sábado, 5 de octubre de 2013

Tiempos próximos.



–El siguiente.

–Buenas tardes...

–Buenos tardes. Usted dirá, señora.

–Vengo a que me arreglen este tomate.

–Pues vamos a verlo... ¡Alfonso!, acércame el comprobador de tomates y el salvatomates y, ¡ojo!, no te confundas, el de tomates, no el de melocotones, que mira la que liaste ayer...

Anselmo, el aprendiz, con aire aburrido, le acerca lo solicitado.

–Muy bien, pues veamos qué hay con este tomate, mala pinta tiene... acompáñeme por aquí, señora.

Se sitúa frente a un impoluto banco de trabajo, se coloca con rapidez y pericia unos guantes de látex, extiende un plástico sobre la mesa en el que figura en grandes letras de diseño: Fruticompost, talleres Raúl y Paco, y cubre el tomate con el salvatomates transparente que tiene un orificio que hace coincidir en un gesto rápido y eficaz con la parte superior del fruto, donde aún queda una hojita verde.

–Señora, para las comprobaciones tenemos que retirar la hojita verde y el peciolo, ¿está de acuerdo con ello?

–Qué remedio... aunque hervidos de algo servirían, pero haga usted lo que deba.

Los retira con unas pinzas, los introduce en una bolsita esterilizada, toma una etiqueta que sale de la máquina, la pega en el cierre y le entrega la bolsa. Luego introduce una sonda fina como un cabello por el lugar donde enganchaba el peciolo. En el visor del instrumento comprobador de tomates empiezan a aparecer cifras en rápida secuencia.

–Ufff... este es un tomate modelo Raf, ya algo anticuado, de ocho destellos verdosos, nº 48C, diámetro mayor 97,3 mm, contiene 629 pepitas y un porcentaje de agua del 91%, da 284 gramos brutos en la báscula y tiene fecha de emisión del 12 del mes pasado, o sea, que tiene ya quince días y nueve horas... a punto de quedar invalidado. ¿Me puede usted decir por qué ha esperado tanto a traerlo?, no vea usted ahora la que habrá que armar... y es que parece que se resiste todo el mundo a comprender que los tomates ya no se pueden arreglar en casa, pero si es por su bien, por su salud... si  cualquiera lo sabe.

–Es que se me pasó, y hoy, al querer usarlo, me di cuenta de como estaba...

–Pues en las condiciones en las que se encuentra ya me dirá usted qué hacemos... A ver, mujer, antes de seguir, ¿cuánto le costó el tomate, si no es indiscreción?

–Pues no me acuerdo bien, pero me suena que veintiséis céntimos, no pensaba que hubiera que traer la factura...

–Señora, las facturas conviene traerlas y llevarlas para todo, garantías, caducidades, reclamaciones, responsabilidades sanitarias, titularidad, qué le voy yo a contar...

–Puedo ir a por ella, si les hace falta.

–Es que es imprescindible, bien lo sabe usted, bueno, ahora mismo, no, aunque solo por hacerle un favor, pero mañana o pasado, sin falta, antes de tres días, que luego, ya sabe... le viene el ministerio a usted con que consumió un tomate caducado y a nosotros la multa por procedimiento incompleto, la averiguación de Interior sobre un tomate sin identificar y otra más de Hacienda por intervención fuera de la norma. Ya sabe cómo se las gastan. Si por nosotros fuera... pero no es culpa nuestra, señora. 

–Vale, vale..., pues le agradezco el detalle, entonces mañana por la mañana se la traigo sin falta.

–Bien, pues para abreviar. Si le intervengo el tomate hay que quitarle cerca de un sesenta por ciento del total de su carne y la piel, casi toda ella, que está completamente llena de rozaduras y de mataduras y es obligatorio sanearla, y siempre que sea para consumir hoy mismo, que si no, le caduca la garantía, y ahí si qué puede usted meterse en un lío de verdad, que a las cámaras de seguridad interior de cada domicilio no se les escapa nada. El  presupuesto, si no lo acepta serán tres céntimos, y si seguimos adelante, serán 12 céntimos total, ya con el IVA. Y usted me dirá qué prefiere hacer, pero el tomate, tal y como está, tenemos que retirarlo por ley, si intervenimos le cuesta más de lo que medio tomate y se comerá menos de la mitad. Comprendo que es un problema, pero tiene que tomar una decisión.

–Bueno, le sonará raro, pero yo, a mi edad, con medio tomate ceno. Si compro otro, serán 30 céntimos a lo menos. Casi que me lo arregla.

–Pues como usted diga, me parece juicioso, al final eso es lo que decide casi todo el mundo, vaya usted a la sala de espera que mientras se intervienen los frutos aquí no se puede estar, que esto siempre es desagradable. Tardaremos una hora, que no vea lo que tenemos esta tarde por delante en taller. Salga usted por allí, señora.

–Gracias, muy amable, hasta luego.

La clienta se dirige a la sala de espera. Antes de entrar, en la ventanilla de la entrada se identifica como propietaria del tomate, firma el presupuesto y paga la intervención por adelantado. Firma otro documento indicando que la factura la traerá mañana, ateniéndose a las consecuencias de no hacerlo. Le dan el comprobante para la recogida, el 254.

En la sala no quedan asientos libres. Se resigna y se apoya en una columna. Enfrente, distingue una variedad de carteles de chicas provocativas recostadas sobre cajas de diferentes frutos, una, semidesnuda, agachándose sobre una tomatera, otra con un mono azul mordiendo una manzana, otra, empujando con cuatros dedos extendidos y en un gesto pícaro, un calabacín que aprieta contra uno de sus pechos.

Sacude la cabeza con resignación al tiempo que se da cuenta de que tiene mucha sed. Se acerca al dispositivo erogador de elementos de hidratación. Dedal de agua higienizada: tres céntimos. 50 cc de Cumbres del Mont Blanc, tensioestabilizada: cinco céntimos. Pack Aqua Plus, 100 cc: ocho céntimos.

Escarba en el monedero y ve que no le quedan más que dos céntimos. Regresa a la columna y, por un viejo automatismo de otros tiempos, se levanta la manga izquierda y mira a su dispositivo intercomunicador universal de muñeca. Pero ve el letrero del software que se ilumina y le recuerda... Consulta de la hora, un céntimo; consultar el correo, tres céntimos; agenda, cinco céntimos; establecer comunicación, nueve céntimos. Introduzca opción solicitada...

Deja caer el brazo, apoya el culo firmemente en la columna, avanza un poco los pies para dejar descansar la espalda arqueándola hacia adelante y agarra la correilla desgastada de la bolsa de las frutas con las dos manos, cruzándosela delante de las rodillas y sujeta con los dos brazos alargados hacia abajo y mira hacia el contador de entregas. Va por el 119.

Suspira hondo y compone una expresión inescrutable.

jueves, 3 de octubre de 2013

Acto de contrición, aunque sin propósito de enmienda.



Mi post anterior, sobre el Papa Francisco, adolecía de bastantes cosas. Me lo han hecho notar y reconozco que es cierto. Y, más o menos, una razón es que no me reconocen en él, entre otras, y así se me ha dicho, en privado.

Y sí, en efecto, el post era optimista, por un lado, esperanzado tal vez, poco informado o documentado, por otra, y llevado más al hilo del deseo que de razones de mayor calado. Todo ello es cierto. Añadiré que, incluso, tampoco me gustaba demasiado a mí, a pesar de lo cual me permití publicarlo así. Y reconozco también que, si algo maticé, lo hice poco o, por lo menos, poco para lo que acostumbro.

