacio del tonto’, lo cual, siendo bastante verdadero, admite asimismo y con la misma certeza toda clase de matices, porque lo cierto es que la descalificación absoluta, primero, y la judicialización y penalización, después, del hecho de opinar, incluso barbaridades, no dejan de ser del todo eso mismo, algo bien opinable, incluido lo del palacio del tonto, porque en ese mismo palacio también opinan listos y listísimos, y no pocos.

Tildar de perfectos idiotas, que seguramente lo sean, a aquellos llamémoslos ‘desenvueltos’ que se pusieron a hacer chistes con la bienaventuranza supuesta de que el desdichado vuelo fuera repleto de catalanes, felizmente fallecidos para los emisores de la ‘gracia’, es algo sencillo, inmediato y muy fácil de hacer. Será aplaudido de seguro y recibido como pensamiento de valor y fruto del ser persona bien nacida aquel que lo expresa con tan esmerada indignación. Pero es mucho menos sencillo tener que reconocer que quien opina así, sin embargo, NO mata, no ha matado y que, seguramente, puesto ante el hecho de firmar las órdenes al pelotón de ejecución para hacer lo mismo, tampoco lo haría, así le dé para mucho o para poco el cernido.

En resumen, que quienes tales sandeces escribieron no son unos delincuentes. Y, fundamentalmente, porque no es en absoluto lo mismo el cometer un delito, con su autoría, que el hablar bien del mismo, o muy mal, indiferentemente, o hacer chistes afortunados o desafortunados con un hecho luctuoso o indeseable para el común, y no digamos ya para los deudos. Una cosa es ser inoportuno, bocazas o incluso hablar como un ‘mal nacido’ y muy otra ser un asesino o un cómplice.

Es más, soltar un exabrupto o una imbecilidad como estas, seguramente sirva de válvula de escape que a todos conviene alguna vez para aliviar nuestras pasiones, prisiones y presiones interiores, incluso las de una interioridad que poco merezca enseñar y que produzca consensuada repugnancia el verla expuesta. Seguramente expresar en público un ‘mal pensamiento’ ayuda más a no llevarlo a la práctica que el andárselo cocinando dentro durante años, hasta que algún día algunos se descubren o nos podríamos descubrir con que la elaboración del odio acaba por llevar de verdad a la acción. En definitiva, nada que no sepa cualquiera y no otra que la del perro ladrador, poco mordedor, con su viceversa.

Pero no habrá quien pueda llevarme a la convicción de que no es lo mismo volar un autobús con inocentes, o con culpables –daría igual– que proclamar de ello que está bien hecho. Quien vuela el autobús es un asesino, quien lo glosa favorablemente no lo es, no lo ha sido y está del todo por demostrar que pueda serlo. Y, aún pudiendo serlo, TODAVÍA no lo es, y no es este pequeño matiz.

Mientras no se empuñe el arma, o el avión y no se apriete el gatillo o se baje la palanca o se pongan dinero y acción al servicio de que un hecho delictivo ocurra, no se es un delincuente. Por lo tanto, que el hablar por hablar pueda tipificarse como delito me resulta, hoy por hoy y por contra, algo que sí me parece, en cambio, bastante más delictivo. Y de ahí mi libertad de tachar de delincuentes a quienes lo propongan o lo impongan. Una cosa es llamar miserable a un miserable y necio a un necio y otra penarlo y conducirlo a la cárcel en virtud de dicha condición o convicción sobre ella, pero hoy ya desdichadamente advenida a supuesto de ley. Me parece, sin más, un camino imposible y, por añadidura, un viaje de regreso a una barbarie mucho peor que la barbarie verbal que se dice pretender evitar con ello. 

Porque en medio de todo ello anda la libertad de expresión, sin la cual, incluso en la corta medida en la que esta puede ejercerse realmente, el mundo no andaría de la misma manera, sino de otra bastante peor. De ahí que el hoy aducido y penalizado delito de ‘odio’ me resulte extraordinariamente difícil de digerir como figura penal. Que odiar sea un delito es cuestión más que discutible. Sin duda, y en el sentido de desear su mal, yo odio a algunas personas, públicas o no, no a demasiadas, pero sí a algunas. Y decir que me dejaría satisfecho el mal que les pudiera ocurrir no sería una falsedad. Y dudo que a la mayoría de quienes esto lean pueda no ocurrirles lo mismo, a cada cual según su casuística.

Porque la compunción, llamémosla así, ante el hecho de que determinados mandatarios o cualesquiera otras personas del desagrado de cada cual escapen, por ejemplo, a una muerte o una grave desdicha por simple accidente o atentado, como casos se han dado innúmeros desde los tiempos de Adán, y siendo muchísimos sin duda quienes podamos ser de la opinión de que el mundo, tal vez, sería bastante mejor lugar para habitarlo sin la existencia de alguno de ellos, y siendo la causa de dicha compunción, tal vez, igualmente, un cierto odio hacia los mismos, es indudable que expresarlo por las claras no puede ser un delito si no se ha empuñado la espada o se han puestos los medios y acciones necesarios para lograrlo.

