viernes, 6 de junio de 2014

¡Abdicó el monarca, viva el monarca! Monarquía y República II

A mi entender, la monarquía ha jugado su baza de la abdicación en el momento exacto, con precisión suiza y visión estratégica china, a largo plazo, larga vista y con inteligencia. Y el que yo, como tantos, sea republicano no debiera interferir en el juicio, con lo cual y además, de nuevo se recibe la lección de que quienes hacen, o hacemos, es decir, los republicanos, las cosas invariablemente en contra de nuestros intereses, bien podríamos tomar ejemplo.

Porque que pintaban bastos para la Corona lo sabe cualquiera, pero cómo encajar ella misma el bolillo bien encajado, según estaba el patio, ya era cosa de bordadoras con experiencia. Pero alguien, quien fuera, atinó con el botón adecuado dentro de ese panel pavoroso donde había centenares de ellos, todos parpadeando en amarillo, naranja y rojo, más todas las alarmas sonando, y ni uno en verde que en algo sosegara al piloto.

El cuadro era el siguiente. Si no se decidía ya por la abdicación, concluía el período normal de sesiones en Cortes en menos de un mes, llegaría el verano, a cuya vuelta se preparan siempre los otoños calientes, en este caso, ardiente por los resultados electorales de hace unos días y, sobre todo, por el compás de espera que impone el PSOE para su nada imposible reestructuración, pero de la cual probablemente podría salir otro buen manojo de bastos para la Corona, de darse en sentido contrario a sus intereses dicha reestructuración, y caso de haberla. Porque el que el PSOE lleve divorciado de sus bases cuatro decenios, no implica necesariamente que estas vayan a seguir contando otros cuatro, y las bases del partido, desde luego, no mantienen, militante a militante, ni muchísimo menos, el mismo discurso que el aparato, y este discurso de ‘abajo’, que quiere subir ‘arriba’, tampoco aparenta ser favorable a la Corona. Máxime con una previsible elección por la totalidad de la militancia, pues aunque el aparato pueda controlar las candidaturas, lo cierto es que las posibilidades de control no serán las mismas, y en el futuro, menos.

Porque el garante principal de la monarquía española, por más que verdaderamente cueste pensarlo, decirlo y escribirlo, es precisamente el aparato del PSOE, pero que hoy ya no tiene necesariamente que obrar según los mismos condicionamientos que en la Transición lo llevaron a adoptar la postura que aún mantiene, pero contra la innegable esencia de su propio ser. Y la duda de la postura que adoptara el PSOE en un futuro de unos meses, que no tendría que ser necesariamente una opción republicana, sino, por ejemplo, la laxa, bien adecuada para esas almas ni frías ni calientes, pero igualmente temible para la monarquía del optar simplemente por la abstención, llevaría a la Corona a quedar solamente mantenida por, además de en, manos exclusivamente del partido de centro derecha, el PP, en libre caída electoral, puesto que de los partidos catalanistas y vascos bien poco le cabe ya esperar a la institución.

Y la perspectiva de que el PP pudiera en las próximas elecciones bajar de un tercio del total de sufragios y, por lo tanto, dejar de bloquear las reformas constitucionales y un posible referéndum sobre monarquía o república, ciertamente era y es difícil, pero de ninguna manera imposible, porque cualquier futuro vaivén a peor, tampoco imposible, en la actual situación económica, vaivén que bien podría llegar, además, por terceras vías ajenas y que la soberanía nacional, o lo que queda de ella, no puede controlar (por ejemplo, el FMI ya solicita otra subida del IVA y más contención de salarios), dejaría todo el tinglado institucional en una situación no vista desde la muerte del dictador. Y la muy respetuosa transición que se hizo entonces, por no decir obsequiosa, envainándose la izquierda la mayoría de sus postulados, bien podría no ocurrir de la misma manera, de existir en el futuro próximo diferentes mayorías. 

Además, el ejército no es el de entonces, la Iglesia tampoco o, mejor dicho, pesa muchísimo menos, aun a pesar del mantenimiento todavía de privilegios sin sentido ya en el mundo actual, y el mundo económico, el verdadero y todopoderoso poder fáctico del presente, no se casa con monarquías o repúblicas, que no son cosa de su mundo, pues por ello son precisamente los verdaderos reyes del presente y se casan con quien les da la gana y se divorcian igualmente, y de patada en la popa, si les cuadra. Y el que exista un contubernio milenario entre monarquías y poderes económicos, y no digamos ya en España, no quita que en cada ocasión en que el poder económico lo juzga beneficioso para sus intereses se las quite de en medio, igual que también, por cierto, puede adoptar el camino contrario. En resumen, se apoyan mutuamente y pueden ser amigos ocasionales por el interés, pero también pueden dejar de serlo en función de las circunstancias.

Lo cual no quita, por cierto, para que, también esta mañana, el rey haya recibido una de las ovaciones más largas de su carrera, precisamente en un foro empresarial. Y aunque en este mes veremos muchas, largas y repetidas, porque, como le dijo Mariano Rajoy a Pérez Rubalcaba, en uno de sus raros rasgos de humor, en estoy país enterramos bien, lo cierto es que da lo mismo porque, al margen de que las ovaciones agradan a cualquiera, aunque vacíen la cabeza y entumezcan el conocer, sabe también la Corona, que tiene larga memoria, como la Iglesia, que las palmas de hoy bien pueden ser pitos mañana, por no decir palos, mediando cualquier fruslería.

Y el año próximo es año electoral, y hágase el CIS el loco o no, y fuera que de verdad desconociera las previsiones electorales para las europeas, o fuera que prefiriera callarlas para no atizar la hoguera, hipótesis a la cual me apunto, lo cierto es que todas las opciones de reparto del espectro político apuntaban en estos últimos meses a una situación muy poco desahogada para la Corona.

Añádasele a todo esto la bomba de relojería catalana, también para el otoño, y la subsiguiente que siempre puede activarse en el País Vasco en cualquier momento, es decir, el viejo e irresoluto problema de la estructuración territorial del Estado y de sus separatismos, y en dos comunidades donde el PP es ya solo un partido testimonial, más el descontento social permanente por los recortes y el paro, que todos los otoños se agudiza por la caída, del todo inevitable, de la actividad turística; y el panorama se hacía de verdad descorazonador para los intereses y la estabilidad monárquica o, con mayor rigor, descoronador.

Por lo demás, plantear la renuncia monárquica a mediados del próximo año, ya en puertas de la campaña electoral de las generales, obvia el decir que llevaría a la Corona a unas perspectivas y a una incertidumbre todavía mayores y para ella indeseables.

Con todo ello, las fechas se iban cerrando porque, antes de las europeas, en campaña o en precampaña electoral, era impensable que el rey, salvo gravísimo asunto de salud, pudiera abdicar por la misma razón de incertidumbres y de posible introducción de factores contrarios a su propio interés en la campaña, y después de ellas solo quedaba la ventana de un mes para disfrutar de un período medianamente cómodo, cómodo al menos en lo referente al apoyo en Cortes, por la ayuda segura que el ya dimitido Rubalcaba se ha apresurado a prestar, con lo cual, el asunto numérico queda resuelto sin más y se puede alardear de un 80% de mayoría favorable, que es tal y además es cierto en términos institucionales, pero que cualquiera sabe que es una cuenta que cualquier tarde puede resultar como las de Bankia, a nada que otro vaivén electoral convierta a la calle en institución y a algunas instituciones les pueda señalar la calle. Y eso, por más que el sistema bien se cuida siempre de que no pueda ocurrir, es igualmente cierto que en ocasiones ocurre, y entonces es cuando los monarcas cogen los trenes, los aviones y los helicópteros hacia sus dorados y llorosos exilios.

Y, no me abstendré de decirlo: en esos casos las coronas pagan no solo sus culpas, sino y con buena demasía las ajenas, máxime en estas monarquías constitucionales y parlamentarias actuales, donde las coronas tiene un margen relativamente cerrado de actuación. Pero esto y alguna cosa más y con cierta extensión, lo expuse hace ya un año en otro texto, Monarquía y República I, en este mismo blog, que enlazo ahora, porque siempre pueden existir lectores, pobres, capaces de ir verlo, y porque resulta hoy de bastante mayor actualidad que cuando lo escribí. Hecho asombroso este, pero del que no me quejaré yo, pues solo faltaría.

http://albertocaffarattoblog.blogspot.com.es/2013/04/monarquia-y-republica.html

Con todo lo dicho, pues, el monarca ha obrado perfectamente según y para sus intereses. Su decadencia física es obvia, y de eso, nadie puede culpar a nadie, pero su ascendiente (o decadencia, ponga cada cual lo que prefiera) es hoy la tercera parte del de hace veinte años, aunque en este caso sí por culpas exclusivas del monarca mismo y de su familia.