Con todo y ello, la sustancia de fondo de lo expresado sigo pensando que tenía su algo de validez. Esto al margen de que mis simpatías y sintonías habituales, así como las de la mayoría de mis lectores, intuyo, no parecen dirigirse en exceso hacia lo 'religioso', lo cual no es otra cosa que constatar que cada cual y cada grupo de personas, más o menos, nos movemos dentro de nuestro propio nicho ecológico y que de estos hay más que granos de arena.

Sin embargo, no quiero dejar de añadir una consideración. El que muchos, como yo mismo, no nos movamos en ámbitos de interés que tengan que ver con la fe religiosa y el que, dicho sea de paso, muchos también la consideremos como algo fundamentalmente inútil, por no decir casi dañino, como yo mismo podría afirmar y firmar, también con las debidas matizaciones, no quita para que muchas personas, seguramente en mayor número que las del grupo anterior, no compartan, como sin duda es su derecho, esta visión, se muevan y se dejen mover por esas mismas razones que otros no comprendemos y actúen, en cierta medida, en función de ellas y ajusten, en parte, sus maneras de pensar y actuar en función de lo que dicten sus líderes espirituales, ya que los tienen.

Y esta convivencia necesaria, que es política, en definitiva, entre quienes más pudieran ser adversarios que compañeros de sensibilidad, tampoco tiene que quedar definitivamente exenta del reconocimiento de los puntos de encuentro que puedan darse. De lo contrario, deberíamos de seguir siempre y en todo momento con el palo desenfundado y esto, cuando el opuesto hace un gesto pacífico de aproximación, por tímido que sea, no me parece cuestión de despreciarlo ni de contestarlo solo con más leña.

Y como todos ellos son, con nuestro gusto o sin él, nuestros compañeros de humanidad, con los que convivimos, el constatar que un determinado líder de ellos, sea el Dalai Lama o el Papa de Roma, parezca preferible que sea un individuo de visión amplia, mejor que estrecha, y si algo más tolerante, mejor sin duda que un bulldog ideológico, tampoco es extenderle a nadie un cheque intelectual en blanco, sino dejar constancia de que con unos papas, en este caso, puede ser más confortable vivir que con otros, o menos doloroso e insufrible. Esto al margen, además, de que quién sería yo para extenderle cheques intelectuales a nadie. Por lo tanto, no los extiendo, solo digo, tratando de razonarlo, unas veces con más tino y suerte, otras con menos, que me gusta esto y no me gusta o me gusta menos lo otro y por qué.

Y cuando un papa, como este, hasta ahora, y aun con todos sus evidentes condicionantes, el primero de los cuales, sin ir más lejos es ese, el ser papa y no sindicalista o dirigente alternativo, emite un discurso al cual nadie opuesto a él le obligaba, y este discurso aparenta, digo aparenta, estar respaldado por algo de fondos reales en su banco ideológico, y no solo de humo, yo me he limitado a constatar, en primer lugar, la sorpresa, y, en segundo, un cierto alivio por mi parte. Para expresarlo más claro. Un papa que más desautoriza que da alas a Rouco Varela, por ejemplo, no es, desde mi punto de vista, cosa de desdeñar. Otra cosa sería, esperar del papa una declaración de ateísmo. Eso no iremos a verlo y absurdo sería el pretenderlo.

Al final, papa es, sin duda, seguirá excomulgando y elevando a los altares, como ya ha hecho, a quien crea que debe, y de la misma manera que nadie en sus cabales le va a exigir a Mariano Rajoy que contrate a Alberto Garzón como asesor económico, tampoco podemos nadie aspirar a que ese olmo de peras. Y no solo ese olmo, sino cualquier otro olmo a considerar. Pero con que ese olmo, por lo menos, aparente, digo aparente, no ser el árbol del ahorcado, ya se habrá andado algo de camino en la vía del necesario entendimiento entre opuestos o distintos. Y por dejar constancia esperanzada de ello puedo ser ingenuo, que duda cabe, pero también es un ejercicio legítimo.

Por otra parte, y sin que venga hoy a expresar mi intención de entrar en el seminario, este artículo, por ejemplo, de Juan Goytisolo, yo, desde luego, no podría haberlo escrito. http://elpais.com/elpais/2013/09/27/opinion/1380285474_700754.html  
Y no por otra cosa, sino porque, por muy Juan Goytisolo que se sea y se escriba como los ángeles del paraíso, creo, simplemente, que no se compadece con el tema, que es el Vaticano y sus conjuntos. A fin de cuentas, si a uno no le gusta el papa, que lo diga, y si no le gusta, todo ello con más razones o sin ellas, que lo diga también.

Y darle consejos de lectura al papa, la verdad, puede ser gimnasia periodística legítima, desde luego, pero, como diría don Rafael Sánchez Ferlosio, no me parece mucho más que un cierto ejercicio de onfaloscopia, con su bastante de huero.

Recomendarle, además, la manida lectura de los sótanos del Vaticano, de Gide, pase, que en lo tocante al tema, es un clásico, pero la de Carlo Emilio Gadda, y de esa obra absolutamente portentosa que fue y es Quer pasticiaccio brutto de Via Merulana, ya me parece del todo ocioso. Y esta vez lo digo porque sí se a fondo de lo que hablo, porque este ha sido uno de mis libros de cabecera, desde mis veinte años. Lo habré releído, seis, ocho veces. Y, sinceramente, por vueltas que le quiera dar a la razón por la cual lo recomienda Goytisolo en ese contexto, no logro encontrársela. En este obra, el Vaticano y lo religioso, sin más, no figuran. Sale un cura, eso sí y, además, poco.

La religión, la fe, no están, no constan, no pesan, más que como leve ruido de fondo. El libro es solo, y no es poco, un fresco maravilloso sobre Roma y los tiempos del fascismo, so capa de novela de intriga policial. Y, en particular, el mayor monumento lingüístico y ejercicio de juego con el idioma que yo haya leído jamás, a excepción, eso sí, de otra obra del mismo autor, Eros e Priapo, de redoblada dificultad, algo así como un Góngora en prosa y puesto al día, temática aparte, y pasada la expresión por toda clase de artificios autorreferenciales y por lo cheli, lo chic y lo académico, todo junto y todo ensamblado como un cronómetro, pero juegos ambos que, por lo demás, debido a su enorme complejidad, solo pueden apreciarse en italiano, y a condición, además, de conocer muy a fondo esa lengua. Lo cual no es el caso de Bergoglio, dicho sea de paso. Y, es más, los considero libros intraducibles por definición, tal es su complejidad lingüística, sin que pierdan lo que tienen, su carácter de juego y de ajuste de cuentas con el fascismo, pero no con la religión, lo siento. Sé que hay traducciones al castellano de Quer pasticiaccio... dos creo. Del otro, imposible. Del primero habrá alguna más, imagino. No conozco la que cita. Pero una vez tuve una en mis manos. Era otro libro. La misma diferencia que entre una rosa y la foto de la rosa, para entendernos.