Porque no se ha intervenido en los hechos, no se ha pagado ni guardado en casa la munición ni la daga y menos aún se ha soplado a dos carrillos a modo de enojadísimo Eolo para que las aspas de un helicóptero o las alas de un avión o las ruedas de un vehículo adquirieran, obedeciendo a nuestros deseos, un determinado ángulo más favorecedor de nuestro personal sosiego y generador, a ser posible, de un satisfactorio duelo privado o de estado, de religión o de masas que fuera.

Decir que se odia, calificar en función de ese odio, mostrar satisfacción por el mal que algunos puedan recibir por dichas palabras –que no puñales–, no será sin duda elegante ni políticamente correcto, puede ser mezquino, incluso, y no voy a negarme la parte de ello que pueda tocarme, pero mientras no se forme una asociación para promover el asesinato o la liquidación de un señor X o Y, o un grupo de ellos y mientras no se actúe en persona o se contrate a un asesino a sueldo al efecto, hablar de delito es una exageración y una mixtificación y, adicionalmente, una manifestación de muy aviesa índole por parte de unos poderes y unos poderosos que se arrogan, además de lo ya muchísimo que se arrogan, nada menos que el juzgar intenciones, que no hechos.

Y el ejemplo de la diferencia entre palabra y acción lo tenemos delante estos días con ese vídeo viral de –ese sí– un perfecto delincuente que, sin provocación, causa ni razón imaginable se abalanza por detrás y sin ser visto, hacia una mujer a la que no conoce y a la que derriba violentamente al suelo. Y filmado con esmero todo ello por la figura de quien sí es, también, perfectamente un cómplice, pues está previamente advertido de la acción delictiva y que es asimismo, –qué duda podrá caber– y por añadidura, otro incuestionable cretino, además de parejamente delincuente.

Sin embargo, recibir ese video cada cual en su teléfono y mandárselo de vuelta a mamá, a Purita o a Pepote, porque –supongamos– nos ha hecho gracia, en lugar de acudir con el mismo a comisaría para que busquen al descerebrado, podrá decir de nuestra catadura intelectual y moral, y podrá decir también que no tenemos alma de esquiroles o de colaboracionistas –o de que no seremos ciudadanos intachables, según otros–, pero sin duda habla mal de nuestro buen gusto y estado de civilización, si es que se ha disfrutado de la visión del mismo, pero, por el contrario, me resulta del todo imposible poder calificar su disfrute, o el reenvío, como la comisión de un delito.

Como no puedo tampoco entender como comisión de un delito el hecho de contemplar con fruición como un asesino degüella a un inocente, complacerse de ello y así glosarlo en público o en las redes sociales, como hoy día también es el triste caso. Es algo doloroso y deleznable, es obvio, y estraga conocer de la existencia de hechos así, pero no debería ser un delito verlo y buscarlo, y creer esto no es complicidad, sino simplemente una cuestión de grado, de forma y de entendimiento del tamaño y del peso de las cosas, de la capacidad de medir según razón. Y esto sin añadir que, en este caso, son los propios medios digitales, donde está todo –y todo, es todo–, de donde obtenemos la inmensa mayoría de las cosas que vemos, infinitas de las cuales mejor sería no haberlas visto. Y no por ello, en la gran mayoría de los casos, se les cierra ni sanciona por su divulgación.

Es todo ello algo así como venir a penalizar el: ‘tonto el que lo lea’. Un tuiteo se considera ofensivo para X personas por esto y por lo de más allá. Y para que tal cosa quede bien clara, la prensa lo exhibe en la totalidad de sus términos, reiterando así la ofensa a los ofendidos, pero negando ninguna responsabilidad en tal ofensa. Sin embargo, hoy, el ciudadano que retuitea cualquier barbaridad puede enfrentarse a una calificación de delito. ¿Y los medios, por qué no? Es todo un juego de vergonzante hipocresía, donde el memo que tuitea y el estúpido que retuitea pueden acabar incriminados, pero el medio que lo exhibe y de donde lo obtiene el resto, pero sólo para ejemplarizar, alegan, pero sin duda para allegar más clientes y lectores a la cesta, como nadie podrá dejar de conocer, pretende encarnarse, sin embargo, nada menos que en la fuerza del bien, en centro educativo y en sancionador de las buenas o malas costumbres.

Y ocurre, de nuevo, como en el caso de las rotundas memeces expresadas sobre los desdichados catalanes del avión de marras, que ciertas expresiones y opiniones resultan, desde luego, de una imbecilidad pujante, pero no convendría tampoco olvidar que el más dócil y políticamente correcto de los ciudadanos-cordero es prácticamente seguro que alguna vez en su vida habrá expresado u oído expresar, sin acudir a comisaría y sin desmayarse por ello, imbecilidades de este jaez: –A los del Madrid –o a los del Barcelona– habría que colgarlos a todos... Quedaron los abueletes del incendio como la ceniza de un cigarrillo, qué risa... ¡Iselín, mata!, como se oía antaño en el estadio de mi Atlético... Esa tía es que va pidiendo que le toquen el culo, la verdad... Mira la bollera esa, parece un camionero... A ese violador me lo teníais que dejar a mí... Le está bien empleado a la pendeja por salir a la calle disfrazada como si fuera una puta... Menuda zorra esta hecha la hija de Fulano..., Algo habrá hecho la mujer de Paco para que la zurre..., A ese le daba yo dos bofetadas por mirar así..., A aquel otro le partía yo la boca por chulo..., Al de más allá habría que darle con la pala en la nuca por maricón..., etcétera, que niégueme nadie que son expresiones de las de a diario en cualquier parte y lugar, proferidas en los más altos despachos o en las chabolas y que pretender acabar con ellas viene a parecer labor tan inteligente y sensata como querer prohibir la tos o el coito.