Así, con el paso dado el lunes, la monarquía se ha asegurado el borbón siguiente en el trono, con las bendiciones numéricas todas y, por lo tanto, con las loas institucionales generalizadas, en estos días rayanas en el ditirambo, más las que vendrán que las harán pequeñas, y solo con un posible cuestionamiento efectivo, desde ahora a dos años vista, pues el moral de poco vale, y que podría depender de un vuelco electoral general, añadido a otro vuelco en sentido pro republicano, nunca imposible dentro del propio PSOE. Pero hasta ese momento el nuevo rey, a poco bien que le vayan los asuntos, estará bien asentado en el trono, caso de que no intervengan nuevos factores, hoy imponderables, o de él mismo, y con torpezas parecidas a las de su padre. Visto de esta manera, la monarquía tiene por delante casi dos años de partido sin presión y en cabeza de la tabla, que no es poco rédito. Y del caso Urdangarín y señora, ya se ocupará quien tiene que ocuparse de ello.

Porque el que a la monarquía la ayudan todos y a la república nadie no es una fantasía de republicano, sino la constatación de toda una vida, como la de que las feas nunca gana los concursos de mises. Y de la imbricación del aparato estatal de todos con la monarquía de unos deja testimonio un esclarecedor ejemplo de esta misma mañana. Preguntado el Fiscal General del Estado por un periodista sobre el posible desarrollo futuro del caso de la Infanta Cristina, el señor Torres Dulce contestó dulcemente –qué menos–, lo siguiente: –Hombre, tampoco vayamos a creer que la justicia sea el lobo feroz...–. Así que, y atragantado por el respingo, como de costumbre, por mi insana costumbre de ver el noticiero a la hora de comer, cosa que cualquier médico de familia debiera prohibir, me dije: –Vaya, pero si este señor es nada menos que el fiscal general... y lo que está haciendo, en su infinita bondad, es tranquilizar nada menos que al imputado. ¡Qué grandeza de corazón la suya!–. O, en síntesis, haciendo lo que cualquier fiscal de a pie, siempre mirando todos ellos por el sosiego y el bienestar de los acusados. Y si esto no es poderío institucional, Majestad, venga Dios y lo vea.



Y bien, terminados los antecedentes, vayamos ahora con otras consideraciones.

Pienso que en España se confunde con frecuencia la Monarquía con la existencia del propio Estado de derecho y con la Constitución que la sanciona. Es más, se oye con frecuencia decir por parte de los interesados en ello que la Monarquía fue quien trajo el Estado de derecho. Pero no es así, porque estos dos entes, el uno abstracto, más o menos, y que viene a ser la suma integral de una plétora de corpus jurídicos, y el otro, solo el principal de ellos, están bien por encima del hecho de que la Jefatura del Estado la ostenten una monarquía o una república y ambos son fundamentalmente ajenos a ello, si de verdad hablamos de Estado de derecho y de lo que es en esencia una Constitución, respectivamente.

Y del actual régimen de libertades existente, más o menos efectivo en según cuáles aspectos de las mismas, también se oye proclamar que, en buena parte, se debe a la voluntad del Rey. Yo no creo que sea así, y esto sin entrar a discutir de su mejor o peor voluntad o valía personal. La Constitución y el marco de derechos vigentes hoy en España son, con los matices que se deseen, los que corresponden a nuestro tiempo, lugar y compromisos internacionales, y cuando no era así, durante la Dictadura, y particularmente hacia su final, resultaba ya del todo obvio que, aun a pesar de la Dictadura misma, la aspiración de una buena parte de la población no era nada más que a parecerse en todo lo posible a los países de nuestro entorno, lo cual incluía necesariamente, entre otras cosas, adaptar nuestra juridicidad.

Y los ejes fundamentales del Estado de derecho y la Constitución misma fueron pergeñados en la Transición con la colaboración de una muy amplia representación de opiniones, y modificados sucesivamente por causa de nuestra pertenencia a la Unión Europea, y todo ello no fue obra del Rey o de la Monarquía más que en parte. Igual que los vehículos de una época más o menos son todos parecidos en lo substancial, lo mismo ocurre hasta cierto punto con las legislaciones, y tan difícil es atribuir la paternidad del mecanismo de un artefacto, retocado en todas partes por miles de ingenieros, como atribuir a una u otra cabeza, coronada o no, los méritos de cuerpos jurídicos que se redactan en comandita, consensuando toda clase de aspectos y que, en substancia, son extremadamente parecidos entre sí en la mayoría de los casos, aquí, en Finlandia o en Sudáfrica.

Una constitución es un marco legal y solo dice, en el caso de la española, que la forma del estado y su jefatura es la Monarquía Parlamentaria y Constitucional y estableciendo, además, muchísimas más cosas, pero estableciendo también que, mediante los acuerdos necesarios, se pueden institucionalizar otras alternativas diferentes, así como eliminar las que se acuerden. Y este poder establecer otras cosas, se entiende que debe producirse dentro de la legalidad, no a porrazos. Ese es el consenso y hasta aquí, se diría que más o menos pudiéramos estar todo el mundo de acuerdo. Y la misma Constitución señala además, es decir, incluye, los mecanismos mediante los cuales se estipulan los porcentajes necesarios a recabar para poder ser modificada de nuevo legalmente. Y más que claros, son meridianos, por lo que no resulta difícil en absoluto atenerse a ellos. Imposibilita cambios fáciles, es cierto, pero no los prohíbe. Una vez más, mediante los acuerdos necesarios, cualquier cosa podría cambiarse. Es más, deben cambiarse en ocasiones, en la medida en que la juridicidad es como la ingeniería, una obra humana que constantemente se moderniza y adapta a circunstancias nuevas y cambiantes. Lo válido antes, no tiene por qué serlo más tarde. Y aunque la jurisprudencia va más despacio que la informática, también avanza y se cambia a sí misma.

Sin embargo, lo importante en sí, es el Estado de derecho y sus instrumentos, el primero de los cuales es la Constitución, donde, más o menos, está escrito lo que se puede y lo que no, según acuerdos que siempre pueden modificarse.

A su vez, la Constitución establece también los supuestos para llamar a referéndum, estipulando nuevamente cifras y casos. Así, en general, la Constitución bien podría verse como una digna y vieja dama respetada por todos que dice una buena mayoría de cosas preciosas, sensatas y razonables, aun omitiendo otras. Pero lo malo, el pero, es a quién se las dice y cómo se la escucha y atiende, que es por donde empiezan los descosidos en la convivencia.

Y sin duda cansa oír estos días el discurso siempre machacón del Presidente Rajoy apelando a las mayorías necesarias, nunca existentes, para poder ponerse a modificar asuntos, la Constitución misma, o el convocar un referéndum sobre monarquía o república. Y cansa precisamente, y duele, porque niega, por supuesto, y con la ley en la mano, la misma ley que, sin embargo, cuando le conviene, le permite sin mayores problemas alterar lo que sea de su interés. Y porque es cierto, además, que existen mecanismos de discrecionalidad bastante absoluta, por no decir absolutista, mediante los cuales los gobiernos hacen o dejan de hacer a su mejor albedrío, rompiendo así con sus mayorías parlamentarias puntuales mecanismos de determinados consensos, que tal vez no deberían estar tan sujetos a los vaivenes de estas mismas mayorías. Porque lo cierto es que, cuando interesa, la Constitución se modifica, y en un solo día si preciso fuere, como en el caso nefando de la inclusión en la misma de las cláusulas para el pago de la deuda exterior.

Pero resulta aun más chocante el permanente atenerse unos y otros a cumplir escrupulosísimamente ciertas partes de la Constitución, y el dejar por completo de lado otras. Y esto sí que ya da para más preguntas y considerandos porque, en castellano, este uso tiene un nombre inapelable, el de Ley del Embudo, pero sobre la cual, sin embargo, la Constitución no se pronuncia, aunque bien hubiera debido. Y además, faltan casos contemplados en la Constitución que, no obstante, resultan casi obviedades a nivel de la ciudadanía, como el del derecho a la sanidad, por ejemplo, aunque sí figura en ella el de la vivienda digna, que ya me contarán los lectores... Porque, así expresado, queda serio y grandilocuente, pero no es más que un mal brindis al sol, pues no solo no compromete a nada, sino que carece de toda articulación para imponerlo, y encima, seguramente haya sido todo ello así redactado ex profeso, indicando la necesidad pero dejando su solución a voluntades jamás habidas, lo cual seguramente sea aun más grave y significativo y hace que duela más, porque viene a ser como instituir el derecho a comer jamón, pero sin fijar cantidades, ni calidades, ni frecuencias, ni tamaños del marrano y pudiendo además pasar por jamón, entonces, los muslos de ratón como los de elefante, o un saco de heno.