En resumen, no he entendido el ejercicio de Goytisolo. ¿Qué le gustaría explicarle al papa?, ¿que en Roma hay putas, asesinos, funcionarios, gente bien con asuntos inconfesables debajo de la alfombra, lumpen, policías buenos y malos, criadas y tenderos codiciosos, oropel y basura, lesbianas inconfesadas, aves rapaces, ricos impresentables, señoras bien que van a misa, monseñores de dudosa catadura y un generalizado gusto barroco por ocultar todo aquello que es evidente?, pues hombre... ¿qué le autoriza a suponer que el papa no lo sabe?, yo creo, por el contrario que el papa sí lo sabe, sinceramente. Este y todos los anteriores. Y, más que nada porque eso mismo lo debe de haber en Buenos Aires así como en Mazarrón, intuyo. Por lo tanto, y siguiendo su línea argumental, pongámosle un guasap al obispo de Roma preguntándoselo, a ver si nos lo aclara.

Para finalizar. Todos estamos muy maleados y arrimamos el ascua a nuestra sardina. Y tampoco se llega a papa de Roma sin estarlo. Ni a jefe de negociado en Hacienda. Cuanto más arriba y más alejado todo mandocantano de la esencia ideal del pastor, y más cerca de la más realista del ungido, del privilegiado, del líder, más segura será la presencia de mucha recámara, más la necesaria asistencia de abominables camarlengos de poco fiar. Todo lo cual no quita para que en el mundo coexistan Mandelas y Bokassas, ambos al cargo de su respectiva grey. Yo solo quería decir que prefiero que cualquiera que llegue a propietario del cuarto de los botones de cada palacio se parezca algo más al primero que al segundo. Y puedo equivocarme y no ser este el caso del papa Francisco. Pero solo decía que no me lo parecía. Y tal vez, además, seguramente equivoqué el tema. No sería el mío.

En cualquier caso, de ninguna manera piense el lector que me hizo llegar sus consideraciones que me haya molestado u ofendido con ellas. Es todo lo contrario, además de un placer intelectual conversar con quienes me leen. No para otra cosa se escribe y máxime cuando se hace esto para no comer, verdadera expresión de libertad donde las haya.

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miércoles, 2 de octubre de 2013

El papa Francisco. Que no hará una iglesia. Pero ayuda.


A los procuradores en Cortes del Vaticano les ha salido un Adolfo Suárez cuando y donde menos podían esperarlo. Pero allí ni siquiera había fallecido el caudillo, que el suyo se les retiró, no al Pazo de Castel Gandolfo, como cualquiera hubiera pronosticado, sino a una residencia de ancianos, como tantos otros mortales atenazados e impedidos por las fauces siempre implacables de la ancianidad. Y esto ya pareció indicio de que cosas inusitadas estaban pasando, al margen de la propia abdicación, decisión esta que de las que pueden tomar los poderosos es una de las más raras y, dicho sea de paso, digna y honrosa.

Y este hecho mismo, el de poder registrar algo honroso, ¡Laus Deo! en las alturas de organismo tan gangrenado como el que presidía el Papa Benedicto, ya parecía en sí florecilla de San Francisco. Que los santos son milagreros, por construcción, se podría decir, y aquel sí que fue un santo, desde luego, il fraticello.

Y no quiero dejar para luego, por cierto, la constatación de que cosas honrosas también las hace y las hizo siempre la iglesia, por supuesto, aunque dando a veces la sensación de que a pesar de sí misma o, mejor dicho, de los malos ejemplos, costumbres y usos de su propia jerarquía, que más bien parece enfrentar la función pastoral y la de la caridad, más como un mal necesario que como la razón fundacional, casi olvidada, del ser y el existir de su vieja compañía.

Pero sea todo ello cosa del Paráclito o que la causa de este aparente milagro sea otra, incluso aquella tan antigua de acudir a ponerle una vela a Dios y otra al Diablo, de tan acrisolada tradición en la institución, el caso es que uno de los principales poderes que se asientan sobre la tierra parece hoy haber quedado expuesto a nuevos e insospechados aires, o buenos aires, cabría desear.

Porque lo cierto es que el nuevo Papa ha entrado en palacio sin complejos, como se dice ahora. Y se ha construido en pocos meses una reputación y una imagen pública y mediática que ya la quisiera para sí la mismísima Santa María de Apple, Nuestra Señora, y empezando desde el minuto uno de su papado, por cierto, sin dar un segundo de tregua a nadie, ni a los de dentro ni a los de fuera, fieles e infieles que seamos. Todos nosotros.

De hecho, el que ahora me tenga que preguntar qué hago yo escribiendo de esto, ateo de corazón y sin haber entrado todavía en esas angustias y arrepentimientos que dicen que en la tercera edad visitan a tantos de los de mi condición y, es más, habiéndome tenido que retener de hablar de este Papa desde hace ya bastantes semanas, porque verdaderamente creo que lo merece, obedece sin duda a que se trata de un personaje que ha irrumpido en el panorama del presente con una fuerza, un protagonismo y una personalidad fuera de lo común. Y con un mensaje, de puro evangélico, prácticamente inaudito, que transmite sin duda esperanza, pero imagino que igualmente suscita el pavor y el rencor de unas jerarquías que se ven directamente señaladas, pero que sin duda acumulan todavía un poder enorme, y que es más que de temerse que intentarán morir matando.

Y aquí en España, donde la única forma histórica de entenderse con la jerarquía por parte de las gentes que no fueran de su cuerda, no ha sido nunca otra que la de salir huyendo de ella o corriendo detrás de ella con un palo, un personaje de esta musculatura moral, por llamarla de alguna manera, resulta sorprendente y bien merece que se hable de él. Máxime, cuando esa jerarquía, la nuestra, la de hoy y aquí, es una rémora para el entendimiento democrático, para la iglesia misma, para el ejercicio de su propia función y para el beneficio propio de la empresa a la que representan, como les indicaría cualquier asesor de imagen en sus cabales al que contrataran para averiguar las razones de su pertinaz caída de ventas.

Y la retahíla de titulares que el Papa Francisco, como nuevo consejero delegado, ha sido capaz de dejar en poco más de un semestre, no creo que la contabilice Obama mismo, ni el difunto Saddam Hussein, y no digamos ya, el número de sorpresas que lleva dadas. Y, por causa de una verdadera intervención del Espíritu Santo, supongamos, pues otra explicación no parece haberla, ha sabido acompañar, hasta hoy, sus palabras no solo de gestos, sino de hechos, todos consistentes, coherentes y con un sentido que se acompaña y compadece perfectamente con esas palabras.

Y esto, convendrán los lectores, es algo que, procedente de un jefe de estado, por muy espiritualizados que se quieran suponer su cátedra y trono, es acontecimiento al que no estamos acostumbrados. Que llegue hoy nadie al poder, y al suyo en concreto todavía menos, y se desprenda como primera acción de buena parte de las formalidades, simbolismos y privilegios del cargo, llamémoslos temporales, predique un discurso, en lo religioso, verdaderamente novedoso y, acto seguido, se lo aplique en primer lugar a sí mismo, es cosa que prácticamente estaba por ver, empezando por los que más practican este mismo tipo de discurso, que nunca faltan, pero mienten.

Pero este hombre transmite, sin embargo, mejor que nadie la sensación de que no miente. Y le acompaña un aura de que pasa por esos centros de poder que son los más antiguos, solemnes y prestigiosos del mundo, no con la suficiencia del aristócrata que los desdeña porque ya los considera suyos desde el momento de su misma concepción, ni con la actitud del funcionario brillantísimo que finalmente se ve recompensado con el cargo y honor máximo de su carrera, y lo disfruta, como bien pudo ser el caso de su predecesor, que ciertamente no pecaba de humildad, sino con la seriedad y proximidad, en su distancia justa, más la autoridad y sabiduría con la que los antiguos reyes-pastores del Mediterráneo, en una antigüedad provecta y olvidada, que regían a los hombres con cordura y ejercían sus funciones de una manera efectiva, respetada y sencilla y que en lugar de procurar solo su permanencia o reelección, eran los gobernados quienes venían a solicitársela a ellos y de verdad, no de boquilla, como se haría con un tirano, so pena de degüello.