Pero pronto se pretenderá hacerlo, porque es muy corto el camino a recorrer para, después de haber calificado una convocatoria de una reunión o manifestación, como las de rodea las Cortes, como un hecho delictivo, como acaba de hacer nuestra recién estrenada Ley Mordaza, se acabe por calificar igualmente el hecho de ‘pasarlo’ con el móvil, e incluso no acudiendo al acto, como una acción de complicidad necesaria en dicho ‘delito’.

Hoy tenemos a siete personas condenadas a tres años de cárcel por un delito de manifestación, ilegal seguramente, dadas las leyes, pero no violenta, y con todas las 'creativas' agravantes que se le hayan querido añadir, pero que resulta manifiestamente una pena del todo absurda y desproporcionada con los hechos vistos en televisión, penas de cuyo rigor no hay forma de lograr entender que se compadezcan con tales hechos y, no digamos ya si comparando con las recibidas por la comisión de otros delitos, indudablemente peores ante los ojos del común y con las penas, más que ‘bondadosas’, igualmente en opinión de otros muchos, recibidas por algunos responsables de los mismos.

Nos deslizamos cuesta abajo por un terreno extremadamente peligroso y resbaladizo en lo que atañe a la libertad de expresión. Se están mezclando en el mismo capacho hechos e intenciones manifiestas y no manifiestas, se califican burlas y bromas como delitos de ‘odio’, se confunde la opinión con la acción y se penaliza la ‘diferente’ opinión como en tiempos históricos que se tenían por pretéritos.

Con la excusa de la lucha contra el terrorismo pasan por la misma gatera intelectual o, más bien horca caudina, abierta ad hoc para justificar las excepciones de ley, otra multitud de actuaciones legislativas y de calificaciones jurídicas sobre algunos hechos que están mucho mejor emparentadas con la delincuencial juridicidad de nuestro viejo fascismo local (del cual, desgraciadamente, bien se ve que seguimos siendo sufridos hijos y, lo que es todavía peor, sus renovados padres) que de la modernidad a la cual decimos aspirar y en la que tantos afirman, o propalan, más bien, tan tranquila y soñadoramente vivir, aunque sin demasiada idea de lo que hacen y dicen, evidentemente o, todavía peor, bien a sabiendas.

Darse cuenta en la intimidad de la propia sobremesa de que lo que uno acaba de contar o de oírle a un interlocutor, y sea esto algo oportuno o inoportuno, feroz o cruel, incorrecto políticamente o desagradable sin más –para según quién–, y que esté lo expresado lleno de mal gusto, tal vez, pero a saber a juicio de quién igualmente, pero dicho todo ello en libertad y sin haber tocado un cabello a nadie, ni siquiera remotamente, y que, sin embargo, se sea de pronto consciente de que eso mismo no podría hoy decirse o escribirse en una red social o en un periódico sin topar ¡nada menos! que con la Ley con mayúsculas y con su renovado código de Hammurabi en la mano, me produce un desasosiego infinito y una profundísima sensación de iniquidad, injusticia y prevaricación.

Porque yo creía que la misma libertad que permite la expresión de lo que cada cual tenga libremente que decir, con sus explicaciones y descalificaciones, de haberlas, tendría que amparar las expresiones del tonto y del listo, del equivocado y del acertado, del impresentable y del desagradable, del armado de razón y del armado de sinrazón, pero desarmados de armas, igual que podemos votar todos, desde nuestra inteligencia o imbecilidad, desde nuestra rapacidad o generosidad.

Y no sé, además, por qué razón tengan que ser delito un chiste, un sarcasmo, una boutade, una grosería, una falta de caridad, una impiedad, una irrisión, una descalificación contados en una red social y no deban serlo igualmente esos espectáculos indignos, soeces, zafios, atroces... protagonizados por la hez de la sociedad y que se conocen por telebasura, realitis o como se escriba, donde los cretinos más vergonzosos, los ignorante más profundos, los farsantes y falsarios más reconocidos y los mercaderes más infames rivalizan en hacer y contar cosas y hechos que sonrojarían a una cortesana de los tiempos de Calígula y que me producen, como supongo que a tantos otros, el desasosiego moral peor imaginable, pero sin posibilidad alguna de denunciarlos, por añadidura.

Pero mejor, muchísimo mejor y con todo y ello la bendita libertad, cuanta más libertad mejor, para decir lo guapo y decir lo feo, para decir mentiras y verdades, y al que no le guste lo que vea, que no lo lea, que no lo mire, que no lo escuche, que lo deje pasar y que cambie de red social, de periódico, de pareja, de ciudad o de país. Y yo cambio de canal, por supuesto, cuando aparecen de pronto y ante mi total y pobre indefensión Belén Esteban, Jorge Fernández Díaz o la echadora de tarot. Pero es que reivindico, además, poder espetarles el clásico y canónico, ¡Muérete! y, ni que decir tiene, en público.