Son esos aspectos de la Constitución que no son sino humo; en resumen, simple filfa, paripé, irrisión. Y sobre todo ello, vienen después y además las interpretaciones de la misma, materia esta ya del todo celestial, pura patrística de la modernidad, contar los ángeles que caben en la cabeza del alfiler, verdaderamente. Porque este es otro de los grandes problemas a resolver, no ya solo el de la Constitución en sí con sus aciertos y errores, sino el de sus interpretadores a sueldo de los intereses varios a obedecer, que llevan igualmente a que se cumpla el sacro mandato con todo el escrúpulo posible para esto sí, pero para esto otro, no y nunca. Y se acabó la discusión, dejando amplios territorios de insatisfacción, sensaciones de pésima administración de la justicia y de los derechos por parte de la población, y un desacuerdo muchas veces generalizado.

Y tenemos, a mayor imperfección y carencia democrática, al gran ausente, la posibilidad de convocar un referéndum a instancias de la población, y no del poder, sobre cualquier asunto; a la suiza, para entendernos, mediante un número de firmas X reunidas por parte de la ciudadanía. Y esta sí que es la carencia de las carencias, pues aunque sin duda podría constituir la puerta de entrada para multitud de cuestiones de índole seguramente populista, como de hecho ocurre asimismo en Suiza, no se puede negar que es la forma de expresión más directa posible de la voluntad de una mayoría. Y, de hecho, de existir en la Constitución española dicho mecanismo, bien diferentes serían los usos de la clase política, que podría resultar enmendada en multitud de cuestiones por parte de la población mediante decisiones directas, claras y fundamentalmente democráticas, bien diferentes a los excesos de la representación vicaria y siempre per interposta persona, la de los diputados y senadores, atenidos fundamentalmente, no a complacer a sus votantes, sino a seguir la disciplina de su partido, lo cual necesariamente diluye la mayoría de las reclamaciones y deslíe por completo la representatividad, pero esa representatividad que, sin embargo, es la que se esgrime siempre casi como arma arrojadiza y como sagrado argumento para justificar abusos cuando se presentan reclamaciones que, en virtud de ello, encima, se tachan de ilegales y antidemocráticas. Todo lo cual, contemplado nada más que con un poco de distancia intelectual, parece propiamente un espectáculo circense y no algo investido de la necesaria seriedad que la política demanda.

Porque, de disponer de un mecanismo siquiera medianamente automático de referéndum y por exigente que fuera éste sobre el número de firmas, la población, que se supone y dice la Constitución que es la depositaria última y verdadera de la soberanía, dispondría así de un verdadero sistema de control y de contrapeso sobre los órganos que la representan –o que no nos representan, como reza el eslogan–, y no solamente de ese tardío recurso al pataleo que son las elecciones cada cuatro años, siempre a toro pasado y mucho después de los hechos, y sometidas además a toda clase de violencias y tergiversaciones institucionales, vía masaje televisivo y mediático, y por la bastante incomprensible de la mixtificación de la voluntad de los votantes en razón de la Ley Electoral, esta en sí, realmente otro circo y verdadera catástrofe antidemocrática, con algunos casos en verdad insultantes, como el del valor y representatividad de un mismo número de votos emitidos en según cuál lugar del país, y con los cortes obligatorios, además, de los porcentajes mínimos, que no solo eliminan la riqueza que supone la abundancia y diversidad de ideas, por más que algunas fueran peregrinas, sino recompensando en todavía mayor demasía a los que ya han ganado de por sí, siendo esto un perfecto ejemplo, uno más, de refinada injusticia antidistributiva también en este campo.

Así, todo el sistema, que se desgañita hablando de transparencia, pero que no dispone todavía ni siquiera de una ley al respecto –uno de los dos países de Europa donde aún pasa esto, tengo entendido– y que, sin embargo, proclama a toda hora su inocencia y buena intención, no permite de ninguna manera ser ‘auditado’, ni mínimamente, por la población, remitiendo solo cada rectificación de decisiones ad calendas graecas de las siguientes elecciones. Es decir, en resumen, vuelva usted mañana con sus molestas quejas.

Y, por todo lo citado, el debate sobre monarquía o república y sin necesidad siquiera de entrar a ponderar sobre las bondades de una o de otra, queda simplemente rechazado por el sencillo sistema de la dilación permanente. Mañana, mañana, mañana... Rechazo sobre el referéndum y sobre su mera posibilidad, rechazo sobre la transparencia de las actividades y acciones de la Casa Real y sobre la propia necesidad de su existencia o no, rechazo a debatir sobre la representatividad democrática y el control de las instituciones, sobre las cuentas de los partidos, sobre los mecanismos para controlar la corrupción, sobre una nueva ley electoral, sobre el problema territorial. Y descubrimos hoy que, además, y después de cuarenta años de reinado, resulta que tampoco existían previsiones, legislación ni estatus alguno sobre la abdicación y el abdicado, que hay ahora que improvisar en tres tardes, como si no hubiera en el país más juristas que bares, como si fuera un asunto de marcianos, ontológicamente imposible, y como si no hubieran abdicado ya hasta el Papa de Roma y la mitad de los reyes del entorno. 

Es el no hacer, más el no dejar hacer, la política del perro del hortelano y el someter toda cuestión de urgencia al pudridero, los dos cajones que enseñaba Franco, según la anécdota seguramente apócrifa, pero intelectualmente más que ben trovata, el de los asuntos que solucionaría el futuro y el de los asuntos que ya había solucionado el pasado. Franquismo puro y duro, pues, pura abdicación de la realidad; en resumen, confiar en que el problema, cuando explote, le explotará en las manos a otros. Y, Virgencita que me quedé como estoy, como último y refinado instrumento de reflexión intelectual, jurídica y política.

Y sí, muchos queremos una república, y es por la misma razón por la cual la gente prefiere un portátil a una pizarra, una cuestión de lógica de los tiempos y de modernidad, de preferir bombillas a candiles, por más que también de los segundos se puedan reportar algunas ventajas. Pero es igualmente verdad que, en los términos planteados, lo que falta en realidad no es más que muchísimo más Estado de Derecho, mucha más representación de la voluntad popular, pero la cual, por cierto, y en el caso de la Monarquía, también podría resultar no ser republicana.

Y, en definitiva, el personaje-florón al que se coloque, constitucionalmente, al mando supuesto, pero representativo del Estado, sea éste rey, sea presidente –y digo supuesto, porque el mando real evidentemente lo detentan otros personajes en otros lugares y del todo ajenos a la soberanía y a la elección y control democrático de los mismos, aunque eso sea otra cuestión–, creo que es asunto definitivamente mucho menos importante que todo lo anterior. Será tal vez una cuestión de corazón y, seguramente, incluso de estética, pero ni el rey ni el presidente de la república son quienes ayudan a comer, a vivir, ni establecen derecho alguno. Los sancionan y, a lo sumo, incluso pueden instigar a que se satisfagan necesidades, pero este es trabajo de otros y es con mucho el más importante.

Y no digamos hoy, cuando es la casa lo que se cae por los cuatro costados, el gas se escapa de las tuberías, los cristales están rotos, el tejado deja entrar el agua, pero los vecinos, por lo que discuten, es por la derrama para comprar una alfombra y por su color y dibujo. Y además, todo lo que digan los catorce de familia que andan gritando en el salón se la trae al pairo al abuelo, que se ha quedado con el mando del televisor en el bolsillo y que de ninguna manera piensa devolverlo. 

Y por supuesto, será manido, pero también viene a cuento, preguntar si esta república-panacea que muchos preferimos será la república francesa o la norcoreana, esto al margen de que, si fuera uno a leerse sus respectivas constituciones, se parecerán más de lo que cualquiera imagina. Por lo tanto, y algún político también lo ha señalado, primero habría que, entre los republicanos, pero también entre el resto, ponerse a hablar y alcanzar acuerdos sobre de cuál república exactamente se estaría hablando, y con cuál entramado constitucional habría que urdirla, para empezar.

Además, y de últimas, resulta siempre que es más la discrecionalidad del poder que la Constitución quien verdaderamente dispone y hace o deshace, y que, por lo tanto, otra de las cosas a las que convendría mirar con mucha seriedad, y también antes, es hacia estos mecanismos de discrecionalidad del poder, legislando sobre cuáles poderes discrecionales serían de verdad necesarios, y en según cuáles supuestos, para evitar que, so capa de eficacia y operatividad, la excusa habitual y sempiterna, el poder de cada momento se lleve, de hecho, la Constitución por delante u obre como si no existiera, como tantas veces ocurre.

¿Un ejemplo? Asunto libertad de expresión, cortesía de un lector, es el siguiente, no por pequeño –no es un desahucio–, sino una mudanza voluntaria, menos significativo.

http://elventano.blogspot.com.es/2014/06/la-casa-del-rey-obliga-el-jueves.html

Y a resultas de todo ello, la Monarquía y sus partidarios, hoy mayoritariamente pertenecientes a partidos de la derecha española, y lo cual, por cierto, no fue así en el primer tercio del siglo XX, han tomado los deseos del republicanismo al pie de la letra. Y salmodian todos ellos igualmente y con el mismo entusiasmo: España, mañana, será republicana. Mañana, mañana, mañana.

