miércoles, 22 de marzo de 2017

El Reino de nunca acabar

Darían a veces ganas de decir que en España nunca se acaba nada. Tal sería el verdadero paradigma del conservadurismo y ello aun a despecho de una población que, nominal y teóricamente, si preguntada por ello, referiría en una buena mayoría ser de ideas modernas y progresistas e incluso manifestando una cierta irritación por la obviedad que la pregunta les obliga a contestar, como si tal cosa no fuera de por sí manifiesta.
Pero en algún lugar indescifrable, un lugar metafísico y moral, pero no solo, pues igualmente puede acontecer en un bar, un despacho o en un texto, literario o del BOE, parece desacoplarse lo que se declara de lo que es real, y en algún otro lugar, una ficción interminable sigue pesando más que la más material, clara y evidente de las realidades. Esa en la que se cree vivir.
No se acaba nada, y así, existen todavía carlistas y legitimistas de una legitimidad supuesta que se diluye en brumas de uno, dos siglos, por no hablar a veces de cuatro. Y de vez en cuando aún se mata por ello. Los curas trabucaires ya eran, por ejemplo, casi un chiste común entre la “intelligentsia” del XIX, pero un puñado de ellos lo reencontrábamos entre los fundadores de ETA casi un siglo después, cuando se suponía que esas actitudes las había disuelto el tiempo. Pero es que hoy, otros cincuenta años después, otros curas trabucaires y sus adláteres, le andan enmendando la plana al mismo Papa de Roma, anclados a veces en hábitos y tradiciones que el mismo Agustín de Hipona, trasplantado a nuestra contemporaneidad, seguramente daría por sobrepasados.
Y no se acaba el fascismo nunca, véase la Ley Mordaza, que hoy quiere llevarse a la cárcel a una persona por hacer chistes sobre Carrero Blanco, como no se acaba el antiquísimo fenómeno de la sacristía o el púlpito puestos al mando de lo que sea o, mejor dicho, de todo cuanto se deje mínimamente al alcance de un hisopo. Y se les sigue dejando casi todo, no sea que se les acabara algo. Por la vía legal en todo lo posible, y cuando no, por la alegal, por la paralegal, por la ilegal, por la de la práctica, por la de la costumbre, porque es lo que siempre se ha hecho... y si siempre se ha hecho así, ¿qué necesidad hay de cambiarlo? Y por nuestro bien, como añadido sobreentendido o explícito y solo dependiendo la rotundidad de tan manido aserto del descaro o de la zorrería sibilina de cada uno de sus emisores.
Los ministros siguen condecorando vírgenes como hace setenta, como hace ciento setenta, como hace doscientos setenta años. Y si bien a algunos nos choca o nos asombra, a otros muchos no les causa el más mínimo problema. Algo tendrá la Virgen para que la condecoren... Y además, ¿a quién podría hacerle daño algo así?
Es decir, la sensación es que nunca se acaba de entender la separación de la Iglesia y el Estado, y de que esta separación, como si se tratara del imposible deslindar un cuerpo y no de la separación de dos entidades unidas artificialmente, nunca se terminará de llevar a cabo. Porque no se trata de que un ciudadano cualquiera de a pie viva su fe como mejor crea, sino de que el estado, por medio de sus representantes, deshace con una mano aquello que proclama hacer con la otra, y a casi nadie le produce tamaño sinsentido el más mínimo trastorno. A las vírgenes, tiene que honrarlas y condecorarlas el obispo, y a los jueces, condecorarlos los jueces. Cuando son otros los que condecoran a quien no les corresponde, el asunto tiende a parecerse demasiado a compraventa de influencias, es decir, en definitiva, al acuerdo mutuo para meter la mano en bolsillo ajeno, que es en lo que acaba casi siempre tanta reciedumbre moral, por lo que se ve.
Además, ¿cómo podría acabarse con esa separación que nunca acaba, si incluso hoy ese 50% largo de parejas que matrimonian por lo civil, luego entregan los niños a bautizar? Porque parece el típico juego a dos barajas: –Quede bien claro, soy laico e independiente, a mí no me mandan los curas–. Pero cuando la abuela o el abuelo se ponen tercos con lo del bautizo, se entrega la criatura a cristianar, casi como el que pusiera un óbolo en cada platillo de la balanza, por si las moscas y como con mala conciencia. –Bueno, vale, yo puedo ser casi ateo o casi agnóstico (algo así como si se dijera casi virgen o casi honrado), pero los niños son otra cosa. Que elijan ellos, no sea que....–. Y luego los envían a un colegio religioso concertado. De pago, bien se comprende. Igual de malo o bueno que cualquier otro, pero es que los colegios de curas o de monjas son los mejores, todo el mundo lo sabe... Y así lo creen, al parecer firmemente. ¿Cómo puede persistir semejante acto de fe? ¿Cuánto hay de decisión personal y de, llamémosla, inocencia o libertad en ello y cuánto de responsabilidad del estado, siempre el estado, por su resistencia a introducir criterios aconfesionales e iguales para todos? ¿Será porque la enseñanza la empezaron los religiosos allá por los tiempos del rey de Bastos? El caso es que esta clase de enseñanza, como mínimo escorada hacia un bando, tampoco se nos acaba nunca, es más, prospera contra todo criterio de razón.
Y la monarquía, hoy casi ya una curiosidad, tampoco se acaba, es más, resucita. Porque aquí se acabó y la volvieron a traer a patadas, o a sofismas, que cada cual escoja según su soberana sensibilidad, pero la trajeron, que a rizar el rizo no nos gana nadie y aquí nunca se acaba nada. ¿Que el abuelo Alfonso XIII salió por piernas con el tácito y efectivo acuerdo de que nadie le tocaría ni un pelo ni un duro? Pues al nieto lo devolvemos nosotros, porque eso es lo que conviene a los españoles. –¿Es eso lo que conviene, Excelencia?–. –Bueno, es lo que yo diga. Y ya está–. Y puede entenderse incluso que a su Excelencia el General Superlativo le discutieran poco los españoles de entonces, a fin de cuentas, su civilizado modo de dirimir los desacuerdos era conocido, pero... ¿y después? Pues todos igualmente de acuerdo, que es lo maravilloso.
Lo que era bueno para Franco, fue bueno para la Transición y sigue siendo bueno y tal cual ahora mismo. Bueno para Franco e incluso para Isabel y Fernando. Ese zurcido que hicieron sus Católicas Majestades a punta de lanza y de excomunión, incluso desde las lápidas de sus propias tumbas, sigue siendo el mismo zurcido que hoy tiene que hacerse servir para sujetar las mallas de este tiempo de la red de redes. Algo así como insistir en reparar ordenadores con cincel y maza, es más, obligar a ello afirmando su clara conveniencia. Nada puede acabarse aquí así como así. ¿Qué han pasado siglos? ¿Y eso qué importa? Aquí seguimos con cátaros y albigenses, quitando y poniendo pegatinas en un bus, con Reforma y Contrarreforma, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. Acabar aquí con algo es una cosa muy desagradable a la que los bien nacidos nunca nos atrevemos. En España no hacemos esas cosas. Y amén.
Y da angustia ver, por ejemplo, cómo trata el protocolo a los periodistas o a las visitas de Zarzuela: –Vamos, vamos acabando, salgan por allí ahora, ya, vamos, vamos...–. Con una sensibilidad como la de Tejero en el Congreso. Una sensibilidad que tampoco se acaba nunca, la que regula el trato entre el poder y el súbdito. Y cuanto más baja la jerarquía de los visitantes, más apremiante y cuartelera la manera de manejarlos. Todos lo sabemos,  pero qué más dará, porque el Rey, de príncipe, era un querube y sus niñas también lo son ahora, esa es la realidad. De los príncipes y las infantas no solo se afirma por convención y razón de Estado el que lo sean necesariamente, sino que, además... –Miren, miren ustedes a estos ángeles. ¿Puede ser poco recomendable una institución capaz de perpetuarse con niños tan guapos? No, no puede serlo, ¡ignorantes!–.
Y ante semejante facticidad, se dobla la cerviz, la bisagra, el intelecto y hasta se reacomoda el gusto. Y andando. Al príncipe, hoy rey, le gritaban por esos pueblos: ¡guapo, guapo! Como a la Virgen. Y se fortalece así el binomio a mayor gloria del Estado, de la Patria y del ¡zoy ezpañó, cazi ná! Decía antes que nunca se nos acaban las cosas, como por metafísica, pero es más, ¿cómo va a querer acabar nadie con aquello a lo que llama guapo, derretido de fe, de unción, de satisfacción, de ansia de obedecer y de ser mandado? Así, ese binomio no pertenecerá a una expresión matemática muy compleja, pero a ver quien es el listo que la despeja. –Y además, nosotros, los dirigentes de los españoles, sabemos mucho mejor que tú lo que te conviene... Desfila–.
Y no se nos acabó jamás y tampoco la reforma agraria. Con el campo español se pelearon los romanos, los godos, los árabes, los Austrias, los Borbones, los ilustrados, los liberales del XIX, la concentración parcelaria del franquismo, el PSOE y el PCE de la Transición... El resultado es que ahí siguen los latifundios, algunos igual de grandes que los del Conde Duque de Olivares, incluso algunos, menos productivos. Pero no se han acabado. Otra cosa es que ya nadie hable de ellos. Lo que se acaba, por lo general, es el hablar de lo que no interesa al poder. Pero incluso ese no poder hablar es otro asunto más de los de nunca acabar.
Por lo tanto, la censura. Ya no hay censura, afirman. Se acabó. ¿Puede ser entonces que algo se haya acabado? Pues no, por supuesto. Solo pasa lo mismo que con los latifundios. Ya no se habla de ella, que es la forma peculiar de acabarse aquí algo sin acabar, pero que verdaderamente se acabe no lo permitirá el Altísimo, que tampoco se acaba nunca.
Ahora la censura es una cosa tan sutil como la Ley Mordaza o el plasma. Pudiendo llamar a cualquier cosa de otra manera, ¿para qué llamarla por su nombre? Pudiendo hacer una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como decir matrimonio sin contrayentes, ¿a qué hacer una rueda de prensa verdadera, corriendo el riesgo de que te asesinen con el canto de un folio o que te hagan algo tan abominable como una pregunta? Mejor callar diciendo alguna cosa de otra cosa y a distancia, que es lo sabio y lo político.
Aquí lo único que se acaba son los nombres de las cosas, no las cosas mismas. Ya nadie se dedica al estraperlo o a acaparar. Al acaparar se le llama ahora opciones de futuro y no esa grosería de vocablo cargado de mala intención. El aceite sube por la pertinaz sequía que nunca se acaba, y así esté inundado todo Jaén, o por culpa de Europa, de Israel, de Marruecos, de Chile o del moro Muza, no porque lo acaparen. Decir que lo acaparan es feo, no es moderno, y además, ya nadie acierta a dar con la palabra mágica, pero vieja y sencilla: acaparadores.
Y a robar también lo llaman emprender. Emprender un corso, se podría añadir. La reina Isabel de la pérfida Albión daba las patentes de corso a sus piratas favoritos, son prácticas que nunca se acaban, y aquí, en nuestro felicísimo reino de nunca acabar, menos todavía. Solo que las patentes de corso ahora abarcan mucha mayor extensión que el Caribe. Ahora, con una patente de corso adecuada, que puede entregar cualquier ayuntamiento, se hacen las Arabias, los Orientes, las ínsulas todas, el más allá y los Luxemburgos y los Mónacos, que nadie sabe bien cuál de todos esos territorios sea más fértil ni más promisorio, si uno lleva un buen trabuco y adecuadas referencias. Y no digamos ya si uno es el Primer y Más Alto Comisionista del Reino y su más rutilante Bragueta.
Así que, recuperemos la palabra censura para lo que es censura, por no acabar tampoco con ella, y pensemos en la prensa. Ya no hay censura. Eso es una verdad proclamada, al parecer. Y casi, casi, tampoco prensa. Los periódicos dicen todos más lo mismo que cuando lo mandaba decir Fraga Iribarne desde su Ministerio franquista. Pero ahora, al parecer, no es que se lo mande nadie, son ellos los que opinan siempre lo mismo, pero por su propia cuenta. Existe, al parecer, un acuerdo infinitamente universal sobre todo aquello que es lo bueno y lo conveniente. Y también sobre lo malo, lo pésimo y lo intolerable.
Lo intolerable, por ejemplo, son los titiriteros o una Cabalgata de Reyes laica, es más, son algo infinitamente más intolerable que el hambre, la miseria y la desigualdad, por ejemplo. Sobre esto también existe completo acuerdo. Y sí, estoy del todo dispuesto a conceder que una cabalgata de Reyes laica es una imbecilidad, ¿pero acaso lo es menos que una original? Una cabalgata de Reyes, como el Día del Padre, no es otra cosa que la gran fiesta de El Corte Inglés, Zara y Apple, unas y trinas, es decir, la de la Santísima Trinidad. Y el que no lo vea claro es que tiene el cerebro no ya censurado, sino clausurado. Y lo segundo es consecuencia de lo primero, a mayor abundamiento y por si se quisiera olvidarlo.
En contrapartida, lo recomendable es el impuesto al sol. El impuesto al sol es bueno para todos, para Telefónica incluso, perdón, no Telefónica, no. Telefónica no se acabó, evidentemente, pero ahora se llama Movistar, que así se entiende mucho mejor a lo que se dedica. Y es bueno para Repsol, para las cofradías de pescadores, para la hostelería, para las peluquerías, para la banca, para las charcuterías, para las eléctricas, para el PSOE y para el PP, para la Comisión Europea debe serlo también, porque en nada nos lo recrimina, es bueno para el ABC y para El País, pues no despotrican de ello, y es bueno, no, es música celestial para el IVA, el santo más sagrado de todo nuestro inacabable santoral. 
Sólo es malo para los sesenta mil ilusos que creían vivir en un país donde el BOE no es el vehículo para alimentar una estafa y que se arruinaron con los parque solares y la estafa estatal que los promovió, pero como no se habla de ellos, porque no hay censura, solo santa prudencia y mucho tacto y capacidad de calibrar y ponderar las conveniencias y las inconveniencias y lo que se dice y cómo se dice, pues nadie padece para nada por esa causa. Además, padecer por algo que es bueno... ¿Puede concebirse mayor contradicción?
Porque si el impuesto al sol es bueno para el Estado –el Estado con capitular de mármol–, es decir, para 45 millones de españoles, ¿qué son sesenta mil timados en comparación? Timados por codiciosos, además, porque querían hacerse ricos por el mero hecho de poner cuatro hierros al sol, dirán. Olvidaban los indocumentados que aquí el sol sólo sirve para hacer la vida más dura. Polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Y caso resuelto. Así que, haciendo una excepción, el sol es lo que sí se ha acabado, se ha acabado del todo, y el hecho desagradable de que siga saliendo por las mañanas, así como la existencia incluso de ese refrán infame que proclama que el sol sale para todos, no es más que otro intento de censurar por desacuerdo político al talentoso e inteligente exministro Soria, que nos trajo este apagón, tan conveniente para todos. Pero como la censura se ha acabado, pues ya no puede censurársele. Lo que está claro, está claro. Luego, callen.
Y el artículo se acabó.