Y mientras me dijeran ellos –u otros– a mí lo mismo, ante el simétrico desagrado que yo pudiera producirles, pero ninguno tiremos a la hora de la verdad ni de esposas, ni de faca o pistolón, iría todo perfecto, o razonablemente soportable y sin necesidad alguna de acudir al juzgado, que bastante tienen ya con las cosas serias de su jurisdicción como para, además, tener que atender a delitos tan imaginarios como si fueran platos de alta cocina, con muchísimo y altisonante nombre en la carta, pero con casi nada de chicha dentro y confeccionados a base de leyes torticeras, pensadas, traídas y defendidas por justicieros del antifaz y capitantruenos erigidos en protectores de simples golfos apandadores y de los amigos y cómplices de su exclusiva, limitada y tristísima cuerda intelectual y moral.


Como para callárselo y guardárselo uno para sus adentros, vamos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Antropología recreativa.

Vea usted, ciudadano-alumno don Santiago y Cierra, y ya que ha solicitado usted esta entrevista. Esta es la capa de detritos conocida como estrato Boyer, que aniquiló la estructura inmobiliaria en aquel reino, y con ello, una manera de ser y existir vigentes en la época. Una verdadera revolución en contra del sentido y de la razón, según lo que ha sido posible documentar. El hecho está hoy perfectamente comprobado y dio origen a una serie de fenómenos concomitantes, creemos, y que ahora paso a explicarle.

Dicha capa Boyer está sepultada bajo esta otra inmediatamente superior, a la que denominamos capa de la Ley del Suelo–por el hallazgo durante unas afortunadas excavaciones de unos antiguos y bárbaros textos jurídicos a ella asociados–, y cuyos efectos se distinguen fácilmente porque, ¿ve aquí?, ¿y allí y allá...?, en cualquier lugar donde existiera en la zona un prado verde o cualquier resto de naturaleza, mire esos tallos y musgos aplastados y secos... se le ven inmediatamente superpuestos y asociados unos estucados, sin duda contemporáneos, de un absurdo, pero inequívoco estilo neocalifal, pero... ¡un milenio después del Califato!, y para cuyo entendimiento de por qué se encuentran allí en ese número y momento aún se carece de explicación e incluso de hipótesis.

Pero son bien visibles sus restos ricos en oro, platino, cromo, mármoles y unas piezas mecánicas, muy abundantes, de una manufactura, seguramente de la península Itálica, conocidas como Ferrari o Forrari, y todo ello mezclado con el contiguo estrato denominado Gilygilato, por el nombre de un visir o un prefecto de la zona, según dejó establecido sin ningún género de dudas el llorado filólogo Menéndez Vidal algún año antes de que usted naciera, en 4632. Pero, aun con estas pequeñas luces que ha costado tantísimo obtener, puedo asegurarle que todo ello sigue siendo, en su gran mayoría, todavía un completo misterio...

O este otro depósito, véalo ahí –y señala el viejo catedrático hacia una parte del holograma en movimiento que los envuelve por completo, mientras flotan suavemente en el centro de una cúpula elástica sin límites aparentes–, la llamada capa del sedimento Aznarense, que consta de tres tipos de escombros primarios, unos aglomerados muy similares entre sí y conocidos como del Ritabarberanensis medio y tardío, con curiosísimas trazas de pieles curtidas de cocodrilo y con restos de ¡hebillas y perlas! en cantidades absurdas, muchas con un dudoso cuño, Lo.w.e, o .oew. o L..we, tal vez el emblema nobiliario o el escudo de un reyezuelo local, y de cuya abundancia tampoco sabemos explicar la causa.

Y vea, vea –prosigue el sabio– aquellos otros conjuntos sedimentarios en los que predomina el Zaplanio, un conglomerado rico en metales férricos procedentes de algo que llamaban, parece ser, montes rusos, aunque la zona, entonces, nos consta que era una amplia llanura costera. Los restos parecen proceder de unas estructuras igualmente sin explicación y conocidas por algunos documentos como pantanos o jardines temáticos, o timáticos, o tomáticos... vaya nadie a saber que sería aquello. Tal vez unas huertas, tal vez zonas ajardinadas por algún sátrapa, o poderosos comerciantes o, tal vez, bandidos, que aún abundaban y eran poderosos. Las grafías, cuando disponemos de fragmentos de ellas, son siempre complejas de descifrar, ya sabe, y estos restos se hallan agrupados con otros todavía bastante más extraños, si cabe, pero con marcadores que los particularizan sin ningún género de dudas como del llamado interperiodo Franciscocampsiensis.

Estos marcadores son telas, al parecer, procedentes de confecciones de la época. Vestiduras y más vestiduras senatoriales de entonces, pero en cantidades como para llenar varios transportes espaciales pesados como los que enviamos a nuestras colonias de Sigma Centauri, y restos numerosos de gomas de vehículos con engranajes y sistemas químicos y eléctricos bastante rústicos y que se usaban, creemos, en concursos. Algo así como carreras de carros, si bien en la época ya parece establecido que fueran semovientes, y no de tracción animal, aunque persistía aún el uso de la rueda, eso con seguridad. Un pasatiempo de entonces esos torneos, según varios eruditos... ¡qué cosas! Y todo ello asociado con restos de techumbres y de fachadas desplomadas sobre sí mismas, de edificios en verdad faraónicos hasta donde se puede determinar por sus restos, pero abandonados apenas un lustro, o un decenio o dos después de su edificación. Antipirámides podríamos llamarlas sin duda, joven, pues las pirámides ahí siguen... Para que luego hable nadie de la flecha del progreso.