Y mañana será siempre mañana mientras los partidarios de la república no ganen unas elecciones y tres quintas partes de este país se pongan de acuerdo para revisar bastantes cosas que hoy parecen demandas de simple justicia y claras necesidades de este tiempo, modificando la Constitución en lo que sea necesario y se acuerde, permitiendo referéndums por iniciativa popular, instaurando salarios sociales, garantizando la sanidad sin excepciones, construyendo y alquilando viviendas populares de propiedad del Estado, con los beneficios sociales que ello supone, controlando escrupulosamente el gasto público y auditando severamente –y antes– cada razón para acometerlo, más la transparencia en sus licitaciones y resultados, dando preferencia a la enseñanza pública y considerándola lo que es, una cuestión estratégica y la principal inversión de futuro generadora de riqueza y estabilidad, respetando y vigilando el medio ambiente, cuyo deterioro es otra inmensa fuente de gasto innecesario, fomentando la igualdad entre sexos y sancionándola legislativamente de manera efectiva mediante leyes vinculantes, arbitrando protección para las gestantes y la infancia y ayudas a las familias, pero sancionando todo ello igualmente mediante leyes para que se cumpla, y no al estilo del ojalá simple del derecho a la vivienda digna... carente de cualquier efectividad jurídica y fáctica, como la que pueda contener una oración o un ruego a cualquier deidad.

Y, finalmente, juzgando a las personas detentoras reales de derechos inalienables que solo pueden ser retirados cuando estos perjudiquen a terceros de manera objetiva y comprobable, y estipulando estos derechos claramente como existentes y pertenecientes al marco exclusivo de las preferencias personales de cada cual y sobre las cuales ningún estado tendría nada que decir: expresión, reunión, libertad de cultos y de opinión y propiedad de las personas sobre sus cuerpos, es decir: aborto, eutanasia y testamento vital sin otros condicionantes que los imprescindibles para evitar que estos se vean mediatizados por la voluntad de terceros, libertad de consumo de sustancias cualesquiera y la legalidad de las mismas, incluso de las que lleven al deterioro de la salud, pues de igual manera matan el conducir, el trabajar y el alimentarse mal, y a nadie se le ocurre prohibir los medios de transporte, el azúcar, la sal o el trabajar en andamios.

Y la totalidad de lo dicho es por completo independiente de la forma de representación del estado y atañe a cuestiones de mayor calado y significación para el bienestar de las sociedades y de las personas que las forman. De esta y de cualesquiera otras.

Por lo tanto, ¿libertad para optar por monarquía o república? Sí, por supuesto y apenas se pueda, y exigiéndola permanentemente en la calle y en toda otra clase de foros pertinentes, pero este no es más que uno más de los derechos que por el momento nos están vedados. Y por lo tanto, el principio de su solución, hoy, pasa solamente por un triunfo electoral que dé los números suficientes para poder modificar la Constitución y sus omisiones, dirigiéndose en primer lugar a discutir a fondo sobre la propia legitimidad democrática del prohibir asuntos que para nada tienen que ver con el derecho penal o el delito y que en nada recortan los derechos de nadie. Resuelta esa primera cuestión, tan cara a los autoritarismos en general, el resto vendrá por añadidura.

Y hoy, horas después de publicado el artículo, veo que don Andrés Rábago, El Roto, ha publicado hoy esta síntesis del estado de la cuestión, tan esclarecedora y lapidaria y, al tiempo, tan perfecto resumen de lo aquí expuesto, que no me resisto a enlazarla para mis lectores.

http://elpais.com/elpais/2014/06/05/vinetas/1401988655_004525.html 

Amores, pues, que son votos, y sin ellos, no quedará otra que seguir sentados esperando en las gradas del circo, pero pagando, para seguir viendo los tristes números de las antaño hermosas fieras, hoy mansamente amaestradas.

lunes, 2 de junio de 2014

Podemos. Ojalá puedan.

Sin duda, y a falta de más materia gris circulando por ese tejido conectivo que debiera ser el análisis de la realidad, el mejor análisis político del 25-M ha resultado ser uno sintáctico, el de Juan José Millás, con su podemos, pero del verbo podar. Bendito sea el escribano.

Y los norteamericanos, encantados de haberse conocido, con el New York Times proclamando que 'podemos' es traducción tal cual de yes we can, y cerrando con esta profunda verdad analítica el asunto, dejando así asimilado para su público a don Pablo Iglesias con Mr. Fortunato Obama, que ya es clarividencia.

Don Carlos Floriano, en cambio, algo más rústico él que el periódico arriba citado, está seguro, en cambio, de que Podemos fue quien rodeó su domicilio, es decir, algo poco más o menos como señalar al cabecilla de una violación en grupo. Y tal ha proclamado como glosa única del hecho y sin mayor alteración en la cuidada onda de su senatorial cabello.

Doña Esperanza Aguirre, en cambio, más maciza ella –ideológicamente, bien se entiende– y presa de un ataque de pánico dinástico, como conviene a todo buen aristócrata, ha señalado, como el que señala a una víbora, que Podemos son abiertamente republicanos. Pues como ella infractora de tráfico, más exactamente, es decir, meridiano, pero con la diferencia de que lo primero no es delito ni infracción alguna, pero lo segundo sí. Y qué vamos a hacerle, doña.

Don Felipe González, por su parte, proporcionando material de primera y listo para el uso de otros grandes pensadores de digest, informa de que Pablo Iglesias es bolivariano, al tiempo que otros próceres, estos del PP, postulan de él el que se trata, sin más, de un marxista, ¡pavoroso aserto!, que dicho hoy en día de quien sea, viene a equivaler a insulto y exabrupto mayor que tildarlo de terrorista, asesino y genocida, además de mentarle a la madre.

Y no, no he leído aún de nadie, es cierto, que declare que el flamante eurodiputado sea también darwinista, por seguir con los más infectos próceres del XIX, pero todo se andará, seguramente. Yo, por mi parte, no puedo dejar de observar que lleva coleta, y estirada además, lo que le achina los ojos, dejando así bien clara su adscripción maoísta. Líbrenos, pues, Dios de tamaño Diablo, Ave María Purísima, y vayamos todos a Génova, a rezar una novena por la salvación de España y la conversión de los rojos.

Qué pueda traernos, pues, semejante extranjerizante, como vulgar traidor afrancesado, por no apearnos del XIX, solo Dios puede saberlo y esto entonces sólo podrá explicárnoslo su intérprete local, el Cardenal Rouco quien, sin embargo, aún no ha dicho esta boca es mía, contra sus hábitos más inveterados, lo cual es verdadero misterio glorioso, pues no se conoce asunto local que no trate como de su cátedra y no nos deje sentenciado y esclarecido con su espiritual penetración.

Pero lo cierto es que don Pablo no sólo se ha dado el gusto de ser el astro naciente de estas elecciones, sino que se ha y nos ha regalado el incomparable placer de dejar con el culo no sólo al aire, sino en rigurosa pompa y expuesto al público escarnio al mismísimo CIS con todos sus sabios calculistas, cabalistas, muñidores y cocineros de grandes perolos, a los institutos de demoscopia, a las informadísimas fundaciones de bancos, think tanks y partidos, a los enterados de reservado de restaurante de lujo, a los mejores ‘analistas’ de cada plaza, hemiciclo y taberna, a los tertulianos de todas la horas, a los chismosos, a los chisgarabís y a las muñecas chochonas y a los gallos de corral que se gritan como bacantes ‘analizando’ por todas esos platós que cumplen hoy en día las funciones de aquellos ateneos y casinos de pueblo que se nos fueron para no volver, pero que eran los mentideros de antaño donde se cocinaban las cosas del futuro que habría de venir, pero siempre de otra manera.

Y de todos ellos ni uno, pero ni uno, les otorgó más de un escaño. Pero lo más hermoso del error, lo más significativo, tal vez, lo verdaderamente espléndido, es que aún y todavía, ya a toro pasado y estando ya bien claro de cuál pitón derrota el morlaco, insisten hoy en decir en que son votos antisistema, sólo emitidos por gente joven, por desconocedores e insensatos, en fin, por el lumpen, sin más, simple carne de botellón. Pero yo, a día de hoy, y en encuesta urgente, conozco y he hablado con más personas de media edad y la más mínima trayectoria antisistema que imaginarse pueda que afirma haberles votado que con esa gente joven (y en consecuencia idiota, como no queda otro remedio que leerles, además, entre líneas) que según el parecer de tan eminentes tratadistas son su único sustento electoral.