¡No, por Dios, si eso es imposible! Continuará...

jueves, 9 de febrero de 2017

Ciudadanos abandona la socialdemocracia

Ciudadanos abandona la socialdemocracia. Y a mí se me aparece la imagen de su viejo mentor espiritual, Willy Brandt, retorciéndose en su mausoleo e intentando encontrar la manera de solicitarle a la Reina Isabel una mágnum de ginebra para poder desconectar de estas virguerías de la realidad ideológica aumentada. O disminuida. A saber.
Señor, ¿por qué me vienen siempre al caletre esta clase de imágenes escatológicas y surreales? Pero el Señor pasa de contestarme. No contestaba  los desesperados sonetos de Blas de Otero invocándolo... imagínense a mí, que no soy más que un obispo sin importancia. ¡Qué digo obispo, letrado del Consejo de Estado! Pero no se lo digan a nadie, no sea que decida dejar de serlo mañana mismo y no pueda... Pero felicísimo ha de ser cualquiera, supongo, que logra dejar de ser lo que jamás ha sido. Eso tiene que dar la paz y un bienestar inefable, seguro.
Sinencambio, como se dice ahora, parece que me contestara Vergara en su documentado informe diario sobre el estado de la nación en http://www.eldiario.es/vinetas/Cambio-ideas_10_609389057.html , aunque, si lo prefieren, también pueden llamarlo viñeta. Y esta viñeta en concreto, fulminante e instantánea como acero de sirlero, alumbra, a Dios gracias, el significado de la pintoresca afirmación que encabeza el texto. Y así le contesta en la misma nuestro buen Mariano Rajoy al satisfecho Naranjito: –No me extraña, fíjate que nosotros estamos pensando en abandonar el comunismo–...
¡Ale Hoop! ¡Ole tu madre, Vergara! Triple mortal con tirabuzón. Y en la caída, ni una arruga en el traje, ni un bolígrafo saliendo disparado del bolsillo y la corbata, a plomo y en su sitio. Maravilloso.
Pero ocurre que, además, o en consecuencia, me ha acudido  una imagen, al tiempo que me pregunto si la Autoridad podrá detenernos también por nuestras imágenes interiores, estilo Cifuentes, Corcuera o Ley Mordaza, de esas que tan sabiamente ayudan a los jueces a distinguir entre lo bueno, lo malo y lo peor, que sin duda no es aquello que hacemos, sino lo que pensamos. La imagen se me iba agrandando y agrandando... y sí, lo juro, he visto a Rouco Varela detrás de una pancarta y del brazo con Julio Rodríguez, Ramón Espinar, Monedero y la Infanta Cristina... Y eso ya sí que no. Se me han cuarteado las telarañas de la razón y no sé si hoy podré escribir algo coherente. Y es que no me dejan, porque miren ustedes...
Según los forenses al mando, a Rita Barberá, resulta que, tras documentado examen, pues no la matamos la recua de asesinos que hablábamos mal de sus bolsos y bolos. Qué va... Murió de cirrosis, según el autorizado informe, y a ver qué hacemos nosotros ahora, que ya estábamos arrepintiéndonos y en pleno acto de contrición por nuestra vomitiva maldad, como Alfonso Hernando nos había solicitado. –Es que la habéis llamado fea, gorda y mandona, incluso algunos mandona, pero con g, y eso, comprenderéis, no pudo sino afectarle muy negativamente... Pobre mujer.
Ya, pero ¿y la cirrosis? Si no bebía, como Francisco Rico jamás ha fumado... Si lo sabe todo el mundo. Entonces, ¿hay una explicación para esto? Pues claro. Sin necesidad de esperar a que nos ilustren al respecto Alfonso Hernando o María Dolores de Cospedal, ya se la adelanto yo.
La explicación anda en las naranjas. Es de todos sabido que el exceso de naranjas es pésimo para el hígado. Vitamina C, sí, mucha, y dicen que buena para el resfriado, pero esa valerosa mujer, sacrificándose en el desempeño de su cargo y para promocionar la naranja, producto estelar de su comunidad, ¿cuántas naranjas hubo de tomarse por obligación, le gustaran o no, antes, después y con cada ingesta? ¿90.000, 150.000 en cuarenta años? Naranjas como otros se toman chupitos o vodka o ginebra.
Pero es que dónde van ir a parar los perjuicios de una naranja cinco estrellas, de esas de 800 gramos la pieza, relucientes como el sol de Levante y del tamaño de la cabeza de un recién nacido, con los de un triste chupito. Esas bolas de ácido tiene que arrasar por fuerza cualquier hígado. Así que, las tenía que regalar la pobre, como si intuyera el daño que le estaban haciendo. No somos nadie, don Alfonso, y qué torcida e injusta es la existencia. Mire, si no, al señor Miguel Ángel Revilla, Virrey de Cantabria, con sus anchoas. Él mismo, que desparrama anchoas como naranjas la finada, ya tiene cara de anchoa y, visto lo visto, y con los estragos que provoca la sal, yo le recomendaría que se mirara la tensión. O, mejor, sugiéraselo usted mismo, que tiene más autoridad.
Pero es que siguen sin dejar que me aclare. Es una conjura de los sabios, seguro. Vislumbro en un recuadrito diminuto, en prensa de cuarta categoría, que Manuela Carmena ha disminuido este año la deuda del Ayuntamiento de Madrid en otros 500 millones, igual que el año pasado. Pues menuda bagatela, una bazofia, evidentemente, y a quién iba a poder interesarle esa chorrada en la prensa seria, nada que haya que destacar comparado con los pavorosos hechos de los titiriteros, que nadie entendemos cómo no salieron a por lo menos tres columnas en el Washington Post, ya que aquí salían a seis desde El País hasta la Hoja de los Martes de Vitigudino. Vaya nadie a entender nada.
Y lo de Podemos. Configuran dos listas diferentes para su congreso y tan inverosímil excentricidad, al parecer, constituye un auténtico manifiesto antidemocrático, porque, hojeando la prensa, hasta al más indocumentado y desinteresado le quedará más que claro que se trata de una pelea a navajazos, de una carnicería oriental, de una muestra de la avidez más infecta por el poder, de una discrepancia interna destructiva, de una falta de seriedad y de respeto por sus votantes, de una tomadura de pelo para todos esos estalinistas de carril único y manos manchadas de sangre, de cal viva, de huesos en las cunetas y de dinero negro que militan en ese partido, y resultando además evidente que no se trata más que de la despiadada pelea a dentelladas entre sanguinarios machos alfa. Porque está claro que donde aparezca un macho alfa como Íñigo Errejón, ya se puede ir apartando cualquier Porfirio Rubirosa, cualquier Casanova, cualquier Enrique VIII... o incluso un Álvarez Cascos.
Y ya me gustaría preguntarle a Albert Rivera, o a esa maravillosa pintura parlante, como de los Madrazo, que es Inés Arimadas, por ver si lograran esclarecerme en algo: Pero vamos a ver, ¿lo democrático no era hacer elecciones y primarias en la guardería, en el insti, en la asamblea de la facu y en el currelo para elegir al liberado, y en el partido, para escoger al amo? ¿Y no es eso lo que precisamente ustedes le exigen a cualquier otro partido para decidir si se ajuntan o no se ajuntan con él? Y entonces, ahora que esos satanes y judas, establecen sus primarias o sus listas al congreso, ¿resulta, que en la opinión omnia, urbi et orbi, totalitaria y universal de nuestras libérrimas e independentísimas prensa y televisión, tal cosa es el síntoma definitivo de su división incurable y de su escasa fe democrática? Pero no parece saberlo nadie, ni aun menos contestan. O será que yo no me entero.
Por suerte, parece que sí me queda algo más clara, en cambio, la exquisita democracia interna que se respira en el venturoso día a día del PSOE, donde la marujona que quiere mandar, y manda, dice que no dice ni que sí ni que no, sino todo lo contrario, y que ya veremos, y que bueno, pues que, si eso... ya os cuento, al paso que la echan de Cádiz casi que a escobazos. Feliz y hermanado partido donde, en dulce y amistosa conversación, se catapultó a su secretario general a las oscuras fosas de la militancia de base, democráticas donde las haya, y desde donde presenta su candidatura para que se la validen, se lo agradezcan y lo elijan aquellos que, con la delicadeza almibarada que se usa en estos casos, le levantaron el rabo con dos dedos, como de antiguo se le hacía a los perros, al tiempo que le aplicaban declarativa y coral patada en los mismísimos.
Y vaya y pase con que en estos tiempos confusos y ligeros ya no se estile cortarle las orejas al líder caído antes de colgarlo de una cuerda de violonchelo para después mear sobre sus cenizas todo el Comité Central y toda la Gestora, pero que este, desde su condición de ángel arrojado a las tinieblas, venga a reclamar su perdido trono de los cielos, las moquetas y las puertas giratorias con sus deslumbrantes bronces y sus incomparables sobres, ya deja ver la finura intelectual y la honda visión de futuro que caracterizan al personaje.
Porque de Aznar podrá decirse cuanto se quiera, o de Zapatero o de González, pero a ninguno de ellos todavía, al margen de cuanto les guste opinar, molestar y, en mejor castellano, dar por saco cada vez que les cuadra o se lo pide el cuerpo, se le ha venido a ocurrir todavía el volver a postularse a mandocantano al mismo coro de colegas que les señalara educadamente la salida.
Pero, en fin, el que no se consuela es porque no quiere. Porque yo, ya ven, del PP, en cambio, sí que lo entiendo todo y, sobre eso, no tengo nada que preguntarme ni de qué asombrarme, y no sabe nadie, después de los quince paralogismos con los que hay que desayunarse cada mañana, el sosiego y la seguridad intelectual que eso me produce.
El PP es la coherencia, la continuidad en la oferta y en el cumplimiento de sus designios más notable de todos los vistos y habidos desde que falleciera Felipe II. Ni el Conde-Duque de Olivares resultó menos flexible. Son un rocoso monolito ideológico, ríase nadie de la Contrarreforma, que no ha girado un solo grado hacia otra dirección desde que Franco se alzara sobre sus pierninas y, más tarde, ungiera a Fraga, aunque, bien mirado, mejor desde que Isabel de Trastámara se pusiera a juntar reinos propios y ajenos a horca y garrote y al margen de la opinión de cada uno de ellos. Y de cuyos polvos llevamos cinco siglos disfrutando de estos lodos. Pero es evidente, eso sí, que son comunistas, por la sencilla razón, además, de que ya no lo es nadie, y dejar un nicho ecológico sin explotar no es cosa que vaya a permitir ningún guardián de la caja, ni de la A ni de la B. Por eso, después de todo, no creo que el PP vaya a abandonar el comunismo, a pesar del chiste. ¿Imagina nadie a Bárcenas o a Mayor Oreja abandonando el comunismo? Yo no soy capaz, lo reconozco.
Y si hablamos de lo tocante a mantenerse en el poder, don Mariano no ha hecho en su vida ni una sola cosa mal, logro del todo comparable a los de Pedro Sánchez en su negocio... quién podría dudarlo. Tiene la paciencia de Buda y la tenacidad oriental de Deng Xiaoping. Sale de una marea negra con la camisa más blanca que en un anuncio de Vanish Gold, sale de la contabilidad extracontable y a modo de simulación con más arte que si fuera un agente triple de la KGB retratado por John Le Carré, sale de una burbuja inmobiliaria más limpio y perfumado que de una pompa de jabón, y sale de un Trillo, una Mato, un Fernández Díaz, un Wert o una Aguirre y Gil de Biedma, ¡ahí es nada! –por citar desfalcos morales verdaderamente mayores y de los que uno solo de ellos hubiera enterrado a la Merkel, a Obama o al Kaiser austrohúngaro mismo– con más donosura, desapego, despreocupación y descuido que si viniera de acariciar las cabecitas de un coro de pubillas de aquellos de la Sección Femenina que le acabaran de cantar un homenaje y entregado un ramo de flores y una ristra de ajos de nuestra ubérrima Tierra de Campos.
Y camina sobre su pasillo rodante de cabezas cortadas de propios y ajenos con la exquisita distancia y sacralidad de un zar y con más estilo que una top model, moviendo las canillas con la ligereza de un zancudo. Ha barajado con el temple de un tahúr del Mississippi –este sí, y no otros que se llevaron la fama– las cartas con las caras de los que tenía que decapitar de inmediato, los que convenía decapitar un año después y los que se decapitaban por sí solos, como el simpático Gallardón, y que, asombrosamente, nunca faltan, y todo ello con la frialdad, oficio y manejo del serrucho de un viejo cirujano de campaña de las guerras napoleónicas y con el mismo y evidente cargo de conciencia que pueda mostrar cualquier campesino con los cochinos de su matanza.
Y aún hay propios y ajenos que le niegan categoría política. Pero es más tenaz y completo que todos los héroes de su panoplia ideológica y moral, más eficaz que Carolina Marín con sus gritos de grajo, más duradero, inexpugnable y seguro que Rafa Nadal, mejor escalador de rampas imposibles que Perico Delgado, mejor defensor de su aro que los Gasol Brothers, y mejor administrador de punterazos certeros que Cristiano Ronaldo y Lionel Messi juntos.
Así que, allá los que le nieguen la categoría. Les ganará al ajedrez, al parchís, a los chinos, al tute y a las apuestas. Como lo piquen, le quita la cartera a Monipodio y la honra al Alcalde de Zalamea que, además, le darán las gracias emocionados. Y si hablamos de actores, el mejor del reino, y si de escapistas, más que Houdini y, si de esgrimidores, que se quite Alatriste. Y allá de los que quieran reírse de él, porque antes pasarán a formar parte de los ingredientes de su caldito de por las noches, cuando analiza el estado del partido. De fútbol, bien se comprende.