Y este papa, no solo habla, que es cosa que suele salir gratis. Ha destituido al responsable de las finanzas del Vaticano, cuyo tufo catacumbal ya casi ahogaba a los fieles de San Pedro, ha despedido al secretario de estado, todopoderoso y trapacero, a quien su predecesor no se atrevió a tocar ni censurar, cuando sobraban los motivos, ha cesado de manera fulminante a obispos pederastas, ha instituido un consejo colegiado para la toma de decisiones (y esto en una monarquía absoluta, más o menos, lo que tampoco es parca novedad) y ha señalado con un índice de un kilómetro de largo a tantas prácticas que no le gustan nada y como deja mejor que claro, sin medias tintas, y que son, casualmente, aquellas que un coro enorme de sus fieles y de muchos que no lo son también lleva años señalando, pero sin el poder para tratar de modificarlas.

Y que alguien que ocupe el poder máximo en una gran institución, lo alcance sin cortar cabezas o amparado en una revolución y se ponga sensatamente a ejercerlo según el sentir de los más y para escarmiento y perjuicio de los menos, pero poderosos y, en definitiva, sus co-príncipes, es sin duda novedad en cualquier parte y en la iglesia católica no es que sea ya novedad, es directamente revolución o, mejor todavía y más cristianamente, buena nueva, y lo digo ciñéndome a su propio lenguaje, ese de palabras de oro y perfumado de sahumerios, pero huero de los hechos que estas palabras proclaman o, todavía peor, preñado de otros hechos, pero horribles, de los que sonrojan al género humano y de los que la institución nunca ha sabido prescindir ni apartarlos de ella definitivamente como mal cáliz.

Y el que un Papa de Roma, ahí es nada, se suba a un 4L y lo use, al margen de ser una anécdota y la mejor publicidad de Renault desde que se fundara la marca, logrando además que el gesto no parezca cosa del asesor de mercadeo, pero tampoco una salida de tiesto de anarquista dispuesto a epatar al burgués, sino algo venido de dentro, espontáneo, razonable, necesario y consecuente, ha hecho no solo para el papado, sino para la propia modernidad, más que todas las tardes que un friki pueda pasar en la acera, disfrazado según dicte el canon del momento y diciéndose sé tú mismo, tío, y qué guay este solecito que nos manda Dios y la copichuela con los colegas del loft del co-working.

Y mirando, para terminar, a nuestro siempre triste aquí mismo, imagino como esas palabras del Papa Francisco sobre las obsesiones, evidentemente absurdas, de la jerarquía vaticana y muy particularmente de la conferencia episcopal española en todo lo tocante al sexo, a la concepción, al papel de la mujer en la iglesia... han dinamitado con la más consistente carga de profundidad toda una manera de pensar y hacer, enfocada siempre y sin excepción a la represión, al castigo, a la intolerancia y a la misoginia, en lugar de a la comprensión o al perdón, sin mirar ni dedicar nunca demasiado espacio moral, temporal y efectivo a hablar y a tratar de influir en la mejora de tantas cosas que de verdad sí que claman al cielo, aquí y en todas partes, pero que nuestra jerarquía despacha siempre como asuntos secundarios o indignos de su alta misión. Y el que hoy, su propio jefe, no cualquier opinante o político opuesto, les tenga que recordar, más o menos, que el fundador perdonaba a los asesinos y a las prostitutas, buscaba, recibía y acogía a los desvalidos y echaba a latigazos a los mercaderes del templo, desde luego tiene que ser muy amarga pócima para esos espíritus bisbiseantes.

Hay muchas iglesias, qué duda cabe, y eso es parte de la innegable y antiquísima sabiduría de la institución, tantas que cada cual puede elegir la que prefiera, y muchas imágenes de ella, personificables en la del hierático y faraónico Pío XII, tan transigente como impotente frente al nazismo, la del guapo, teatral, fornido y verdadero mastín ideológico y conservador de Karol Wojtyla, la de abuelo bondadoso de Juan XXIII, pero fautor del II Concilio Vaticano y hasta hoy, el protagonista del anterior y mayor experimento de apertura de la Iglesia en el siglo XX, seguido por el ilustrado Montini, que concluyó el concilio y llevó a la iglesia a una modernidad de la que ella sola, más tarde, se descabalgó. Y Papa este, por cierto, con dificilísimas relaciones con el franquismo agonizante, tanto que, como contó años más tarde el Cardenal Enrique y Tarancón, llegó a caminar por Madrid llevando en el bolsillo la excomunión de Franco, lista para entregar, escaso tiempo antes de la muerte del dictador.

Y cualquiera, con un poco de memoria histórica, bien puede ver la diferencia entre aquella iglesia española de los años 70, firme y flexible, a la vez, en lo ideológico o lo dogmático (y lo cual, todo hay que decirlo, es lo lógico en toda organización portadora de un mensaje o una ideología), pero capilar, imbricada en la sociedad civil y favorable al cambio político y a la necesaria mejora de la situación social, comparada con la actual, anclada en las posturas más retrógradas de toda la cristiandad, desgajada de la sociedad civil, opuesta a ella, a su soberanía y a las decisiones democráticas y defensora acérrima de posturas que más parecen cercanas al antiguo carlismo montaraz que propias del momento actual. Un verdadero anacronismo viviente y del cual ha tenido que venirla a sacudirla no una oposición decidida y organizada o una acción civil que aquí nunca logra articularse más que para exhibir pancartas, pero que, en la práctica, le ha consentido y permitido todo o casi, sino la propia acción y palabras de un papado que, traiga las consecuencias que traiga, parece decidido a querer estar en el siglo. Pero en este, no en el XIX. 

Y, sinceramente, este siervo que escribe tiene que reconocer que si en el sorteo de la vida me hubiera tocado el cargo de Papa, resultaría seguramente mejor o peor persona, buen pastor o tirano absoluto, inteligente o modesto, zafio o soberbio, pero creo que si a algo me resultaría imposible renunciar sería a los apartamentos papales, a la capilla Sixtina a pocas puertas de mi dormitorio, y a las estancias de los frescos de Rafael a otras pocas. Un hombre capaz de hacer eso, si a otros puede convencerlos por no importa cuáles razones, a mí, desde luego, me ha convencido solo con eso. Si para dar ejemplo hay que mandar a tomar vientos a Miguel Ángel y a Rafael, por decirlo fino, se les manda. Puede ser, eso sí, sencillamente, que no le gusten, y ya tal cosa desmontaría el argumento. Pero, con todo y ello, irse a donde se ha ido a vivir pudiendo estar donde podía estar, dice mucho de las intenciones y de las capacidades para llevarlo a cabo, ya lo creo. Vaticano, tenemos un problema, como cablegrafiaría la curia–. Y algo parecido lo dejó clavado con su maestría habitual El Roto, hará un par de días.

Y, ayer mañana, para concluir, el Papa directamente insultó a lo que ha llamado la ‘corte’ de la curia, calificándola de lepra. Desde luego, entre los usos diplomáticos de un jefe de estado, y menos de un Papa, creíamos cualquiera que no tenía cabida el insulto público. Por otro lado, ha dejado caer, de paso, que considera que el mal más grave que aflige al mundo es la falta de trabajo. Si lo hubiera apuntado la internacional socialista o un organismo sindical, nada que decir. No es más que la santa, atea y cristiana verdad y no se puede expresar nada más obvio. Pero se supone, suponíamos muchos, que un papa se movía en otra órbita de intereses y explicaciones. Podría seguir hablando de fe, de dogma, de rito, de caridad, y nadie tendríamos mucho que anotar. Sería un futbolista hablando de fútbol o un economista sobre opciones de futuros.