Porque a los señores analistas y sociólogos, tal vez, y a demasiados institutos de demoscopia y demás oidores y veedores de lo social parece escapárseles, aparentemente, precisamente esa ‘transversalidad’ de la que tanto hablan todos, pero que tan mal parecen entender. Porque, efectivamente, el discurso y el entramado social ya no se mueven estrictamente por ideologías, como también tantos proclaman, pero sin darse tampoco demasiada cuenta de lo que esto significa, porque lo que realmente ocurre es que una plétora de estafados, a falta de ideologías a las que poderse acoger, pues todas los traicionaron, empieza a manifestar su desencanto con los estafadores empezando a dar de pronto, pero por fin, a pesar de los inacabables esfuerzos de los medios ‘oficiales’ de comunicación, con el sencillo y definitivo método de votar a otros o de no votar en absoluto, y opción esta última, por cierto, que ya es la de la mayoría.

Y el voto –o el no voto– se desideologizan y transversalizan por la sencilla razón de que ya no se trata de asuntos de preferencias y matices, de simpatías, sino para demasiados de supervivencia, comida y salud, y eso sí que son palabras mayores, porque cuando un padre o una madre, votantes del PP o del PSOE, y eso es lo que empieza a dar lo mismo, ven que sus hijos, a los que ha pagado sus estudios con el esfuerzo que esto generalmente supone, llevan ya en el paro cinco y diez años y a su cargo, mientras conserven su trabajo, los que lo consigan, y han tenido tiempo de ver y de hacerse conscientes de que ni con unos ni con otros gobiernos no sólo no se ha solucionado el problema sino que se ha agravado sucesivamente, mientras contemporáneamente se ha tenido que asistir al rodaje de inacabables película de gángsteres y de terror, pero pagando cada cual de sus bolsillos actores, medios y decorados, las diferencias ideológicas simplemente se evaporan y lo único que se oye por tabernas, barriadas, hospitales, cuarteles y además, y esto sí que es novedad, también en las más tradicionales casas de gente bien es: –Yo a estos sinvergüenzas no los voto más–.

Y el corolario, entonces, es que se tenderá a votar más a los que más coincidan en el aserto de arriba, por primario que sea, que a quienes llevan dos décadas de incumplimientos repetidos, y no sé a quien pueda sorprenderle la reacción. Porque si te roba tu banco, te vas a otro. Si te roba un tendero, te vas a otro. Si te roba tu hermano y aún sintiéndolo mucho, porque le querrás mucho, seguramente lo mandes también a paseo. Y si te roba tu partido, que no es tu mujer, ni tu marido, ni tu hermano ni tu hijo, te vas a otro y si este otro partido también te roba y engaña, te vas a otro más. Pues faltaría más. Y te irás de mala gana, seguramente, pero te irás. Y este es el punto en el que nos encontramos, en Grecia, en Portugal, en Italia, en España, y en los que llegarán al club.

Beppe Grillo se llevó hace un año el 25% de los votos de toda Italia. Esto se consideró entonces entre las gentes de orden de medio mundo punto menos que la revolución francesa. No ha sido tal y el M5S ha administrado –y a mi entender como al de muchos– pésimamente semejante rédito. Y sin embargo, en las europeas, a pesar de la brutal barrida del neo presidente Renzi, todavía se ha quedado en el 21,5% de los sufragios. Y todas las campanas de los amantes del buen orden han repicado aliviadas, aunque, mirándolo bien, no sé de cuál alivio puedan presumir, porque habiéndolo hecho peor que fatal, todavía mantienen ese muy alto porcentaje. ¿Y qué significa eso? Pues ni más ni menos que existe un monto muy elevado de desencantados que no quieren volver a dar más su voto a quienes ya se lo negaron mientras sus comportamientos no cambien radicalmente, y es hermosa palabra esta en este punto, pues es precisamente el quid de la cuestión, la radicalización. Y ahora el socialista Renzi ha recibido un cheque de más del 40% del electorado, en Italia una cifra fabulosa, literalmente un plebiscito, por la gran fragmentación de partidos allí exostente, pero es un cheque envenenado, dado a cambio de sus reiteradas promesas de cambiar el sistema y que se verá muy sustancialmente reducido si no las cumple.

¿Y a quién le irán entonces a votar? Pues no a él, pero ya tampoco a Berlusconi y, como aquí, seguramente a ninguno de los que cortan el bacalao al estilo de para ti la cabeza, para mí los lomos... E irán a donde tienen que ir, a quienes prometan regenerar el sistema, sean capaces o no de ello, pero no cabe duda de que el primero que lo consiga u ofrezca la sensación de estar de verdad en el camino de ponerse a ello y pueda mostrar algún resultado se verá inundado de votos, allí y en toda la Europa del sur. Y el mismo, aunque opuesto discurso vale para Francia, porque sencillamente la sensación es que un buen porcentaje de las poblaciones ya no toleran pacientemente a quienes lo hacen todo mal y siempre y de manera sistemáticamente impune. Y si quien promete un aire nuevo, a pesar de todos sus pesares, se llama Marine Le-Pen, allí le van los votos. Es el voto de la desesperación, sin más, y puede no gustar con mucha razón, pero es legítimo quitárselo a los incompetentes para ver si otros son capaces de algo. Que luego no sea así, tampoco, será con mucho lo más probable, pero es absurdo pedirle a la población más finura política, democrática e intelectiva que a los supuestamente más que preparados mandos, pero que, sin embargo, la llevan una vez y otra al despeñadero, so capa de ayudarla y mientras otro colega les mete la mano en la taleguilla mientras escuchan los dulces cantos de sirena.

Y la tendencia del próximo futuro es que ya no será el nombre de partido lo que valga, y aunque pueden cambiarle el nombre al partido y, para ejemplificar, hacer de Caja Madrid, un viejo y aristocrático apelativo que antes significaba seguridad y solidez, pero que terminó dejando su nombre a una estafa piramidal, para entonces tener que llamarlo Bankia, como tapando el desaguisado, aunque no sirva ya para nada, porque todo el mundo está al cabo de que el uno es el otro y que se robó, mintió y estafó y que se tuvo que volver a robar a los robados para tapar entre todos el desfalco. Y, por lo tanto, ya no vale nada llamarse PP o PSOE como no lo vale llamarse bodegas Ruiz-Mateos si no se vende lo que se dice vender y si el vino no es vino, sino vinagre, y además más caro que el vino mismo.

Porque el mismo mecanismo del mercado, ese mismo ente tildado de inexorable y que tantos pretenden que organice el mundo sin regulación alguna y como por arte de magia, será quien también empieza a dictar en Europa la suerte de los entes políticos, porque, y esto es curioso, y casi como una burla en la cara a los que quieren desligar la política del control del mercado, esa misma dinámica de la eficacia del fabricante y de sus productos y del deber de atenerse cada producto a lo expuesto en la etiqueta, mecanismo sensato y justo y al cual todos nos hemos ido acostumbrando aprendiendo a reclamar cada vez que nos timan, es la tendencia que aflora y se irá aplicando también a las relaciones de los ciudadanos, no sólo con las marcas y los fabricados y los servicios, sino también con la propia política, gestionada y usada como un producto más y a cuya publicidad, más pronto que tarde, no le quedará otro remedio que tener también efectos contractuales. ¿Se imaginan ese día?

¿Queríamos muchos productos?, pues bien, ahí los tenemos, pero cuando todo ya es un producto y un fabricado, incluso aquello que antes no lo era y jamás se gestionó ni pensó como tal, nos encontramos con que las mismas leyes que regulan productos y producción acabarán regulando política, partidos e incluso ideologías. Y esto sí será un giro copernicano. Y ya no servirá ser la vieja señora PP, PNV o PSOE, cargada de joyas y cicatrices y que da consejos trapaceros a los nietos, sino que las cosas acabarán yendo en palacio como van en APPLE o SAMSUNG, que si hacen dos teléfonos malos seguidos se van al garete y no digamos ya si, además, se les puede demostrar la agravante de mala fe.

Por lo tanto, si hoy Luz y Sonido S.A. vende una porquería de televisores y la General de Automoción unos coches con los que se mata la gente antes y mejor que con los de la competencia, se les imputa legalmente por eso, esto les acarrea consecuencias penales y además pierden la clientela, por su avaricia; con las ‘marcas’ políticas acabará pasando lo mismo, pues la gente educada en unos usos adecuados para según cuáles cosas, acabará exigiendo que estos sean generales y para todo, política incluida, y obrará en consecuencia ante las estafas. Y lo mismo estafa y engaña el que vende un televisor de 40 pulgadas que tiene 36 y se avería al cabo de un mes que el que dice que bajará impuestos, pero los sube, o el que afirma que no sostiene económicamente a la Iglesia Católica, pero la sostiene. Si un ciudadano ‘contrata’ (pues en esencia tal cosa es el voto) a una bandería de su gusto atendiendo a lo que dice que hará en su programa electoral, esto los ciudadanos lo perciben como un compromiso similar a otro compromiso comercial y cuando este se rompe unilateralmente es obvio que la otra parte tiene el mismo derecho a desvincularse. No digamos ya cuando, como es el caso, de por medio hay perjuicios ¡y cuáles! Y en este espejo nuevo de la transparencia y eficacia, asociadas al compromiso, es donde tendremos que mirarnos las sociedades y donde se desarrollará el partido entre los partidos, pero con reglas, pues las necesita todo espectáculo.