martes, 29 de noviembre de 2016

Ganarás el pan con el sudor de tu frente


Tiempos hubo en que al futuro se le atribuían las cualidades de la luz. Diáfano, brillante, cálido... y dulcemente promisorio, por añadidura. El término lucía verde esmeralda como la esperanza misma y cotizaba más y mejor que la manzana mordida del difunto Steve Jobs. Sin embargo, hoy no firmaría el tropo del futuro promisorio ni el más corto de entendederas de cualquier academia o facultad de bisnis es bisnis, esas que enseñan a robar sin dejar huella, y donde menos, en la propia conciencia.
Y ocurre que ese menesteroso en el que se ha convertido el futuro lo será porque desaparece el trabajo, al parecer. ¡Ahí es nada!, una lacra tan bíblica como la peste o la langosta, que perlaba de apestoso sudor las honradas frentes de los trabajadores, pero que simultáneamente, según no pocos, adornaba mazo, como de siempre han proclamado, por ejemplo, los que menos sudan. Pero entonces el trabajo –y el futuro por ende– se pone a desaparecer sin permiso ni demasiada intervención voluntaria por parte de nadie, y va quedando bastante claro que el asunto resultará una calamidad todavía peor que la propia plaga en sí.
No habrá trabajo. Lo habrá cada vez menos, gran cantidad del mismo será trabajo basura, o sencillamente semiesclavo, no hay vuelta de hoja al respecto, dicen, y esto es lo único en lo que de verdad coinciden universalmente izquierda y derecha, progresistas y conservadores, economistas y científicos, papas y popes, sabios y zafios. En consecuencia, habrá hambre incluso donde había dejado de haberla, mejor dicho, la hay ya, porque véanse las imágenes de las colas en los bancos de alimentos, en las instituciones de caridad y en los comedores sociales, y los porcentajes de niños en situación de exclusión social y algunos de cuyos padres ¡trabajan!, sí, pero cobrando incluso menos que el salario mínimo... Paisajes todos ellos de nuestra más familiar cotidianeidad, y en los que además, detrás del hambre, ya despunta, atronando, su pavoroso cortejo, tan bien representado en las pinturas de Jerónimo Bosco, siglo XV.
Y es que el trabajo desaparece como desaparecieron los candiles de aceite o las argollas para atar las caballerías, desaparece incluso el trabajo más moderno –que para nada requiere el mismo sudor que en el siglo XIII o el XVIII– y todo por la simple y sencilla razón de que cada vez más trabajo lo vienen haciendo nuevos artefactos. Porque no es ya que el trabajo se haga con artefactos, es que son los artefactos mismos los que trabajan en lugar del humano. Pequeños, grandes, enormes, microscópicos, en el espacio exterior o introducidos en nuestros huesos, en el aire, en el agua, en el bar, en su casa y dentro de nada en nuestro cernido mismo. Bueno, máquinas, no, disculpen, que eso parecería habla semibárbara, como pensar en términos de chimeneas, locomotoras de carbón o telares del siglo XIX. No, por Dios. Ahora las viejas máquinas se han convertido en objetos cada vez más sabios y sofisticados –y, sin duda, más abundantes que los sabios y más sofisticados que cualquier moza youtuber, influencer o indicadora de tendencias–, pero más eficaces, más productivos, más universales y más ubicuos y, sobre todo, capaces de hacer cada vez más cosas sin apenas necesidad de asistencia de la mano o de la presencia del hombre. Los hemos creado a nuestra imagen y semejanza intelectual y operativa con la ayuda previa de otros artefactos, y los hemos puesto a nuestros pies para que nos los abriguen en invierno y nos los refresquen en verano, pero resulta que además nos los van comiendo, y después, la rodilla, el muslo, la ingle, el ombligo... a satisfacción de todos.
Robots, drones o ‘serviciales’ apepés, instrumentación automática y autónoma, prodigios mecánicos que lo mismo producen la salud que la enfermedad, artefactos para el ocio y el negocio, para la guerra y para la paz, sistemas que juegan en bolsa como nadie y que aun pueden hundirla mejor que nadie, procedimientos para producir mucha más comida de la necesaria, para acabar tirándola, y procedimientos para generar más hambre de la que jamás hubo, ingenios para transportar y comunicar, pero igualmente para liderar, sin asomo de humano al mando, de piloto, de conducator... ingeniería que ha constituido portentosas redes de sabiduría, pero igualmente de ignorancia, que ni se ven, ni se tocan, ni se sienten, ni pesan ni se oxidan, pero con siete mil quinientos millones de humanos enredados en ellas igual que bancos de chanquetes o de atunes en las mallas de un arrastrero, redes útiles o inútiles que sean, pero de las que ya no saldremos jamás, como no salimos del invento del fuego o la rueda, que una vez llegados se quedaron para siempre. Y software todo, sofguar por encima, por debajo, en medio, por dentro y por fuera, sofguar como nuevo código genético, pero creado a nuestra necesidad y capricho, restaurador y configurador de sí mismo, y de paso, de nosotros todos, sofguar generador de sofguar que genera más sofguar generador de sofguar... ad libitum, y apenas todo ello bajo la supervisión de algunos humanos, hoy excelentemente remunerados, pero en un futuro... quién sabe.
Y hardware, ferretería desde la escala de la tuneladora a la del nanoengranaje, cacharrería de dioses, chismes que fabrican chismes más pequeños más rápidos y más listos, que fabrican chismes más pequeños más rápidos y más listos que fabrican chismes más pequeños más rápidos y más listos... como en panorámicas de insondables espejos paralelos, y todo bajo la atenta vigilancia de cuatrocientos entendidos que, en los entornos en los que trabajan, no tienen ni la más mínima esperanza de experimentar qué clase de fenómeno sea el que se les desprenda una gota de sudor, aunque, en definitiva, y para lo que aquí atañe, cuatrocientos entendidos, no los cuarenta mil o cuatrocientos mil necesarios para lograr mucho menos que lo mismo hace tan solo cien años. Con lo cual, quien recuerde todavía o haya llegado a conocer qué clase de operaciones intelectivas sean una resta o una división, que calcule el número de parados resultante.
Y, además, todos esos ‘soldados’ y beneméritos ‘ángeles custodios’ de hojalata, de fibra óptica, con bíceps al láser, patas de titanio, escudos de materiales impensables, pero reales, cañones de luz o de cualquier nueva diablura posible hoy o en una o dos generaciones, y con sus no almas de pura y genuina materia wifi o cuántica, invisible, intocable, inaudible, inhumana, hojalatas que nos ‘protegen’, queramos o no ser protegidos por ellas, mejor y más profesionalmente que Al Capone, y cobrándonos por ello infinitamente más y que, así que pasen veinte años, ‘abatirán’ mejor que cada generación anterior de esos mismos cueros, tripas y lorzas falsas, pero efectivas, hasta el momento en que no habrá ser humano, ni millón de ellos, capaces de eliminar un solo soldadito de plomo (o de gel plasmático y de íntima geometría de supercuerdas, en cuanto pasen otras cuantas lunas más).
Y entonces, surge el debate, aunque aquí con nuestros veinticinco habituales años de retraso, de sí será legítimo, o conveniente,  o ¿legal?, o aconsejable, tasar a todos esos ingenios que nos sustituyen, tan ventajosamente, al parecer, con la finalidad de que los estados o las sociedades puedan seguir recaudando lo imprescindible para atender las necesidades del todavía llamado estado del bienestar, o las de todos aquellos humanos que ya –y ya es ahora mismo, y más aún en una, dos o cuatro generaciones– que no tengan trabajo, ni posibilidad alguna de llegar a tenerlo, por la muy sencilla razón de que vaya a existir en cantidades cada vez menores y reservadas a especialistas absolutos, de una parte, y a simples esclavos a sustituir lo antes posible, de otra, y finalmente un trabajo residual o prácticamente anecdótico que sólo podrán llevar a cabo porcentajes mínimos de población.
Porque una cosa es obvia: con la actual organización de las sociedades humanas, en cualquiera de ellas, lo necesario para el sustento de los seres humanos se obtiene por el trabajo. De él derivan tanto los beneficios del capital y las sagradas plusvalías a percibir por quienes no las producen, así como los salarios y la totalidad del caudal de impuestos que redistribuyen los recursos (por hoy, monetarios, en un futuro, quién sabe) con los que se atiende todo. Y todo, nuevamente, es todo. Desde la barra de pan o el cuenco con su arroz, a la sanidad, las pensiones, la enseñanza, las infraestructuras y cualquier otro fabricado o estructura imaginable, tanto pública como privada, tanto abstracta, como pueda serlo la cultura, o tan claramente concreta como cualquier derivado de la misma, como el pintar físicamente un cuadro con tela, pinceles, etc... o construir un robot, un edificio, una presa o una estación espacial, con el pago de todos los materiales necesarios y con la retribución del conocimiento y el esfuerzo necesarios para fabricarlos y utilizarlos.
Sin embargo, hoy mismo, la realidad simple y pura es que en España el paro juvenil ronda el 40% y en el promedio de la Unión Europea, el 20%. Y esto ya no es una minoría, es todo un bloque enorme de población irremediablemente destinado a crecer en porcentaje y que, por el momento, representa la punta de lanza de lo que nos parece deparar el futuro. Y si con un 20% de parados se sobrevive penosamente y en inacabada crisis, y con un 40% se bordea el horror social, no es descabellado imaginar qué clase de acontecimientos vayan a desencadenarse cuando esas cifras alcancen el 50%, el 60%, el 80%...