Pero esto de que la visión del papado se torne de verdad ecuménica y diagnostique un día tras otro las cosas que verdaderamente afligen a los hombres, con agudeza quirúrgica y desde unas actitudes propias de un ser humano, no las de un ungido o un privilegiado, sí que es una novedad y esta es de celebrarse, porque hay muy pocas cosas buenas de las que hablar, sino tristemente de tantas otras, todas ellas insoportables, injustas, negativas, aborrecibles.

Este hombre tranquilo, sonriente, eficaz, socarrón, ocurrente, panzón y torpe de aspecto, dispara sin embargo órganos de Stalin cargados de sagradas formas y da en el blanco con rara pericia. Parece un viejo listo, pero para el bien, no un listo de los que ratean, y transmite confianza junto a la sensación de que sabe muy bien de lo que habla y lo que quiere hacer. Incluso, con esa decisión también casi inverosímil de renunciar a protegerse como hoy en día mandan los cánones, manda el mensaje de que si hay que ir al martirio, sencillamente se va, porque va con el cargo, pero sin más florituras. Y, desgraciadamente, esto le pondrá tal vez el trabajo más fácil a quien tenga que hacerlo, que al paso que lleva no van a faltar mandantes, pero es otra actitud más de las que engrandecen a un notable, y ya no estamos acostumbrados, hace mucho tiempo, a ver a ninguno de ellos levantar la cabeza por encima de la mediocridad que también impera en su colectivo.

Decía Felipe González que nadie fue consciente de la gran fragilidad de la dictadura hasta pasados años después de su término. Venía a decir que hubiera caído con la mitad de trabajo, que incluso en su propio interior estaba harta de ella misma y que, con Adolfo Suárez, se hizo el hara-kiri mucho más por su propia cuenta que por otra cosa. Pero es que ya no tenía a nadie con ella, añadiría yo.

Así que, vayamos a saber si la propia iglesia católica para devenir en algo diferente y en algo no ya hastiado de sí mismo y abandonado por todos, empezando por su propia clientela, no se venga a hacer algo parecido, por una vez, y no solo a lo Lampedusa, cambiar todo para que no cambie nada, sino cambiar algo para que por lo menos eso sí cambie, en la intención de que mejore en algún aspecto ese cuerpo místico, religioso, social, ideológico o como cada cual prefiera llamarlo. Tal vez esos señores procuradores de la prodigiosa sixtina hayan dado con su Adolfo Suárez, el último que se esperaban y el que tal vez ponga allí firmes a los más cerriles de entre todos ellos como, algo más que menos, logró hacer el de aquí.

Y no cabe tampoco olvidar que el momento histórico camina hacia una necesaria transformación. Son demasiados los desajustes, las insatisfacciones, las promesas incumplidas y las situaciones ajenas a razón a las que las poblaciones han tenido que someterse. La iglesia mantiene todavía una autoridad moral incuestionable para muchos millones de seres humanos. Que su discurso mire en una dirección nueva, y más si este estuviera algo más orientado hacia las verdaderas necesidades y el sentir de las poblaciones, no podría más que redundar en la también necesaria higienización de unos usos políticos y económicos que, hoy, ya son los mismos o peores que los de esa corte de la curia que estigmatiza Francisco. Es decir, usos y actitudes que son eso mismo, lepra. Lepra que arranca la carne de las sociedades y las desfigura.

Bienvenido y bendito sea este papa, si es cierto que trae alguna buena nueva y la esparce entre los hombres. Alguno, alguna vez, antes o después tendrá que traerla.

lunes, 30 de septiembre de 2013

No cayeron...

Diario El País, domingo 29 de septiembre de 2013



El titular es correcto, está bien redactado, no sobran ni faltan comas, sujetos, verbos y complementos caen donde deben y todos los sistemas parecen estar listos para el despegue, ¿el de las alas?

Peeeero.... es de terror, tal vez por causa de la precipitación, barrunto.

Y es que a los titulares sobre aviación la palabra caída no suele caerles bien. Simple cuestión de campos semánticos, que es este un sector donde los redactores pueden descarrilar a la mínima, aun en ausencia de raíles o por causa de cernidos de vía única, de esos que no caen en lo que hay que caer, que también.

Pues bien, no acaba aquí el asunto.

Pinchando en la noticia, se puede observar como la profesional debió de recibir algún tipo de aviso interior, seguramente sin asomar del todo al nivel de la conciencia, pero con el contenido subliminal suficiente como para llevarla a retocar con pericia el término caer. Vean si no:




Esto al margen, el desplome de Iberia no se arreglará ya ni con paracaídas. Y el de El País, como el de el país, ni con rogativas contra las precipitaciones.

sábado, 28 de septiembre de 2013

El Blues de Soto del Real (Oh Lord, won't you buy me... Janis Joplin)

Regresando hoy a casa, incausada y bienvenida, me ha visitado desde los adentros de mi cabeza una vieja y maravillosa canción de Janis Joplin, Oh Lord, won’t you buy me a Mercedes Benz... Y al ritmo de esa música interior, de pronto me he visto cambiándole la letra en un registro absurdo, primero en inglés y casi inmediatamente, en castellano. El ritmo y el juego me repiqueteaban por dentro. Llegado a casa, me senté a mi instrumento. El teclado Qwerty. Y esto es lo que salió de todo ello. Y aun a riesgo de ponerme a los pies de los caballos, o más bien a los pies de los Hermanos Calatrava, que ya es ponerse, he decidido que no me iba a negar el gusto.


El Blues de Soto del Real
Anti-versión libérrima de la canción arriba citada, ejecutada con incomparable pericia por la siempre exquisita Gold Metal Band, conjunto carcelario formado por los más destacados tomadores del dos, amigos de lo ajeno y otros afamados profesionales del ramo, en la capilla del centro penitenciario de Soto del Real, al término de la Santa Misa.

Tengo que rogarle a los lectores su comprensión por no citar los nombres de los artistas, en el caso de los presos preventivos por la necesaria presunción de inocencia y en el caso de los condenados definitivos... porque no los hay. Así, con la seguridad de que nadie podrá reconocer a estos ciudadanos todavía sub judice, muchos de los cuales serán declarados inocentes, me atrevo a transcribir la letra.


Uaaan, chiuuu, zriiii, for...

Haz, Dios, que me compren
mi Mercedes Benz
mi loft y mi yate
a un precio fetén

Haz, Dios, que coloque
mi audio jaig-end
las joyas, los cuadros
y el joum ziater

* * *

Haz, Dios, que le venda
a don Pedro José
la agenda, el pendrive
jard-discs y el PC
para que me afore
con rico parné
todo lo que pueda
por la caja B

Y haz, Dios, que publique
de lo que entregué
y con fotocopias
que le pasaré
las fechas y firmas
y hasta los carnés
de los perceptores
y del aboné

* * *

Haz, Dios, si lo quieres,
que permite el juez
que mi Rosalía
pa’ poder comer
pague las facturas,
que algo le dejé,
de los gananciales
y del paripé.
...Quiero que se laque
pa’ venirme a ver
todas las uñitas
de manos y pies

(Y aquí, todo el plantel de músicos, suspiró dolorido y al unísono, que todo corazón tiene razones...).