Podemos y el amplio territorio de descontento en el que ha crecido este nuevo partido y donde crecerán otros, hijos ellos del 15-M, es de suponer que hayan aparecido para quedarse y seguramente para crecer. El sistema es claro que se les opondrá con toda su energía de macho alfa moribundo porque los teme más que a cualquier otra cosa, pues lo que está en juego son sus privilegios, hoy ya semejantes a los de la vieja aristocracia que cercenara la Revolución Francesa, pero es igualmente cierto que son tantas sus culpas que es, en la práctica, también su principal impulsor y necesario mentor. No habría Podemos si quienes podían hubieran hecho su deber. Es así de sencillo. Y el rosario de declaraciones lindantes con la imbecilidad que se ha escuchado sobre ellos esta semana a esta misma hora, de celebrarse hoy elecciones, debe de haber ya multiplicado sus votos por tres. Está en sus manos hacerlo mal, como Grillo, o hacerlo mucho mejor, pero es claro que el horizonte cercano lo van marcar ellos porque quienes de verdad pueden, no quieren. Es decir, les están dando, nos están dando, leches de crecimiento, que se diría en la farmacia. Pero, por seguir con los dobles sentidos, además, cuantas más leches repartan, y tentación ya no sólo, sino también la tendencia clarísima del momento en el Ministerio, más Podemos. Pocas ecuaciones minimax más claras.

La izquierda española está muy fragmentada, pero hoy, numéricamente, es preponderante. Articularse como una fuerza de futuro le será fundamental, como lo será también articular una verdadera transnacionalidad en los movimientos tendentes a llevar de nuevo a una vía solidaria y social a esta Europa de los mercaderes por completo descarrilada, que no es la que nadie quería ni esperaba y que ha despilfarrado en veinte años un capital de ilusión casi inimaginable.

Y en el trasfondo de nuestro aquí, estos partidos anquilosados, anclados a musiquitas machaconas en mítines de polideportivos, donde no arrancarán jamás un sólo voto más de nadie que no sea ya su votante y que se permiten decir hoy, y casi se diría que creerse, pobres insensatos, que el éxito de Podemos se ha debido a la presencia televisiva de su líder en tertulias y medios. ¡Los dueños de la televisión, los dueños de los telediarios, los protagonistas sempiternos con sus candidatos, ministros, diputados, altos cargos y todos los apparatchick posibles compareciendo en todos los medios, a toda hora y por largos años, diciendo ahora que la guerra de la tele se la ha ganado el terrible comunista de la coleta!

La tele es suya, la banca es suya, la calle también, la Corona seguramente, los ovarios incluso lo son, por no hablar de los bolsillos, pero la guerra de la tele la han perdido y, encima, van y lo admiten. Vaya por Dios... ¿Se habrá parado alguno de ellos a pensar en los mensajes que emiten por la tele? ¿En el espectáculo diario y bochornoso del yo no he sido y si alguno de los míos lo ha sido, tú más? ¿En el rosario de imputados de unos y otros desfilando hacia el juzgado y la trena?, ¿En el constante proferir de amenazas hacia quien les cuestiona y en el no me temblará jamás la mano en hacer lo contrario de lo que dije y lo contrario de lo contrario de lo opuesto y en todo lo que me dé la gana, además?, ¿En mentir con un descaro tal que no engañan ya a ni a los más cortos de cada casa? ¿Es que es posible en una sociedad cada vez más moderna,  informada, más independiente de los medios oficiales, más sabedora al minuto de cuanto acontece, el que se trate de comunicar y convencer con modos y argumentarios del siglo XIX, con disfraces de opereta, con frases hechas y vacías y repetidas en tan nauseabunda cantidad que ya sólo su mero enunciado y escucha se han convertido en un chiste opresivo y sin sustancia?

Vengo de escuchar ahora mismo a Pablo Iglesias entrevistado por Ana Pastor. Emite un discurso coherente y sólido en la medida en que también es utópico. ¿Pero quien dijo nunca que la utopía no pertenezca con toda legitimidad al territorio de la política? Tan legítimo puede resultarle a cualquiera soñar con un premio de la Primitiva como soñar con un futuro mejor basado en algo más que en el azar o en el rezar. Iglesias es un profesor universitario, con dos licenciaturas y un doctorado, pero al contrario que muchos de su condición dedicados a la política, habla un castellano correcto y comprensible, habla idiomas, improvisa a buena velocidad, sus frases contienen orden y sustancia, no ha hecho su carrera en un coche oficial al amparo de un aparato opaco y secretista, viene de la calle y de la vida normal, no de los despachos exclusivos y no desbarra ni dice más simplezas que sus opuestos. Podrá estar equivocado para muchos, pero no pierde su tiempo en coquetear con la audiencia, en sonreír constantemente como si fuera idiota y no deja pasar una. Transmite su mensaje con seriedad y serenidad, contesta a lo que le preguntan y entra al trapo cada vez que hace falta. Aún no ha robado, ni tenido tiempo de contar demasiadas mentiras ni de incumplir promesas. Quizás lo acabe haciendo, como todos, pero su futuro dependerá en parte de no hacerlo, es decir, de seguir diferenciándose del resto. Vende diferencia de manera muy competente. Y si al final le entrega un paquete al cliente que contenga de verdad diferencia, le irá bien, si no, por supuesto, será uno más.

Pero a día de hoy, en este desierto, Podemos representa a lo que hoy, finales de mayo de hace tres años, floreció en el 15-M, pero parecía que jamás iba a poder sustanciarse. Y el PSOE, desgarrado y roto por la realidad de una trayectoria errática, semi deshecho en Cataluña, hundido en Madrid, donde ni con la inverosímil ejecutoria del PP han sido capaces de arañarles un voto, amenazado severamente de una escisión o un abandono de votantes que vendría a dejarlo en la mitad de la mitad, totalmente desligado de la realidad, de la calle y corresponsable y cómplice cierto y necesario del mal gobierno y la corrupción, debería de mirar a su izquierda con muchísimo más miedo y respeto del que pueda mirar el PP a Podemos. Pocos votos podrá quitarle Iglesias a la caverna del Cid Campeador, salvo a los arruinados por la misma, pero al PSOE podría dejarlo literalmente en la huesa a poco que se empecinen en equivocarse unas cuantas veces más. Y por muy mal camino andan al respecto, por cierto.

España, con el problema territorial suyo habitual aún más desestructurado y cuestionado que nunca desde la transición, si es que es posible, igual de invertebrada a lo Ortega que hace cien años, con la peor crisis económica desde la Guerra Civil, con una deuda exterior equivalente al PIB de un año y que se ha ¡triplicado! del 2006 a hoy, en ocho años, lo que significa, para entenderlo, que cada español le debe, hoy, los réditos completos de un año de su actividad a los prestamistas de su gobierno y entidades públicas, con un paro endémico que le hubiera cuestionado la posibilidad de gobernación al franquismo mismo, en recesión completa de todos los logros e indicadores sociales, con sueldos caídos a los de hace tres lustros y con una tasa de desigualdad y de pobreza que la sitúa a la cola de Europa, con Chipre, tiene todas las razones y los números para necesitar, pedir y exigir una sacudida de la cabeza a los pies.

Es tarea gigantesca para cualquiera que se proponga acometerla, y supuesto, además, que le dejen, pero sí hay algo muy claro. Sabemos ya perfectamente quienes no son capaces de acometerla. Que venga otro a intentarlo con otros medios pudiera bien ser una llamada a la política de perdidos, al río, pero, ¿Alguien sabe de otra solución? Probemos una vez a repartir algo más, como propone Stiglitz, porque repartiendo menos, ya hemos visto a dónde hemos llegado. A hacer los mejores trenes del mundo, cuando no descarrilan porque después de gastar mil millones se ahorra en quitar veinte señales, y siempre a mayor gloria de las multinacionales, de los cortadores compulsivos de cintas y de los comisionistas. Pero que circulan vacíos, no por miedo, sino porque nadie puede pagarse el billete. El país que asó la manteca, en resumen. Hemos llegado al extremo insensato de que cada vez que se inaugura una obra, incluso necesaria, incluso excelente, y aparece el mandocantano cortando el cintajo, en lugar de comentarios de estupor, o maravilla o de mediano acuerdo, lo único que se oye en la taberna o en el comedor familiar, cuando algún ciudadano despistado mira al aparato es: –Otros doscientos chalets que se habrán hecho cuatro hijos de puta...– Y lo terrible es que es cierto.