Y hay más rarezas. Y estas son en verdad extraordinarias. En muchas zonas de la antigua costa de aquella península, pero no sólo, pues nos constan también en el interior, en infinidad de cortes que conocemos como de la capa mixta del periodo Rajoyo-Zapateriense, quedan restos claros de viviendas en cantidades para las que la ciencia aún no ha atinado a aventurar una explicación. Porque lo incomprensible y lo que nos hace pensar en posibles errores de evaluación, es que en ninguna de ellas se haya encontrado vestigio de establecimiento humano, fuera del propio hecho innegable de su construcción. Ni hogares, ni enterramientos, ni depósitos con manufacturas, ni restos orgánicos ni inorgánicos, ni tampoco trazas de ninguna clase de ajuar, mobiliario, o de un uso práctico o ritual que lo parezca, lo remede o remotamente recuerde algo conocido. Es como si la población aborigen del período hubiera edificado centenares de miles de estructuras para después... dejarlas allí sin usar. Y ríase usted, créame, de la Isla de Pascua o de la Atlántida, que después de todo y de lo que costó averiguarlo resultó ser una pequeña isla. Esto es un enigma a otra escala y la escala es asombrosa. Algo jamás visto.

Existen muchas hipótesis para explicar los hallazgos. Se pensó en primer lugar en lo obvio, en envenenamientos por algún proceso atmosférico o volcánico, en insalubridades sobrevenidas e insostenibles, pero lo cierto es que nadie ha conseguido hallar trazas de gases fijados en los sustratos en cuestión ni de contaminantes que lo justifiquen. Es más, adyacentes a ellos y cronológicamente contemporáneos hasta la escala de un mes, se atestiguan los restos de complejos de establecimientos humanos donde sí se halla, sin excepción, más o menos todo aquello que es esperable encontrar para la época, con muy nítidos marcadores de vida activa. Y tampoco hay rastros de conflicto alguno, de acciones militares, de destrucciones deliberadas, de cataclismos naturales o artificiales. Ni marcadores químicos fuera de los normales en el período, ni atmosféricos tampoco. Nada de nada. Los edificios se construyeron, adyacentes a otros que sí se usaban y, hasta donde podemos averiguar, se abandonaron de inmediato en diferentes estadios de construcción. Es más, incluyen los numerosos vestigios también los restos de pesadas y rudimentarias maquinarias utilizadas in situ, suponemos que para la edificación, pero asimismo abandonadas. Así que el terreno sigue abierto a cualquier especulación.

Hay antropólogos que han hablado de algún tabú religioso o social, de un uso desconocido y no averiguado, aunque no tengamos trazas del mismo, pero... ¿qué sociedad, por bárbara que esta pudiera ser entonces, construye un millón de viviendas en un cortísimo período de tiempo para, acto seguido, dejarlas caer? Porque es incuestionable, y está muy bien demostrado, que hablamos tal vez de apenas un decenio para levantarlas y para no habitarlas de seguido y de algunos decenios sin uso alguno hasta verlas desaparecer. Y no se trata de ninguna Pompeya, sino que equivale la extensión de lo hallado y prospectado a millares de ellas, pero sin cadáveres, ni restos clasificables como militares, civiles, religiosos, artísticos, totémicos, idolátricos o de cualquier otro uso que se conozca, ni con elementos vitales de ninguna clase. No hay vestigios de otra inteligencia, finalidad y uso que el propio hecho de alzarlas. Y por fuerza levantarlas debió de suponer un esfuerzo enorme para la época, con aquellos medios... ¡figúrese! Y con un coste social proporcional a semejante cantidad y habiéndose constatado, hasta donde conoce hoy la ciencia, que ninguna sociedad construyó jamás viviendas en tal masa y número para después no utilizarlas. Se trata de una verdadera singularidad y no cabe duda de que es un campo de investigación abierto y promisorio, pero a la par, dificilísimo.

Y estos casos de abandono, Santiago –prosigue el investigador–, no son infrecuentes en arqueología, como bien sabemos todos, porque abundan los hallazgos de asentamientos y ciudades abandonadas, pero siempre después de un cierto período de uso, documentado y medible. Y si el uso no se produce, se suele encontrar la causa para su abandono en catástrofes naturales o en acontecimientos sociales, bélicos, religiosos, en fin... que siempre se logra documentar alguna razón suficiente, o siquiera un atisbo de ella.