* * *

Y haz, Dios, que a Mariano
lo podamos ver
aquí con nosotros
con la bola al pie
llevando la banda
como solo él
con gusto impecable
nos mandaba hacer

end nau, ol tchiugueda

¡Ol tchiugueda nau!

(y entonces el grupo selecto de metales, viento, cuerdas y percusión retomó el tema desde el principio, ya empujando a tope y enfebrecidos. Desde las más lejanas galerías de la prisión se alzó, coral y acompañando al grupo, un acompasado estruendo de escudillas golpeando las rejas a ritmo, y el inverosímil coro de los desposeídos, unido al de tantos de sus despojadores, crecía y crecía, al modo casi de esas criaturas que esta mañana, a la entrada de Lionel Messi a los juzgados para declarar en calidad de evasor fiscal, jaleaban al héroe).

...Haz, Dios, que me compren
mi Mercedes Benz
mi loft y mi yate
a un precio fetén...


(Nota) las transcripciones del inglés están tomadas de las notas fonéticas de los asesores para los discursos de los defensores de la candidatura de Madrid para los juegos olímpicos de Madrid 20.020.
No las tomen, pues, con el pie cambiado o con una sonrisa de conmiseración. Costaron 200.000 euros, es decir, son obra de los mejores profesionales del sector. Y ninguno de ellos irá a la cárcel. Ni los asesores ni los asesorados. Ténganlo por artículo de fe.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Pan (Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día... )

...Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto...

GabrielCelaya

Los versos que encabezan este post, hoy por completo fuera de lo 'habitual' en estas páginas, son de Gabriel Celaya y pertenecen a su poema La poesía es un arma cargada de futuro, de su poemario Cantos íberos, del año 1955.

Están traídos aquí por la sencilla razón de que al querer presentar a mis lectores mi propio post, hoy, de forma excepcional, un poema, pero de una manera menos descarnada que la de su propio contenido y porque el hecho de pegarlo aquí, a secas y sin más explicaciones, se me hacía muy cuesta arriba, lo primero que me acudió a la cabeza fue el poema de Celaya.

Y aquella felícisima comparación del autor, dejando establecido para el futuro que la poesía era (y seguirá siendo, deseo añadir) necesaria como el pan de cada día, me llevó a la consideración, inmediata, por lo demás, de que el propio y bellísimo título de dicho poema, La poesía es un arma cargada de futuro, me permitía el juego especular, contraespecular o como mejor prefieran definirlo quienes entiendan de estos artefactos verbales, de que otra poesía, social asimismo (pues para que le pongan la etiqueta los demás, y al ser esta obvia, ya se la dejo colocada yo) y perteneciente a un futuro ya sesenta años posterior, tiene sin embargo que hacer referencia a aquel pasado y a otros aun anteriores, igual de indeseables.

Porque el resultado de este futuro infausto al que bien atisbamos hoy, es, precisamente, aquel pasado ominoso que era el paisaje de fondo del poema de Celaya, como lo son aquellos otros pasados del mismo tipo, de todos los cuales, hasta hace bien poco, creíamos precisamente eso, que ya eran pasado.

Pero como no es así, y el futuro será el pasado, al parecer, dejo la constatación, también en verso, de que hoy el futuro es, además y precisamente un arma, y además cargada de pasado, lo cual es del todo equivalente a decir que será un arma de destrucción masiva, un arma química y el equivalente a tener de nuevo reedificados, lustrados y bien funcionantes los campos de reeducación, para catequizar, manu militari, a la población en las ventajas de la esclavitud y en las de la explotación del hombre por el hombre, como bien podemos ver y escuchar a diario en este yermo social e ideológico que es nuestro vergonzoso presente.

Y el justo y exacto título del poema que sigue hubiera debido ser: La poesía es un arma cargada de pasado, pero no he tenido corazón para hacerlo así, por no llevar a pensar a nadie que se trataba de una irrisión o una chanza con respecto a la obra de Celaya.

Porque el caso es el opuesto, expresar mi admiración por su intención, pero también mi horror sobre la constatación de en qué han dado las cosas del común y las ilusiones de hombres que fueron grandes, pero vencidos sin más y sin aparente apelación por simples hordas de depredadores, locales y de todas partes, blandiendo el bárbaro catecismo de quitarle a Dios, al César y a todos los demás todo cuanto sea posible. Pero eso sí, esgrimiendo siempre que se hace por la voluntad y el bien de todos los expoliados.

Y ya basta de explicatio non petita, no sea que me auto acuse de pesimista. Lo cual, hoy en día, ya es casi delito penal, como cualquier ciudadano bien informado conoce, y para mejor demostración de que, en efecto, nos retrotraemos a otros tiempos.



Pan


El pan, autoridades, salvapatrias, amos,
siquiera el pan sería oportuno
poderlo contemplar como un deseo, no,
sino como su obligación no negociable.

Un pan debidamente instituido
a cambio de los mármoles que pisan,
un pan que amasen por principio
y por deber del cargo
y administrado al público por ser
la única razón que justifica
el mando revocable que disfrutan.

Un pan sin más matices y sin IVA,
sin teoría económica asociada,
un pan no metafísico o celeste,
de triste caridad, escatimado o magro,
de buena voluntad o imaginario,
sino sencillamente el pan hijo del fuego
y de la obligación de su abundancia.

No de la conveniencia o inconveniencia
ni de la libertad o no de fabricarlo
según el decremento incrementado
repunte, mengüe o pinte escaso
junto a otros sortilegios semejantes
por causa de los cuales aconsejen,
—lo sentimos—,
el beneficio de vivir agonizando.

Un pan redondo, blanco y sin misterio
de harina y agua y sal y levadura,
un pan por el procedimiento urgente, señorías,
un pan que no se adeude en ningún modo,
que lo bendiga incluso un hechicero
o se inaugure en los anuncios
como si fuera un tren o una acería,
(si tal extremo de mal gusto les tentara),
pero que engorde, acrezca y dé sustento.

Un pan que sea el mantenimiento,
también obligatorio, de los viejos
y el pago imprescindible del trabajo,
un pan que traiga ese milagro bajo el brazo
que es el besar y el acunar los niños,
verlos reír, jugar, crecer y hacerse hombres.

Me muero de dolor y de vergüenza,
autoridades, propietarios, amos,
por el tener que andar leyendo
a quienes ya sangraban de esto mismo,
un siglo, hace dos siglos o un milenio,
en estas líneas mías de arriba
con su insufrible son de antiguas,
pero que traen el son,
el vomitivo son de hoy mismo,
del medioevo, no, de nuestro evo,
el son de un tiempo mal venido de otro tiempo
cuando ayunaban todos, ¡Dios lo quiere!
desde una cuna atroz hasta el sepelio.

¿Qué ciclo, qué sofisma es el comer, lo sabe alguien?,
¿de la palabra pan, qué no se entiende?

Y el techo, autoridades, amos...
el techo, por igual, sería oportuno
poderlo contemplar como un deseo, no,
sino como la obligación no negociable...

.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Inglés olímpico.

Finalmente, se esfumó el sueño de parchear el PIB en cosa de un 0,5 a un 1 por ciento con la ayuda de los mozos (y mozas) más musculados del lugar, destinados a tirar de la recia soga del remontar económico con las venas de sus cuellos a reventar, para sano beneficio de todos nosotros, según nos cuentan los que saben de estas cuentas. O, bueno, los que saben, no. Los que proclaman de sí mismos que saben, que no es lo mismo, porque vayan ustedes a saber si las cuentas no serían más bien los cuentos de la lechera, que de esos también llevamos oídos unos cuantos.