Por favor, que alguien se lleve a estos locos a una casa de reposo. Pablo Iglesias mismo, si puede. Que nombre no será lo que le falte al gachó, desde luego.

martes, 28 de enero de 2014

Protestar sí sirve, escribir sí sirve.


Existe un discurrir, un ruido de fondo, en buena parte soterrado, sobre las protestas de la población, pues es asunto al que unos y otros, entiéndase PP y PSOE y demás partidos ‘de sistema’, por llamarlos de alguna manera, prefieren no prestar demasiada atención mediática y dedicarle demasiadas declaraciones (que no en sus privados conciliábulos, pues les preocupa, y cómo), protestas causadas por todo aquello a lo que la ciudadanía está sometida y que son crecientes en todas partes, y en todas sus vertientes y variantes.

Hay avisos templados y destemplados del gobierno al respecto, apoyo de la oposición y comentarios con la boca pequeña (ya sabemos, ya saben todos, no hay que dar alas...), amenazas veladas y también leyes más coercitivas, y abundancia de discursos dirigidos siempre en el sentido de que, en democracia, el poder no puede tolerar determinados comportamientos a los que tilda de forma sistemática como antidemocráticos.

Pero este sempiterno sacralizar o satanizar regímenes políticos solo por su nombre, es vicio (y tontuna) bastante antigua, pues cualquiera sabe que lo importante no es el nombre, sino los hechos más aquello que se procura y cómo en lo que atañe al bien común y amparándose siempre en los nombres, considerados como evangelios, para acabar finalmente vaciándolos de todo contenido, como ya va siendo el caso.

Porque el discurso tiene la fuerza intelectual de lo siguiente: como nuestro régimen político dice ser en lo formal el de una democracia parlamentaria que atiende a las necesidades y anhelos de todos y ha sido votado por todos, las protestas no son comprensibles, atentan contra dicho régimen democrático y, en consecuencia, no pueden ser otra cosa que perniciosas y si no son todavía ilegales, habrá que procurar que lo vayan siendo. Y los emisores del flato se quedan así tan contentos y realizados, como si las inundaciones se pudieran parar con palabras y no con sacos terreros y mucho trabajo de muchos, y esforzado.

Pero claro, también cualquiera sabe que el paso de tildar a las protestas de anti democráticas, para así ilegalizarlas, queda siempre bien cercano al de preguntarse, de paso, por la salud mental de los ilegalizados, incapaces de ver las bondades de ese régimen ‘democrático’, y de ahí a empezar a pensar en ensañamientos o gulags, más o menos severos, más o menos hipotéticos, ya quedará poco. Y, desgraciadamente, demasiados conocemos también que esos son caminos que se andan con entusiasmo, particularmente en limusina, reconociendo el terreno, pero luego tienen que recorrerlos los reeducandos a pie y, preferiblemente con nieve o, en nuestra versión más vernácula, al sol y sin agua, pero siempre a mayor gloria de la ‘democracia’.

En paralelo, este estado de queja permanente, con sus quejumbrosos, entre los que sin duda me cuento, lleva, cada día con más frecuencia, a consideraciones por parte de los mismos sobre la utilidad de las quejas mismas, por lo general nunca atendidas, o mal y muy poco. Y en este sentido, se preguntaba por ello, por la utilidad de las quejas y de las suyas propias, este domingo pasado, 26 de enero de 2014, Javier Marías, en la trasera de El País Semanal, o como se llame ahora el acreditado colorín.

Y sólo quiero decirle que yo me encuentro, sin más, en condiciones de contestarle. Es útil, don Javier, sí, es extraordinariamente útil. No una queja, ni un escrito, el de cualquiera, el de usted, con nombre o sin él, ni cincuenta ni cien y el mío menos. Ninguno de ellos en sí vale para nada. Pero si es útil y determinante la fuerza del número, la creación del estado de opinión.

Es útil lo que lean uno o diez solamente, que en teoría no vale para nada y más lo que lean diez mil o un millón. Es útil todo por la sencilla razón de que crea un estado de opinión capilar, que se extiende muy lentamente a ras de suelo, que es personal y vivido de uno en uno, considerados individualmente los ciudadanos, pero que es lentamente socializado y que permea y al tiempo justifica y hace comprender la sensación de desasosiego de cada cual, de tantos, de tantísimos, que se ven así englobados en una realidad social que es casi, hoy, la de una anti iglesia verdadera, la de una feligresía no militante, cierto, pero hoy sin duda la más amplia y antes o después, poderosa, que es la feligresía de los desdeñados, los engañados, los robados, los parados, los estafados, los despedidos, los mal atendidos, los explotados, los maltratados y la de todos los muchos etcétera que hoy ya nadie desconoce, del ama de casa al alto cargo, del lumpen al doctor en jurisprudencia, pero que ya, en la práctica, va pareciendo esa inmensa mayoría de la que hablaba el poeta.

Porque este es el verdadero efecto del goteo de la queja frente al goteo, igualmente inacabable, de las prevaricaciones y de las cosas perpetradas en contra del bien común. Crea opinión y crea conciencia, y eso ya es un paso fundamental que lleva al siguiente, como le ocurre, les guste o no, a los cuerpos en movimiento.

Porque esa misma ‘marea’ de los médicos y el personal sanitario en contra de ese desafuero sin nombre de la privatización de la sanidad madrileña, y que ha tardado, de concentración semanal en concentración semanal y a furor di popolo, un año en ser escuchada, no por el gobierno, sino por la judicatura, es la misma marea que lleva a que no se pueda entrar en taberna, oficina, casa, colegio, ambulatorio o despacho donde ya no se emita y reemita parte del mismo discurso quejumbroso, negativo, pues otro de verdad no es posible y, afortunadamente, cada día más insumiso, sobre el estado de las cosas.

Porque además, cuando a quien se le oye quejarse, cada vez más alto y mejor razonado es al médico, al jurista, al periodista de renombre, al catedrático y al famoso también, y así sea famoso o famosa sólo por la mostración de sus curvas o por peinarse mejor que nadie o por dar patadas incomparables a un objeto de cuero, y además al político de tercer escalón y al profesional liberal y al maestro, al mecánico, al tendero y a la de la manicura, y ya no solo a los tradicionalmente ninguneados y despojados de toda la vida, como el parado, el mendigo, la viuda, el desahuciado, el enfermo y el depauperado económico –antes pobretón–, lo que viene a oírse entonces es el sonido de la crecida del Ebro, por la sencilla razón de que lleva, mucha, mucha, mucha agua. Y a estas alturas de avenida, ya pocos tontos deben de quedar que no la oigan, aunque descartando, eso sí, a los sordos de profesión.

Por lo tanto, todo sirve para hacer caldo, para parar esta locura e insensatez. Nada en concreto valdrá de mucho, pero el conjunto crece, las incomodidades que experimenta el poder para seguir adelante con sus usos habituales y radicalmente empeorados en los últimos lustros ya aparece a diario en los periódicos, y esa manera de actuar, de imposición en imposición, de mandato en ukase y de ordeno y mando en porque lo digo yo, se les hace cada día más difícil de sostener. Y tanto es así que ya no solo cabe esperar en un vuelco electoral, pero que siempre puede traer pareja, además, la perpetuación de los mismos hábitos, sino que la esperanza verdadera, viene del resultado de este estado general de opinión y de las movilizaciones, esas que tanto execran, pero que son las primeras que, por primera vez en largo tiempo, paralizan proyectos y actuaciones evidentemente contrarios al bien público.

En este sentido, la sucesión de reveses e incomodidades, en parte llegados de la judicatura, a la que se han visto abocados los gobernantes y los principales partidos, indica claro que es posible que se haya superado un punto de inflexión, no ciertamente en lo económico, como el gobierno propala día a día y nadie cree, pues la losa del paro es exactamente la misma, y estrangula al país en cualquier aspecto que se quiera considerar, sino en la actitud de la población que va pasando lentamente del pasmo, el acobardamiento y la pasividad a un estado de intervención más activo y menos sumiso.

Por ello, seguir haciendo sangre con las teclas es imprescindible, porque cuanto más se diga algo, más será oído e incluso algo más, también, será escuchado. Y hoy Internet, las redes sociales, los blogs y el periodismo en la red son cada día más eficaces en la transmisión de unos mensajes en los que el común cree cada vez más, y nada más que por razones del propio sentido común, al mismo tiempo que deja de creer, de comprar y de ver los medios tradicionales de comunicación, irremediablemente infiltrados por el poder, por no utilizar el manido vendidos, pues tanto la prensa tradicional como no digamos ya la televisión, ocurre sencillamente que ya no sirven contenidos que la gente aprecie o crea.

Y, razón muy de más, las movilizaciones sí son efectivas y más lo son cuanto más se parezcan a las movilizaciones tradicionales y hoy ya por completo olvidadas del viejo movimiento obrero, de los movimientos reivindicadores del voto, del femenismo, de mejores salarios y condiciones sociales, en fin, de aquellos momentos del gran salto social del primer tercio del siglo XX, con todas sus conquistas y su sentimiento de una nueva y legítima posesión y disfrute de derechos, antes siempre negados y cuestionados, y que es todo aquello que hoy, precisamente, se está pretendiendo negar y retirar a las ciudadanías.