Y esto se ha producido en 25-40 años, no muchos más, pero la velocidad de crecimiento del desempleo, es decir, su aceleración, se ha agudizado con la larga crisis de casi una década que ha sacudido toda la estructura económica y social del mundo y que amenaza con reproducirse y hacerse crónica, por la sencilla razón de que no se ha encontrado un mecanismo eficaz de salida para la misma y, por lo demás, mecanismo que no existe ni puede existir sin un cambio previo de los usos sociales e intelectuales que crearon y ‘justifican’ el capitalismo moderno. Y por optimismo ontológico que pueda hoy vivirse entre los grandes financieros o en los grandes grupos industriales productores de los llamados tigres asiáticos, lo cierto es que estos países alcanzarán nuestro mismo estado, el occidental actual, para entenderse, en dos generaciones o aun menos, y entonces, el problema sí será verdaderamente global.
Es decir, un probable colapso de las materias primas, empezando por el agua, y un estado de automatización general del que lo verdaderamente malo no es que vaya a dejar a la humanidad mano sobre mano, sino sin recursos para su subsistencia, al menos, contemplado todo ello desde el conocimiento y costumbres actuales. Se puede vivir muy bien no haciendo nada, por aburrido que resulte y, de hecho, millones de personas viven así, por propia elección y por poder permitírselo, pero no se puede vivir sin alimento, sin techo y sin curandero, ni siquiera por propia elección. O, mejor dicho, se podría, pero sólo regresando al estado de las bestias.
Por supuesto, el paro actual, con su secuela de catástrofes, y el paro futuro, presumiblemente mucho mayor y más generalizado, no son sino consecuencia de que la evolución tecnológica ha rebasado claramente la evolución de nuestro pensamiento y filosofía social, herederos de otra época, siendo esto la verdadera clave de los desajustes actuales. Y no es solo que vayan a faltar en muy poco tiempo las llamadas materias primas (lo cual, con ser un problema, lo es menor, en el sentido de que, en lugar de en las minas, se hallan hoy en los vertederos, de donde, obviamente, habrá que extraerlas, generando y generalizando así una nueva clase de minería que conocemos como reciclaje), sino que lo en verdad ausente ahora mismo es la capacidad de reconcebir, social y filosóficamente, este nuevo tipo de mundo en el que estamos empezando a vivir, un mundo de siervos mecánicos y de humanos apartados de la acción, generador seguro de problemas por completo desconocidos y no experimentados hasta hace apenas una generación.
Supuesto que no exista un acuerdo para ‘parar’ el progreso tecnológico, lo cual, además de seguramente imposible, parece del todo insensato, sólo cabe esperar que este, al menos, sirva de acicate para generar un parecido e imprescindible ‘progreso’ social, que incluya el aprender a manejar los efectos negativos del primero, dirigiéndolo hacia el logro de un beneficio común a todas las partes implicadas y entendido como repartición de bienes, allanamiento de desigualdades, igualdad de oportunidades y mayor y mejor asistencia a todas las clases desfavorecidas, discapacitadas, apartadas, excluidas, necesitadas...
La dificultad es que esto lleva aparentemente a entrar en conflicto frontal con nuestras más antiguas creencias y costumbres casi universales, generadoras de una especie de pensamiento único, cuyo enunciado muy bien podría ser la vieja maldición bíblica: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y que es el tipo de pensamiento o de ‘filosofía vital’ en el que seguimos anclados, a pesar de los hechos. En consecuencia, en un nuevo espacio social en el que vaya desapareciendo efectivamente el trabajo y la propia necesidad de realizarlo, tener derecho al sustento (y más) sin la contrapartida de tener que trabajar, ya no representará el postulado de una utopía, de algo que se tendría por deseable, pero no por realizable, sino que será un nuevo modo de ‘ser y estar’ en la civilización humana, una respuesta inducida por los acontecimientos, pero contradictoria con el ‘mandato’, más bien constatación, de que el pan había que ganárselo. Porque, ¿qué de malo tendría, o qué quebranto moral supondría exactamente el hecho de que no fuera necesario ganárselo, como jamás ha habido que ganarse el aire que se respira o el instinto sexual que nos empuja, sin más esfuerzo que cuatro golpes de riñón, a cumplir igualmente con el mandato bíblico, incluso satisfactorio, de crecer y multiplicarnos?
Sin embargo, es la propia ‘moral protestante’, es decir, el viejo paradigma que hoy rige las relaciones de trabajo y la gestión del lucro y el beneficio, lo que se opone frontalmente al nuevo concepto de que, para merecer un salario, ya no tiene por qué ser necesario un esfuerzo previo, lo que ahora es ya algo casi perfectamente posible, y no digamos en el futuro, desde la constatación de que si el trabajo, o la gran mayoría del mismo, nos lo harán otros, es decir, nuestros siervos o esclavos mecánicos, maldita la necesidad de emprender tareas, si no se desea, y bendita la adquirida libertad de hacer lo que a cada cuál le dé la gana, incluido el trabajar creativamente, pero por el puro placer de hacerlo, sin ninguna obligación. Porque es justo ese tipo de moral el que considera indigno, o incluso indeseable y depravado, el hecho de que un logro o una recompensa no lleguen precedidos de un esfuerzo que, en cierta medida, vendría a ‘santificar’ el resultado, y donde, huelga decirlo, lo imprescindible parece ser la santificación, es decir, algo imaginario, en lugar de todo el corolario de cosas reales, tantas de ellas beneficiosas per se, que el trabajar y el actuar implican.
Pero son los propios hechos del presente los que desnudan de contenido este tipo de moral. Ya estamos más que encaminados en la senda del vivir sin trabajar. Y demasiadas personas lo hacen ya a su entero disgusto, pero otras muchas, si bien no tantas, obviamente, a su entero gusto, aquellas que viven de rentas o de capitales acumulados, bien por su afortunada actividad y capacidad, bien por la de sus antepasados y, naturalmente, con mayor o menor división de opiniones en cuanto a satisfacción, las clases pasivas clásicas: jubilados, enfermos, menores, discapacitados y estudiantes, cuyo trabajo no se remunera, pero cuyo mantenimiento lo sufraga en buena parte la sociedad. Y, sumadas todas estas personas, en el mundo occidental, las que no trabajan constituyen aproximadamente el 50% de la población. No digamos en España, 45 millones de personas de las que trabajan 18 millones. El 60% justo es hoy el total de población que no trabaja en este país. Y sólo un máximo de dos millones de estas personas lo hace total o parcialmente en actividades de economía sumergida, la mayoría de las cuales, no exactamente por su gusto.
En llegar a lograr por completo no tener que trabajar por obligación se tardará un siglo, dos o tres a lo sumo, pero todo parece apuntar en esa dirección, y esto no ocurrirá por ninguna clase de planificación que así lo haya pretendido, sino que será el resultado de un desarrollo técnico que conduce imparablemente a que cualquier objeto realice cualquier tarea rutinaria –aunque no sólo– antes, más y mejor que cualquier persona, por lo que todo el desarrollo técnico y de la civilización en sí, salvo que se cambie por completo de rumbo, indica con claridad que en un plazo indeterminado, pero seguro, casi cualquier trabajo repetitivo o rutinario imaginable lo realizarán las máquinas, entre otras razones porque, sencillamente, lo harán mejor, quedando para los seres humanos la labor –¡voluntaria, nada menos!– de dedicarse cada cual a lo que le apetezca, si es que le apetece dedicarse a algo –un algo de carácter creativo, pues en lo mecánico ningún humano podrá en el futuro igualar a ninguna máquina–, empleando en ello su inteligencia y los excedentes de lo que, de una forma u otra, sea su retribución, y pudiendo además, casi seguramente, lucrarse adicionalmente de ello, lo cual nada tendría de indeseable, todo lo contrario.
Pero es precisamente en el término lucro donde se esconde la razón última de la cuestión. El lucro industrial o comercial es una banda elástica que se optimiza con un número máximo de consumidores de un número máximo de productos, producidos al coste mínimo posible, tanto laboral como de materias primas y de cualquier otro tipo, y deseablemente sometido todo este proceso a la mínima tasa impositiva posible. Este sería el paisaje ideal para cualquier esquema de producción capitalista. El capitalismo triunfante prima el lucro privado del accionista por encima de cualquier otra consideración y ha avanzado enormemente en la capacidad de producir casi infinitamente, e igualmente ha avanzado algo menos, pero igualmente muchísimo, en la ciencia de generar consumidores. Ahora bien, si por el lado de la tecnología la capacidad de producción apunta a un límite que sólo puede imponerlo la existencia o no de materias primas y en el entendimiento de que, mediando plazo suficiente, casi cualquier problema técnico será solucionado, por el contrario, la existencia de consumidores en número suficiente –es decir, de demanda– para esa casi infinita capacidad de producción y a costes unitarios cada vez más reducidos, la pone, en la actualidad, precisamente el trabajo o, mejor dicho, su ausencia, por la sencilla razón de que la inmensa mayoría de aquellos que no trabajan no pueden hoy consumir ni lejanamente en la misma medida de los que sí lo hacen.