Y, además del sostenella y no enmendalla, es decir, de reintentarlo, tercos como mulas, las veces que haga falta, nos esperan unos días, durante la digestión del triste desevento, si se me permite la palabra, en los que se plantearán toda clase de consideraciones sobre las causas del fracaso, supuesto de verdad que esto efectivamente lo sea. Y de lo cual, por cierto, bien se podría hablar también. Que de negocios redondos y seguros para la población de a pie, también conocemos de algunos más que exitosos. El de las preferentes, por ejemplo. O el de las hipotecas de sus casas de ustedes.

Pero la causa principalísima del fracaso, admítase, parece una sola, que vale por todas. Y es que el país del engaño y los engañadores, el de las estafas a escala olímpica, ha sido obligado a ingerir una severa dosis de antídoto, es decir, de desengaño, por mano de algunos engañados que, al no ser súbditos del lugar, hacen precisamente lo que no hacemos los que sí lo somos, que es aquello tan elemental, en otros lares, de castigar al que engaña. Sin contemplaciones. Y será una indelicadeza, según algunos, pero así se las gastan esos bárbaros. Y es lo que hay.

Gente sin salero y con mucho mal ángel, esta del COI, empeñada además en antiguallas, como la de hacer respetar las reglas. Ya ven ustedes, a nosotros, las reglas..., Como si en este país se pudiera ir con la regla a ninguna parte, más que al excusado, sin que se le rían a uno en la cara hasta los párvulos.

Así que lo cierto es, más bien, que apenas pocos meses antes del sorteo del evento, es decir, mal, tarde y con la debida desgana, los atenidos en el asunto salieron corriendo como cucarachas despavoridas, después de recibir los tres avisos, a ver la forma de remendar, por la vía judicial, sus propios desaguisados e intimidar así a nuestros peores y más engañosos mozos de músculo. Que no son todos ni la mayoría de ellos, por supuesto, pero que sí son los más vistosos.

Esos que le echan polvos de la madre Celestina o la poción mágica del druida al bote de naranjada, imprescindible para subir al Tourmalet, al Aubisque, los Apeninos y los Andes o para poder correr a zancajo pelado de Madrid a Guadalajara y llegar casi antes que el cercanías de lo que fuera Renfe. Y aún les sobraba a estos macistes admirables, parece, energía más que sobrada, pasada apenas media hora de la hazaña correspondiente, para cumplir con la novia y luego asomarse, además, a emitir juicios salomónicos sobre el espíritu de esfuerzo, el ejemplo para la juventud y las reglas del juego limpio delante de la primera cámara que se les pusiera.

Y bien que se las ponen, las cámaras delante, todas las veinticuatro, para que los admiremos lo necesario y más de lo necesario y aún por centuplicado lo segundo. Pero resulta que también hay más hemerotecas que longaniza, en lo que a las caras de inocencia atañe. Y, ¿–Quién? ¿Yooo–?, se les acaba oyendo siempre, después, a los pillados, con los ojos abiertos como platos, cuando el cabrón y aguafiestas del investigador mileurista que recuenta sus analíticas les certifica que de su perfumado pis y de su generosa sangre sólo parecen legales y atenidas a norma las bolsas que los contienen y su cadena de custodia. 

Todo el resto es pis, o sangre, de tocomocho, por no llamarlo keroseno o combustible de cohete, pis de trile, pis como de Gürtel o pis de evento a la valenciana, bautizado con cuatro gotitas de legítimo pis de ángel, para disimular su carácter explosivo y su contenido en kryptonita. Un pis, o sangre, que le salpica una gota en la camisa a un ciudadano normal y se le ponen los pectorales como los de un levantador de pesas.

Y es que la tolerancia local y la credulidad frente al engaño es legendaria. De hecho, no se entiende que no figure en las enciclopedias médicas. Y ciertamente no es invento de estas legislaturas y coyunturas últimas, tan destacadas en el asunto, porque se la llama también picaresca, ya bien documentada desde el Medioevo, por no decir desde Argantonio. Y documentada, no solo, sino de verdad admirada, imitada y aconsejada, que es lo que cuenta.

Y eran ya demasiados los engaños a los que hemos sometido a esa junta variopinta que se llama comunidad internacional de la tracción a sangre, o COI, o deporte, por otro nombre. Recuerdo aun, con verdadero oprobio, a esa especie de guardabosques con esquíes, como de película de osos, que respondía al muy ibérico nombre de Johannes Mühleg, o cosa parecida, pero más pícaro y ladrón que Rinconete, y la cara con que nos dejó a todos. Un espectáculo indescriptible.

Pero es que igual que lo recuerdo yo, es de imaginar que lo recordarían también quienes, de oficio, tienen que recordarlo, que son precisamente esas almas vengativas de los miembros del COI. Y si a esto le añadimos la envidia que nos tienen por nuestro clima incomparable, nuestra paella y nuestras mujeres que besan de verdad, sin olvidar las que hicimos en Flandes, y siendo belga, además, ese espécimen sin atisbo de humano sentimiento ni de expresión facial que es don Jacques Rogge, el señor de los anillos o presidente del COI, pues algo más ya se entiende.

Y recuerdo también, porque cómo olvidarlo, al de los solomillos pochados con clembuterol, pobre, que se quedó sin Tour, aunque por culpa solo de la carne, que no de su espíritu, blanco e impoluto como la paloma mística, y a la heroína y madre de todos los esfuerzos, pero señalada entre la selecta clientela del celebrado doctor Fuentes Mengele, de nombre, Eufemiano, y faro de la medicina deportiva patria, de profesión sus bolsas de sangre en la nevera del adosado, aunque perfectamente rotuladas a lo 007, que tenía sus estudios, el andoba. Parecían las fotos del congelador de Jean Bedel Bokassa o los barreños de sangre de la buena de la condesa Isabel Bathòry de Transilvania, una dama aquella que de hematocrito sí que entendía largo, se lo aseguro.

Y engañar, engañan muchos y lo intentan más, pero el verdadero problema local, que nos han afeado estos caballeros sin sentimientos ni patria, es que nuestras leyes, las costumbres y el sentir popular son tolerantes, o más bien, complaciente con el engaño, según de quién y de dónde venga y de lo que convenga. Y aquí, por creernos, nos habíamos llegado hasta a creer que una solución habitacional de cuarenta metros cuadrados podía tener el precio del trabajo de toda una vida, y tan contentos. Y es que bien nos conocía ya ese boticario castellano que dijo que la cuna de los niños la mecen con cuentos. Pues vaya obviedad... En fin, un antiespañol verdadero.

–Pues sí, a Fulano lo han pillao con el carrito del helao, el pis era de color azul cobalto metalizado, la sangre le olía a plutonio y los esputos eran de todas las tonalidades del maillot arcoiris, pero es que el prócer ha dado a la patria cuatro medallas de oro, platino y pedrería, es senador, es del partido, es concejal, regenta una próspera empresa de mancuernas, es decir, es emprendedor, tiene un polideportivo honrando su nombre y hazañas en sus predios natales, en Caramula de las Estacas, es locutor de televisión y radio, tertuliano en cien tertulias, apoya toda iniciativa susceptible de ser apoyada y además ayuda a los ancianos a cruzar la calle, y la prima del portero de mi cuñada, que desayuna a su lado todos los días, en el bar del Eustaquio, dice que no sabemos lo buena persona y lo atento y lo fino que es con todo el mundo, un verdadero señor, hasta con las mascotas–.