La ejemplar huelga de basura de Madrid de este verano pasado; la también ejemplar movilización del sector médico JUNTO a la población también madrileña en reivindicación del sector público sanitario; el éxito de la protesta popular en el Gamonal, en Valladolid, precisamente contra uno más, uno cualquiera y seguramente uno pequeño de los infinitos gastos innecesarios en los que la administración, da igual local que autonómica, entierra los sudados impuestos de la ciudadanía, en lugar de proporcionar con ellos los imprescindibles servicios comunes; la creciente y previsiblemente exitosa movilización contra la disparatada y anacrónica ley del aborto del Ministro Gallardón y el goteo constante de demostraciones de que la población, acá y allá, ya no desea tolerar usos que considera caducos y deleznables, no es más que un verdadero torrente de buenas noticias dentro de este río que todavía nos lleva de las muy malas.

Pero otros usos sociales para el futuro cercano ya se imaginan y crecen y van siendo viables, hay medios de oponerse para conseguir éxitos puntuales, para hacerle la vida más difícil a quienes nos la hacen imposible.

Y la receta es, y precisamente contra quienes la esgrimen como burda plabrería, la democracia misma y su admirada hija natural, la transparencia. Daba hoy verdadera gloria democrática leer como la Generalitat Valenciana denuncia en los juzgados e investiga las fugas de información sobre aspectos tan abracadabrantes o bochornosos como esas clases a precio de oro tomadas por el mandocantano local.

Es decir, lo que se investiga son las fugas, pues, la posibilidad del conocimiento público de ciertos hechos de gobierno, pero no lo que sí se debería investigar según el sentido común, que es el dispendio y el despilfarro de los altos cargos en fruslerías, cuando la población se muere de hambre, no, pero sí de paro y de abandono por parte del estado de sus funciones, aquellas para las que se le sufraga. Eso es lo que les preocupa de verdad a esos altos cargos, y es extraordinariamente bueno saberlo, y es extraordinariamente bueno saber que les hace daño y lo temen y que ponen por ello denuncias y querellas, porque indica exactamente el camino de lo que hay que hacer y hacerles. Y eso que hay que hacer es denunciar y es filtrar, filtrar y filtrar, anónimamente y como mejor convenga, airear. Y que se sepa, que se conozca, que se venteen los contratos, los cambalaches, la juridicidad torcida que está detrás de tanto y tanto acto inútil de gobierno.

Porque orear y ventear, véase el caso Bárcenas, véase Snowden, es democrático, es necesario y es sano para el bien común. Deben conocerse los malos comportamientos, qué los causa y qué los permite para poder ir al meollo y atajarlos. Desconocer es antiguo y casi viejuno, como se dice ahora, lo sanitario, lo saludable es saber de lo que no se quiere que se sepa, porque es evidente que si no puede hacerse público es porque es pernicioso y además, y seguramente, ilegal. Razón pues de más para escarbar, para averiguar, para conocer. Cada mecanismo de chanchullo, de conchabamiento que se destripe y se haga del conocimiento público, ya no podrá utilizarse con la misma facilidad, ligereza y sensación de impunidad. No cabe duda de que se arbitrarán otros, pero el acoso social, informativo y jurídico a quienes nos acosan, antes y más, con su mal hacer y, además, sólo y exclusivamente para robarnos, es sin duda la respuesta. Y esta necesidad de claridad pasa necesariamente por que la sociedad, o sus jueces, pueda ponerles sus propios papeles delante de la cara, avergonzarlos y empapelarlos con sus propias firmas. No habrá cosa a la que teman más, y por eso hay que hacerla.

Porque lo que hay que hacer es precisamente acabar con los aspectos por completo innecesarios de la privacidad de ciertos actos públicos y por parte de los servidores públicos, privacidad que si bien es necesaria para determinadas actuaciones en beneficio de todos, no lo es cuando las actuaciones son sólo para beneficio de algunos, pero llevadas adelante con los caudales de los impuestos y con el único objeto de apropiarse ilegalmente de parte de ellos.

Y quien mejor puede airear toda esa montaña de estiércol es precisamente la larga legión de personal subalterno por cuyas manos pasan los secretos de los callados matrimonios entre tantos servidores públicos con los gánsteres, y eso cuando gánsteres no lo son ellos mismos. Y contra ello, hoy solo nos protege, dicen, una pretendida transparencia que apenas existe en la realidad.

Pero si esta transparencia verdaderamente indispensable es lo único que puede protegernos de verdad de la cacicada y del mal gobierno y, sin embargo, y sólo por razones del propio interés gansteril, se resisten a que sea verdaderamente obligatoria e institucional, como debiera, sí parece entonces del todo legítimo apelar a conseguirla por las vías que sea, incluso por la de la delación, por supuesto, que sin duda es el camino más expeditivo para reconducir algunas modos de gobernar, hoy por completo descarriados y descarrilados, para devolverlos hacia las usos, con sus necesarias luces, por donde tienen que transitar.

Y así, ante la cerrazón culpable que necesita de la opacidad, sólo cabe hablar de un proyecto de claridades, de inundar de luz e información todas esas oscuridades desde las cuales trabaja la política en demasiadas ocasiones en exclusivo y propio beneficio de tantos de sus profesionales.

Por eso, un llamamiento no sólo a la movilización, sino a la democratización de la información y a la transparencia, por las buenas de la iniciativa de las propias administraciones, o por las malas de perder el miedo a hablar de tantos funcionarios, hoy mucho peor tratados que en el pasado reciente, para hacer así públicas las operaciones opacas que pasen por sus manos y sean de su conocimiento, es una práctica de regeneración que el poder contestará con leyes y denuncias y despidos, sin duda, pero que será lo que antes y mejor le obligará a desempeñar con mayor eficacia las funciones para las que está destinado y que nos resultan imprescindibles a todos y al propio estado para poder dignarse de ese nombre en el cual, demasiados de sus servidores, que no propietarios del mismo, delinquen.

Por lo demás, la propia judicatura, a su vez maniatada en parte, también parece estar queriendo empezar a decir que son necesarias otras reglas del juego y, a los hechos me remito, porque a pesar de la oposición de altas instancias y de partes de la propia judicatura, lo cierto es que hoy hay parte de la familia real imputada y bajo sospecha, otra parte de la cúpula de la clase política, otra más de la cúpula bancaria e industrial y una buena gavilla de intermediarios, empresarios, sindicalistas, cargos de partidos y de la administración que desfilarán por los tribunales en sucesivos juicios y averiguaciones cuya único resultado no puede ser otro (además de las inevitables absoluciones, dilaciones y prescripciones) que el ahondamiento de la brecha del horror. Y, al igual que a Al Capone, en lo criminal o a Berlusconi en lo político, pero también en lo criminal, es posible que el stop final a este estado del desestar o del toma el dinero y corre sea la judicatura quien finalmente se lo ponga, en una especie de actuación del estilo de la de ‘manos limpias’ de la judicatura italiana en los ochenta finales y primeros noventa.

Y todos sabemos que no sirvió de mucho, si bien algunos indeseables fueron barridos de la escena, pero tampoco los tiempos hoy son los mismos, Internet era un neonato, las redes sociales no existían, el flujo de información era incomparablemente menor, y los estragos de las políticas neoliberales, si bien anunciados ya entonces por muchos, en la práctica aún no se habían revelado en toda su magnitud. Hoy, cuando acabo estas líneas, Fernández Lasquetty, el Consejero de Sanidad del la Comunidad de Madrid, y ya es el tercero en el orden, ha dimitido. Se lo han llevado las batas blancas y su marea, los jueces le han dicho ¡basta!, no tal vez personalmente a él, pero sí a lo que representaba.

Es sin duda un triunfo de la democracia y del sentido común y, por suerte, no ha sido necesario, finalmente, hacerlo a la ucraniana, hacerlo a la rumana, como con Ceacescu. Y así es de desear que sea con esta y otras cosas, con éste personaje y otros semejantes, de su partido y de otros partidos. Y tal cosa es buena. Porque si a la larga no se hicieran así, esta y otras cosas, entonces llegaría el momento, e incluso ya sin llamamientos, en que se acabarán haciendo espontáneamente de la otra manera, como arriba, a la revolucionaria, como contra Ceacescu, y nadie desea que, finalmente, tengamos que derivar en eso. Pero lo cierto es que, llegada la hora de la verdad y si los usos de quienes gobiernan o gobernarán terminan por requerirlo, las cosas también se solucionarán, pero de esa segunda y menos deseable manera.

Y son ya muchos los avisos que se escuchan por muchos lados. Ojalá la locura termine antes.


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