En consecuencia, lo financiero y lo industrial, en su vieja simbiosis, y con su viejo deseo de conseguir trabajadores a coste cero (o casi) y, todavía más deseablemente, contratando los menos posibles de ellos y tributando impuestos y cargas sociales cero (o casi), lo cual se va logrando a base de tecnificación y robotización, por un lado, y de ingeniería financiera e impositiva (y de leyes permisivas), por otro, topan con la incómoda y nueva realidad actual de que, con la desaparición de esos trabajadores, pero a su vez consumidores, (es decir, la suma de todos aquellos que ya no son contratados por ninguna empresa y la de todos aquellos que estos antiguos trabajadores mantenían directa o indirectamente), dejará de existir buena parte de su demanda, lo cual obviamente constituiría su ruina, salvo que puedan obtenerse consumidores que consuman sin necesidad de trabajar para ello (o que precisen imperativamente consumir para poder trabajar, es decir, otros robots que para proseguir su tarea necesiten de terceros productos, como siempre será el caso).
Ahora bien, que no trabaje la mayoría de los seres humanos van a lograrlo las máquinas en un plazo no muy largo (históricamente hablando), pero que los ‘desempleados’ que no trabajen puedan consumir como si trabajaran, además de una necesidad para el capitalismo, será un muy novedoso logro de ingeniería social, cuyo desarrollo dependerá de una nueva filosofía también social, pero que está en parte por imaginar y seguidamente por experimentar, implementar y desarrollar.
Pero esta ingeniería o nuevo uso social para el futuro tendrá que habérselas, en primer lugar, con el concepto de beneficio (o lucro) y con la descrita ‘moral protestante’, hoy único paradigma global para lo social y lo productivo, además de con otra consideración hacia la que apunta claramente el futuro, es decir, la ‘legitimidad’ de producir ciertas cosas y en qué cantidades. Ya existe un cierto acuerdo, aunque con infinitas matizaciones, sobre la limitación de la producción masiva de ‘bienes’, objetos o sustancias que se consideran dañinos por unas u otras causas: por su toxicidad, por generar residuos a largo plazo, por su peligro potencial (nucleares), por razones de orden público, de políticas sanitarias, etc, como ocurre con el control de armas, de productos químicos, de drogas, de elementos radiactivos, de manipulaciones genéticas, de alimentos, de aditivos, etc...
Sin embargo, parece que todavía muy pocos consideran a muchas de las actuales y futuras tecnologías y sus derivados como ‘armas generadoras de conflictos y problemas sociales masivos’, aun cuando ya sea obvio que la tecnología acaba con el trabajo, es decir, por ahora, con el sustento de muchos, y que perjudica también en enorme medida al medio ambiente, o al menos a muchos entornos, sin que por el momento exista la más mínima intención de ‘reparar’ los daños que ha causado y sigue causando, pero daños que a cualquier ser humano desempleado, con alta capacitación o sin ella, no hace ninguna falta explicarle. No se trata de teorizaciones ficticias, no es ‘ciencia social’, no es protesta porque sí. Es que será hambre y necesidad lo que vaya a tener que enfrentarse, tan medievales como la peste o las ratas, y una previsible sociedad que, de no enmendar su camino, podrá quedar constituida en buena parte por mendigos y desamparados.
A pesar de todo lo cual, el acabar con el trabajo obligatorio y entendido como condición sine qua non para la supervivencia, a cualquiera debiera parecerle sustancialmente maravilloso, de no encontrarse gravemente infectado de moralinas varias y otras simplezas revestidas de teologías. Pero este poder acabar –felizmente– con el trabajo, pero para dar en el hambre una mayoría, sí que parece, por el contrario, el colmo de lo indeseable para todas las partes, incluida la de los que se lucran con la plusvalía del trabajo ajeno. Y es aquí donde se cruzan las variables y donde la banda elástica del lucro expresa mejor su naturaleza de objeto mental minimax.
Ese deseable coste cero de trabajo e impuestos, junto a una capacidad de producción desaforada, no es posible sin su consecuencia descrita, como ocurre actualmente y ocurrirá más aun en el futuro, la de la desaparición del consumidor, por lo que la remuneración del NO trabajador tendrá que provenir, bien de impuestos sobre la producción y sobre los robots, gracias a los que esta se alcanza y se hace máxima, o bien por un cambio copernicano del sistema, capaz de incluir nuevas razones y formas por las cuales los seres humanos reciben una retribución, por lo demás, del todo imprescindible para satisfacción de sus necesidades y para su supervivencia física. Es decir, el ser humano, para poder seguir siendo consumidor en un mundo sin trabajo, y siendo este consumidor, que no la persona, aquello de lo que necesita imperativamente el capitalismo, ha de ser retribuido o percibir un salario adecuado, al margen de que sea o no trabajador.
Y no es ociosa la mención al deseo capitalista de impuestos cero, calificando semejante deseo como de irreal o torticero y dictado solo por desmedido ‘odio anticapitalista’ por parte de quien esto escribe o de sus compañeros de viaje. Es que Apple, la primera empresa mundial, ha logrado durante los últimos veinte años pagar en Europa unos impuestos equivalentes a 500 dólares por cada millón de dólares ingresado. Es decir, el 0,5 por 1.000, o la ¡veinteava parte del 1%! Esto, naturalmente, habrá satisfecho a sus accionistas y dirigentes, e incluso cabe que a sus todavía empleados, pero qué duda puede caber sobre los efectos de estos números en lo tocante a la producción de riqueza para unos pocos, pero de miseria para muchos y que, extrapolado dicho comportamiento y sus resultados a otras decenas de miles de multinacionales, da buena cuenta de las razones de la inacabada crisis, que no son otras que las descabelladas políticas impositivas que han permitido semejante sinsentido de prácticas empresariales, que no cabe calificar de otra manera que de gravísima e indeseable delincuencia social, deliberadamente tolerada e impune.
En definitiva, la polémica sobre la posibilidad o la necesidad de retribuir o no al ser humano por el mero hecho de serlo en una inminente y en parte ya iniciada sociedad postindustrial y seguramente del ocio -aunque este ocio pueda ser, sin duda, en muy buena medida activo y productivo-, puede tener algún sentido hoy en día, cuando los que no trabajan son todavía una minoría con respecto a los que sí lo hacen. Pero conforme varíe el guarismo y cuando finalmente este se convierta en otro radicalmente inverso, y lo será pronto, no existirá tal polémica, pues esta se habrá resuelto a favor de un capitalismo extraordinariamente eficaz en lo productivo, pero bastante más moderado en lo social con respecto a sus usos actuales, es decir, un nuevo tipo de capitalismo -o tal vez otra cosa bien diferente al mismo- que se haya visto obligado a retribuir a todo el mundo, a costa del capitalismo mismo, se entiende, para que este en sí pueda seguir siendo viable, aunque evidentemente con menores tasas de beneficio y de desigualdades salariales que  en la actualidad.
Porque de lo contrario, de permitir sin intervenciones reguladores, dentro del exquisito espíritu y entender del ya más que viejo laissez faire, laissez passer, que va a cumplir trescientas primaveras con sus otoños y que ha dado de sí todo lo que podía, tanto de lo excelente como de lo pésimo, se generará una explosión social que ríase nadie de la Revolución francesa o de la rusa.
Nuestros modernos Jinetes del Apocalipsis llevan doscientos años cabalgando felices y triunfantes sin dar la menor muestra de ir a detenerse en su camino, al menos de cuando en cuando, para pensar. Pero ellos no son sino los vectores del colapso ecológico, climático y de las materias primas, el de la carencia de agua y el de la explosión de la población, y, de últimas, ese final inesperado, por novedoso, de la desaparición del trabajo, todos convergiendo hacia un punto temporal indeterminado, pero seguro, y que lo mismo dará colocar en 2050 que en 2100 o unos decenios después, y vectores a los que, con sólo yuxtaponerles la imagen de una sociedad abocada al paro y la miseria en su 70-80% y a una riqueza satrápica en un 1%, bastarán para entender el tamaño de la mina y de la mecha que vamos acumulando bajo nuestros pies con nuestra cuidada y responsable ceguera.
En resumen, los propios conceptos de salario, retribución, legítimo lucro y beneficio privado y público serán aquello que acabará siendo revisado en formas que todavía no acabamos de imaginar y en un plazo no demasiado largo, estableciendo las cuantías y las razones por los que se devengarán retribuciones sin mediar trabajo a cambio de ellas y cómo se tasarán más efectivamente beneficios y lucro, y fuera del actual contexto, incluso filosófico, de retribución entendida como premio o compensación al esfuerzo y de beneficio legítimo per se, sin someterlo a otras consideraciones para admitir o no su legitimidad y oportunidad y sin casi control, para constituirse un muy modificado conjunto de lo anterior en una estructura económica y social nueva y sostenible desde un pensamiento civilizador que, sin duda, no volverá al marxismo, pero que tendrá que alejarse del capitalismo salvaje actual en muchos de sus planteamientos, si no por aspiración intelectual del propio capitalismo, siquiera por la propia necesidad de supervivencia de una parte sustancial del mismo.
Porque, en definitiva, la gran mayoría de los seres humanos ante la disyuntiva de perder un brazo o fallecer de gangrena, suele entregar el brazo. Y el capitalismo hará seguramente lo mismo, mientras todavía le quede esa alternativa. Y de no entregarlo, fallecerá, pero no la humanidad, sin duda, como este gusta de sostener. Porque tampoco es cierto ese discurso, profundamente estúpido, entregado y además cobarde de que no existen alternativas al capitalismo actual en un mundo globalizado. Existen, naturalmente, y ni siquiera hace falta buscarlas. Están ahí y las conoce muchísima gente, queda implementarlas y regular, regular siempre y más, las sociedades, las finanzas, la producción y lo producido.