Y al final nos puede siempre más la imagen de los podios que la de los odios, la de la proximidad del paisano famoso, la de la bandera ondeando y haciendo guardia frente a los luceros y la de la publicidad de la alpargata de alta competición o la del bocata que da alas, que la imagen más verdadera, pelada, cruda y definitivamente realista de los calzones manchados de sangre, por llamarla algo, teñida de pintas verdes, azules, amarillas y negras y con más aditivos y gasolina de alto octanaje que sangre misma. Que le echa un cristiano, sin querer, una cerilla al andrajo y se le monta al COI un Fukushima por cada prenda, que es lo que, en definitiva, han debido de valorar y ponderar a fondo los sabios padres del organismo. 

Y luego, en lo de engañar, nuestras máximas autoridades, unos y otros mandocantanos locales de la cosa, y a la hora de las selectas faenas de aliño como las de ayer tarde, se suben a la tarima de exponer y convencer a los forasteros e infieles, armados de unos vídeos como de publicidad de bebidas gaseosas y más alígeros, con olor a nubes y celebradores de la existencia que los de los anuncios de tampones, y todos ellos con unas tarjetas de visita que no caben en un pliego A3, de los títulos, los doctorados, las altas resposabilidades y los cargos que ostentan y honran, pero que se empecinan –y alguien, alguna vez, tendría que explicarnos por qué– en hablar idiomas que no saben, empezando por el propio, es decir, un engaño más, a sí mismos y a los que tampoco los saben, pero escenificado esta vez en sede universal, donde no necesariamente todos sus escuchantes habrán de ser tontos, porque a los que sí los saben, los idiomas, a ver cómo diablos van a engañarlos, ya me contarán ustedes...

Y claro, no los engañaron, más que nada porque no pudieron hacerse entender ni por el sistema de traducción, que no contemplaba el caso pintoresco de tener que traducir un idioma de fantasía. Porque si el inglés del discurso de nuestra voluntariosa alcaldesa ya era cosa de programa de entretenimiento ( http://www.youtube.com/watch?v=aEC0eM-2Vqo o http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/09/07/madrid/1378571914_313420.html ), el de nuestro Excelentísimo Señor Presidente del Comité Olímpico Español, más bien lo era de juzgado de guardia. Lamento no ser capaz de encontrarlo. Y según le iba oyendo perpetrar su discurso, ya tuve clara la votación. Ya ni si el príncipe se nos marca un tango más que apretado con la doña de Kirchner, vamos, más bien una lambada, y susurrando transido palabras de amor, palabras, en sus oídos y en impecable lunfardo, salimos de esta con bien, me dije. Y velahí.

Y desconozco si el señor presidente del Comité olímpico español será un sinvergüenza, aunque debo suponer que no, por principio moral y por imperativo legal, pero que no tiene vergüenza o ni siquiera el discernimiento de un niño de ocho años en lo tocante al alcance real de sus propias habilidades idiomáticas, es evidente que sí.

Si alguien con ese inglés tiene los verdaderos, desmesurados y de verdad carpetovetónicos cojones de salir a hablar inglés en ninguna parte, y más en tamaña sede y con semejante apuesta encima de la mesa, y si cualquiera de los miembros del COI, que algunos sí hablarán inglés, intentaron entenderlo y supusieron de seguido que si el resto del proyecto y la organización estaban a cargo de aquello, y con parecido éxito en sus esfuerzos, no es de extrañar que de inmediato y, abochornados como vestales tildadas de prostitutas, bajaran más de la mitad de ellos, automáticamente, el pulgar, de manera simbólica bien se entiende, y a falta de puñal, y ya que a las fieras tampoco podían echarlo, como hubiera sido de recibo. Desgracias de la modernidad, sin duda, que también nos las trae.

Que luego el príncipe fuera el que saliera más airoso del trámite –y desde luego, yo no peco de monárquico–, no es más que una anécdota. A fin de cuentas el mozo es de buena familia y bien viajada, lo cual ayuda con los idiomas y proporciona un cierto saber estar entre cocodrilos, que tampoco es aprendizaje inútil. Pero con semejantes chambelanes y ayudas de cámara, pena daba pensar en el esfuerzo y en los euros aventados al aire. Euros suyos de usted y nuestros, que se gastaron y se seguirán gastando ellos, en estos jolgorios que nunca nos traen ni un miserable pedazo de chicha o de tocino que echar al puchero.

Y en resumen, que un país endeudado hasta las cejas, robado hasta el último céntimo y abandonado a dejarlo desvalijar por terceros gracias a los desvelos de sus propios administradores, sumido en profunda crisis, un país cuesta abajo, no uno pujante, innovador, emergente o que enamora, con un horizonte, incluso en lo tocante a su estabilidad territorial, dudoso y contestado, aunque con una ejecutoria brillante en el deporte (con sus claroscuros) pero, a fin de cuentas, todavía una cuestión secundaria, si comparada con otras, pero con una historia reciente en lo tocante a la lucha contra el dopaje, cuanto menos cuestionable y blanda, por no decir incomprensible, si no entendida y vista, precisamente, por donde enpezábamos, es decir, por la tolerancia al engaño; en semejante país y con tal estado de cosas, el haber decidido, quienes lo decidieron, meterse en estas aguas procelosas, con sus gastos, ya es cuestión más que seria, por la que cabría preguntarse amostazados, y mucho.

Y por preguntarse, aquí podremos preguntarnos lo que nos venga en gana al respecto, pero lo que sí parece evidente es que los hechos del párrafo de arriba se han visto claros por esos mundos exteriores y se ha obrado en consecuencia. Es más, parecería más bien que lo que se nos ha formulado es una contrapregunta: ¿No tendrían ustedes alguna necesidad mayor a la que atender, en lugar de pensar en fastos, para gastarse su imaginario dinero en paliarla en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, la más endeudada de España, o será más bien que sus responsables, hechos ya a usos definitivamente engañosos, han preferido tirar por su calle de siempre?

Calle que, ni que decir tiene, es la calle Mayor del actual cursus honorum (no, no es inglés, doña Ana, lo siento), ese que se empieza accediendo a un cargo aun a pesar de desconocer hasta el idioma propio, continúa proponiendo y licitando una cosa innecesaria y costosa, porque puedo y puedo, y asignándola al peor, pero el más afín de los postores, sigue con la percepción obligada de la comisión ilegal por el favor proporcionado, mejor y mayor comisión cuanto más costosa la obra, se sublima tomando su parte de ella, cada avispado, y dejando el diezmo, igualmente ilegal, para el partido del César y, finaliza con que a los jóvenes engañados e ilusionados se les pone el Himno con mayúsculas, a modo de sólido y energético alimento espiritual, mientras se les manda a entrenar como esclavos y a acrecentar sus musculaturas para la futura y mayor gloria de todos cuantos logren pillar cacho de ello. Es decir, de unos pocos.

Pero, incomprensiblemente, hay extranjeros sin alma que se empecinan en no entender estos mecanismos tan claros, sencillos y efectivos para llevar adelante las cosas del común y en preferir a quien posee y exhibe el dinero de verdad y no el imaginario, ese que ya le robaremos a terceros, si finalmente nos hace falta para algún festejo, según procedimientos ut supra.

Y entonces van y nos ponen, nuestros enemigos eternos, cinco ceros olímpicos.

¡Qué cosa insufrible es la injusticia!, Sancho.