Pero aquí se trata de millares y millares de grupos de habitaciones nuevas y abandonadas, jamás usadas y dejadas a vencerse sobre sí mismas y a una escala, no de un asentamiento, una ciudad o un pueblo, sino en conjuntos repartidos por todas partes en un territorio de ¡medio millón de kilómetros cuadrados! Y además, todo ello sólo en lo que se conocía como la Península Ibérica. No hay restos de prácticas comparables, es decir, sin habitación documentada en absoluto, para ese mismo período, en ningún otro lugar de Europa. Sólo en la capa conocida como Chernobiliense, o en yacimientos posteriores con sus mismas características, donde aún se pueden medir los asombrosos restos de radiación. Y en cualquier caso, esas áreas abandonadas a toda prisa sí fueron usadas y hoy conocemos bastante bien las causas para su abandono. Causas no otras que el jugar a dioses, en definitiva, como algunos ya lo calificaban entonces, más la complacencia misma en la ignorancia y en la persistencia en el error, espoleadas por la codicia y la insensatez. Y así acabó más tarde aquel período, el Nuclear Antiguo, como todos sabemos, el Holocausto... Pobres gentes.

Y en fin, respecto de todo el asunto que a tantos sabios intriga, se ha terminado por concluir que, tal vez, tales estructuras se construyeron y después no se pudieron utilizar, pero involuntariamente, por alguna catástrofe social, no natural, inmediatamente sobrevenida. Parece lo único que cabe suponer con los datos científicos de los que hoy disponemos. No parece existir causa conocida natural ni violenta que, al menos con nuestros conocimientos, explique este asombroso comportamiento. Se diría, pues, más un asunto de ciencias sociales que de medir isótopos, y de cortar capas y efectuar calas y sistematizar microorganismos. Pero, ¿cuál inimaginable catástrofe social lleva a un pueblo a edificar viviendas como un poseso durante un decenio y después a abandonarlas? Porque existen, además, datos complementarios, fragmentarios e inseguros, pero indicios, no sólo especulaciones, en definitiva, que llevan a pensar que en ese decenio incomprensible se construyeron allí más viviendas que en el resto de toda Europa junta.

Contabilizando las poblaciones que suponemos para la época, hasta cierto punto relativamente bien conocidas, se suma otro misterio al propio misterio. Aquel pueblo contaba con menos del 10% de la población de Europa, sumando también la de lo que entonces se denominaba Rossia, o Rusia, pero edificaba como si todo el continente se fuera a trasladar a aquellas tierras. ¡Y edificó para dejar abandonado de inmediato todo lo levantado! Siguiendo este hilo, otras especulaciones, que más parecen una interpretación humorística, sugieren que aquella civilización se arruinó y acabó por desaparecer, precisamente, por haber acometido dichas construcciones en semejante número. Pero... ¿para qué se acometieron? ¡Por la constante de Planck, le juro que lo desconozco, pero es el meollo auténtico de la cuestión! No tenemos respuesta. No la atisbamos. Estos mismos investigadores tipifican el fenómeno como un camino fallido en la evolución social... y la idea ha acabado por tener un cierto predicamento. No tanto por su lógica en sí, es mi opinión, sino a falta de mejores explicaciones. Lo innegable es que aquella sociedad enfiló una trayectoria para la que carecemos de explicación.

Existe una última hipótesis pero, créame, no dudo en tacharla de ciencia ficción. Algunos economistas e historiadores creen que en ese período no se edificaba o manufacturaba sólo y exclusivamente según necesidad social, como cualquiera hoy entiende y es obligatorio, sino exclusivamente en función de unas prácticas ancestrales, no del todo comprendidas e investigadas en su totalidad, que parece ser denominaban “especulación”, rara palabra, algo así, pensamos, como obrar guiados por hipótesis no demostrables empíricamente y realizar entonces manufacturas al albur y en cantidades muy superiores a las necesarias, ¡imagínese el despilfarro insensato que esto presupondría!, en la esperanza de “venderlas”, otro extraño término que tampoco comprendemos hoy muy bien, algo así como entregar monedas a cambio de un bien, como en la antigüedad más provecta. Pero no por sometimiento a regla de razón ni por imperativo socialmente reglado según conveniencia para la civilización y los seres humanos, sino, en lo que alcanzamos a intuir, a capricho de las partes y para que terceros, y esto es lo más incomprensible, se “lucraran” con ello, un nuevo término que figura en textos de muy compleja interpretación, como irá averiguando, y término este "lucro" al que a día de hoy tampoco somos capaces de proporcionarle un significado con la debida seguridad y exactitud.

Por todo ello, insisto, no creo en esta hipótesis. Una cosa es que sea arcaica, antigua, poco desarrollada una civilización, y otra suponer que se entregara, sin más, al desperdicio más absoluto del esfuerzo, del trabajo y de las materias primas. La verdad, no me parece posible. Siempre han existido, es cierto, gastos suntuarios, más en aquellas bárbaras satrapías de entonces, pero ¿puede denominarse gasto suntuario a levantar no un edificio, sino centenares de miles y abandonarlos? Yo no soy capaz de verlo así.

Porque, en fin, no olvidemos que al tiempo no dejaban de ser seres humanos y que, de alguna manera, también alumbraron algún principio de civilización. Civilizaciones hoy difíciles de comprender, qué duda cabe, pues piense en que aquellas gentes aún copulaban, por poner un ejemplo. Bien, ya veo que ignora usted lo que significa el término, ya lo estudiará próximamente, pero le puedo asegurar que conocerá cosas aun más asombrosas, como el que creyeran firmemente, y aún se dejaran matar por ello, en entes inexistentes o figurados y jamás vistos, o como el comer animales. ¿Se lo imagina? Y son también extremas las complejidades con las que tropezamos cada vez que bregamos con peculiaridades de aquel período, del cual en lo sustancial todo es oscuro. Menos tu vientre, todo es oscuro, como dejara escrito el mayor poeta de aquel lugar y tiempo del que, por fortuna, se conservan algunos textos. Y, por cierto, ¡qué hondura la de aquel aedo!, al que no me siento capaz de calificar de bárbaro, ya ve, y aunque lo fuera...