Y, finalmente, la deregulation triunfante de Reagan, Thatcher y sus muchos acólitos, además de mucha miseria para muchos y mucha riqueza para unos pocos, sí habrá traído feliz y claramente otra cosa. El imparable final de la deregulation.

lunes, 17 de octubre de 2016

Bob Dylan

No se dan los premios o los castigos –ni ninguna otra cosa– a gusto de todos, y el Nobel concedido a Don Roberto Allen Zimmerman, ni se diga. Algunos puristas poco menos que han liado la mundial a costa de la ‘extravagancia’ del comité Nobel.

Pero lo cierto es que el premio Nobel –sin duda el de Literatura y no digamos ya el de la ‘Paz’– lleva decenios condecorando con exquisita arbitrariedad a cuantos le viene en gana y frecuentemente con perfecta independencia de la lógica, el sentido común, los méritos, el ‘peso específico’ e incluso la propia relación del agraciado con la que se supone su dedicación y el título mismo del premio en sí. Por contra, el fenómeno opuesto, la no condecoración a máximos exponentes mundiales en sus especialidades, ha resultado igual de abundante y notoria. Empezando por toda una serie de científicas que se vieron excluidas de premios otorgados a colegas de sus mismas investigaciones y en las que ellas pusieron igual esfuerzo, genialidad, afán de descubrimiento y capacidad investigadora.

Y qué duda cabe de que se llevan la palma de lo incomprensible los premios Nobel de la Paz, con auténticos multidelincuentes y aun asesinos despachados como santa teresas, tan contentos y con su galardón en el bolsillo, o incluso aquellos otros otorgados a algunos que pasaban por ahí y a los que les cayó el premio como al que le toca la lotería, pero con el indudable mérito adicional de no haberse comprado ni el décimo, como pudiera ser el caso de Don Fortunato Obama, de profesión Presidente de los Estados Unidos de América, al que se le adjudicó el galardón nadie sabe muy bien exactamente por cuál razón, empezando por él mismo, lo que ni siquiera se recató de expresar con imperial y presidencial perplejidad.

Y en lo tocante a literatura, casos tan sangrantes como los de Alejo Carpentier, Graham Greene o Albert Cohen, de nacionalidades de lo más variado, que se marcharon al cielo sin su cintajo y sin su más que merecido sahumerio de incienso y su sopa de laureles, todo al parecer por causa de la Guerra Fría, aquella señora tan seca, estirada y agria.

O aquel premio, casi como un caramelo para estimular la salivación de las glandulitas infantiles de la Transición, que le cayó en 1977 al bueno de Vicente Aleixandre por el único y exclusivo mérito de no haberse muerto todavía y porque algo había que premiar de la notable Generación del 27, pero que, entre el general Franco y la Parca, en apasionante competición entre ellos, ya habían segado en su práctica totalidad.

Así que, en lo tocante a atrabiliario, el Comité Nobel destaca hace muchos decenios, y de ahí que el soponcio que le ha dado a costa de Dylan, por ejemplo, a Max Pradera, pero igualmente a tantos otros de acá y acullá, pueda resultar comprensible, pero sólo hasta cierto punto porque, innegablemente, Dylan ha sido un prodigioso letrista desde su juventud más temprana, con textos -además– tantos y tantos de ellos, de alta, original y clarísima inspiración poética, pero no solo, porque también local y universal, cotidiana y de largo alcance, y visitando desde el surrealismo a la intimidad amorosa y pasando por casi cualquier otra cosa: la provocación, el juego, el periodismo, la protesta social, la religión y la crónica de su tiempo y sus destiempos.

Dylan ha sido, y sigue siendo, un artista polifacético, siempre dos pasos por delante de sus contemporáneos, creador de un amplio y nuevo formalismo de mezclas musicales y de referentes, un investigador y un constante experimentador en su oficio y, además, una verdadera esponja, como lo fueron los casos paradigmáticos de Picasso o García Lorca, buscando y tocando –como ellos– todos los palillos y alcanzando así la consecuencia de la experimentación como sistema y emprendida por alguien competente, es decir, la de mucho hallazgos extraordinariamente felices, más la fabricación de no pocos tostones, pero logrando llevar géneros locales y ampliamente minoritarios en algunas ocasiones hasta el estatus de lo sublime, y en otras, a una amplia apreciación popular y mayoritaria, como una especie de Giuseppe Verdi de la segunda mitad del siglo XX, llegando su trabajo a ser conocido, apreciado y respetado en muy distintos lugares y desde diferentes posiciones culturales. Es decir, aquello que se llama universalidad y que, en algunas ocasiones, también el premio Nobel se aviene a premiar, incluso y a pesar de figurar en sus estatutos.

Desde luego no es poco, cabiendo añadir que en su profesión de músico y cantautor, pese a quien le pese, lleva siendo el número uno casi desde cuando no era todavía mayor de edad, y no precisamente por casualidad. Es un caso obvio y paradigmático de ese adagio de que la inspiración es mejor que pille trabajando. Y en lo tocante a trabajar, ha sido y sigue siendo un reconocido estajanovista que de ninguna manera se ha parado en la música. Dylan esculpe, pinta, dibuja, escribe y... ¡cómo escribe!, compone, viaja constantemente, provoca y crea de continuo, como todo gran artista que se precie.

Sin embargo, por desgracia y seguramente por imposibilidad, no existan hoy un Leonardo da Vinci, un Vitruvio, un Maquiavelo, un Miguel Ángel Buonarroti, para sumir al comité Nobel en la indecisión y la perplejidad. O sí, quien sabe, aunque cabría suponer que de haber existido en aquellas épocas unos premios tan cicateramente delimitados, cada uno que se le otorgara a alguno de los citados, bien por sus tratados, su arquitectura, su ciencia militar o anatómica, su pintura, sus textos, su escultura o, sencillamente, por su infinita audacia y voluntad de traspasar los límites de su oficio, ¿resultarían en galardones discutidos por aquellos contemporáneos que supieron mucho mejor que nosotros que el mundo es polifacético, multipolar y sutil, que está repleto de aspectos intercambiables, y que el saber y el arte es múltiple y amplio e infinitamente imbricado en un continuo que abarca lo opuesto, lo semejante y lo inesperado?

Pero, en fin, para enfocar mejor mi entendimiento sobre el asunto voy a recuperar un viejo párrafo de una carta que escribí, ya hará casi diez años a una persona que me es muy cercana:

« El viejo Dylan... cuánto lo he amado y cuanto lo amo, aún hecho como está un cerdo insolidario, distante, despreciativo y despreciable y endiosado. Cuántas canciones suyas tocaba, cuántos temas traduje y me aprendí, ¡cuántos!, cuánto los disfrutaba y todavía y siempre los disfruto. Cuántas noches he escrito y escribo y reescribo y escribiré oyéndole, con esas letras incomparables, originales, torrenciales, agudas, desafiantes, sorpresivas, evocadoras, amorosas como pocas, agresivas como pocas, absurdas como ninguna, repetidas por unos y otros y mar de fondo de la cultura, y no sólo anglosajona, de la segunda mitad del XX, que no es poco, me digo...

...Recuerdo a Joaquín Sabina que me contaba que NO obtuvo el permiso para incluir en su anterior disco un tema de Dylan (traducido y adaptado y que tenía ya en maqueta prácticamente final y que escuchamos); pero aún disculpándole y tratándole como a Dios sobre la tierra, y reflexionando con amargura que Dylan era tan portentosamente talentoso y sabio y mayor y viejo (tendrá seis o siete años más que él), que cada vez que alguien o él mismo hacían algo que consideraban innovador en el oficio, encontraban que ya lo había hecho él en un tema o en otro, de una u otra forma, una vez o siete y diez, quince o veinte años antes, como si hubiera llegado a su veintena habiendo hecho la carrera de cualquiera a los sesenta, y sacudía la cabeza consumido por la admiración, por la desesperanza y por la pena, no exenta de cierta envidia, me digo, la misma que yo tendría si fuera Sabina, que no es ningún idiota, y al que le constara que en su profesión existe, por suerte o por desgracia, un Dios todopoderoso, inalcanzable distante y omnisciente que empezó de sargento a los catorce y ya a los dieciocho era capitán general, antes de alcanzar definitivamente la divinidad a los veinticuatro, como lo atestigua el que dos generaciones después, y según van cumpliendo los dieciséis, a tantos –todavía y nuevamente– se les siga abriendo igualmente la boca, y con razón, para seguir proclamando su religión sobre la tierra. Y finalmente, como tantos, también le odiarán y harán muy bien, porque también lo merece por bastantes cosas, pero sus canciones las entienden y las cantan y las seguirán cantando los hoy recién nacidos cuando lleguen a sus dieciséis. »

–Dylan es abrumador–, sigo recordando ahora aquella conversación. –Cualquier cosa que se te ocurra o que quieras explorar, Dylan ya la ha hecho antes, se te ocurre algo que te parece nuevo y original, te pones a mirar y... ¡ya lo hizo Dylan!, da lo mismo un bolero que un espiritual, una pieza con olor a jazz que un corrido mejicano, un tema orquestal que otro de sintetizador, lo que te dé la gana pensar. ¿El rap?, ya hizo Dylan rap veinte años antes del rap, lo que quieras ponerte a hacer ya lo ha hecho Dylan antes... y ya está, no hay más que rascar. Él lo ha hecho antes, lo ha hecho gloriosamente bien y encima... la letra... ¡qué letras!, si es que pone hasta de mala leche lo acojonantes que son, y no es sólo que haya escrito docenas de temas aplastantes, es que cualquiera que tome un tema de Dylan encuentra un potencial asombroso para trabajar, de ahí las versiones impresionantes que se han hecho de tantos temas suyos.–

Y poco me quedaría por añadir, además de suscribirlo y recordarlo como mejor puedo, sólo mi impresión personal de que con lo que Dylan haya tirado a la basura, se obtendría una obra aseada para una docena amplia de cantautores de primera.

En resumen, hoy, un gran músico, que es además y evidentemente un hombre de letras, y nunca mejor dicho, ve discutido su derecho a un premio literario por la desgracia adicional de ser músico.  ¡Ah, vaya, los cómicos! Pero los autores teatrales también han recibido sus premios Nobel, el recientemente fallecido Dario Fo, sin ir más lejos, o hasta aquel –inconcebible– otorgado a Echegaray, y no a Unamuno o Valle Inclán, por ejemplo, y ya puestos a discrepar.

Y sí, claro, ¿por qué no podría habérsele dado este Nobel a Leonard Cohen, como muchos protestan hoy, que además de su comparable valía poética cumple el requisito adicional de tener casi un pie en la tumba, y ya puestos a tirarse a las aguas de lo multicreativo el simpático comité sueco? Pero lo tengo igualmente claro. Amo a Cohen, me ha acompañado toda mi vida adulta y lo oigo continuadamente, muchos días al año, muchas veces, mucho, en resumen, lo mismo que podría decir de Dylan. Años de saberme sus obras de memoria. Pero Dylan tiene un punto más, una marcha más, un comodín más, un más que es algo inefable y que malamente puede expresarse. Es pequeña diferencia, pero la hay. Reunido en deliberación conmigo mismo y para entregarle el Nobel, primero a Dylan, el siguiente Cohen.

Sólo añadir que yo estaría hoy igual de acuerdo con el tipo de premiado y con lo que se pretende premiar en este caso y con la idea de una apertura a otras actividades literarias, llamémoslas ‘extendidas’, que las hay, y porque Dylan –o Leonard Cohen que fuera el agraciado–, resultan dos poetas indiscutibles además de dos excelentes músicos, o cantautores o lo que se prefiera, pero dos hombres, independientemente de a cuál le hubiera caído el Nobel, que resultarían igualmente señalados por los puristas por el terrible pecado, por lo que parece, de hacer más de una cosa extraordinariamente bien.

Y es que si hacer una cosa bien ya resulta del todo intolerable... dos, no digamos. –Si cantas, no escribas y si escribes, no cantes, ¡pretencioso, abusón!–, parece que fueran aconsejándole al señor Zimmerman. Porque... ¿qué clase de mierda es la genialidad frente al nefando pecado del intrusismo?

Pero hasta en esto Dylan, una vez más, se ha adelantado a todos, con su cara de chivo y con su voz de grajo, y sin carné de escritor o de periodista. Que será lo que de verdad duele.


domingo, 26 de junio de 2016

26-J. Reflexiones para una jornada de reflexión.

Caería casi en la tentación de afirmar que, de un tiempo a esta parte, la población, en Europa pero también en USA, está empezando a votar, en lo sustancial, lo contrario de lo que le pide la mayoría tradicional de su clase política. Es decir, vota a la contra y mirando más el que sea efectivamente a la contra que cuánto le pueda convenir o no, y vista la conveniencia según no pocos poderes la predican, para que no se le lleve la contraria y tratando a los pueblos como si fueran asambleas de cretinos o de lactantes.

Esto, naturalmente, tiene que tener una explicación, porque no puede ser que pueblos modernos, formados, con buenos niveles de educación, de hábitos y costumbres, civilizados, relativamente ricos y ya avezados por largas décadas de uso (o siglos, en el caso británico) a qué es y a cómo funciona la democracia, den, de pronto y al unísono, buenas mayorías de ellos en hacer lo contrario de lo que se les pide o, más bien, casi se les exige. ¿Se han vuelto todos locos? No lo creo. No los invade nadie que se sepa, no sufren una peste, no acontecieron maremotos. ¿Qué les pasa entonces?

Y sobre cuánto les convenga o no lo que voten, que dejo expresado arriba, también puede resultar que esa coral a tutti de los poderes económicos y financieros en proclamar lo que conviene a las ciudadanías y lo que no, y en añadir que ciertas poblaciones se comportan como congregaciones de imbéciles cuando votan lo contrario de lo que esos mismos poderes dan por bueno, sea precisamente el factor más contraproducente y el que de verdad va empujando a esta rebelión de los corderos.

Porque tal vez lo que esté a punto de ocurrir es que los pueblos empiecen a cuestionarse seriamente si ese axioma neoliberal que sostiene que lo que conviene a sus industriales y financieros, en los términos y relaciones actualmente planteados, es también lo que les conviene a las poblaciones. Y de ahí que, en asuntos como el brexit, cosa esta en sustancia parecida a la caída del muro de Berlín, o a la conversión del comunismo chino al capitalismo de estado, es decir, asuntos fundacionales y precursores de otros, se vengan leyendo estos días auténticas barbaridades, antidemocráticas unas, y otras, verdaderos manifiestos de ignorancia y tergiversación.

Ignorancia o voluntad de meter la cabeza bajo tierra, eso ya averígüese, pero que en sustancia llevan a lo mismo, a equivocarse. Porque leer, como hoy, en varios medios de aquí y de allá que los “viejos” británicos le han cerrado el camino a los jóvenes, a mí me parece un paradigma de análisis torcido, errado y empastelado con principios de la mayor mala fe. Y no escatimando tal iniquidad, el primero de ellos, nuestro Felipe González, hoy, en el diario El País.

Porque bien se podría pensar también que los “viejos” británicos, conocedores de lo que era un estado social, protector, rico y próspero, armado industrial y económicamente, pero también cívica, social y sindicalmente, es decir, cuanto les permitió llevar una vida relativamente fructífera, hayan mirado a su alrededor y concluido que ese paisaje que se va desvelando y el futuro que ese camino mismo promete –futuro de sus hijos y nietos, pues del propio cualquier viejo sabe que le queda poco– no sea el deseable, y que hayan obrado en consecuencia.

Y cabiendo añadir, por supuesto, que de no pocas cosas los viejos saben más que los jóvenes. No tendrán su fuerza y energía, pero cómo negarles la experiencia y el saber acumulado. Máxime cuando padres y abuelos seguramente vivieron mejores tiempos en todo sentido, y no sólo biológico, se entiende, lo cual, en sí, ya contradice el viejo axioma de que las mejoras y la prosperidad tienden a aumentar con cada generación, no a disminuir. Luego, si disminuyen, y quién podría negarlo hoy en día, y no solo durante una generación sino dos, como es el caso, y sin mediar conflicto bélico o catástrofes, algo muy grave pueden concluir que ocurre muchos votantes, y parecerles muy necesario hacer lo posible para invertir tan descarriado camino. Y esto, quien no vivió mejores tiempos, es decir, el joven, no lo sabe, pero el viejo, sí, y obra en consecuencia.

Y puede ocurrir también que, agotada y desengañada buena parte de la población por cuarenta años de retrocesos sociales, a los que han contribuido en parecida medida las izquierdas, no sólo las derechas o, en el caso inglés, ese descafeinado laborismo actual casi tanto como el partido conservador, haya decidido un voto de castigo, uno más de los muchos que se van produciendo en Europa.