En fin, como verá, si de verdad sigue interesado en ello, hay todo un campo para su doctorado sobre este rarísimo período, por ahora cuajado de preguntas sin respuesta y de absurdos inimaginables. No puedo hacer otra cosa que celebrar su decisión y asegurarle que cuenta usted con toda mi ayuda y con mi guía para su esfuerzo. A fin de cuentas es usted bien joven, no tiene todavía cumplidos los cien años y cien lunas preceptivos antes de que alguien pueda doctorarse y vestir la muceta –hoy simbólica–, no se azore. Pero a este claustro y a mí nos satisface su curiosidad intelectual y su ya nada desdeñable preparación.

Investigue, pues, estos arcanos, si así lo desea, demuestre su dedicación, y que entonces tenga usted toda la suerte que sepa merecer y ganarse, y que su esfuerzo nos sirva igualmente a todos los demás, mozo.

domingo, 15 de febrero de 2015

Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía

El tranvía de Parla.

Cuando las cosas me cuadran mal –hablo de cifras– tengo una vieja manía. La de multiplicar y dividir. O la de sumar y restar. Y el tranvía de Parla, que ha llevado a Tomás Gómez –o esa es la razón aducida, afirman– a su entierro político por haberse electrocutado el infeliz con la catenaria, ha costado 256 millones de euros y a mí, esta cifra, me cuadró mal. Mal, no. Fatal.

Porque 256 millones de euros podrán parecerle mucho o poco a según quien, pues tenemos todos el entender embotado y los oídos entumecidos por cifras cuya magnitud ni comprendemos, por más que sean de los sudados caudales de todos nosotros, pero 256 millones suman, créanme, lo que 10.000 sueldos brutos de 25.000 euros al año y aún restarían 6 millones para organizar una oración colectiva para recibir dignamente a un Papa o para poder peregrinar mil altos cargos del PSOE a Collioure a llevarle una rosa roja a Antonio Machado y pasar allí un mes postrados en hinojos, contemplando su tumba, pues saldrían los mil peregrinos a seis mil euros cada uno, que hasta en Francia resulta viático suficiente hoy en día para pasar decentemente un mes y aún sumándole, incluso, el gasto en rodilleras. Y esta fruslería, seis millones, no es más que el pico, recuerdo.

Así pues, se presupuestó incialmente la pirámide en 93 millones, costó finalmente 142, se le sumó el IVA de entonces, el 18%, y esto sumó otros 25,56 millones, quedando así el total en 167,56 millones. Las informaciones de prensa añaden que el resto, hasta los 256 millones desembolsados fueron intereses. Fueron, no. Serán, hasta 2037. Veinte años no es nada...

Y una simple resta, 256 millones del total menos 167,56 pagados por la obra –con su IVA– deja ver que los intereses suponen 88,44 millones de euros, para dicho préstamo de 167,56. No está mal el negocio de prestamista. Y sentado en tu banco esperando. Casi un 53% de beneficio para la banca sobre el dinero prestado. Nunca parecen pocas las razones para hacerse banquero...

Más. La línea del tranvía tiene 8,3 kilómetros de largo por lo cual, 256 millones de euros divididos por 8,3 (Km), dan un coste de 30.843.000 euros por kilómetro. Casi 31 millones en la báscula. Según Wikipedia, el coste medio de un kilómetro de autovía en España fue, en el año 2013, de 6,2 millones de euros. Desconozco si con los intereses bancarios incluidos o no. Pero supongamos que no, para no abusar, y dejemos entonces la cifra en diez millones de euros por kilómetro, con su IVA y sus honestos intereses. La cifra sigue siendo tres veces inferior que la del coste del tranvía de Parla.

Alguien podrá decirme ahora que las autovías no tienen tranvías y que habrá que sumar lo que estos cuestan, con sus instalaciones, catenarias, postes, mecanismos de control y cocheras. Es cierto, pero no tengo forma de averiguar su coste. Así que supondré que cada tranvía cueste lo que diez Ferrari de los de gama alta. Digamos 400.000 euros el vistoso juguete, que, por diez, pues, suman 4 millones de euros por tranvía, y esto sin que lleven los tranvías asientos de cuero. Ni ceniceros de oro y titanio. Y, para 8,3 Km de línea, supondré adicionalmente que circulen cuatro tranvías y otros dos descansen en cocheras para eventualidades y horas punta. Son seis tranvías y suman 24 millones. Lo que sesenta Ferrari. Y el gusto que debe de dar ir en ellos. En los tranvías, no en los Ferrari.