Pero, claro, el voto de castigo puede expresarse no en no votar, que es el pataleo del idiota, sino en todo lo contrario, en hacerlo en masa –en ese referéndum del brexit, hasta el 83% de los británicos, guarismo nada despreciable– y en ir a otorgar su voto a quien consideran que no está manchado por los pecados anteriores. Y esto sin atender a mucho más, porque después de décadas de votar a unos u otros con el mismo resultado, el de empeorar y empobrecerse, bien se puede acabar votando al supuesto diablo intencionadamente antes que quedarse en casa y dejarse morir de inanición o de inacción. Y, para demostrar que mucho puede haber de esto, nada como el desconcierto del ganador, Nigel Farage, un vulgar trilero, que no tiene ni la más remota idea de cómo gestionar el éxito de un voto que le ha caído de rebote, que no le pertenece y que a buen seguro dilapidará, por cierto.

Pero ocurre, para tratar de entender, que los británicos son el pueblo de Europa que más ha sufrido el neoliberalismo extremo, ese que ha generado paro, caídas de sueldos, ha vaciado los centros industriales, ha ido desmantelando el estado del bienestar y ha privatizado hasta la última brizna de cada green, para descubrir ahora que “su” British Railway, “su” Royal Mail y demás, las muy sustanciosas joyas de su prestigiosa corona, están en paradero desconocido o alojadas en bolsillos ajenos, malvendidas a vulgares gánsteres y que ya no funcionan, o que parecen las de un país colonial de los que los británicos poseían antaño y no las dignas de una metrópoli ni de lo que fueron. Es decir, sus bienes como ciudadanos y como nación se los han sacado del bolsillo y sus actuales propietarios los malversan y dilapidan a su exclusivo beneficio. Y bien lo saben ellos porque fueron los malhadados inventores de este juego o estafa piramidal con diez ganadores y decenas de millones de perdedores, en el cual nos metieron a todos, eso sí, con nuestra aquiescencia.

Porque aquel binomio infernal Reagan-Thatcher sembró aquellos polvos que trajeron estos lodos, y ahora, generada la masa crítica de descontento, la población británica ha llegado al punto de considerarse dueña de pagarlo con la UE o con su propio conglomerado financiero, esa City que al personal de a pie de tan poco le vale y menos le reparte o, por supuesto, también con sus partidos políticos, a los que con total justicia hoy consideran los principales responsable de haberlos llevado a ese estado de cosas. Y esto no es un hablar por hablar, baste considerar que los británicos han votado su salida en contra del criterio y la petición de voto de sus dos principales partidos que sumaban juntos, tradicionalmente, más del 80% de los sufragios.

Bien puede una población equivocarse de cabo a rabo en sus decisiones, es cierto, pero también lo es que llevaba décadas votando de buena fe a opciones que sólo sirvieron a la larga para beneficio espurio de terceros, que no para el propio. Pero a quien no puede perdonársele de ninguna manera la jugada es a quienes instaron tales opciones, es decir, a los demasiados políticos que, mediatizados por la economía financiera –por no escribir vendidos, que tan decimonónico sonaría–, hubieran debido mirar por el bien de la población, de toda ella, se entiende, no exclusivamente por el de una parte pequeña pero privilegiada de la misma, y siendo esto lo que con toda exactitud caracteriza los indeseables resultados a los que tales políticas llevaron en tantos países desarrollados.

Naturalmente, este discurso admite su simple y llana extensión al resto de Europa, para nada exenta de pecado. Nadie en sus cabales, tampoco, puede pensar que los franceses, de martes a jueves, se hayan vuelto buena parte de ellos neofascistas y por ello voten a la señora Le Pen. O que los italianos, pueblo fino en política donde los haya, se hayan lanzado en masa a votar por las huestes de un cómico indocumentado. ¿No será que la quemazón de votar cuarenta años a quienes no cumplieron con las funciones para las que se les eligió está llevando a la lisa y llana desesperación de tener que dar esos votos –el verdadero capital de las poblaciones y el único que, por ahora, todavía no se les ha robado– a cualesquiera “otros”, a esos que ahora se tilda de populistas, neofascistas o de extrema izquierda, pero sin querer nunca reconocer y conceder que hasta ahora los votos se le habían venido otorgando, sin aparato crítico alguno, a quienes, con su calamitoso hacer, se demostraron como los partidarios y fautores de una creciente pobreza, injusticia y desigualdad?

Y como los efectos de contagio y castigo, como los de las epidemias, no se sabe bien ni dónde ni cómo empiezan, y cuando se dejan ver suele ser ya demasiado tarde, pues corren como la pólvora, tal vez nos hayamos encontrado en esta semana milagrosa del brexit y del triunfo de los “grillinos” en Roma –¡20 puntos de ventaja sobre el candidato del PDI!– y a saber con cuáles sorpresas tal vez hoy mismo, aquí, en España, con que se haya activado de manera simultánea en tres grandes países, sin olvidar las masivas protestas francesas contra un gobierno socialista que aplica los remedios de la derecha, (¿nos suena?) la espoleta iniciadora de un proceso que lleve a un pensar diferente sobre tantas cuestiones fundamentales. Y no sólo a un pensar, se entiende, sino a empezar a actuar de una vez por todas.

Lejos de mí el no ser europeísta, lo fui desde la lactancia, pues me lo inculcó mi madre en una época en la que pensar eso, en España, superaba la categoría de extravagancia, pero esta Europa que los ingleses rechazaron por razones que tienen su peso y su justificación, tampoco es la Europa con la que yo, como tantos otros millones de europeos, seguramente una buena mayoría, soñábamos. En consecuencia, se puede fantasear tanto con reformarla desde dentro como en mandarla, y mandarse de paso a uno mismo, a paseo, tal que han hecho los británicos. Y la figura del brexit hoy bien pudiera ser como esa vieja e infalible escena del cine cómico del que le quiere soltar un sopapo a otro, falla y se atiza a sí mismo tremendísimo golpe en el pecho o estrella su mano contra la pared.

Pero no, no es un asunto cómico y los ingleses no están locos, sino hartos. Buena parte de las poblaciones en el Reino Unido y en la UE están desesperadas, se sienten abandonadan por su dirigentes, ordeñadas, explotadas y, además, vilipendiadas. Se ven como ganado en un establo y no como seres humanos. Y se las culpabiliza, por añadidura, de hacer mal todo aquello que hacían bien hasta hace pocas décadas.

El paro es hoy culpa del trabajador. El salario justo es carga insufrible para las empresas, no digamos ya las cuotas sociales. Estudiar dos carreras no es suficiente para poder trabajar, el longevo es culpable de cobrar su pensión y de su longevidad misma, el inválido, de percibir sus ayudas, el enfermo, de enfermar y de tener que ser cuidado y curado, la madre, de rendir menos en el trabajo por el mero hecho de tener hijos, el que aprobó sus oposiciones es culpable de tener un trabajo fijo, en lugar de uno basura o flexible o parcial, tan conveniente para todos. El funcionario es un vago y un absentista, el profesor, un inútil y una fuente de gasto, no de sabiduría, el obrero industrial, un residuo de otra época y el sindicalista, un peligro social y un resentido. El empleado con mucha antigüedad ya no es una persona con gran experiencia y profundo conocimiento de su empresa, es una rémora anquilosada y por eso se prejubila en consecuencia, a sus poco más de cincuenta años, a agotados y acabados empleados de banca o de seguros, pagando parte de sus emolumentos el estado y contratando las empresas para sustituirlos a esclavos bisoños que realicen su trabajo por la mitad de dinero. Y todo ello se aplaude como buena y deseable praxis, y a esto se añade el casi unamuniano principio, hoy sagrado grial de la modernidad, del ¡que fabriquen ellos! Que fabriquen con sus esclavos, referido a todos los países del tercer mundo, que nosotros nos beneficiaremos de ello. Pero… ¿quiénes se han beneficiado? ¿Los que perdieron sus trabajos? ¿Los que cobran la mitad? Y así nos fue. Pero los pueblos, tras décadas de ignorarlo, empiezan a saberlo y a actuar en consecuencia.

Este es el paisaje de fondo, hoy, en Europa o en el llamado mundo occidental. Este es el conjunto de valores que se ha transmitido incesantemente a la juventud, junto a la conveniencia, no de que traten de arreglar sus problemas in situ, sino la de largarse fuera, cuanto antes mejor, si las cosas no discurren en sus países como deben. Y quienes transmitieron estos mensajes demenciales no son precisamente los intelectos más afinados y respetados, las autoridades morales verdaderas que en cada lugar pueda haber, sino los empresarios, los mercaderes y los financieros que fueron y siguen siendo los primeros en escabullirse de toda clase de compromisos con las sociedades que los alimentan y les consienten su cada vez más privilegiada pero insensata forma de actuar.

John Carlin, quemado y desesperado por la decisión de sus compatriotas, decía hoy en El País, como conclusión de un asimismo desesperado artículo, tras afirmar que sus compatriotas se habían vuelto locos: Si el mundo no aprende de estas lecciones quizá llegue el día en el que tengamos que replantearnos la idea de que la democracia es el sistema político menos malo que ha inventado la humanidad. Mi padre, que combatió en la RAF de 1939 a 1945, decía con frecuencia algo que recuerdo mucho estos días: que el mejor sistema de gobierno era la autocracia moderada por el asesinato. Siempre pensé que era una locura y que lo decía en broma. Ya no estoy tan seguro.

Si una persona reputada por su mesura, ante este segundo y aun más fuerte revés recibido por la economía ultraliberal tras la caída de Lehman Brothers, un revés -como escribí arriba- fundacional, es capaz de descreer de la democracia misma y de casi dar por bueno el asesinato, bien se puede entender el nivel de contaminación intelectual absoluta al que el sojuzgamiento a los criterios de “lo financiero” ha sido capaz de llevar a las sociedades actuales.

Pero descanse, Mister Carlin. Sus compatriotas no se han vuelto locos, ni los franceses en las barricadas de París –las de hoy, no las de la Comuna o del Mayo del 68–, ni los griegos tratados como una posesión colonial, ni los seguidores del M5S en Italia son una compañía de chiflados, ni el 15M en España y sus posterior desarrollo político, que hoy pasará su reválida en las urnas, está formado por una banda de anarquistas antisociales, zafios y vengativos y desconocedores absolutos todos ellos de qué es lo que les conviene. Y, por supuesto, tampoco ninguno de ellos ha escrito en ningún medio palabras que justifiquen el asesinato, lo cual, por cierto, fuera de cuatro panfletos, no había visto todavía en ningún periódico serio en España desde hace decenas de años. Así que, lo que realmente no sé es si ha enloquecido el señor Carlin, el director de El País, o ambos.


Tómese varias pintas de tila el caballero y considere que quizás también pueda existir vida inteligente y hasta criterio humanitario fuera del ultraliberalismo.