Le sumamos a estos 24 millones del material rodante otros 12 por su financiación –es decir, por los gastos en picos, palas y azadones de don Gonzalo de Córdoba, o de Parla– y se va el parque móvil a los 36 millones. Se restan de los 256 totales, y quedan 220 millones. Dividimos por 8,3 Km esta nueva cifra y el coste por Km se queda ahora en 26.500.000, maravedí arriba o abajo. Que sigue siendo 2,6 veces mayor que el coste de una autovía. Y, aún suponiendo el doble, para considerar cocheras, catenarias, el consumo de las bombillas y el de agua y Mister Proper para restregar los vagones y dejarlos como un San Luis, el precio total por km todavía seguiría siendo más de dos veces que el de las autovías. ¿De qué habrán hecho el tranvía de Parla? ¿De platino e iridio como el antiguo metro patrón que se guarda en la oficina de pesas y medidas de París?

Y cabe añadir algún dato aún. El ancho de una autovía es bastante más que el doble del de la línea tranviaria. Es decir, alguna paletada más de cemento y asfalto habrá que echar en ellas para cubrir un metro por sesenta metros de ancho en lugar de un metro por doce metros. Y en Parla, hasta donde se me alcanza, tampoco habrá habido que cruzar pantanos con pilotes de ochenta metros de altura, desecar o desviar cauces bravíos, pasar por debajo del puerto de Pajares o del de Despeñaperros, volar por encima de una ría ni tenido que rodear una floresta habitada por urogallos o amenazados lepidópteros. Parla es una aldea manchega, tan llana como cualquier secarral manchego, aldeas y secarrales estos, créanme de nuevo, paradigmas verdaderos de la planitud y de la sequedad.

Añadir que treinta millones de euros por kilómetro, y aún asumiendo que los kilómetros a efectos administrativos sean de mil metros, que vaya nadie a averiguar, dan un coste por rebanada lineal de obra de un metro de largo y diez o doce de ancho, de 30.800 euros. O 20.000, o 18.000, si le quitamos la parte alícuota en cada metro correspondiente a material rodante y sus servicios.

Tres millones bien largos de las antiguas pesetas para instalar en cada doce metros cuadrados adoquín con su firme base de cemento y tierra bien apisonada y cuatro metros de rail de hierro. Costaron, pues, estos doce metros cuadrados de adoquín, cemento, raíl y su parte alícuota de postes y cables lo que un coche de gama media, cuajado de tecnologías a la última y que ocupa prácticamente esos mismos metros cuadrados. Si fuera un piso de 120 metros, pues, 30 millones de pesetas, o 180.000 euros, sólo para hacerle el suelo, pues el resto de partidas las he sacado fuera. ¿A qué precios contratan nuestras beneméritas administraciones las reformas de sus cocinas, pues?

De lo que no cabe duda ni más preguntarse de resultas de las cifras –y sin haber nadie todavía averiguado cómo se pasó de los 93 millones presupuestados a los 142 pagados–, con su consiguiente arrastre de IVA e intereses adicionales, es de que el ayuntamiento de Parla está en bancarrota, tan rota como estarán en banca rumbosa las casas de préstamo que pusieron el dinero. Y estar un ayuntamiento en bancarrota significa que sus vecinos disponen de muchos menos servicios, pero que pagan de su bolsillo como si se les proporcionaran los habituales, ni que decir tiene.

Y un último dato, para mejor encuadrar cifras. El Ayuntamiento de Munguía acaba de contratar, por 107.000 euros, un vehículo eléctrico de 9 plazas para trasladar personas. Extrapolando al caso de Parla y suponiendo que adquiriera su consistorio autobuses eléctricos de 20 o 30 plazas y que estos costaran, –por tratarse de Parla que, como Calahorra, parece Washington–, y por decir cualquier barbaridad de cifra, medio millón de euros cada uno, para gastarse 256 millones de euros, habría que comprar 512 autobuses. Que por 25 plazas, trasladarían, de una, a 12800 personas. El 10% de la población de la ciudad en menos de una hora. El tranvía actual da cabida a 220 personas máximo. Por seis tranvías, 1320 personas.

Sólo con cincuenta autobuses eléctricos, por 25 millones de euros, no 256, y de los que circularan 35 simultáneamente, trasladarían 875 personas (880 en 4 tranvías) y para 8,3 km habría un autobús ¡cada 237 metros! No daría casi tiempo a bajarse de uno para poder subir al siguiente. Multiplicando los 25 millones por dos, para añadir cocheras y talleres y otra vez por dos para que algo arañara igualmente quien tuviera que arañar, Parla estaría servida por un transporte de ensueño, seguramente inexistente en cualquier lugar de la tierra,  por 100 millones de euros. 2,5 veces menos de lo que ha pagado.

Y, ni que decir tiene, un autobús eléctrico de 24 plazas, no cuesta 500.000 euros, sino bastante menos. Y ni seguramente lo cueste uno de cincuenta plazas. Sólo era un supuesto exagerado para tratar de acercarse a la magnitud de las cifras del desperdicio del caudal público.

Y no, no es del todo obligatorio suponer que Tomás Gómez sea un corrupto o un chorizo. No lo es porque podría ocurrir solamente que fuera ciego, sordo, mudo y discapacitado intelectual. Lo cual sería más raro, pero también ocurre. Así que, para evitar lo primero, tendrá que demostrar lo segundo, y seguramente tendrá que demostrárselo a un juez. Y algunos de los suyos, por añadidura, se lo agradecerán harto si lo logra, pues podrán ir a reconstruirse orgullosos las manos, por el momento puestas tranquilamente a chamuscar en el brasero.